Raymond Chandler y la perfección de Adiós, muñeca.
Como ya sucediera en la novela precedente, Raymond Chandler vuelve a servirse de varios relatos cortos como base de Adiós, muñeca: “Try the Girl”, “The Man Who Liked Dogs” y “Mandarin’s Jade”, este último también utilizado en El sueño eterno. La progresión del autor es evidente. El estilo se depura, las descripciones ganan claridad y precisión, y aunque mantiene su característico uso de símiles —abundantes, sí—, nunca llegan a lastrar el conjunto.

La trama es más sencilla que en la obra anterior, pero Chandler juega con habilidad en la conexión entre dos investigaciones que se entrecruzan sin perder nunca el pulso narrativo. Uno de los personajes clave es Moose Malloy, recién salido de prisión tras cumplir condena por un atraco. Busca a su antigua novia, Velma, y Marlowe se cruza con él de manera casual al inicio de la novela. La segunda línea argumental surge del encargo que un tal Lindsay Marriott ofrece al detective.
La acción principal transcurre en Bay City, parte independiente de Los Ángeles, basado en Santa Mónica, donde Raymond Chandler vivió un tiempo. Pone al descubierto la extremada corrupción existente en ella, con policias corruptos, ricos acaudalados comprando todo por dinero, mafiosos con sucios negocios, videntes espabilados y médicos de dudosa moral.
La acción principal transcurre en Bay City, territorio ficticio inspirado en Santa Mónica, donde Chandler vivió un tiempo. Allí expone una corrupción extrema: policías venales, millonarios que compran voluntades, mafiosos con negocios turbios, videntes oportunistas y médicos de moral dudosa. Frente a ellos, algunos agentes intentan sobrevivir como pueden, como el irónicamente apodado Hemingway —un guiño humorístico de Chandler hacia un escritor que, en el fondo, aprecia— o el inolvidable ex policía Red:
“—¿Quién demonios es ese tal Hemingway?
—Un tipo que repite una y otra vez la misma cosa hasta que quien la escucha empieza a creer que se trata de algo bueno.”
El esperpento y lo grotesco destacan en varias descripciones, especialmente en las dedicadas a Malloy. Marlowe, por su parte, está cada vez mejor perfilado: gana en introspección, en matices, en esa voz interior que nos permite acceder a su pensamiento con una claridad que será marca de la casa.
La novela despliega una galería de personajes memorables. El propio Malloy, gigante descomunal, aparece descrito con la contundencia habitual de Chandler. Las dos figuras femeninas principales forman un triángulo emocional con Marlowe: por un lado, la explosiva señora Grayle, esposa de un multimillonario; por otro, la inteligente Anne Riordan, hacia quien el detective siente simpatía y respeto.
“Una cara simpática, una de esas caras que caen bien. Bonita, pero no tanto como para tener que ponerse nudilleras de metal cada vez que se saliera con ella.”
También encontramos dos tenientes de policía contrapuestos: el racista e incompetente Nulty, y el más profesional Randall, de la Brigada Criminal de Los Ángeles. A ellos se suma el enigmático Amthor, vidente de negocios turbios, y Brunette, hampón adinerado con salas de juego clandestinas y un alcalde títere bajo su control.
“No era ni joven ni viejo, ni gordo ni delgado. Pasar mucho tiempo en el mar o cerca del mar le había dado aspecto de disfrutar de muy buena salud. Cabello castaño con ondas naturales que el aire del mar acentuaba. Frente estrecha, aire inteligente y algo sutilmente amenazador en sus ojos, de color un tanto amarillento”
El retrato de Jessie Florian, viuda alcohólica, es uno de los momentos más brillantes del libro. En apenas unas líneas, Chandler capta la dejadez, la apatía y la derrota vital de un personaje que parece desmoronarse ante nuestros ojos:
“Se oyó un lento arrastrar de pies, la puerta se abrió y descubrí ante mí en la penumbra a una mujer de aspecto desastrado que se sonaba la nariz. Tenía el rostro hinchado y grisáceo. Pelo ensortijado de ese color incierto que no es ni castaño ni rubio, que tampoco tiene la vida suficiente para llamarlo rojo y no está lo bastante limpio para calificarlo de gris. El cuerpo, con algunos kilos de más, quedaba oculto por un informe albornoz de franela de una venerable antigüedad en cuanto a color y diseño. Era sencillamente algo con que cubrirse el cuerpo. Los dedos de los pies, grandes, resultaban bien visibles en unas zapatillas abiertas de hombre, de cuero marrón muy estropeado”
Los diálogos —ingeniosos, irónicos, mordaces— vuelven a ser uno de los grandes logros del autor. La novela está impregnada de un tono de comedia paródica que aligera la dureza del mundo que retrata sin restarle profundidad.
Adiós, muñeca deja un regusto extraordinario. Sin haber leído aún El largo adiós, considerada por muchos su obra más inolvidable, es evidente que Chandler alcanza aquí una madurez narrativa notable. Él mismo llegó a considerarla su mejor novela, y no es difícil entender por qué:
“Creo que mi mejor novela es Adiós, muñeca y que nunca volveré a lograr la misma combinación de ingredientes. El esqueleto es mucho más sólido, la invención es menos forzada y más fluida”
En Adiós, muñeca, Raymond Chandler alcanza una madurez narrativa que consolida su visión del género negro: una mezcla de corrupción, humor ácido, personajes inolvidables y una prosa que avanza con precisión quirúrgica. La investigación de Marlowe se despliega entre dos tramas que convergen con naturalidad, revelando un mundo donde la violencia, la ambición y la fragilidad humana conviven sin redención posible. Una novela imprescindible para entender la evolución del detective y la maestría literaria de Chandler. Explora otras obras de Chandler en la página ↗️
Para acompañar las andanzas del incorruptible Marlowe, nada mejor que el exquisito disco “Head First”, del compositor y pianista británico, John Turville, editado recientemente:
John Turville – piano, composition; Julian Argüelles – tenor and soprano saxophone; Robbie Robson – trumpet; Dave Whitford – double bass; James Maddren – drums. Whirlwind Recordings, 2019
Editorial: Alianza, edición 2007 ↗️
Colección: Biblioteca Chandler.
Traducción: José Luis López Múñoz


