Maurizio Ferraris y el arte de habitar lo vulnerable: sobre Aprender a vivir

Aprender a vivir, portada
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El pensamiento de Maurizio Ferraris en el ensayo Aprender a vivir.

Aprender a vivir es un libro que se acerca a nuestras horas más frágiles con una mezcla de lucidez y humanidad poco frecuente. Ferraris propone una filosofía que observa la vida cotidiana con ironía, precisión y una sensibilidad que desarma. Desde ahí, el libro se convierte en una invitación a pensar cómo habitamos el tiempo, el dolor y la incertidumbre.

«La vita finta o immaginata può essere un modello per la vita vera» (Una vida falsa o imaginada puede ser un modelo para la vida real).

—Maurizio Ferraris, entrevista con Gianfranco Brevetto, Exagere, 2024.

Maurizio Ferraris (Turín, 1956) es uno de los filósofos italianos más influyentes de las últimas décadas. Profesor en la Universidad de Turín y fundador del llamado nuevo realismo, ha dedicado buena parte de su obra a pensar cómo vivimos: cómo nos relacionamos con la tecnología, con las instituciones, con el trabajo y con nuestras propias fragilidades. Su estilo combina rigor conceptual con una ironía inconfundible, capaz de iluminar lo cotidiano sin caer en la solemnidad. Libros como La imbecilidad es cosa seria o Documanidad lo han convertido en una referencia para quienes buscan una filosofía en conversación con la vida real.

Maurizio Ferraris, autor de Aprender a vivir
Maurizio Ferraris (Por Jimhermar, CC BY-SA 4.0)

Un comienzo en falso

El libro se abre con una escena mínima y, al mismo tiempo, decisiva: una caída. Ferraris narra cómo, tras superar el Covid, se rompe el brazo en una calle de Matera. Lo cuenta sin dramatismo, pero con una claridad que ilumina lo esencial. «El año moría dulcemente», escribe, antes de que el accidente irrumpa como una especie de aviso: la vida, incluso en sus gestos más anodinos, puede quebrarse de pronto. Ese húmero fracturado funciona como una iluminación: lo que creíamos firme —el cuerpo, la rutina, la estabilidad— puede saltar en pedazos en un instante. Ferraris convierte ese episodio en una reflexión sobre la fragilidad como condición estructural de la existencia.

A partir de ese golpe inicial, Ferraris extiende la metáfora del cuerpo roto hacia una dimensión más íntima. El húmero desplazado se convierte en la imagen de una existencia que también ha perdido su eje. «Mi vida parecía estar fuera de quicio», escribe, y esa descolocación física y espiritual marca el tono del libro. La reconstrucción del hueso —osificación, paciencia, tiempo— corre en paralelo a la reconstrucción del sujeto, que debe recolocarse a sí mismo en un mundo que de pronto se ha vuelto inestable. Aprender a vivir nace de ese doble proceso: recomponer el cuerpo y recomponer la vida.

Tras el accidente, Maurizio Ferraris encuentra una forma para ordenar años de apuntes y reflexiones sobre lo que significa «aprender a vivir». El libro nace de un discurso sobre el conocimiento humanístico y de una constelación de notas que el golpe hizo precipitar. No pretende escribir filosofía en sentido estricto, sino —como él mismo dice— una «mélange de asuntos que giran en torno a la vida y a cómo puede aprenderse a vivir». El resultado es un ensayo híbrido, donde sentimientos, razonamientos y pequeñas derivas cotidianas se entrelazan con el tiempo suspendido de la convalecencia.

La convalecencia obliga a Ferraris a detenerse y, con un juego irónico entre húmero y Homero, a dar forma a una idea que llevaba tiempo rondándole. El libro adopta así una estructura fragmentaria —aforismos, escenas, pequeñas iluminaciones— que responde a ese estado de cosas: un cuerpo roto y un pensamiento que intenta recomponerse. «Cuando un tropiezo nos advierte que, tal vez, no hemos aprendido aún a vivir, merece la pena intentarlo una vez más», escribe, citando a Valéry como quien busca un viento favorable. Aprender a vivir es un intento de reparación: no del hueso, sino del espíritu.

El recorrido que propone Maurizio Ferraris se articula en cuatro paradas que abarcan apenas un «abrir y cerrar de ojos» dentro de la historia natural, y en una porción mínima de ese tiempo: la que él mismo ha vivido, directa o culturalmente.

Vivir

En “Vivir”, la primera parada, Maurizio Ferraris aborda la pregunta que atraviesa todo el libro: qué significa aprender a vivir. La cuestión parece obvia —todos vivimos, todos seguimos adelante—, pero se vuelve más compleja cuando se formula en su versión implícita: ¿se puede aprender a vivir bien? A diferencia de respirar o nadar, vivir bien no tiene reglas universales. Hay mil maneras de hacerlo y otras tantas de fracasar. Ferraris sitúa ahí el punto de partida: la vida como un aprendizaje sin manual, siempre incierto y siempre en curso.

Aprender a vivir no es solo una cuestión individual: implica también aprender a convivir, a habitar el mundo con otros. La experiencia enseña, pero no basta; la vida buena tiene un componente social, sentimental y cultural que nos obliga a medirnos con otros “yo”. De ahí que la tradición humanística esté llena de tratados sobre la amistad, la cortesía o la convivencia, desde Cicerón hasta Castiglione.

Ferraris recuerda que se aprende a vivir a través de modelos, instituciones y acontecimientos, pero también —y de manera decisiva— a través de la lectura. Leer amplía la imaginación, enriquece la tópica y ofrece un repertorio de historias con las que interpretamos nuestra propia vida. Incluso cuando la literatura funciona como evasión, esa fuga suele tener éxito parcial: se sale de un ciclo para entrar en otro. Por eso, aunque la experiencia sea insustituible, nuestra vida está moldeada por normas, formas y relatos que provienen de los libros. Como escribe Proust, “la verdadera vida… es la literatura”, una afirmación que Ferraris no adopta del todo, pero que tampoco descarta.

Ferraris contrapone aquí dos lógicas distintas: la de la vida y la de la literatura. La vida —la real, no la escrita— es finita, oscura, irreparable: lo que se hace o se dice no puede corregirse. En cambio, la literatura permite segundas oportunidades: puede reescribirse. Esa asimetría revela la condición trágica de la existencia humana. En la vida, lo que ha pasado, pasado está; nada vuelve a ser como antes.

De ahí su primera gran lección: en la vida no hay reparadores de destinos. Equivocarse es fácil y lo irreparable forma parte de la condición humana. Fitzgerald lo sabía: sus personajes viven en la grieta que se abre de improviso y demasiado tarde. La vida rara vez sigue un plan: sorprende como una metralla que estalla a un paso y deja una fractura más profunda que el Gran Cañón.

Maurizio Ferraris se pregunta cómo podría repararse una vida cuya forma auténtica ni siquiera conocemos. “Auténtica” no significa pura o aislada, sino simplemente no simulada; pero incluso eso es difícil, porque ninguna vida es solo propia: está hecha de lo aprendido, lo imitado, lo transmitido y, sobre todo, de los otros con quienes convivimos. De ahí surge una moral provisional: aprender a vivir en un sentido elevado quizá sea imposible, pero vivir —en su acepción más amplia— es algo que se aprende desde el primer día, entre ritmos, hábitos, lenguaje y modelos.

La vida verdadera está inseparablemente mezclada con la invención: desde cuentos y canciones infantiles hasta las ficciones más elaboradas, toda existencia humana está atravesada por relatos. No existe un ser humano indemne de literatura; la ficción forma parte de nuestra segunda naturaleza. Su valor no reside en decir la verdad ni en reparar destinos, sino en la calidad de su ejecución y su capacidad para cumplir un fin narrativo. La vida fingida arroja luz sobre la vida real precisamente porque no está obligada a ser verdadera, sino a estar bien construida.

Sobrevivir

En “Sobrevivir”, Maurizio Ferraris explora esa forma de vida al cuadrado que consiste no solo en persistir en el tiempo, sino en buscar —o soñar— otra vida más allá de la nuestra. Apenas nos acostumbramos a vivir y ya se vuelve insoportable la idea de que todo lo que somos vaya a desaparecer. De ahí las preguntas que atraviesan a Tolstói: ¿adónde se va uno cuando muere?, ¿qué queda cuando ya no estamos? Ferraris retoma esta inquietud para subrayar que, aunque podamos intentar aprender a vivir, nadie aprende a morir.

El final llega siempre, y con él desaparece todo lo acumulado. Ese telos —fin y finalidad a la vez— es lo que da sentido a la existencia. La muerte está inscrita en cada acto de la vida, y la felicidad del logro se entrelaza siempre con la melancolía del final. Sobrevivir es la tentativa humana —siempre fallida— de aplazar lo inevitable.

Maurizio Ferraris explora cómo el final ilumina el comienzo: es el extremo del tiempo el que da sentido a lo vivido. La experiencia funciona igual que la técnica: un acontecimiento presente puede hacer resurgir un pasado que creíamos perdido, como ocurre en En busca del tiempo perdido. En la matinée de los Guermantes, el narrador ve en los rostros envejecidos la materialización del tiempo. A veces el pasado vuelve por asociación sensorial, pero otras irrumpe como dolor: la abuela no resucita, Albertine no regresa; lo que vuelve es la ausencia.

De ahí la idea de las “intermitencias del corazón”: los afectos más profundos aparecen y desaparecen, el recuerdo se activa por azar y nunca a voluntad. Buscar el tiempo perdido es una empresa condenada: la verdadera resurrección no está en la obra monumental, sino en esos destellos involuntarios en los que el cuerpo recupera, por un instante, lo que ya no existe.

Ferraris desmonta una a una las alternativas a la muerte: ni el espíritu, ni la inmortalidad de las ideas, ni el reciclaje material de nuestras partículas ofrecen consuelo. Lo que nos importa es nosotros mismos, no un teorema ni una ardilla futura hecha con nuestros átomos. La única forma de supervivencia mínimamente creíble es la que proporcionan las prótesis técnicas: instituciones, obras, archivos, huellas que remolcan algo de lo que fuimos más allá de nuestra muerte. Champollion, sosteniendo un fragmento de papiro que preserva el nombre de un rey olvidado, encarna esa resurrección tenue del corpus, no del cuerpo.

La tecnología contemporánea democratiza esa supervivencia: en la web todos dejan rastros, aunque eso implique también errores y vergüenzas que pueden sobrevivirnos. Esta supervivencia técnica no anula la finitud, pero permite que algo de nosotros cruce el río del olvido.

Maurizio Ferraris examina también la tentación del sempiterno: no morir nunca, permanecer jóvenes, escapar al desgaste del tiempo. La literatura ha explorado esa fantasía desde Dorian Gray hasta Benjamin Button, pero es en El caso Makropulos, de Čapek, donde aparece su versión más lúcida: una mujer de casi cuatrocientos años, eternamente joven, que ya no soporta seguir viviendo. Bernard Williams veía en ello el tedio infinito de una vida repetida; Ferraris cree que el problema es más profundo: no psicológico, sino social. Una vida larguísima sería ecológicamente inviable, económicamente injusta y condenaría al individuo a un desfase perpetuo con el mundo. Nadie es grande a los ojos de quien lo ve demasiado de cerca.

Por eso, concluye Ferraris, es preferible sobrevivir en la memoria ajena —como un fantasma afectivo— que vivir demasiado tiempo en la propia casa.

Previvir

En “Previvir”, Maurizio Ferraris abandona la obsesión por la muerte para volver a la juventud, una edad que solemos idealizar pero que, como recordaba Paul Nizan, está llena de amenazas y desconcierto. Es el momento en que uno busca, casi a ciegas, un modo de aprender a vivir: manuales, ideologías, estilos de vida, relatos familiares y, sobre todo, libros.

La juventud es un tiempo de imitación, de narraciones que anticipan —o deforman— el porvenir. A eso llama Ferraris previvir: modelar la vida futura a través de artefactos culturales, especialmente novelas. Desde los cuentos nocturnos de los !Kung hasta las series contemporáneas, los humanos se alimentan de historias que primero entretienen y luego moldean la identidad.

En su caso, el libro decisivo no fue Nietzsche sino En busca del tiempo perdido. A los catorce años leyó las siete partes en un verano, y durante más de una década las releyó obsesivamente, hasta el punto de que su experiencia vital empezó a filtrarse a través de los personajes proustianos. Con los años, Proust dejó de ser un héroe, pero su influencia permaneció: la lectura anticipada se convirtió en vida real.

Maurizio Ferraris reconoce que la literatura prefigura vocaciones, deseos y decisiones. Así, previvir es dejar que un libro dibuje, sin que lo advirtamos, el cauce por el que fluirán nuestros días. Y aunque duda de que Proust le “salvara la vida”, admite que lo acompañó en su formación más íntima y que, incluso hoy, su lectura juvenil sigue actuando como una lente para comprender el tiempo y la fragilidad de la vejez.

La vida humana siempre ha sido narrada: desde las charlas nocturnas de los cazadores-recolectores hasta las conversaciones contemporáneas, seguimos hablando de muertos, viajes y experiencias. La experiencia —Erfahrung— está ligada al viaje, al desplazamiento, al error. Por eso tantos relatos fundamentales son relatos de viaje. La vida se cuenta para ser vivida, y se vive para ser contada.

De ahí la importancia de la relectura: Nabokov decía que solo se “lee” de verdad cuando se relee. Ferraris reconoce que su relación con Proust fue patológica —siete lecturas sucesivas—, pero también formativa: la Recherche se convirtió en un fantasma doméstico, un Odradek que habita su memoria con la fuerza de un recuerdo propio.

Ferraris analiza también la estrategia de supervivencia del “hombre del Boulevard Haussmann”: escribir para sobrevivir. Si el alma no puede invertir la flecha del tiempo, la escritura sí puede. La Recherche es un autómata que realiza el milagro vedado al alma: recuperar el tiempo perdido y convertirlo en tiempo reencontrado para los lectores.

Frente a Heidegger, que subordina la vida a la muerte, Maurizio Ferraris sostiene que se puede aprender a vivir sin un aprendizaje tanatológico. La literatura puede ayudar a imaginar la muerte, pero su función principal es ofrecer modelos, espejos y anticipaciones. Previvir es dejar que las historias nos preparen para una vida que aún no existe, pero que ya empieza a tomar forma en la imaginación.

Convivir

En la última parada, “Convivir”, Maurizio Ferraris abandona la metafísica y la melancolía para llegar a la enseñanza más simple y más difícil: convivir. El punto de partida es una carta de Leonard Cohen a Marianne Ihlen, escrita poco antes de la muerte de ambos: un adiós lleno de ternura y compañía. No es supervivencia, dice Ferraris, sino convivencia: la forma más alta de aprender a vivir.

Sin relatos compartidos, sin cultura común, sin un mínimo de saber transmitido, la convivencia sería imposible. Los animales se mantienen unidos por el social grooming; los humanos, además, por la escritura, las historias, las canciones, las películas. Aprender esto es el primer y último paso del aprender a vivir.

Pero convivir no es fácil. A veces se pierde el sentido del convivir por un simple desajuste químico: un déficit de serotonina puede convertir la vida afectiva en un ritual incomprensible. Otras veces la pérdida es existencial: uno se convierte en espectador de la vida, o cree que todo es una puesta en escena, o se convence de que a nadie le importa nada. Los caminos hacia el solipsismo o el nihilismo son infinitos.

La convivencia introduce normatividad: lo alto y lo bajo, lo justo y lo injusto. Y la escritura —instrumento privilegiado del convivir— siempre contiene una prescripción, un “hacerlo como”. Ferraris recuerda que su previvir con Proust fue una experiencia mimética: fingir, imitar y, finalmente, vivir. La mímesis es la base del aprendizaje humano, desde las pinturas rupestres hasta los modelos literarios.

Para ilustrarlo, recurre a Churchill. Su célebre discurso de 1940 —“lucharemos en las playas…”— es, en realidad, una reescritura del discurso de Clemenceau en 1918. Como en Plutarco, la luz en la hora más oscura llega gracias al ejemplo del pasado. La convivencia incluye también la convivencia con los fantasmas, con los modelos que nos preceden y nos sostienen.

Pero no todos los ejemplos son buenos. Platón desconfiaba de los poetas no por mentirosos, sino por malos educadores. La literatura puede prescribir, pero también puede mostrar el error, el horror, la ruptura de los lazos humanos. Ferraris recurre entonces a El corazón de las tinieblas: el rostro de Kurtz, su “¡El horror!”, como ejemplo de la vida que se deshace. Y pasa a Céline, cuya obra encarna esa mezcla de genio y abyección, de compasión torcida y odio cósmico. Su vida es un ejemplo negativo, pero un ejemplo al fin: muestra lo que ocurre cuando la convivencia se rompe.

El horror adopta muchas formas. Kafka lo muestra en La metamorfosis: Gregor Samsa convertido en insecto, incapaz de reconocerse. Ferraris llama a esto vicevivir: vivir la vida de otro, o vivir la propia como si fuera ajena. Es la catarsis aristotélica, el naufragio visto desde la orilla. Pero también es una forma de empatía: entender la vida humana desde la mirada de un animal, de un extranjero, de un viajero.

Todo esto conduce a la conclusión final: no estamos hechos para vivir en soledad. La convivencia no es un adorno, sino la condición misma de la vida humana. La cultura —los relatos, los ejemplos, las imitaciones— es el tejido que permite que los humanos convivan. Y convivir es, en última instancia, lo que da sentido al vivir, al sobrevivir y al previvir.

Epílogo: una lección final

Maurizio Ferraris vuelve al punto de partida —la caída, la fractura, la convalecencia— para cerrar el arco del libro con una constatación vital: la única esperanza razonable no es sobrevivir ni resucitar, sino renacer cada día dentro de lo posible. Este libro, dice, es distinto de los anteriores porque no nace de la conversación ni de la inteligencia, sino del silencio y del recogimiento.

La caída fue accidental, pero también reveladora: mostró una decadencia que llevaba tiempo gestándose sin que él quisiera verla. Como ocurre tantas veces, la trampa la había preparado él mismo, con todos los expedientes que había ido acumulando para “aprender a vivir”. El primer engaño fue creer que se puede aprender a vivir mediante un manual. El segundo, la idea de reparación: desde niño sabía que lo roto no se recompone, pero nunca dejó de intentarlo.

Sobre el vivir, reconoce que no se aprende, pero uno se acostumbra. Esa costumbre nos ata a la vida incluso cuando no parecería razonable seguir en ella. Derrida le dijo una vez que no es verdad que tengamos la edad que tenemos: llevamos dentro todas las edades anteriores, que conviven y discuten.

Sobre la supervivencia, tiene las ideas claras: es una ilusión. La esperanza de que los libros nos sobrevivan ya no le convence. La verdad es que, cuando uno se va, no queda nada: solo las personas a las que hemos amado, lo que confirma la superioridad del convivir sobre el sobrevivir.

Sobre el previvir, admite que ya está fuera de plazo. Sobre el vicevivir —la vida desplazada del profesor viajante— reconoce su futilidad. Lo único que permanece es el convivir. Es lo que ha aprendido con los años y lo que ahora defiende con la obstinación del converso. Sigue siendo un “animal esperanzado”, como decía Nietzsche, y espera un renacimiento, un alivio, un rejuvenecimiento del espíritu.

La experiencia enseña, pero siempre demasiado tarde. Cuando parece que uno ha aprendido a vivir, ya falta tiempo para hacerlo. Sin embargo, en los momentos de felicidad surge la ilusión de que todo puede recomponerse, de que cada cosa volverá a tener su nombre, como en los versos de Raboni. Es un espejismo, lo sabe, pero también una forma de esperanza.

Al final, lo valioso del libro de Ferraris no es la erudición —que la tiene— ni la arquitectura en cuatro tiempos, sino la honestidad con la que convierte una caída doméstica en una meditación sobre cómo sostenerse en pie. Aprender a vivir no ofrece recetas ni consuelos, pero sí algo más raro: una lucidez que no renuncia a la ternura.

Maurizio Ferraris nos recuerda que la vida no se domina, que la reparación es imposible, que la supervivencia es tenue y que la juventud no vuelve; pero también que, pese a todo, seguimos siendo animales esperanzados, capaces de renacer un poco cada día. En un tiempo saturado de manuales de autoayuda y promesas de plenitud, este libro propone lo contrario: aceptar la fragilidad, reconocer la irreversibilidad, convivir con los otros y con uno mismo. Y quizá ahí, en esa mezcla de humildad y coraje, esté la única lección que de verdad podemos aprender.

Aprender a vivir, Maurizio Ferraris ↗️

Traducción de Carlos Caranci Sáez

Alianza editorial, 2026

Hasta aquí la lectura de este ensayo.
Una invitación a pensar cómo habitamos la fragilidad, el tiempo y la convivencia.

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