Fiódor M. Dostoievski: “Memorias del subsuelo” (1864)

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El conflicto interior en “Memorias del subsuelo”.

Hay libros que no se leen: se descienden. Memorias del subsuelo es uno de ellos. En estas páginas breves y afiladas, Dostoievski da voz a un hombre que habla desde la herida, desde la humillación y desde una lucidez que incomoda. Su monólogo, contradictorio y feroz, inaugura una forma moderna de conciencia: la del sujeto que se sabe roto y aun así insiste en explicarse. Leerlo hoy es volver a ese punto donde la literatura dejó de buscar héroes y empezó a escuchar lo que ocurre bajo la superficie.

El inicio del libro anticipa el tono de la obra:

“Soy un hombre enfermo… Soy un hombre rabioso. No soy nada atractivo. Creo que estoy enfermo del hígado…”

Desde esa primera frase, Dostoievski instala una voz que se confiesa y se hiere al mismo tiempo, una conciencia que se sabe degradada y que convierte su propia enfermedad en método.

La oscuridad del texto no es gratuita. En 1864, Dostoievski atraviesa uno de los años más devastadores de su vida: en abril muere su esposa, María Dmítrievna, y tres meses después fallece su hermano y confidente, Mijaíl. De repente, debe hacerse cargo de la viuda y de cuatro sobrinos, además de unas deudas que lo asfixian. Trabaja sin descanso —periodismo, crítica, ficción— para sostenerse, mientras la epilepsia avanza y el clima político en San Petersburgo se vuelve cada vez más hostil. Revueltas, incendios, vigilancia: los intelectuales rusos están en el punto de mira, y él entre ellos.

Todo ese peso biográfico se filtra en Memorias del subsuelo. No como simple trasfondo, sino como una presión que deforma la voz del narrador y la empuja hacia la contradicción, la rabia y la lucidez amarga.

No hay que olvidar tampoco su encarcelamiento y los trabajos forzados que había sufrido años atrás por su participación en el Círculo Petrashevski, un grupo de intelectuales progresistas simpatizantes del socialismo utópico y abiertamente críticos con el zarismo y la servidumbre en Rusia. Aquella experiencia —la condena, la simulación de fusilamiento, la vida en el presidio— dejó una huella profunda en su visión del ser humano. Cuando fue liberado por el zar Alejandro II, Dostoievski sintió incluso cierta adhesión hacia él, una mezcla de gratitud y reconciliación política que marcaría su evolución ideológica. Con el tiempo, su pensamiento se fue acercando a los conservadores eslavófilos y alejando de los nihilistas y liberales que dominarían el clima intelectual de la década.

Consta de dos partes bien diferenciadas. La primera presenta al narrador, el “hombre del subsuelo”, que comienza a exponer sus memorias en un monólogo que roza el diálogo: interpela a una audiencia posible —los lectores— como si necesitara justificarse ante ellos. No tiene identidad concreta; sabemos apenas que tiene cuarenta años y que ha sido funcionario la mayor parte de su vida. En estas páginas aparece como un hombre enfermizo, contradictorio, lleno de conflictos internos, que salta de un tema a otro con una lógica quebrada, siempre hacia cuestiones filosóficas y metafísicas.

La segunda parte, más narrativa, retrocede veinte años para relatar una serie de episodios humillantes que marcaron su vida de forma indeleble. Son sucesos que, dos décadas después, sigue recordando con la misma intensidad con la que los vivió, como si el tiempo no hubiera logrado suavizar ni una sola arista de aquella herida.

Memorias del subsuelo, Dostoievski

Es un libro extraño y complejo que apunta en múltiples direcciones, pero una de las más visibles es la crítica que Dostoievski dirige al funcionario moderno, al pseudo‑progreso y al uso —y abuso— de la ciencia como coartada moral. El narrador del subsuelo observa cómo el ideal ilustrado de racionalidad termina produciendo seres calculadores, orgullosos, ambiciosos, incapaces de reconocer su propia miseria interior.

Para él, el hombre civilizado es orgulloso, ambicioso, egoísta. En esa nueva sociedad triunfa el espíritu del funcionario que solo aspira a ascender en el escalafón, sin importar el modo; y perece, en cambio, el viejo espíritu comunitario del pueblo ruso, una forma de vida que Dostoievski veía erosionarse bajo la presión del progreso mal entendido.

El sistema funcionarial ruso había desarrollado un complejo entramado de tablas, grados y escalafones por los que se ascendía de forma casi mecánica. El funcionario vivía pendiente de ese progreso burocrático, dispuesto a humillar a quien hiciera falta —compañeros o ciudadanos— con tal de avanzar un peldaño más. Para Dostoievski, ese modelo representaba una deformación del progreso: un uso perverso de la racionalidad moderna, donde el orden y la ciencia se aplicaban no para mejorar la vida común, sino para clasificar, controlar y separar.

Dostoievski defendía la ciencia y el progreso, pero no a cualquier precio. Consideraba absurdo que el aumento del conocimiento científico se empleara para elaborar nuevas tablas y sistemas de catalogación. Racionalizarlo todo implicaba, para él, un alejamiento de la comunidad, una pérdida del vínculo humano que sostenía la vida rusa tradicional.

El hombre del subsuelo, aunque abandonó su puesto de funcionario años atrás, sigue marcado por esa mentalidad burocrática: la obsesión por el rango, la susceptibilidad ante cualquier gesto, la incapacidad de confiar en otros. Otro rasgo que comparte con el funcionario moderno es la soledad: no puede tener amigos, ni encuentra a nadie en quien apoyarse en los momentos difíciles. Esa soledad no es solo biográfica, sino estructural; es el resultado de un sistema que convierte a los individuos en piezas aisladas dentro de una maquinaria que ya no entiende de comunidad.

El antihéroe atormentado vive en la oscuridad, debajo del suelo, escondido, casi como un insecto. La imagen anticipa un claro paralelismo con el escarabajo de La metamorfosis de Kafka: criaturas que encarnan la degradación, la vergüenza y la imposibilidad de habitar el mundo. En el caso de Dostoievski, esa vida subterránea no es solo un espacio físico, sino una condición moral.

Su enemigo es su doble, es decir, su propia conciencia. Ese es uno de los temas centrales del libro: la conciencia como enfermedad, como lucidez que duele. Para Dostoievski, el sufrimiento no proviene tanto del mundo exterior como de la capacidad del individuo para observarse sin piedad, para analizar cada gesto hasta convertirlo en una herida. El hombre del subsuelo no lucha contra otros, sino contra sí mismo, atrapado en un diálogo interior que nunca se resuelve.

Para el autor, el Humanismo ha fracasado. La vida es más trágica y contradictoria de lo que propone la visión humanista, y por eso Dostoievski defiende una postura de realismo trágico. En la segunda parte de la obra incluso parece ir más allá del realismo, acercándose al naturalismo en su tratamiento de la prostitución y en la concepción determinista que pesa sobre los personajes.

Otro rasgo destacable es el tono irónico que Dostoievski emplea a lo largo del texto, un tono que en ocasiones roza el histrionismo, la parodia y el esperpento. Esa ironía no rebaja la gravedad del relato: la acentúa, la vuelve más incisiva y más incómoda.

En poco más de cien páginas, Dostoievski construye una obra temprana pero decisiva, donde ya aparecen muchas de las obsesiones que desarrollará en sus novelas posteriores.

Memorias del subsuelo sigue siendo hoy una lectura imprescindible para entender el nacimiento del sujeto moderno y las tensiones morales que marcaron la obra de Dostoievski. Una novela breve, incómoda y visionaria que anticipa muchas de las preguntas que recorrerán su literatura posterior y que continúa interpelando al lector con la misma fuerza que en 1864.

La edición de Memorias del subsuelo publicada por Cátedra (Letras Universales, 2016) es especialmente recomendable. La edición y traducción de Bela Martinova ofrece un texto cuidado, preciso y muy bien anotado, que contextualiza tanto la compleja situación biográfica de Dostoievski como las claves filosóficas y literarias de la obra. Es una versión que facilita la lectura sin simplificarla y que permite apreciar la densidad del original ruso con una claridad excepcional.


Mussorgsky, pianista y compositor contemporáneo de Dostoievski, defendió también el realismo en la música. Al igual que el escritor, padecía epilepsia y, de forma trágica, ambos morirían en 1881. Entre sus obras más destacadas se encuentra Cuadros de una exposición, aquí interpretada por la Oslo Philharmonic bajo la dirección de Semyon Bychkov:


Editorial: Cátedra (Letras Universales), edición 2016.↗️
Edición y Traducción: Bela Martinova.
Retrato de Fiódor Dostoievski (1821-1881) realizado por Vassili Perov en 1872 y propiedad de la galería Tretiakov de Moscú.

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