Adam Zagajewski “W cudzym pięknie” (1998) Libro, “En La Belleza Ajena”, Ed. Pre-Textos 2017

Adam a base de fragmentos muestra parte de su autobiografía, de manera no lineal, alternando pasado y presente. Está escribiendo el libro desde París, donde vive en el momento de la escritura, concretamente en un gran edificio donde tiene que llevar auriculares para escuchar música o para aislarse de los ruidos en el bloque.
En Dos Ciudades (Ver Aquí), había trazado su vida en Gliwice hasta los dieciséis años. Aquí, en contadas ocasiones se retrotrae a su época inicial y muestra momentos de su vida a partir de su llegada a Cracovia con dieciocho años en 1963, a la calle Dluga; en un alojamiento pequeño propiedad de la señora Ch., dueña algo desagradable y su criada Helena, que también trabajaba en el servicio de desratización a hora temprana de la mañana. Ambas mujeres se enfrentaban continuamente. En este ambiente, Adam escapaba a las clases y a pasear para alejarse de su odio.
Pronto se trasladará a otro piso, propiedad de un funcionario del juzgado, correcto y sencillo al que cuidaba su amable esposa a la que gustaba cocinar.
Nos habla de su querida Cracovia, no bombardeada por los nazis, pues fue su centro de mando. Pero a su llegada se encontró una ciudad aletargada, como del s. XIX. en un otoño frío y lluvioso. Gracias a la influencia renacentista, la ciudad era bella, a pesar de mucho alcoholismo en las calles.
“Cracovia se despega de la gris dictadura del comunismo, tiempo atrás”, nos cuenta el autor.
Comienza estudios de Psicología, pero desencantado se cambia a Filosofía. Tiene recuerdos para el profesor Leszczynski, siempre con el abrigo en invierno y verano, siempre triste; Adam lo respetaba. Habla del viejo profesor de filosofía, Roman Ingarden, lamenta el autor no haber asistido a sus clases mágicas y pedía detalles a alumnos a los que impartió clases el estimado profesor.
Consigue entrar como profesor Auxiliar del departamento de Ciencias Sociales. Impartirá clases de Filosofía, en teoría debía explicar la filosofía marxista, pero se dedicará a leer junto con los estudiantes a Platón, Descartes, Kant y Hegel.
Gracias al filósofo y pianista Karol Tarnowski, pudo frecuentar el círculo de Tygodnik, donde había gente libre, tolerados a regañadientes por los comunistas.
En la segunda mitad de los años setenta participa en una intensa actividad disidente.
Nos cuenta la anécdota de su tía creyente Otta y su marido, profesor de filología clásica, agnóstico y anticlerical; vivían al lado de la iglesia de San Florián. A su tia le llamo la atención un joven vicario, culto y educado, y le invito a cenar y se hizo asiduo. Entablaba animadas conversaciones con el profesor. Su tía no podía entender como hablaba tanto con su marido no creyente; el joven era Karol Wojtyla.
Cita aforismos de literatos y pensadores, como Barrès:


“los gatos son como los dioses: aceptan las caricias, pero no las devuelven.”
Y breves pinceladas propias:


“Cuidar del mundo: leer un poco, escuchar algo de música.”
 
“En general, lo grande no puede ser expresado. En cambio lo pequeño sí: se puede intentar.”


“Dios, oculto. La miseria, evidente.”


Invita a pasear en la lluvia en París, por las calles que paseaba Celine, ver las vidrieras y viajar en tren a Chartres, Bourges, Vezelay, Borgoña.
La peor biblioteca, para él, es Beaubourg, en el Centro Pompidou en París:


“recuerda a una gigantesca sala de espera de una estación de tren”
 
 
Habla en torno a literatos como Bruno Schulz y su correspondencia con el profesor Szuman; de ciertas lecturas, principalmente le atrae el último Flaubert, donde elogia Bouvard y Pécuchet.
La poesía y la prosa se necesitan mutuamente, opina Adam; y prosigue:


“Días en que no logro escribir nada en absoluto -esos días quedarán para siempre mudos-. No podría entonces defender ni la poesía ni la prosa. El más sublime y regular trabajo del corazón.”


Y continúa disertando en torno a la creación literaria, no sin cierta ironía:


“Quien escribe o intenta escribir, y organiza su día pensando en la tarea que le aguarda, tiene que habérselas con dos problemas fundamentales: el primero, cómo despertarse; y el segundo (si lo primero se logra), cómo dormirse.”
En esencia, un libro inteligente que puede leerse a pequeños sorbos y dejar en la mesilla de noche para abrir en cualquier página; como libro de cabecera.
Como buen amante de la música, Adam nos habla de la asistencia a un concierto de un joven artista húngaro que toca el violín y la cítara:
“Ayer noche estuvimos escuchando -ya por segunda vez- a un excelente y jovencísimo violinista húngaro que toca una música que se halla en la frontera de la tradición gitana (el mismo es delgado y esbelto), de la música clásica y del jazz. Se llama Lajko Felix y domina el arte del violín de manera fenomenal, improvisa con una facilidad pasmosa, a veces con un ritmo y con una rapidez que cortan la respiración. Y, al mismo tiempo, no es un “virtuoso” que se sirva de su impecable técnica sólo para embriagar a los severos críticos musicales.” 

 

“Ki vagy te”, 2018

Lajkó Félix – Violín
Sidoo Attila – Guitarra

Y la escucha de los metales en el jazz:

“El jazz es la música de los metales. La trompeta de Clifford Brown o de Chet Baker, el saxofón de Charlie Parker o de Paul Desmond.” 

“Autumn Leaves”, 1974.

Chet Baker (Trumpet)
Paul Desmond (Alto Saxophone)
Bob James (Electric Piano)
Ron Carter (Contrabass)
Steve Gadd (Drums)

Editorial: Pre-Textos, edición 2017
Traducción: Ángel E. Díaz Pintado 

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