Colección Permanente (Random House, 2025) es el nuevo libro de María Negroni, una autora cuya trayectoria ilumina buena parte de la literatura argentina contemporánea.
María Negroni (Rosario, 1951) es una de las voces más singulares de la literatura argentina contemporánea. Poeta, narradora, ensayista y traductora, su obra se caracteriza por una escritura híbrida que cruza géneros, desmonta fronteras y explora los territorios donde la imaginación, la memoria y el pensamiento crítico se entrelazan.
Doctora en Literatura Latinoamericana por la Universidad de Columbia, ha enseñado en universidades de Estados Unidos y Argentina, y ha recibido premios como el Premio Internacional de Ensayo Siglo XXI, el Premio Municipal de Poesía de Buenos Aires y una beca Guggenheim.

Entre sus libros más destacados se encuentran El sueño de Úrsula, Galería fantástica, Archivo Dickinson, El corazón del daño y La noche tiene mil ojos. Su obra ha sido traducida a múltiples idiomas y es reconocida por su tono ensayístico-poético, su mirada indócil y su capacidad para pensar la literatura desde sus bordes.
En Querido Bartleby ya se publicó una crítica de su libro El corazón del daño, donde se exploraba su poética de la memoria, la herida y la reconstrucción. La lectura de Colección Permanente se vincula con ese universo, ampliando y profundizando la reflexión sobre la escritura, el archivo y la vida interior.
Intenciones de la autora en Colección Permanente
“Una vida dedicada a la escritura está llena de hallazgos y también de obstáculos”.
Colección Permanente se presenta como una exploración de la indocilidad en la escritura, abordando sus tensiones y paradojas en relación con la literatura argentina contemporánea. María Negroni define este proyecto como un espacio híbrido que combina autobiografía, ensayo, entrevistas ficticias y crítica. En este contexto, la mezcla de géneros no es solo una elección estética, sino una manifestación de una ética que abraza el riesgo y la apertura.
El volumen plantea interrogantes fundamentales sobre la limitación del lenguaje, la conexión entre vida y forma, el choque con el canon y el mercado, así como la urgencia de desarrollar una poética personal. La escritura se presenta como un ejercicio sin precedentes, lleno de contradicciones y matices, sustentado por una creencia en lo inefable.
Las menciones a Louise Glück y Derek Jarman introducen dos elementos clave: el anhelo insatisfecho que enriquece la existencia y el arte como una forma de resistencia ante la muerte. Desde esta perspectiva, Negroni sugiere que se debe habitar la literatura en lugar de simplemente explicarla, indagar en sus límites —vida, lectura, memoria, pérdida, imaginación— y evidenciar tanto su fragilidad como su fuerza, que actúan como compañía y consuelo.
Derek Jarman: el arte como resistencia frente a la muerte
“Blue es su testamento. Un film sin imágenes, despojado a extremos inauditos”.
María Negroni convierte a Derek Jarman en un emblema de creación al borde de la muerte: un artista que, ante el sida, responde con dos gestos radicales —un diario y un jardín— como si solo la escritura y la naturaleza pudieran sostenerlo frente a lo inminente. Blue, film reducido a una pantalla azul donde sobreviven la voz y la respiración del hospital, encarna para Negroni un despojamiento absoluto: la renuncia a la representación como forma extrema de verdad.
El jardín y el diario se presentan como espejos que se iluminan mutuamente en la “tierra salvaje de la enfermedad”. En este espacio donde se cruzan el sexo y la muerte, el dolor y el deseo, emerge la figura del “niño indócil”, un artista que convierte la adversidad en una oportunidad estética. La audaz propuesta de filmar la “muerte viva” va más allá de lo formal y plantea una cuestión ética. El arte se convierte en un acto de resistencia, una afirmación y el último refugio de la libertad.
Música callada: la poesía como despojamiento
“Haré un verso de absolutamente nada”. (Guillaume d’Aquitaine)
María Negroni conecta la herencia medieval con la innovación contemporánea, proponiendo la poesía como un acto de despojamiento radical. El ejemplo de Guillaume d’Aquitaine, quien crea “un verso de absolutamente nada”, sirve como una clave interpretativa: el poema no busca representar, sino afinar la percepción hacia lo que el lenguaje no puede expresar.
La figura de Néstor Sánchez refuerza esta ética con su “insularidad radical” en Manhattan, donde rechaza la facilidad de la expresión y transforma la prosa en un medio hacia una experiencia más pura y exigente. Negroni asimila esta tradición de indocilidad y la convierte en una poética de atención extrema, donde la poesía se presenta como la acústica del alma, un vaciamiento que permite tocar lo indecible. En Colección Permanente, esta visión posiciona la literatura no como un sistema de representación, sino como una forma de escuchar lo que queda fuera de las limitaciones del lenguaje.
La infancia del poema: escribir desde la intemperie
“¿Pero no tiene todo en contra quien empieza a escribir?”
María Negroni sitúa el origen de la escritura en un territorio de vulnerabilidad extrema: la dictadura menguante, los amigos presos o exiliados, el desamparo económico y emocional. Ese clima no es un simple contexto histórico, sino lo que ella llama “la infancia del poema”: un nacimiento en la intemperie, cuando la vida parece haber perdido sentido.
El regreso al estudio jurídico del padre y la visita al Centro de Salud Mental marcan el derrumbe personal, un umbral ambiguo —“entre una gripe y un cáncer”— desde el cual la escritura empieza a perfilarse como supervivencia. La recomendación de asistir a un taller literario, mínima pero decisiva, abre una práctica que no depende de instituciones, sino de una necesidad íntima.
Negroni lo formula con claridad: quien empieza a escribir lo tiene todo en contra. Y es precisamente desde ese “todo en contra” donde la escritura encuentra su precariedad constitutiva y su fuerza. En Colección Permanente, este episodio no es una anécdota aislada, sino la matriz de una poética: escribir es asumir la fragilidad, aceptar que el poema nace en un borde donde vida y literatura se tocan.
Querido Maestro: una pedagogía del extravío
El conjunto de epígrafes reunidos bajo el título “Querido Maestro” forma un verdadero ciclo pedagógico, una serie de diálogos —reales, imaginados o soñados— donde Negroni reconstruye su formación literaria a través de una figura que enseña desde la intemperie. No se trata de un homenaje sentimental, sino de una pedagogía del extravío, fundada en el miedo, la incertidumbre y la renuncia a cualquier certeza.
El maestro aparece como una presencia exigente, irónica, luminosa. Le transmite que el poema nace del temblor, que la disolución es fértil, que la escritura exige quebrar las palabras hasta volverlas ininteligibles y puras. Defiende una literatura no instrumental: un corte gratuito que se abre al desborde y al desastre formal. Habla de negatividad, de ignorancia fértil, de infringir las reglas después de aprenderlas, y recuerda que el único deber del artista es jugar, porque en la escritura siempre triunfa el texto.
Con el tiempo, la enseñanza se vuelve íntima: acompaña a Negroni en los años de miedo, depresión y desarraigo; le muestra que todo libro se cierra sobre una ausencia y que escribir es descender al Hades del lenguaje, una nekyia donde el yo se deshace para que la voz pueda aparecer. La distancia crece, pero la voz permanece: la escritura solo es legible si zozobra, la duda es una forma de añoranza, el lenguaje una argamasa infinita donde se busca un saber deficitario.
La frase que condensa el ciclo entero:
“El estilo es la huella de lo que se es sobre lo que se hace”.
funciona como su núcleo ético y estético. Desde allí, Negroni reconoce el punto de partida: la infancia del lenguaje, el borde del mar donde aún no sabemos qué es el agua, la casa mortal hecha de arena y agua donde el miedo —con suerte— se convierte en escritura.
Pensar la poesía: una teoría del riesgo, la tradición y la intemperie
Los epígrafes dedicados a la poesía en Colección Permanente forman un cuerpo compacto donde Negroni despliega una poética que es, al mismo tiempo, una ética del lenguaje y una política de la imaginación. Desde Leminski hasta Montalbetti, desde Steiner hasta Paz, estos textos componen una reflexión que entiende el poema como un espacio de riesgo, de desposesión y de pensamiento encarnado.
En Un nido de prisiones, María Negroni retoma la idea de Paulo Leminski: “La poesía es un inutensilio”. El poema comienza cuando se suspenden los datos del mundo para volverlos legibles desde otra historicidad, cuando el lenguaje ejerce sus prerrogativas estéticas sin someterse a la utilidad ni a la agenda social. Frente al Estado, frente al mercado, frente al “gusto popular”, la poesía insiste en su inactualidad, en su resistencia a cualquier sistema totalizador. Joyce lo sabía: la literatura es tan imprescindible —y tan inútil— como la heráldica o la numismática.
El poema de Mario Montalbetti condensa esta idea:
“Tres sílabas, silencio. Tres sílabas, silencio. Es la forma que tienen las aves de no decir nada.”
La provocación consiste en rehuir la provocación. No hay mensaje ni deber: solo la insistencia de lo hermoso. María Negroni lee en ese gesto una defensa de la autonomía del arte, una forma de resistencia frente a la realpolitik y sus lenguas vigilantes.
En La literatura se hace con la literatura, la autora se adentra en la tradición como un territorio de reapropiaciones. Steiner, Heine, Sontag, Calasso y Jarmusch coinciden en una misma intuición: no existe la página en blanco.
“La literatura es la gran morgue donde cada uno busca los muertos que ama”, escribió Heine.
La originalidad es un mito; lo auténtico es el modo en que cada escritor desplaza, transforma y celebra sus robos. La literatura, sugiere Negroni, es una conversación infinita con aquello que no es nuestro y, sin embargo, nos constituye.
Finalmente, en Vivencias de postergación, la poesía aparece como un ejercicio ligado a la falla, al desfasaje entre palabra y mundo. Octavio Paz lo formula con claridad: “Solo se es poeta mientras se escribe un poema”. Gelman completa la escena: “Nunca supe qué era esa roca, Sísifo”. Y Bonnefoy lo lleva al extremo: “Sucedía que era preciso destruir y destruir y destruir… La imperfección es la cima.” El poema es un trabajo de demolición y renacimiento, un esfuerzo por nombrar lo que siempre se escapa.
Entrevistas imaginarias: la tradición como conversación viva
En Colección Permanente, María Negroni reúne una serie de entrevistas imaginarias a figuras tan diversas como Vicente Huidobro, Emily Dickinson, Erik Satie, Paul Valéry, Hilda Doolittle, Macedonio Fernández y Robert Walser. No son documentos reales ni ejercicios de reconstrucción histórica: son ficciones críticas, escenas de ventriloquia poética donde la autora hace hablar a sus maestros, sus afinidades electivas y sus obsesiones estéticas.
Cada entrevista funciona como un retrato estilizado: Huidobro defiende la autonomía del poema; Dickinson habla desde la ausencia del yo; Satie convierte la música en caída; Valéry piensa la escritura como supresión; H.D. escribe desde la ruina y el exilio; Macedonio ironiza sobre la novela y la publicación; Walser responde desde la renuncia y la melancolía. Negroni no imita sus voces: las reimagina, las desplaza hacia su propio territorio, las convierte en personajes de un teatro íntimo donde la tradición se vuelve materia viva.
Estas entrevistas no buscan explicar a los autores, sino activar sus voces dentro del libro. Son una forma de lectura encarnada, un modo de apropiación afectiva y crítica. En ellas, la tradición deja de ser un archivo muerto para convertirse en una conversación continua, un coro de sombras que acompaña la reflexión de Negroni sobre la poesía, la escritura y la pérdida.
Escribir: desvío, pérdida y combate con el lenguaje
En varios epígrafes de Colección Permanente, María Negroni piensa la escritura desde su costado más radical: no como oficio ni como técnica, sino como una práctica de desposesión, un ejercicio que se funda en la falta, el desvío y la imposibilidad.
En Escribir qué, retoma la idea barthesiana de que escribir es un verbo intransitivo: “La escritura es lenguaje solo en la medida en que es falta de lenguaje”. Las citas de Bachmann, Vallejo, Jouve, Jaeggy y Beckett trazan un mapa de esa intemperie: escribir es perder potestad sobre las palabras, agujerear el lenguaje, inaugurar formas, cerrar los ojos para ver. La escritura aparece como un acto incómodo y lúcido, una forma de escuchar el silencio y de darlo a escuchar.
En Escena de lenguaje, la creación se presenta como una abolición del yo: quien escribe toma notas en el límite de lo inaudible, sueña poemas que alteran las cosas y los signos, sin borrar la miseria del mundo ni la carne en tránsito. La escritura es visión y desgarro, lente y herida.
En La palabra ilegible, Bernard Noël y Artaud llevan la reflexión al extremo. Noël declara:
“Tengo miedo a obedecer. Obedecer es ingresar en la gramática de una lengua”.
Artaud responde:
“Todos los que dominan su lengua son unos cerdos”.
No se escribe para fijar, sino para entrenarse a perder. La escritura exige un movimiento excéntrico, un desvío hacia una palabra ciega que ilumina lo velado desde su propia oscuridad.
Finalmente, en Oh Sócrates, haz música, Negroni lee la escena de Orphée de Cocteau como una definición esencial. “¿Y qué es un poeta? —Alguien que escribe sin ser escritor.” La poesía es un saber alucinatorio, una disciplina sin finalidad que obliga a renunciar para poder escribir. El dilema entre nombrar y poseer —“Si digo agua, ¿beberé?”, pregunta Pizarnik— atraviesa todo el fragmento. Como Orfeo, el poeta lucha con un real que siempre se escabulle, intenta atravesar las puertas del espejo para alcanzar el secreto de los secretos, y reconoce, al final, que la escritura es un diálogo con la muerte.
Subjetividad en tránsito (deseo, pérdida, exilio, formación)
En varios epígrafes de Colección Permanente, María Negroni explora la subjetividad como un territorio en movimiento: un espacio donde el deseo, la pérdida, el exilio y la formación literaria se entrelazan. Estos textos —que van de Kristeva a Ibn ‘Arabī, de Kentridge a Baudelaire— componen una reflexión sobre la identidad creativa como un proceso inestable, hecho de vacíos, desplazamientos y retornos.
En Narrar y poetizar, Negroni retoma la lectura de Julia Kristeva sobre la acedia para distinguir entre narración y poesía. Narrar implica aceptar la pérdida y recuperarla en el lenguaje; poetizar, en cambio, se parece a un duelo imposible, un vacío que ningún significante llega a compensar. Como escribe Negroni:
“Quien escribe un poema […] se repliega con nostalgia sobre el objeto de su pérdida que no logra precisamente perder.”
Esa imposibilidad funda una estética del temblor: el poema avanza entre tristeza y exaltación, como si cargara con un resto que no termina de resolverse.
En El deseo, un vacío radical, la reflexión se desplaza hacia la creación como carencia. William Kentridge se pregunta qué insuficiencia extrema lleva a alguien a pasar décadas dejando trazos sobre un lienzo. Negroni enlaza esa intuición con la teogonía de Ibn ‘Arabī, donde la creación surge de una palabra escrita. Allí se afirma que: “Dios era un Tesoro Escondido que a fin de conocerse escribe el mundo.” Pero ese gesto lo exilia de sí mismo y arrastra a sus criaturas a un desamparo compartido. Cada ser recibe, como compensación, una chispa que recuerda el origen perdido. La creación surge de esa falta, de ese deseo que busca una clave escondida en el corazón de la experiencia.
En Vive y averigua quién eres, Negroni narra su propio desarraigo en Manhattan. La frase inicial es un golpe de luz:
“Manhattan fue para mí un esplendor perplejo.”
El anonimato se convierte en método, la distancia en una forma de pensamiento. La posmodernidad le ofrece un marco para pensar lo inestable, lo nómade, lo descentrado. Sus libros de esos años —poesía en prosa, ensayos líricos, voces múltiples— son fruto de una subjetividad que se forma en el desplazamiento, en la pérdida idealizada como motor creativo.
En Las musas inquietantes, la traducción aparece como una escuela de formación estética. Negroni y Sophie —dos vidas opuestas, dos mundos sociales inconciliables— descubren juntas que: “La traducción es una escuela.” No solo expone a la música del otro idioma, sino que altera la cadencia propia, abre registros, ensancha la escucha. La escena es íntima y luminosa: dos jóvenes poetas inventando estrategias para persistir en el deseo de escribir.
Finalmente, en Filosofía de los juguetes, Negroni vuelve a la infancia como matriz del deseo. Siguiendo a Baudelaire, concibe el juguete como una primera forma de arte: un bastión minúsculo donde el sujeto deseante inventa lo personal para resistir la finitud. El poema se parece a ese objeto diminuto y absoluto, a ese mundo cerrado y manipulable que es a la vez santuario y prisión. Como escribe Negroni:
“Los poemas son centros adentro de un centro, micrografías del deseo.”
En ellos se despliega el arreglo floral de lo perdido y se vuelve visible una paradoja crucial: ninguna conquista cauteriza del todo; la herida persiste como una forma de luz.
Heterodoxia, resistencia y anacronismo: la política del arte
En varios epígrafes de Colección Permanente, María Negroni reflexiona sobre la posición del arte frente al Estado, el mercado, la academia y el tiempo histórico. Estos textos —que van de Leminski a Said, de Joyce a Quignard, de Saer a Agamben— componen una defensa de la literatura como espacio de resistencia, inactualidad y desobediencia.
En El canon de la heterodoxia, Negroni analiza cómo el mercado y la academia cooptan rápidamente las escrituras marginales, transformando la desobediencia en mercancía. La paradoja del “canon de la heterodoxia” revela una tensión histórica: desde el romanticismo alemán hasta los poetas beat, pasando por las figuras descarriadas de la literatura argentina, la rebeldía ha sido absorbida por los sistemas de prestigio. Negroni lo formula con claridad:
“El mercado suele estar muy atento a los discursos del margen. Los coopta enseguida.”
La tecnología intensifica este fenómeno, convirtiendo la marginalidad en tendencia y la diferencia en contenido, mientras promueve la autopromoción y banaliza el pensamiento. Negroni advierte sobre la celebración acrítica de las heterodoxias contemporáneas, especialmente cuando coinciden con agendas de mercado. Su propuesta es clara: buscar la heterodoxia fuera del presente, en un tiempo que no pueda ser capturado por la moda.
En Correr hacia atrás, María Negroni explora la idea del anacronismo como método estético. La frase de Pascal Quignard —“Escribo para que me lean en 1640”— funciona como declaración de principios: no hay progreso en el arte, solo un movimiento retrospectivo hacia la noche originaria donde conviven infancia, mito y lenguaje. Héctor Murena propone algo similar al reivindicar el arte de volverse anacrónico, una forma de percibir lo que permanece más próximo al origen.
Negroni retoma también la noción de “lo contemporáneo” de Agamben: obras que trabajan contra su tiempo para convertirse, paradójicamente, en su tiempo verdadero. Lo intempestivo —ese “demasiado pronto” que es también “demasiado tarde”— exige resistir el apuro de las modas y recordar que el arte es un palimpsesto, una recreación constante cuya calidad depende de la profundidad de sus referencias. La literatura, concluye Negroni, es el único lugar donde podemos no ser contemporáneos sino de la humanidad, situarnos en silencio frente a la totalidad del ser.
Inactualidad, orfandad y desacomodo: una estética de la intemperie
En varios epígrafes de Colección Permanente, María Negroni desarrolla una poética de la inactualidad: una defensa del arte que se sustrae al presente, que rehúye la demanda inmediata y que encuentra su fuerza en la orfandad, el desacomodo y la inmadurez preservada. Estos textos —que van de Duras a Michon, de H.D. a Lezama, de Roth a Rothko— componen una reflexión sobre la literatura como aventura espiritual, como resistencia al tiempo y como forma de gracia.
En La obligación de lo actual, Negroni rechaza la literatura que responde a la moda, a la urgencia, a la demanda del día. Con Duras, desconfía de los “libros de un día” y reivindica la necesidad de silencio, pozo y autoría profunda. Pierre Michon lo formula con una precisión que Negroni hace suya:
“Las obras que cuentan son opacas y añaden opacidad al mundo”.
La literatura, dice, no tiene raíces más que en la letra, en la intuición, en la búsqueda de enigmas. Su apuesta es siempre a lo absoluto: una primera persona cada vez más ausente, cada vez más dueña de sus jergas negras.
En La posesión de la orfandad, la autora narra su búsqueda de épicas femeninas y su encuentro con H.D., con Carpaccio y con la figura de Santa Úrsula. La orfandad aparece como condición de posibilidad: escribir desde la falta de genealogía, desde la ausencia de modelos, desde la necesidad de inventar una tradición propia. Úrsula —viajera improbable, hija absoluta, novia imposible— encarna una catábasis femenina donde el descenso es también germinación. La escritura se vuelve un espacio de escucha, un lugar donde formular preguntas sobre el sufrimiento, lo real y la condición efímera.
En Estampas del desacomodo, María Negroni desmonta la idea de los géneros literarios como categorías fijas. Lezama Lima y Philip Roth coinciden en que la literatura es un espacio de irreverencia, juego y duda: el poema puede convertirse en novela, la novela en arca, la vida en pozo iluminado. Negroni lo resume con una frase que condensa la poética del desvío:
“La literatura es un atlas efímero y una construcción dubitativa”.
Allí donde el lenguaje se vuelve falta de lenguaje surge la riqueza, porque el infinito solo puede buscarse en la localización del vacío. La lectura —como quería Macedonio— es la carrera literaria más difícil: un ejercicio de desorientación exquisita donde el riesgo es más alto y, por eso mismo, más intensa la libertad que crea.
Finalmente, en Palabras para un mantra, María Negroni condensa una mística mínima del acto creativo. Silentium. Preferiría no hacerlo. La página como cerebro. Preservar la inmadurez. Imitar a Rothko, que repetía un Rothko una y otra vez. Ascender a lo hondo, a la alegría, a la gracia. Este mantra funciona como un recordatorio de que la escritura exige una disposición espiritual: una mezcla de renuncia, concentración y apertura. La inmadurez no es defecto, sino condición de posibilidad; la repetición, una forma de libertad; el silencio, un método.
Literatura, tradición y desvío: preguntas a la zona muda
En varios epígrafes de Colección Permanente, María Negroni piensa la literatura como un territorio donde se cruzan la tradición, la invención, la heteronimia, la política y la ruina. Estos textos —que van de Felisberto Hernández a Steiner, de H.D. a Hölderlin— componen una reflexión sobre la escritura como interrogación de lo indecible, como reescritura de lo heredado y como forma de resistencia frente a cualquier identidad fija.
En Preguntas a la zona muda, María Negroni aborda la escritura de La Anunciación como una entrada en territorio minado: un espacio cargado de heridas históricas donde no busca repetir la denuncia ni el discurso de la víctima, sino interrogar un punto ciego de los años 70 argentinos. Para evitar el riesgo de lo referencial, construye una heteronimia exacerbada: una miríada de voces que se pulverizan y reaparecen dentro de la novela, interactuando como una célula delirante con testigos, militantes, artistas y mensajeros de la irreverencia. La clave está en preservar el secreto, en no clausurar lo real. Negroni lo subraya citando a Felisberto Hernández:
“El objetivo de una narración […] no es descifrar las escenas representadas porque, si fueran reveladas, se limpiaría su secreto”.
En ese secreto incomunicable —en esa oscilación donde el yo se niega a fijarse en una identidad— reside la materia literaria: un modo de evocar la violencia sin reducirla, de coserla a una historia amorosa sin despojarla de su imprecisión.
En Retrato de un friso, la autora revisita su formación feminista en Columbia y cuestiona las consignas que exigían una “escritura del cuerpo”. Rechaza toda esencia femenina en la literatura y denuncia los silenciamientos del canon. La intervención del friso de la Biblioteca Butler —donde las estudiantes escribieron los nombres de autoras ausentes— se vuelve una escena fundacional de esa toma de conciencia.
Más tarde, su encuentro con la literatura gótica le revela una afinidad inesperada: los huérfanos, nocturnos y curiosos del gótico dialogan con los poetas modernos, ambos atrapados en la jaula del lenguaje. La conclusión es radical: si la cultura asocia lo femenino con la oscuridad, la materia y la muerte, entonces toda escritura —también la de los hombres— es, en su núcleo, intrínsecamente femenina.
Finalmente, en Boceto para un vacío, María Negroni evoca la figura de Hölderlin en su vejez, recluido en el “Hospital de la Filosofía”, respondiendo a múltiples nombres, sostenido por la familia, manso y devastado. La escena funciona como una meditación sobre la fragilidad del poeta, sobre la locura como forma extrema de desacomodo y sobre la escritura como vacío radical. Hölderlin —Scardanelli, Buonarotti, Magister— encarna la disolución del yo en la lengua, la pérdida de la identidad en la multiplicidad de voces, la deriva hacia un espacio donde la literatura y la vida ya no se distinguen.
Biblioteca íntima: la tradición como estante personal
En Hágalo usted misma, María Negroni revela la dimensión más privada de su relación con la literatura: la biblioteca como espacio de formación, de compañía y de deseo. A diferencia de los estantes dedicados a proyectos específicos —Pizarnik, las sagas islandesas, la literatura medieval, el gótico, Dickinson, Satie, el cine negro—, los libros que enumera aquí no responden a ninguna investigación puntual. Son, más bien, sus libros entrañables, aquellos que relee sin propósito, por puro fervor, por contagio de lucidez.
“Son mis libros más entrañables, los que, de tanto en tanto, releo y, por eso, los tengo al alcance de la mano”.
María Negroni los describe como una estirpe de creadores que se mueven a contrapelo de cualquier poder, especialistas en la desproporción verbal, en la opacidad, en lo arisco. Son autores que no buscan agradar ni encajar, que escriben desde la rareza, la intensidad y la desobediencia. Su presencia en el estante que la acompaña mientras escribe es una forma de compañía espiritual, pero también una aspiración secreta: la fantasía de que, algún día, un libro suyo pueda ocupar un lugar semejante en la biblioteca de otro.
La lista —que va de Schwob a Lispector, de Calvino a Camus, de Zambrano a Valéry, de Rilke a Gervitz, de Attar a Hölderlin, de Novalis a Kleist, de Barnes a Guimarães Rosa, de Duras a Yourcenar, de Kafka a Bachmann, de Sebald a Maeterlinck, de Quignard a Thénon, de Barthes a Sánchez, de Beckett a Dickinson, de San Juan de la Cruz a Teresa de Jesús, de Paz a Stampa, de Borges a Demitrópulos…— es un mapa de afinidades electivas, un friso de obsesiones, un autorretrato por desplazamiento.
Cada nombre es una clave de lectura de Negroni: su gusto por lo fragmentario, lo visionario, lo nocturno, lo místico, lo excéntrico, lo marginal, lo desobediente. Su biblioteca íntima es también su poética: un archivo de sombras, una constelación de voces que la acompañan en la escritura y que, de algún modo, la escriben a ella.
La escritura como falla, armonía y fractura
En estos epígrafes, María Negroni despliega una reflexión sobre la escritura como un ejercicio que nace de la falla, se sostiene en la armonía interior y se expresa en la fractura. Desde Octavio Paz hasta Deleuze, desde Arles hasta el fragmento autobiográfico, la autora compone una poética donde el lenguaje es siempre insuficiente, pero también infinitamente fértil.
En Vivencias de postergación, María Negroni retoma la idea de Octavio Paz: solo se es poeta mientras se escribe. La poesía es un combate con la lengua, un logro fugaz que se pierde en el instante mismo en que se alcanza. Como Sísifo, el poeta empuja una piedra que vuelve a caer, y ese fracaso —dice Paz— es fructífero: el deseo insatisfecho relanza la nominación. Yves Bonnefoy lo formula como destrucción necesaria: solo triturando la forma se alcanza la salvación:
“La imperfección es la cima”.
En Cahier de musique, la escritura se vincula al lugar. Arles —con su luz provenzal, sus plátanos, el Ródano, el hospital donde estuvo Van Gogh— se convierte en un espacio de armonía interior. Allí Negroni traduce, escribe, encuentra la cadencia de textos que avanzan solo al retroceder. El río, con sus manchas aceitosas y su persistencia absoluta, se vuelve metáfora de la escritura: un fluir que no se detiene, un movimiento que acompaña la meditación. La escena final —“Amada en el Amado, Anima Mundi”— revela la dimensión espiritual de esa experiencia.
En La impertinencia del ensayo, María Negroni reivindica el ensayo como forma herética. El ensayo avanza a tientas, atento al sobresalto, reacio a la academia y a sus fórmulas. Su ley formal es la herejía, dice Adorno: un espacio para modos no reglamentados de la subjetividad. El ensayo renuncia al ornamento, al éxito, a la reconciliación, para producir una fractura en el lenguaje. Las palabras viajan desde lo que no saben hacia lo que no saben, como animales perdidos cuya única ambición es mejorar la calidad de sus preguntas. El arte, en esta visión, es el arte de preguntar.
Finalmente, en La jaula vacía, Negroni relee El corazón del daño desde la paradoja kafkiana del nadador que no sabe nadar y la idea de Deleuze según la cual quien narra no coincide con quien escribe. La escritura no reconstruye un pasado: explora agujeros psíquicos —la madre como sirena, la hija como deseo impronunciable, la biblioteca como mal negocio— y convierte el fragmento en una respiración hecha de pequeñas crisis que avanzan por saltos, más atentas al tono que al desarrollo.
La autora condensa su poética en una frase decisiva:
“La biografía de un escritor radica exclusivamente en la tergiversación del lenguaje que emplea”.
No hay un yo previo a la escritura, sino un infralenguaje que se hunde en la memoria y avanza por espasmos. El libro está hecho de lo que desconoce: un bordado para construir silencio, una obra‑desierto que busca una escritura de lo no escrito, breve y extraviada. En ese movimiento donde un texto se superpone a otro, la escritura desciende a su fondo insostenible: el lenguaje es incapaz de cerrar el lenguaje.
Coda: el balbuceo y la barca involuntaria
En la coda de Colección Permanente, Negroni condensa los núcleos de su poética: el dolor como impulso, la memoria como teatro y la escritura como un balbuceo sagrado que transforma la sensación en forma. A partir de la idea de que el dolor mueve palabras, el texto reflexiona sobre el deseo, la tristeza y la invención de lo real.
El teatro de la memoria de Giulio Camillo le sirve para pensar la evocación como un espacio donde el yo sostiene su fracaso y, aun así, produce imágenes severas: el nicho materno, la precariedad de lo humano, los pensamientos truncos. La curiosidad y la obsesión por el detalle sostienen la lentitud de los libros, esa lentitud que permite escuchar el dictum de la Muerte y trazar redes infinitas —como Plinio o Cornell— para intentar un recuento inagotable del mundo.
El desafío es emprender un “viaje circular absoluto” entre extravío y presencia, ese leve corrimiento donde el balbuceo abre un hueco para lo sagrado: “una formación de soldaditos de plomo mirando cómo pasa, por el río ingobernable, la barca involuntaria de la vida”. La conclusión se presenta como despedida y revelación: la escritura se convierte en un gesto mínimo que acompaña el fluir del mundo, una atención intensa hacia lo que se escapa, una forma humilde y asombrada de contemplar el paso irrepetible de la existencia.
“Colección Permanente”, María Negroni ↗️
Editorial Random House, 2025
Si te interesa escuchar a la propia María Negroni hablar del libro, puedes ver aquí la presentación de Colección permanente.
Hasta aquí la lectura de Colección Permanente.
Un libro que piensa la escritura desde sus bordes: riesgo, memoria, deseo y extravío.
Si quieres seguir explorando la obra de María Negroni —o lecturas afines en espíritu—
aquí tienes una pequeña selección recomendada en Querido Bartleby:
▶️ María Negroni: El corazón del daño
▶️ César Aira: Ideas diversas
▶️ Constanza Michelson: Nostalgia del desastre
▶️ Ariana Harwicz: El ruido de una época
*Ensayos y escrituras que, desde distintos ángulos, interrogan el lenguaje y sus desvíos.*


