Crítica de Bartleby y compañía, de Enrique Vila-Matas.
En Bartleby y compañía, Enrique Vila-Matas construye un libro que es, al mismo tiempo, diario, cuaderno de notas, catálogo literario y ensayo disfrazado de ficción. Tras veinticinco años sin escribir, el narrador —un oficinista jorobado que decide retomar la escritura— se propone rastrear lo que él llama “la literatura del No”, es decir, la constelación de autores que, por motivos diversos, renunciaron a escribir o hicieron del silencio su forma de expresión. El resultado es un texto híbrido, irónico y profundamente literario, que dialoga con la tradición mientras la subvierte.

El punto de partida es, inevitablemente, Bartleby, el inolvidable personaje de Melville, copista de oficina que responde a cualquier petición con su célebre: “Preferiría no hacerlo”. Ese gesto mínimo, casi burocrático, se convierte en una metáfora de la renuncia radical, del rechazo a participar en el engranaje del mundo y, por extensión, en la escritura.
A partir de ahí, Enrique Vila-Matas despliega un recorrido fascinante por autores que encarnan, de un modo u otro, ese síndrome bartlebyano. Aparece Robert Walser, que pasó por múltiples empleos y entendía que “escribir que no se puede escribir, también es escribir”. Surge Juan Rulfo, autor de dos obras maestras —Pedro Páramo y El Llano en llamas— tras las cuales guardó un silencio absoluto. También Rimbaud, que a los diecinueve años ya había escrito toda su obra antes de desaparecer en su propia leyenda.
El libro recoge renuncias célebres y desapariciones reales: Pepín Bello, que no escribió porque “no era nadie”; Arthur Cravan, boxeador, poeta y sobrino autoproclamado de Oscar Wilde, que editó cinco números de una revista antes de perderse en México; o Hart Crane, autor del poema épico El Puente, que también desapareció en el Golfo. Vila-Matas traza estas vidas como si fueran notas al pie de un gran libro invisible.
El catálogo continúa con figuras como Duchamp, que abandonó la pintura durante más de cincuenta años, o De Quincey, cuya relación con el opio se convierte en una forma de renuncia creativa. En el caso de Felisberto Hernández, el autor matiza: no es un escritor del No, pero sí lo son sus cuentos, siempre dejados sin terminar, siempre negándose a cerrar.
No faltan los grandes silenciosos del siglo XX: Salinger, con décadas de retiro absoluto, y Thomas Pynchon, huidizo hasta el extremo, del que apenas se conserva una fotografía juvenil. El narrador también revisita los dos relatos fundacionales del síndrome: Wakefield, de Hawthorne, y el propio Bartleby de Melville, ambos centrados en renuncias que afectan a la vida entera.
El libro incorpora reflexiones sobre la creación literaria, como la de Julio Ramón Ribeyro, que escribe: “Guardamos todos un libro, tal vez un gran libro, pero que rara vez emerge”. También casos singulares como el de Henry Roth, que tras el fracaso inicial de Llámalo sueño cayó en un silencio de décadas antes de regresar con una obra monumental; o el de Juan Ramón Jiménez, que dejó de escribir tras la muerte de Zenobia.
En contraste absoluto aparece Georges Simenon, el antibartleby por excelencia: autor de cientos de novelas, miles de cuentos y una producción casi inabarcable. Su figura sirve para iluminar, por oposición, el territorio del No.
Bartleby y compañía es una obra originalísima en la que Enrique Vila‑Matas convierte el silencio en materia narrativa. A través de la “literatura del No”, rastrea a los autores que renunciaron a escribir o hicieron del silencio una forma de obra, y construye un ensayo ficcional que reflexiona sobre los límites de la creación y la imposibilidad de seguir escribiendo. Un libro lúcido, singular y decisivo para comprender la poética del silencio en la literatura contemporánea.
La música que atraviesa Bartleby y compañía
Entre las notas al pie, las desapariciones y los silencios, también desfila la música. Enrique Vila‑Matas deja caer, casi como quien respira, los nombres de dos trompetistas que acompañan su escritura y su deriva reflexiva.
En un momento del libro, el narrador anota:
“Hoy es 17 de julio, son las dos de la tarde, escucho música de Chet Baker, mi intérprete preferido”
La presencia de Chet Baker no es casual: su tono frágil, íntimo, casi desvanecido, encaja con la poética del No, con esa literatura que se sostiene en la renuncia y en la retirada.
Chet Baker (flugelhorn, vocal),
Jacques Pelzer (alto sax, flute),
Rene Urtreger (piano),
Luigi Trussardi (bass)
Franco Manzecchi (drums)
Más adelante aparece Tony Fruscella, discípulo de la escuela de Baker y Miles Davis, otro músico marcado por la intensidad y la sombra:
“Me he levantado del sofá para poner de fondo música de Tony Fruscella, otro de mis artistas favoritos.”
Tony Fruscella – Trumpet.
Allen Eager – Tenor Sax.
Danny Bank – Baritone Sax.
Chauncey Welsch – Trombone.
Bill Triglia – Piano.
Bill Anthony – Bass.
Junior Bradley – Drums.
Bartleby y compañía, de Enrique Vila-Matas ↗️
Editorial Anagrama, 2000


