Juan Marsé “Ronda del Guinardó” (1984)

Ronda
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Crítica de Ronda del Guinardó, de Juan Marsé (1984).

Ronda del Guinardó (1984) es una de las novelas más breves y afiladas de Juan Marsé, un autor que convirtió la Barcelona de posguerra en un territorio moral antes que geográfico. En poco más de cien páginas, Marsé construye un relato seco, casi policial, donde una joven debe identificar el cadáver de su novio en un depósito municipal. A partir de ese gesto mínimo, el escritor despliega una mirada lúcida sobre la ciudad, la memoria y las heridas que deja el desencanto. Esta crítica se adentra en esa pieza menor solo en extensión, pero decisiva dentro del universo marsiano.

Novela corta de Juan Marsé, publicada en 1984, poco después de Un día volveré, Ronda del Guinardó condensa en poco más de cien páginas muchas de las obsesiones del autor: la memoria, la ciudad como escenario moral y la mirada desencantada sobre la posguerra barcelonesa.

La acción transcurre el 8 de mayo de 1945, justo al día siguiente de la rendición de Alemania. Mientras Europa celebra el final de la guerra, Barcelona sigue atrapada en su propia derrota. En ese contexto, un inspector de policía recorre las calles de la barriada del Guinardó acompañado por Rosita, una adolescente que debe identificar un cadáver: el posible violador que la agredió dos años antes. Ese trayecto, aparentemente rutinario, se convierte en el eje de la novela.

Juan Marse
Juan Marse (Por Elisa Cabot CC BY-SA 2.0)

Marsé aprovecha ese desplazamiento para trazar un recorrido físico y emocional por las calles de su infancia, un territorio que reaparece una y otra vez en su obra. Con su precisión habitual, retrata un Guinardó áspero, lleno de solares, cuestas y rincones que funcionan como un mapa íntimo de la ciudad. No se limita a describir el barrio: lo convierte en un personaje más, un espacio donde se mezclan la violencia, la pobreza y una cierta dignidad silenciosa.

El inspector y la muchacha avanzan entre conversaciones tensas, silencios incómodos y una atmósfera de resignación que define la Barcelona de posguerra. La novela, aunque breve, está cargada de matices: la relación ambigua entre autoridad y víctima, la fragilidad de la memoria, la forma en que el pasado se impone incluso cuando se intenta olvidar. Marsé escribe con su estilo característico: seco, preciso, sin adornos innecesarios, pero con una profundidad que emerge en cada gesto y cada mirada.

Dos personajes caminarán por esas calles: un inspector de policía decrépito, en horas bajas, con problemas físicos evidentes y con la amenaza de una inminente separación por parte de su mujer; y, junto a él, Rosita, una niña huérfana de casi catorce años, recogida en el orfanato Casa de Familia de la calle Verdi. La muchacha transporta una pequeña capillita de la Virgen de Montserrat, uno de esos altares domésticos que iban rotando de casa en casa y que incluían una ranura para depositar monedas destinadas a la iglesia. Ese detalle, aparentemente menor, introduce una nota de religiosidad popular que contrasta con la sordidez del encargo policial.

El inspector necesita que Rosita acuda al mortuorio para identificar el cadáver del hombre que, según sospecha, podría ser el violador que la agredió dos años atrás en un descampado. La adolescente, sin embargo, no muestra el menor interés en colaborar: camina a regañadientes, responde con desgana y parece más preocupada por proteger la capillita que por enfrentarse a un pasado traumático que no desea revivir. Esa resistencia, casi silenciosa, añade tensión al trayecto y revela la distancia emocional entre ambos personajes.

El tiempo real de la novela transcurre aproximadamente entre las cuatro de la tarde y la medianoche. Ese arco temporal, aparentemente limitado, le basta a Marsé para construir un retrato completo de un barrio y de una época. Durante la caminata, Rosita se detiene en varias casas donde realiza pequeñas tareas de cuidado o limpieza para ganarse unas monedas. Mientras tanto, el inspector aprovecha para tomar algo en un bar o pasear sin rumbo, “matando el tiempo” con la resignación de quien ya no espera demasiado de su oficio ni de su vida.

Ese ir y venir permite a Marsé desplegar un fresco urbano del Guinardó de posguerra: un barrio humilde, poblado por emigrantes recién llegados, mendigos, golfillos, pequeños comercios y bares donde la supervivencia cotidiana se mezcla con una cierta dignidad silenciosa. Las descripciones son precisas, casi cinematográficas, y convierten el recorrido en una especie de cartografía moral de la ciudad.

En el trasfondo late también la situación política del momento. Aunque Barcelona sigue sometida al Régimen franquista —abiertamente simpatizante de la derrotada Alemania—, se percibe una leve esperanza en la posible ayuda aliada tras el final de la guerra. Marsé introduce pequeños gestos de resistencia: conatos de huelga, octavillas subversivas lanzadas al vuelo, murmullos de descontento que apenas se atreven a tomar forma. Son detalles mínimos, pero suficientes para mostrar que, incluso en un ambiente opresivo, la ciudad conserva un pulso propio.

El trayecto deja constancia de los cambios que han sufrido ambos personajes entre el pasado y el presente. En apenas dos años, Rosita ha perdido la inocencia que tenía cuando fue agredida. Ahora mantiene una relación con un hombre bastante mayor que ella, más cercano a un proxeneta que a un novio, una figura que la utiliza y la condiciona. Su madurez forzada, su cansancio y su desconfianza revelan una adolescencia truncada. Para ella, el final del día y la vuelta al hogar suponen un alivio: no tanto por haber cumplido con el encargo, sino porque por fin se libra de la presencia del inspector, cuya autoridad y mirada la incomodan desde el primer momento.

En el caso del inspector, el contraste entre pasado y presente es aún más evidente. Aquel hombre que en otro tiempo encarnó la seguridad, la arrogancia y la violencia propias de la policía franquista se encuentra ahora en plena decadencia física y moral. Arrastra dolores, cansancio, una amenaza de separación y una culpa que no sabe cómo gestionar. Su pasado represor lo persigue, y la caminata con Rosita funciona casi como un ajuste de cuentas íntimo. Está de vuelta de todo, sin interés por nada, y la idea del suicidio aparece como una sombra persistente, una tentación silenciosa que acompaña cada paso. Para él, el final del día no trae descanso, sino una nueva inmersión en su soledad.

La habilidad de Marsé para alternar pasado y presente en la narración es especialmente notable, sobre todo en la figura del inspector. El autor introduce con naturalidad imágenes obsesivas que irrumpen en la mente atormentada del personaje, recuerdos que funcionan como fogonazos y que revelan la culpa, la violencia ejercida y la degradación moral que arrastra. Esa oscilación temporal no es un mero recurso técnico: es la forma en que Marsé muestra cómo el pasado sigue infiltrándose en el presente, cómo la memoria —o su peso— condiciona cada gesto del inspector.

En contraste, Rosita habla con un lenguaje popular, lleno de vulgarismos y catalanismos que Marsé reproduce con precisión casi documental. Su locuacidad, a veces nerviosa, a veces desafiante, contrasta con el laconismo del inspector, cuya sequedad verbal expresa mejor que cualquier descripción su cansancio vital. Ese choque de registros —la verbosidad juvenil frente al silencio derrotado— es uno de los motores de la novela.

Para quien quiera profundizar en la obra, merece la pena hacerse con la edición de la Editorial Crítica, ya sea en una biblioteca pública o en una librería de viejo. A la abundancia de notas a pie de página, que contextualizan referencias históricas, lingüísticas y culturales, se suma un estudio introductorio sobre Juan Marsé y un análisis exhaustivo de la novela a cargo de Fernando Valls. Es una edición que enriquece la lectura y permite apreciar con mayor claridad la complejidad de esta pieza breve pero intensa del autor barcelonés.

Ronda del Guinardó es una de las novelas más breves y contundentes de Juan Marsé, un retrato áspero de la Barcelona de posguerra y de dos personajes marcados por la culpa, la violencia y la pérdida de inocencia. Su lectura sigue siendo imprescindible para entender el universo literario del autor y su manera de convertir la ciudad en un territorio moral. Una obra corta, intensa y muy representativa del mejor Marsé.


En la novela, en un diálogo con el inspector, la huérfana Rosita manifiesta el gusto por la canción Perfidia compuesta por Alberto Domínguez:

– Ahora que a mí, la que me gusta es Perfidia. ¡Es tan romántica! Venía en un Cancionero que usted nos regaló por Navidad, ¿se acuerda?

En versión instrumental, The Shadows y Los Straitjackets interpretan la canción; cada uno con su estilo particular:

The Shadows: “Perfidia”
Reelin’ In The Years – The Six Best Rock ‘n’ Roll Albums of 1962 by The Shadows

Los Straitjackets: “Perfidia”


Ronda del Guinardó, Editorial Crítica, 2005 ↗️

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