Ricardo Piglia “Los diarios de Emilio Renzi. Los años felices” (2016) Libro, Ed. Anagrama

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Ricardo Piglia y Los años felices: aprendizaje, escritura y mirada crítica.

Ricardo Piglia concibió Los diarios de Emilio Renzi como el gran laboratorio donde su vida y su literatura se confunden. Los años felices (2016), segundo volumen de la trilogía, avanza en esa exploración con una mezcla de formación intelectual, descubrimientos decisivos y una conciencia cada vez más nítida de lo que significa convertirse en escritor. No es un diario íntimo en sentido convencional, sino una máquina narrativa que organiza la experiencia, la reescribe y la convierte en una poética. En estas páginas, Renzi —y Piglia a través de él— afina una voz que observa, registra y ensaya, mientras el mundo literario argentino de los sesenta se abre como un territorio de aprendizaje y riesgo.

El segundo tomo de los diarios de Ricardo Piglia —continuación directa del primer volumen— abarca los años 1968 a 1975, un periodo convulso de la historia argentina marcado por tres dictaduras militares consecutivas: Onganía (1966-1970), Levingston (1970-1971) y Lanusse (1971-1973). En ese contexto inestable, el diario registra, a través de la figura de Emilio Renzi, los desplazamientos forzados, los temores cotidianos y la vigilancia constante que atravesaban incluso a quienes, como el propio Piglia, no militaban activamente pero mantenían un pensamiento de izquierdas y un entorno cercano donde sí había compromisos políticos reales.

La escritura funciona aquí como refugio y como forma de ordenar una experiencia vivida bajo presión, mientras el joven escritor intenta sostener su trabajo intelectual en medio de un clima social cada vez más tenso.

Ricardo Piglia reflexiona en este volumen sobre la propia consistencia del diario como forma, y lo hace con una lucidez que atraviesa toda la trilogía. “Uno puede escribir cualquier cosa… pero será un diario sólo y exclusivamente si uno anota el día, el mes, el año…”, afirma, subrayando que la datación es lo que convierte la experiencia dispersa en una secuencia legible, una manera de orientarse en “el torrente del tiempo”. Esa conciencia del registro convive con la vida literaria y afectiva que ya aparecía en el primer tomo: las confidencias con David Viñas —a quien critica por su inseguridad pero reconoce su entrega—, las conversaciones con Miguel Briante y, sobre todo, los encuentros con escritores decisivos.

Piglia anota el deterioro físico de Borges debido a la ceguera, la energía expansiva de Cortázar, la presencia de Onetti, la admiración por Manuel Puig tras la publicación de Boquitas pintadas (1969) y el impacto de Yo, el Supremo de Roa Bastos.

En ese mapa de voces y afinidades, Piglia formula una idea central: la literatura argentina de su generación ya no se piensa en los márgenes, sino en diálogo directo con la tradición mundial. “Recién a partir de Macedonio y de Borges nuestra literatura… está en el mismo plano que las literaturas extranjeras”, escribe, convencido de que autores como Saer, Puig o él mismo han resuelto el viejo dilema de cómo ser contemporáneos de sus contemporáneos. La afirmación no es un gesto de soberbia, sino la constatación de un momento de madurez estética en el que la literatura argentina se reconoce capaz de intervenir en el presente del arte.

Si en el primer volumen Ricardo Piglia atravesaba penurias económicas casi constantes, en estos años la situación parece estabilizarse, aunque no desaparecen los altibajos. Da clases como profesor, ofrece conferencias, escribe para periódicos y revistas y dirige colecciones editoriales —entre ellas una dedicada a la novela policial— que le permiten sostenerse mientras afianza su lugar en el campo literario.

En el plano sentimental, la ruptura con Julia después de cinco años de relación deja una estela de intermitencias y distancias que atraviesan el diario. También cambia el equilibrio familiar: la figura del abuelo pierde centralidad tras su muerte, con el padre no logra establecer una relación fluida y es con su madre con quien mantiene una afinidad más estable y afectuosa. Estos vínculos, tensos o frágiles, forman parte del trasfondo emocional desde el que Piglia escribe y organizan, de manera discreta pero constante, la vida que sostiene la escritura:

“Tiene una particularidad que yo admiro y de la que he aprendido mucho: nunca critica a nadie, sea cual sea o haya cometido el crimen que haya cometido, siempre que sea miembro de la familia. Jamás juzga la conducta de los demás, mientras formen parte de su círculo. En ese sentido, creo que ya lo he dicho antes, mi madre es, para mí, un modelo de lo que debe ser un narrador. Detallista, minucioso e incapaz de condenar lo que hacen otros.”

Ricardo Piglia anota también las múltiples lecturas que acompañan estos años y que moldean su sensibilidad literaria. Vuelven sus admirados Hemingway y Pavese, cuyas voces siente como influencias directas; compra un volumen con la obra completa de Melville y se sumerge en Beckett, Malcolm Lowry y Doris Lessing.

Entre los dramaturgos, Brecht ocupa un lugar privilegiado, tanto por su concepción del teatro como por su mirada política. Estas lecturas no aparecen como simples registros bibliográficos, sino como parte del proceso de formación: cada autor abre un camino posible, una forma de pensar la escritura y de situarse en el mundo literario. En el diario, Piglia lee para orientarse, para afinar su estilo y para medir su propia voz frente a una tradición que lo desafía y lo impulsa.

“Crece mi deslumbramiento por Brecht, o mejor dicho, por la prosa de Brecht. Impresión tan fundamentada como el conocimiento de Pavese, Hemingway, Borges o Joyce.”

Ricardo Piglia vuelve a Faulkner con devoción —Absalom, Absalom! es una de sus relecturas más intensas— y se siente atraído por la elegancia narrativa de Scott Fitzgerald. Le deslumbra el primer Onetti, más sobrio y menos barroco, y considera a Roberto Arlt una referencia absoluta dentro de las letras vanguardistas argentinas. Su dieta literaria de estos años incluye también una presencia constante de la novela policial: Chase, Ed McBain, David Goodis, Hammett y, sobre todo, las relecturas admirativas de Chandler.

“En estos días estoy releyendo todo Chandler, me gusta mucho la combinación de aventura e ironía, una épica sosegada…”, escribe, fascinado por la figura de Marlowe, ese detective que avanza entre obstáculos como un héroe kafkiano, con humor, con la muerte cerca y con el dinero como clave del juego. Para Piglia, Chandler encarna una forma de narrar que combina precisión, movimiento y una ética del estilo que él mismo reconoce como influencia. Estas lecturas, diversas y exigentes, forman parte del andamiaje intelectual desde el que piensa su propia escritura y afinan la poética que atraviesa Los años felices.

Ricardo Piglia utiliza el diario también como un espacio de trabajo donde registra los proyectos narrativos que lo acompañan en esos años. Anota el argumento de la novela que, con el tiempo, se convertirá en Plata quemada (1997), y deja constancia de los primeros pasos de Respiración artificial (1980), quizá su obra más influyente. Hacia el final del periodo que cubre este volumen, está cerrando Nombre falso (1975), el libro de cuentos que publicará inmediatamente después. La exigencia que se impone a sí mismo es extrema, y el diario recoge esa mezcla de disciplina, inseguridad y lucidez que caracteriza su relación con la escritura:

“En la editorial, las últimas pruebas de página de Nombre falso. Los días de encierro, los años vacíos están ahí. Ninguna ilusión, más bien la certeza del rechazo que vendrá, o mejor, la indiferencia de todos. Nunca lograré que un libro mío esté a la altura de mis expectativas.”

En estas líneas se percibe la tensión entre el rigor creativo y la duda permanente, una dialéctica que atraviesa toda la obra de Piglia y que en Los años felices aparece con una transparencia poco habitual. El diario funciona así como un registro íntimo del proceso de escritura, pero también como una reflexión sobre los límites, las expectativas y la fragilidad del oficio literario.

Ricardo Piglia incorpora en el diario una serie de citas que funcionan como brújula estética y como declaración de afinidades. De Fitzgerald recupera la desolación moderna —“Todos los dioses han muerto…”—; de Faulkner, la tensión entre acción y escritura; de Rousseau, la sospecha sobre la autobiografía y la imposibilidad de narrarse sin disfraz. Estas voces no aparecen como ornamento, sino como parte del sistema de referencias que sostiene su pensamiento literario.

Junto a ellas, el diario despliega algunas de las reflexiones más agudas de Piglia sobre el oficio. La negatividad como método —“En la literatura se sabe lo que no se quiere hacer…”—, la opacidad del mundo y la novela como único acceso al interior de los personajes —“Yo conozco mejor a Anna Karénina que a la mujer con la que vivo…”—, o la necesidad de leer por deseo y no sólo por trabajo, forman un conjunto de ideas que atraviesan toda su obra crítica. También define con precisión sus intereses formales: en Joyce, el cambio de técnica como principio constructivo; en Borges, la ruptura de los géneros y el uso traicionero del policial como dispositivo narrativo.

Estas notas, dispersas en apariencia, componen una poética en movimiento: un mapa de lecturas, obsesiones y principios que permiten entender cómo se va formando la voz de Piglia en los años que recoge Los años felices.

Ricardo Piglia anota también sus aficiones más allá de la literatura, y el diario se convierte en un registro minucioso de sus consumos culturales. El cine ocupa un lugar central: le interesa Godard —Weekend, Made in U.S.A., Los carabineros—, ve Los hermanos Karamázov de Pyryev y una larga lista de policiales, desde A quemarropa de Boorman hasta El detective de Gordon Douglas, El último suspiro y El samurái de Melville, o Chinatown de Polanski. También frecuenta el teatro: asiste a obras de Lorenzo Quinteros y elogia Lisandro, de su amigo David Viñas. Estas referencias, lejos de ser simples anotaciones, muestran cómo Piglia piensa la literatura en diálogo constante con otras artes.

La acumulación de apuntes, lecturas, películas, encuentros y reflexiones es tan abundante que conviene alternar la lectura del diario con otros libros para no fatigarse y volver a él con la atención renovada. Pero esa densidad es precisamente lo que vuelve indispensable Los años felices: permite asomarse a los entresijos de los cuadernos de trabajo de Piglia, a su modo de leer, mirar y pensar. Pronto tocará enfrentarse al tercer y último volumen.

En música, sus gustos son igualmente amplios. Escucha rock internacional —The Beatles, Jimi Hendrix— y grupos argentinos como Almendra o Manal; vuelve una y otra vez al tango y al jazz; y dedica muchas horas a la música clásica: Debussy, Mozart, Schumann. En estos años descubre también a Charles Ives, cuya modernidad lo sorprende. Todas estas referencias componen un paisaje sonoro que acompaña su escritura y que, como el cine y la literatura, forma parte de su educación sentimental e intelectual.

“Descubro a Charles Ives. Buen momento para el encuentro con esa música.”

Los años felices confirma a Ricardo Piglia como uno de los grandes arquitectos de la literatura argentina contemporánea. Este segundo volumen de los diarios muestra el modo en que se forma un escritor: lecturas decisivas, amistades literarias, precariedades económicas, obsesiones críticas, cine, música y una disciplina férrea que convive con la duda permanente. El diario funciona como laboratorio y como espejo: revela la cocina de obras futuras, ilumina su relación con la tradición y deja ver cómo se afianza una voz que piensa la literatura desde dentro.

Para quienes siguen la trayectoria de Piglia, este tomo es imprescindible; para quienes se acercan por primera vez a su mundo, es una puerta de entrada privilegiada a su poética, a su manera de leer y a su forma de entender la escritura como una práctica vital. Con Los años felices, el proyecto de los diarios alcanza una madurez que anticipa la densidad del tercer volumen y confirma la relevancia de Piglia en el mapa literario hispanoamericano.


Como complemento a estas notas, resulta revelador escuchar las Complete Symphonies de Charles Ives en la interpretación de Gustavo Dudamel para Deutsche Grammophon. La modernidad radical de Ives —sus superposiciones, sus disonancias, su manera de hacer convivir tiempos y melodías— dialoga de forma inesperada con el universo de Los años felices. Es una música que, como los diarios de Piglia, avanza por capas, mezcla registros y abre caminos nuevos. Una escucha perfecta para acompañar la lectura y entender mejor el clima intelectual que lo fascinaba en aquellos años.


Editorial: Anagrama, edición 2016. ↗️
Colección: Narrativas Hispánicas

En la web están disponibles las reseñas de los tres volúmenes de Los diarios de Emilio Renzi, una lectura imprescindible para comprender el proyecto autobiográfico de Ricardo Piglia y la evolución de su obra. ↗️