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Alejandro Zambra “Tema Libre” Anagrama 2019

El libro es una amalgama de conferencias y artículos anteriormente publicados en periódicos, revistas y medios digitales junto a algunos nuevos preparados para esta edición. Incluye también Alejandro unos relatos inéditos.

Los temas son diversos. Son interesantes los que afectan a su oficio de escritor.

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Nos habla de la evolución de los soportes para la escritura en el tiempo y como combina él dichos soportes en sus períodos creativos:

“Por mi parte, pienso que hay un hecho central: debido a los computadores, el texto es cada vez menos definitivo. Una frase es hoy, más que nunca, algo que puede ser borrado. Y es tal la proliferación de frases que la nuestra debe gustarnos mucho para permanecer. Al escribir me valgo de varios procedimientos, y aunque el texto consiga proyectar –ojalá– una cierta unicidad, la multiplicidad de su origen es decisiva: la frase ha debido pasar por varias pruebas para certificar su derecho a existir, para demostrar que vale la pena agregar algo a la palabrería imperante. Escribo muchísimo a mano y después en computador, pero a veces paso a mano lo que escribo en la pantalla. Agrando y achico la letra, cambio la tipografía, el interlineado y hasta el espacio entre los caracteres, como quien intenta reconocer un mismo cuerpo en diferentes disfraces. Y leo en voz alta, todo el tiempo: grabo y escucho los textos, porque me parece que una frase debe pasar también por esa prueba de sonido”.

Como lector da cuenta de como ha ido cambiando su modo de leer. Antes de ser escritor, fijándose más en los personajes, para centrarse posteriormente en el autor y la estructura narrativa empleada:

“Reconocemos libros que nos cambiaron la vida y tendemos a ser fieles al recuerdo de esas lecturas. Pero también cambiamos como lectores, a veces radicalmente.
Dicen que nos convertimos en escritores cuando dejamos de identificarnos con el protagonista y empezamos a identificarnos con el autor. No con el narrador, sino con el autor: con la persona que fue capaz de multiplicarse en unos cuantos personajes, de diseñar minuciosamente el edificio novelesco. Me gusta esa idea, que sin embargo supone una derrota: llega, en efecto, un momento en que dejamos de identificarnos con el protagonista, porque atendemos más bien a las señas estructurales, a los detalles técnicos, pero quizás sea mejor decir, simplemente, que ya no buscamos lo que antes buscábamos. No por eso somos mejores lectores, aunque, bendecidos por las credenciales de la docencia o el ceño fruncido del crítico literario o los tics del escritor, lo parezcamos, lo parecemos”.

En otros artículos habla de su vida más íntima, de sus padres o de su esposa, con la que vive en Méjico; de su añoranza chilena:

“Desde hace seis meses vivimos en la Ciudad de México, muy cerca del Bosque de Chapultepec. Me gustaría hablar de ese parque, del castillo, del lago, de las beligerantes ardillas que trepan por los ahuehuetes y los fresnos, pero no está el clima como para salir a reportear: los chilangos llaman «verano» a estos días más bien fríos y nublados, a estas tardes de aguaceros inminentes.
Exagero, acá no hace frío. Y en Santiago sí que hace. Exagero porque a veces quiero estar allá. Cada mañana, con el café, pongo las noticias chilenas, que a lo largo del día repercuten, para bien y para mal, en mi cabeza. «Parece que en Chile no pasa nada», me dice a veces mi esposa, que es mexicana y ha vivido casi siempre aquí. No lo dice en serio, pero tampoco totalmente en broma: comparar países es tan absurdo como inevitable, aunque las conclusiones sean siempre elementales, injustas o provisorias. Y tampoco es tan estimulante jugar a cuál país es menos malo”.

Tiene otro bloque muy apreciable en torno a la traducción. Comenzó a traducir poesía para mejorar su inglés, o para traducir a poetas no publicados en español:

“Como una torcida manera de mejorar mi inglés, empecé por entonces a traducir poesía. Era solo una coartada para tranquilizarme internamente cuando el jefe nos instaba a mejorar el inglés. Ahora que lo pienso, había en mi pasado inmediato cuatro semestres de latín, que aprendíamos traduciendo, de manera que enfrentar el inglés como si fuera una lengua muerta era más o menos natural. A veces ni siquiera llegaba a traducir, en todo caso: lo que hacía era nada más que tomar notas que me permitieran leer a Auden o a Emily Dickinson o a Robert Creeley con mayor precisión y profundidad. Leer en inglés, por ejemplo, la poesía temprana de Ezra Pound era para mí tan laborioso como leer en español a César Vallejo o a Gabriela Mistral. No pienso solamente en las presuntas dificultades, sino también en el pacto de lectura, en el ritmo, en la clase de concentración requerida. Trataba de corregir o de adaptar o de «desespañolizar» las traducciones de Auden o de Emily Dickinson de las ediciones de Visor o Hiperión o Pre-Textos. En cuanto a Creeley, un poeta del que entonces no había libros en español, lo que intentaba era simplemente una primera lectura”.

Me gusta leer estos libros de escritores lindando con el ensayo y la crónica autobiográfica, porque aportan mayor perspectiva en torno a los autores. Si bien, “Tema Libre” es en cierto modo irregular, caso de los relatos incluidos, un tanto mediocres; es cierto que Zambra avisa que nunca los publicó por considerar que no tenían suficiente calidad, pero sí le pareció oportuno incluirlos ahora. Destacan en cambio los referidos a su oficio de escritor, su actividad creativa o su faceta lectora; los dedicados a la traducción y algunas pinceladas del Alejandro más personal.

Como Alejandro Zambra, Los Jaivas, son chilenos. El tema “Mañana Cuando Llegues” se grabó en noviembre de 1969 en el Aula de Derecho de Valparaíso, por la Radio Valentín Letelier. Rescatado en 2004 por el grupo. Es un tema lleno de Psicodelia, de Rock Progresivo y cierta influencia del blues. Subraya la frescura y energía que desprendía el grupo por aquellos años:

Editorial: Anagrama, Edición 2019
Colección: Narrativas Hispánicas

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