El tiempo está cambiando: nueva poesía española en la antología generacional de Juan Marqués

El tiempo esta cambiando juan marqués
Si te ha tocado un poco, preferiría que lo compartieras.

En el Día Internacional del Libro compartimos nuestra lectura de Un estallido, la antología de Cátedra que ilumina la vitalidad de la poesía española reciente. Esa lectura conecta de manera natural con otra antología reciente —El tiempo está cambiando (Nueva poesía española), editada por Juan Marqués en septiembre de 2025— que aborda, desde otro ángulo, el mismo territorio en transformación. Si Un estallido ilumina un cuarto de siglo, El tiempo está cambiando se detiene en una generación concreta: los poetas nacidos en los años noventa que escriben hoy en castellano.

Conviene detenerse un momento en quien ha articulado esta lectura generacional: Juan Marqués, poeta y crítico cuya trayectoria orienta el sentido del libro.

Juan Marqués (Zaragoza, 1980) es poeta, crítico y profesor. Autor de varios libros de poemas —entre ellos, los premiados Abierto (Pre-Textos, 2010, Premio Gerardo Diego) y Diez mil cien (Vandalia, 2020, X Premio Iberoamericano de Poesía Hermanos Machado)— y de ensayos sobre literatura contemporánea, lleva años leyendo con atención a las voces más jóvenes del panorama español. Su trabajo crítico, siempre atento a la tradición y a las formas de renovación, combina una mirada generosa con una notable exigencia estética. Esa doble condición —lector minucioso y poeta en activo— es la que sostiene esta antología.

No es casual que varias voces confluyan en ambos libros —Juan Gallego Benot, Rosa Berbel, Laura Rodríguez Díaz y María de la Cruz—, lo que confirma que ciertos nombres funcionan hoy como puntos de cruce entre distintas lecturas del presente poético.

Un prólogo confesional: leer para entender un tiempo

El libro se abre con una declaración que marca su tono: Marqués nunca quiso ser antólogo.

«no existe ningún destino más triste que el del antólogo»

Esa resistencia inicial no es un gesto irónico: es una forma de situarse. La antología nace desde la curiosidad, la duda y la necesidad de comprender una poesía que, según él, se ha leído «de reojo», con condescendencia o incluso con desprecio.

El prólogo funciona como una pequeña narración de aprendizaje. Marqués cuenta cómo empezó a leer a los poetas más jóvenes casi por accidente, y cómo esa lectura se convirtió en una forma de reparar una falta:

«apenas había leído en serio a ninguno, a ninguna».

Ese reconocimiento de ignorancia —tan poco habitual en un antólogo— es uno de los gestos más valiosos del libro. La antología nace de una escucha, no de un dictamen.

Una generación que amplía el mapa

Marqués utiliza una imagen poderosa para explicar lo que ha encontrado: los libros de prosa se acumulan en una pila vertical; los de poesía, cuando son buenos, se colocan uno al lado del otro, formando una alfombra que crece.

«Muchos de los poemas que leo se acumulan también en torres, pero más bien siento que cada nuevo buen libro que llega no se coloca sobre los otros, sino a su lado, formando no una columna sino una especie de alfombra, ampliando las cosas, conquistando nuevos lugares, terreno ganado al mar, e inéditas formas de decir».

Esa alfombra es la metáfora central del libro: una poesía que renuncia al orden jerárquico y opta por la expansión. Una poesía que renuncia a ocupar un centro y se dedica, más bien, a abrir espacio.

A diferencia de Un estallido, que traza una panorámica de 25 años, El tiempo está cambiando se concentra en una franja generacional concreta. Pero ambas antologías coinciden en algo esencial: la poesía española reciente es plural, móvil, difícil de encerrar en categorías estables.

Lo que queda fuera: una poética de la exigencia

Uno de los rasgos más llamativos del prólogo es su franqueza al hablar de lo que no está en el libro. Marqués aparta sin rodeos:

  • la poesía formularia,
  • la epifanía forzada,
  • la autocompasión disfrazada de profundidad,
  • la escritura hecha «adrede»,
  • la poesía que confunde intensidad con artificio.

«Toda esa chatarra queda a un lado.»

Esta claridad no es un gesto de superioridad: es una defensa del pacto poético, de la idea de que la poesía no es un truco ni un capricho: es un acuerdo entre quien escribe y quien lee. La antología apuesta por una poesía que piensa, que arriesga, que se toma en serio el lenguaje.

Líneas significativas: claridad, riesgo, memoria, comunidad

Aunque Marqués no organiza su prólogo en bloques temáticos, la antología deja ver varias líneas que atraviesan la poesía de los nacidos en los noventa, un conjunto de gestos y preocupaciones que, sin constituir una generación programática, sí dibujan un clima común.

Una de esas líneas es la renovación de la poesía social, visible en autores como Carlos Catena Cózar o Rocío Acebal Doval, que escriben desde la precariedad laboral, la incertidumbre vital y la sensación de haber cumplido todas las expectativas sin recibir a cambio un horizonte claro. A su lado, la poesía de Félix Moyano convierte la vida cotidiana —la búsqueda de un piso, la visita a una abuela, el desconcierto ante lo doméstico— en una forma de pensar el presente, un testimonio descolocado que rehúye la queja y el costumbrismo.

También aparece con fuerza la reparación feminista de María Sánchez-Saorín, que escribe desde la herencia y la memoria con una claridad que no renuncia a la exigencia poética. Herederas es una de las piezas centrales del libro, una genealogía afectiva y política que transforma lo recibido en un punto de apoyo. Junto a ella, poetas como Rosa Berbel, María Martínez Bautista o Elisa Fernández Guzmán representan una continuidad de la tradición entendida no como repetición, sino como cadena infinita: se escribe desde lo heredado, pero siempre dando un paso más, con la conciencia de que cada poema prolonga un hilo antiguo hacia un lugar nuevo.

En el extremo opuesto —aunque no incompatible— están quienes han construido mundos propios, como Laura Ramos u Óscar Díaz, espacios imaginarios donde la poesía puede desplegarse sin las restricciones del realismo. Y también quienes han incorporado la cultura digital como materia poética, como Manuel Mata, que mezcla Pokémon, videojuegos, redes sociales y referencias clásicas sin jerarquías, evidenciando que el siglo XXI ofrece un nuevo territorio para reescribir la tradición.

Todas estas líneas, distintas pero comunicantes, conforman un paisaje donde claridad, riesgo, memoria e imaginación conviven sin fricciones, ampliando el mapa de lo que la poesía española joven puede ser.

La libertad como condición del presente

Uno de los argumentos más interesantes del prólogo es la defensa de la libertad extrema que permite la poesía. Con pocos lectores y sin presiones comerciales, los poetas jóvenes pueden arriesgarse, equivocarse, jugar.

«no es sólo que puedan arriesgarse, es que pueden jugar»

Esa libertad se traduce en:

  • indocilidad gramatical,
  • experimentación formal,
  • oscuridad deliberada,
  • apropiación de la intimidad,
  • nuevas formas de humor,
  • visibilización de identidades queer,
  • escritura del trauma, la enfermedad, la pérdida.

La poesía joven española no teme al exceso: lo necesita para encontrar su verdad.

Una geografía en movimiento

Marqués señala que Andalucía sigue siendo un epicentro, pero también destaca la fuerza de Asturias, Madrid o Murcia. La antología muestra un mapa descentralizado, donde la poesía circula por festivales, revistas, editoriales pequeñas y redes de amistad.

La poesía ya no es un territorio solitario: es un espacio compartido.

Un cierre humilde: leer sin prejuicios

El prólogo termina con una frase que resume el espíritu del libro:

«si no lo entiendes, no lo juzgues.»

Es una declaración de humildad y, al mismo tiempo, una invitación a leer sin prejuicios. El tiempo está cambiando no pretende fijar un rumbo ni ordenar un territorio: ilumina un momento, una sensibilidad, una generación que escribe desde la conciencia de que el lenguaje está cambiando porque el mundo también lo está.

Y esa luz —amplia, plural, exigente— es quizá su mayor aportación.

Poemas

Incluyo ahora una breve selección de poemas que encarnan algunas de las líneas significativas de El tiempo está cambiando: la mirada generacional, la memoria del territorio, la precariedad, la intimidad política, la experimentación formal y la construcción de comunidad. No buscan sintetizar la antología; su propósito es acompañar su lectura y abrir algunas de sus resonancias.

Claudia González Caparrós

La poesía de Claudia González Caparrós despliega una diversidad lírica poco común: cada libro abre un registro distinto, como si su obra fuera un pequeño catálogo de posibilidades, un «manojo de síntomas» que recoge las tensiones, mudanzas y zozobras de su generación. Entre lo colorista y lo desgarrado, entre la prosa y el verso, entre la cita ajena y la confesión íntima, sus poemas funcionan como espejos que devuelven una gama amplia de afectos y convicciones, siempre desde una privacidad extrema: la del amor, la del aislamiento, la de las pequeñas verdades que sostienen o quiebran una vida.

Esa amplitud formal y emocional encuentra en te miro como quien asiste a un deshielo uno de sus momentos más nítidos: un libro donde la vulnerabilidad se vuelve método y donde la intimidad se escribe como un territorio en transformación. El poema que sigue condensa esa mezcla de claridad y desgarro, esa manera de hablar desde la pérdida sin renunciar a la ternura.

Claudia González Caparrós, presente en El tiempo está cambiando
Claudia González Caparrós, presente en El tiempo está cambiando (Por Ogalego.gal CC BY-SA 4.0)

a ti, que tendrás una vida

Claudia González Caparrós

a ti, que tendrás una vida
feliz lejos de la mía, una vida que ocurrirá sin mí
como se suceden las estaciones, el envejecimiento,
las hojas de los libros

imploro una verdad, imploro
algo tan real como esta certeza
de que tu vida ocurrirá
felizmente
pese a todo,

pese a mí

De: te miro como quien asiste a un deshielo (La Bella Varsovia, 2018)

Laura Montes Romera

La poesía de Laura Montes Romera nace de una tensión muy particular: la que une su formación en literatura hispanoamericana —con una tesis dedicada a la poesía boliviana— y una sensibilidad que combina lo lúdico y lo grave, lo experimental y lo íntimo. Un altar caliente, su primer libro, despliega esa mezcla con una naturalidad sorprendente: poemas breves, afilados, donde el lenguaje parece moverse entre el juego y la amenaza, entre la ternura y lo salvaje.

En ellos late un impulso experimental discreto, casi un aleteo, que dialoga con ciertas tradiciones latinoamericanas sin imitarlas, incorporando un léxico que oscila entre lo doméstico y lo animal, lo cotidiano y lo peligroso: «pelaje», «ortiga», «hocico», «cuchillo».

Esa doble vida —entre el grupo de investigación y el ring, entre la lectura crítica y el boxeo— se filtra en sus poemas como una energía contenida, una alerta suave que recorre cada imagen. Lo que escribe Montes Romera parece siempre al borde de algo: de un golpe, de un gesto de cuidado, de una revelación mínima.

El poema que sigue, inédito hasta ahora, condensa esa poética: la fragilidad del cuerpo, la espera, la invocación de un daño que también es una forma de encuentro.

Estás tan

Laura Montes Romera

Estás tan
tan cansada
Te asomas al recibidor
cada día

Dejas que el sol
y el aire y el azul
te lleven a otro sitio

Tus huesos suenan
como una puerta inquieta
que se mueve entre tiempos

Repites una y otra vez
ese momento
fundida la mirada en el paisaje

Invocas como nunca
Lloras sin consuelo

Que llegue la hora de la ortiga
Que lluevan las hojas y volvamos
a encontrarnos.

Inédito, Vandalia, 121, 2025

Félix Moyano

La poesía de Félix Moyano traza, libro a libro, una radiografía lúcida de su tiempo: un mapa afectivo y social donde conviven la precariedad laboral, la vida universitaria, los botellones, la deriva digital, la imposibilidad de alquilar un piso en Madrid o la intimidad atravesada por la muerte. Sin imposturas ni artificios, y sin construirse un personaje público, Moyano ha ido componiendo algo así como el diario íntimo de un modo de ser joven en España a comienzos de los noventa: una escritura que observa con ironía, vulnerabilidad y conciencia crítica las condiciones materiales de una generación.

Su poesía, heredera de la tradición reciente pero nunca continuista en sentido conservador, combina lo testimonial con una sensibilidad formal muy afinada: poemas que registran lo cotidiano sin renunciar a la densidad emocional, y que convierten los objetos más comunes —una lavadora, un mapa, un amanecer en un descampado— en detonantes de pensamiento. La deuda prometida es quizá uno de los libros donde esa mirada alcanza mayor nitidez: una exploración de la vida adulta, sus rutinas y sus miedos, escrita desde un realismo que no excluye la trascendencia.

El poema que sigue, “Sintéticos 40º”, condensa esa poética: la capacidad de transformar un gesto doméstico en una reflexión sobre el tiempo, la limpieza, el desgaste y la muerte, sin solemnidad y sin dramatismo, con una claridad que desarma.

Felix Moyano, presente en El tiempo está cambiando
Felix Moyano, presente en El tiempo está cambiando (Lorcazzz CC BY-SA 4.0)

Sintéticos 40º

Félix Moyano

La dulce melodía que esta lavadora
comprada en el Black Friday nos concede
es lo más parecido que tendremos
al sonido del mar. El ruido, este temblor
que su centrifugado nos otorga,
es similar al choque de las olas
con la tierra en la orilla, con la piedra
afilada de un acantilado.
Siento en el prelavado una delicadeza
muy cercana a la espuma de las playas,
y en las revoluciones del programa elegido
pronostico la idéntica certera agitación
que nos vendrá cuando la ropa ya esté limpia
y en la noche final la muerte nos alcance.

De: La deuda prometida (Rialp, 2022)

Lola Tórtola

La poesía de Lola Tórtola sorprende por una madurez poco frecuente: una voz serena, culta y melancólica que escribe desde un lugar donde la experiencia vital —la medicina, la cirugía reconstructiva, la exigencia técnica— se convierte en una ética de la forma. Los dioses destruidos, su primer libro, recoge esa mirada anclada en la tradición pero proyectada hacia adelante: un modo de decir que asimila lecturas remotas y cercanas, que dialoga con Gil de Biedma sin nostalgia y que encuentra en la elegía una manera de pensar el presente.

En sus poemas hay una calma que no es resignación, sino una especie de perfeccionismo íntimo: una voluntad de claridad que convive con la conciencia de lo frágil. Tórtola escribe desde un equilibrio extraño —entre la tristeza y la gratitud, entre la pérdida y una forma discreta de contento— que dota a sus versos de una gravedad luminosa. Incluso cuando su poesía parece alicaída, late en ella una serenidad que sostiene.

“Epitafio”, el poema que sigue, condensa esa poética: la escritura como disolución, como tránsito, como gesto de nombrar lo que fuimos y lo que no llegamos a ser. Roma aparece aquí no como destino monumental, sino como un espacio líquido donde el tiempo, el amor y la identidad se escriben en el agua.

Epitafio

Lola Tórtola

Vine a Roma a escribir mi nombre en agua,
a disolver veinte años de existencia vaga
en este remanso cenagoso del tiempo.
No en muros ni sillares,
no a las letras como heridas en el mármol
–no al mármol–,
escribir mi nombre en el Tíber,
escribirlo en los charcos del metro en el goteo
de los refrigeradores,
escribir mi nombre
tu nombre el nombre
de todo cuanto fuimos
y de lo que quisimos haber sido.
Ciudad edad para las cosas volátiles.

Fui a Roma en un tren de las afueras
a huir de los circuitos viciados
en los suburbios del tiempo,
de todo cuanto es blanco y recto.
Y allí, el mundo entero en sus ruinas
era nuevo
porque tú también lo eras.

De: Los dioses destruidos (Rialp, 2023)

Guillermo Marco Remón

La poesía de Guillermo Marco Remón nace de una mezcla poco habitual: la de un ingeniero de computadores —analista de inteligencia artificial, investigador metódico— y la de alguien que escribe desde una bondad esencial, desde una fe tenue pero persistente, desde una memoria familiar que ilumina lo cotidiano. Sus poemas parecen escritos por “un buen chico”, en el mejor sentido: alguien que observa el mundo con responsabilidad, humor amable y una claridad que no excluye la duda. Otras nubes y Perder el tiempo confirman esa voz que combina precisión conceptual, examen de conciencia y una originalidad discreta, sin alardes, sostenida en anécdotas expresivas y en una inteligencia emocional muy afinada.

En su poesía, la búsqueda de Dios —más literaria que cotidiana— convive con la vida doméstica, con la tecnología, con la memoria y con la fragilidad de los vínculos. Marco Remón escribe desde un lugar donde la razón y la fe se rozan, donde la claridad convive con la incertidumbre, donde la experiencia se piensa con una lucidez que nunca pierde el corazón. Su compromiso por “reducir la distancia entre la realidad y las palabras”, como escribe en otro poema, define bien su proyecto: un intento de decir lo verdadero sin solemnidad, con una honestidad que interpela.

“Domingo a solas”, el poema que sigue, condensa esa poética: la oración como balbuceo, la espera como forma de humanidad compartida, la pérdida del nombre divino como signo de una fe que se recuerda más que se practica.

Domingo a solas

Guillermo Marco Remón

Es cierto que creí
que el dolor me guiaría
por las habitaciones de la casa
a la que a veces llamo sin saber si hay alguien.
Esperando en la puerta
de ese hogar nos perdimos,
Dios y yo
nos hicimos humanos con la espera.
Él trajo las preguntas a la orilla
de la memoria cuando el balbuceo
era fe.
Y ahora evoco la oración, la duda.
Después de tantos domingos a solas,
perdóname:
he olvidado tu nombre.

De: Perder el tiempo (Isla Elefante, 2023)

Rocío Acebal Doval

La poesía de Rocío Acebal Doval se ha abierto paso en un territorio complejo: el de una tradición asturiana riquísima, con estéticas fuertes y a veces polarizadas, donde no siempre es fácil encontrar un espacio propio. Acebal lo ha hecho con una inteligencia notable: leal a quienes la formaron, pero capaz de construir una voz reconocible, chispeante cuando quiere, seria cuando debe, siempre atenta a lo que cada poema necesita.

Memorias del mar e Hijos de la bonanza muestran esa evolución hacia una habitación propia: una poesía que combina endecasílabos impecables, lecturas amplias, epígrafes oportunos y un compromiso claro con los asuntos de su tiempo —la vivienda, la precariedad laboral, la perspectiva feminista— sin renunciar al humor ni a la ironía.

En un panorama donde muchos poetas jóvenes parecen fotocopias unos de otros, Acebal destaca por su capacidad para moverse entre registros sin perder identidad: puede ser la más seria en un entorno disperso y la más viva en un ambiente tedioso. Esa versatilidad, lejos de diluirla, la afianza: su poesía está en marcha, creciendo hacia un libro futuro que ya se intuye necesario.

“Raíces”, el poema que sigue, condensa varias de sus preocupaciones centrales: la genealogía, la movilidad social, la memoria familiar, la transformación del territorio y la conciencia de clase. Es un poema que reconstruye una historia personal para convertirla en una historia colectiva.

Raíces

Rocío Acebal Doval

Reconstruyo las piezas de mi historia:

mi madre nació en casa –«en la del pueblo»
decimos porque ahora hay otras casas–;
hoy ya no nacen niños en los pueblos
con lo que yo nací en una ciudad
–capital de provincia, un par de cientos
de miles de habitantes–.

Mis padres estudiaron en la universidad,
así que yo me fui a hacer lo propio
a La Ciudad –La Gran Ciudad–,
como correspondía a la segunda
generación y a un tiempo
de insólito centrismo.

Mis hijos nacerán en La Ciudad
y verán mi ciudad de un par de cientos
de miles de habitantes
casi como una casa de muñecas
–el mundo de unos días de verano–:
lo que fue para mí
el pueblo de la abuela.

Reconstruyo mi historia porque quiero
contársela algún día, explicarles:
«Cariño, esto es un pueblo»,
«de esta manera nacen las manzanas
y no en el mundo plástico de los supermercados»,
«esto son las raíces:
no las dejes morir jamás, el árbol
se pudre si se pudren sus raíces».

De: Hijos de la bonanza (Hiperión, 2020)

Adrián Fauro

La poesía de Adrián Fauro combina una ternura inesperada con una insolencia lúcida: una mezcla de humor, cabreo, fragilidad y memoria que convierte lo cotidiano en un territorio político y afectivo. Odio la playa y Nieve sucia son dos libros que, desde una aparente sencillez, construyen una mirada muy precisa sobre la ciudad —su ciudad—, sobre la precariedad generacional, sobre la amistad como refugio y sobre la rabia que nace cuando la vida no coincide con las expectativas. Alicante, aunque apenas se nombre, funciona como un escenario emocional: un lugar que se ama y se rechaza al mismo tiempo, un espacio donde la inocencia ha sido golpeada pero no derrotada.

Fauro escribe desde un barrio, desde un banco, desde un grupo de amigos que lleva diez años buscando una vida vivible por InfoJobs. Su poesía es un registro íntimo de esa cronología: primero la alegría, luego la decepción, después la resistencia. Hay en sus versos una enumeración caótica —como la que aparece en uno de sus poemas más citados— que mezcla humor y dolor, ironía y ternura, siempre con una voz que no se esconde detrás de nada.

“Para leer”, el poema que sigue, muestra esa sensibilidad: una escena mínima —una dedicatoria encontrada en un libro de segunda mano— se convierte en una reflexión sobre el tiempo, el amor ajeno, la supervivencia de los afectos y la extraña intimidad que se establece con desconocidos. Es un poema que habla de la lectura como gesto de cuidado y de los márgenes —de los libros y de la vida— como lugares donde todavía puede ocurrir algo verdadero.

Para leer

Adrián Fauro

Los márgenes de las páginas de los libros son como el hueco que hay en las carreteras entre la línea discontinua y el quitamiedos. Estrechos, pero con el suficiente espacio como para hacer un descanso.

Escribo en los márgenes de las páginas desde que me encontré una dedicatoria en un libro que compré en El Rastro sólo para leerla y descubrir que fue un regalo muy importante hace veinticinco años de Charo a Juan.

El 10 de abril del 97 yo tenía tres años, un mes y un día y esta mujer estaba enamorada de Juan.

Ahora, con veintisiete años, tres meses y un día me sorprendo a mí mismo preguntándome si seguirán juntos o incluso si seguirán vivos.

No sé qué les llevó a venderlo. Si se enfadaron o si fue por equivocación.

Espero que sigan queriéndose.

De: Odio la playa (Cántico, 2021)

Hasta aquí, una breve selección de poetas y poemas presentes en El tiempo está cambiando. No aspira a resumir la antología; acompaña su lectura y señala algunos de los impulsos que atraviesan el libro y que aquí se hacen especialmente visibles.

El tiempo está cambiando (Nueva poesía española), no pretende fijar una generación ni ordenar un territorio: se sitúa en el pulso de un presente que todavía se está escribiendo. Su lectura confirma que la nueva poesía española es un espacio en transformación, atravesado por desplazamientos vitales, tensiones sociales, memorias familiares, ciudades que se habitan y se abandonan, cuerpos que buscan un lugar. Esta antología ilumina ese movimiento: muestra cómo se piensa, cómo se vive y cómo se imagina comunidad en un tiempo incierto. Quizá por eso su mayor valor no es la definición de una época, sino la apertura que propone.

El tiempo está cambiando. Nueva poesía española.

Edición de Juan Marqués

Colección Vandalia, 121

Editorial Fundación José Manuel Lara, 2025

Poemas utilizados como parte del contexto cultural y crítico del artículo. Propiedad de sus autoras y autores, de los libros citados y de la editorial Fundación José Manuel Lara. Gracias a quienes hacen posible su lectura.


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