Doris Lessing “Diario De Una Buena Vecina”

Diario Lessing

Crítica de Diario de una buena vecina, de Doris Lessing.

Diario de una buena vecina es una de las novelas más incómodas y directas de Doris Lessing, un libro que aborda la vejez, la dependencia y la fragilidad del cuerpo sin concesiones sentimentales. Publicada en 1985 bajo seudónimo, la obra desmonta la mirada complaciente hacia la ancianidad y sitúa en primer plano la relación entre una mujer madura y una anciana pobre y enferma, obligando al lector a enfrentarse a la crudeza del cuidado cotidiano. Esta crítica se adentra en esa propuesta áspera y lúcida, donde Lessing combina realismo, ironía y una observación implacable de las relaciones humanas.

Janna es una mujer en la incipiente cincuentena. Trabaja en una revista de moda de gran tirada y disfruta de una situación económica cómoda, fruto de una vida profesional estable y de una disciplina emocional que roza la coraza. Ha perdido primero a su marido y después a su madre, ambos tras largas y dolorosas enfermedades. En esos procesos, Janna fue incapaz de expresar abiertamente sus sentimientos: se refugió en una frialdad aparente, en una distancia que la protegía tanto del sufrimiento ajeno como del propio. Esa incapacidad para la intimidad emocional es uno de los rasgos que la novela explora con mayor lucidez.

Doris Lessing
Doris Lessing (Por Elya, CC BY-SA 3.0)

Su vida dará un giro inesperado cuando, casi por azar, conozca a Maudie, una anciana pobre, enferma y sola. Ese encuentro fortuito, que podría haber quedado en un gesto de cortesía pasajera, se convierte en el punto de inflexión que altera por completo la rutina de Janna. La relación entre ambas —incómoda, desigual, llena de tensiones y de momentos de verdad— obligará a la protagonista a enfrentarse a aquello que siempre ha evitado: la vulnerabilidad, el cuidado y la exposición emocional.

La protagonista arrastra un profundo sentimiento de culpa por no haber sabido acompañar emocionalmente a su marido y a su madre en sus últimos momentos de vida. Esa incapacidad para atender, comprender y mostrarse vulnerable la persigue como una deuda íntima que nunca ha logrado saldar. La amistad que entabla con Maudie actúa como un revulsivo: una relación inesperada que sacude sus convicciones y la obliga a replantearse su forma de estar en el mundo.

El término “buena vecina” alude, en el contexto de la novela, a quienes ayudan a personas mayores necesitadas: hacer compras, limpiar, cocinar, acompañar. Sin embargo, Janna rechaza esa etiqueta. No se ve a sí misma como una cuidadora ni como una figura caritativa; considera que lo que la une a Maudie es una amistad real, no un acto de servicio. Esa distinción es esencial: para Janna, la relación no es un deber moral ni una obligación social, sino un vínculo que ha enriquecido su vida y le ha devuelto un sentido que creía perdido. En Maudie encuentra una franqueza brutal, una humanidad sin adornos que la confronta con sus propias limitaciones y, al mismo tiempo, la transforma.

Janna escribe un diario en el que vuelca su vida laboral, sus encuentros con la anciana y sus propios momentos de soledad en casa. En esas páginas registra sentimientos, dudas, anhelos y pequeñas observaciones cotidianas que revelan su progresiva transformación interior. La escritura se convierte para ella en un espacio de reflexión y, al mismo tiempo, en una forma de ordenar un mundo emocional que siempre había mantenido bajo control.

A medida que avanza la relación con Maudie, Janna empieza a plantearse la posibilidad de escribir novelas de entretenimiento para personas mayores, un proyecto que nace de su contacto directo con la vejez y con las necesidades reales de quienes la atraviesan. Pero lo más significativo es su intención de redactar varios ensayos sobre la problemática de las personas ancianas, textos en los que piensa reflejar buena parte de la vida de Maudie: su precariedad, su dignidad, su resistencia y la crudeza de su día a día. Esos escritos funcionan como una prolongación ética de su amistad, una manera de dar voz a quienes rara vez la tienen.

Maudie no quiere abandonar su casa. A pesar de vivir en condiciones precarias, en una vivienda húmeda, fría y poco adecuada para su edad y su salud, se aferra a ese espacio como a un tesoro irrenunciable. Su hogar representa lo único verdaderamente suyo, el último reducto de autonomía en una vida marcada por la dependencia y la pobreza. Esa resistencia obstinada a marcharse —aunque resulte irracional desde fuera— es uno de los rasgos que mejor definen su carácter.

Las conversaciones que mantiene con Janna permiten entrever un pasado lleno de penalidades. En su infancia, Maudie creció en un hogar dominado por un padre autoritario y vejatorio con su madre, un ambiente de violencia silenciosa que dejó huellas profundas. Su propia vida adulta tampoco fue más benévola: un matrimonio fracasado con un hombre egoísta y poco afectuoso, del que solo rescata el fruto de la unión, su hijo. Para salir adelante con él a cuestas, Maudie desempeñó oficios diversos, siempre en los márgenes, siempre en la precariedad. Entre todos ellos, recuerda con especial cariño su trabajo en una sombrerería, donde por primera vez sintió cierta comodidad y un mínimo reconocimiento.

Ese pasado, contado sin dramatismos y con una franqueza desarmante, explica tanto su dureza como su vulnerabilidad. Y es precisamente esa mezcla la que convierte su relación con Janna en el núcleo emocional de la novela.

Doris Lessing aborda un tema que suele funcionar como tabú en nuestras sociedades aceleradas: la vejez. Pone el foco en las necesidades reales de las personas mayores —atención, comprensión, afecto— y en la dificultad que tenemos para mirar de frente esa etapa de la vida sin caer en la condescendencia o en la evasión.

La novela expone con crudeza los momentos de decaimiento físico y psíquico que pueden llevar a una persona anciana a depender de cuidados hospitalarios, un tránsito que a menudo anticipa el deterioro final y la muerte. Frente a ese escenario, Lessing subraya la importancia de un entorno lo más humanitario y familiar posible en los últimos días, un acompañamiento que respete la dignidad de quien se encuentra en su tramo final.

Doris Lessing muestra también cómo el contacto con una persona de edad avanzada puede transformar la vida de quienes están dispuestos a escuchar y a implicarse. La relación entre Janna y Maudie funciona como un recordatorio de que la vejez no es solo un territorio de pérdida, sino también un espacio de aprendizaje, de lucidez y de vínculos inesperados.

Doris Lessing plantea cuestiones vitales con una prosa fluida, de aparente sencillez, pero profundamente incisiva. Su estilo, directo y sin adornos, invita a la reflexión y obliga al lector a confrontar sus propias ideas sobre el cuidado, la vulnerabilidad y el paso del tiempo.

Diario de una buena vecina es una de las obras más incómodas y necesarias de Doris Lessing. Su mirada sobre la vejez evita cualquier tentación de dulcificar la realidad y se adentra en un territorio donde el deterioro físico, la dependencia y la soledad conviven con una sorprendente capacidad de lucidez y resistencia. La relación entre Janna y Maudie, lejos de cualquier idealización, muestra cómo el cuidado puede ser un espacio de conflicto, aprendizaje y transformación mutua.

Doris Lessing escribe con una claridad que desarma: una prosa directa, sin adornos, que obliga a mirar aquello que preferimos no ver. La novela no ofrece consuelo ni soluciones fáciles; propone, en cambio, una reflexión profunda sobre la dignidad en los últimos años de vida y sobre la responsabilidad —individual y colectiva— hacia quienes ya no pueden sostenerse solos. En tiempos que relegan la vejez a los márgenes, este libro sigue siendo un recordatorio incómodo y valioso de lo que significa acompañar y ser acompañado.


Como fondo musical para la lectura de esta imprescindible obra; una audición de un indispensable disco de este mismo año: “Sextet”; del compositor, saxofonista y clarinetista neoyorquino, Ken Thomson; que integra de manera inteligente, el jazz moderno con la música clásica contemporánea.

Components:

Adam Armstrong, bass; Alan Ferber, trombone; Ken Thomson, alto saxophone, compositions; Anna Webber, tenor saxophone; Russ Johnson, trumpet; Daniel Dor, drums

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