Chris Hayes: trayectoria, formación y evolución intelectual del autor de El canto de las sirenas.
Christopher Loffredo Hayes (Nueva York, 1979) es un periodista y escritor estadounidense conocido por sus ideas progresistas y por explicar temas políticos complicados de una forma que conecta con la gente. Creció en el Bronx, en una familia muy implicada en el servicio público: su padre trabajaba en proyectos comunitarios y salud pública, y su madre era profesora. Por eso, para él la política y la desigualdad no eran teorías, sino parte de su día a día.
Estudió en Hunter College High School y después en la Universidad de Brown, donde se graduó en Filosofía en 2001. Allí se formó en filosofía analítica, pero también le influyeron autores críticos como Foucault. Esto se nota en su interés por entender cómo funcionan el poder, las instituciones y las formas en que la sociedad controla o limita a las personas.
Comenzó su carrera en el periodismo escrito, primero en Chicago Reader y luego en In These Times. Se centró en temas como la política local, el movimiento obrero y los cambios dentro del Partido Demócrata después del 11-S. En 2007 se mudó a Washington y fue nombrado editor de la revista The Nation, lo que lo convirtió en una de las voces jóvenes más influyentes del progresismo en Estados Unidos.

El salto de Chris Hayes a la televisión llegó cuando empezó a colaborar con MSNBC, donde al principio sustituía a presentadores conocidos como Rachel Maddow o Lawrence O’Donnell. Su oportunidad grande llegó en 2011, cuando le dieron su propio programa de fin de semana, Up with Chris Hayes. Dos años después, en 2013, pasó a presentar All In with Chris Hayes, un programa diario de análisis político que ha ganado varios premios Emmy. Desde 2018 también dirige el pódcast Why Is This Happening?, en el que conversa con expertos, activistas y figuras públicas sobre temas sociales y políticos.
Hayes ha publicado tres libros: Twilight of the Elites (2012), A Colony in a Nation (2017) y The Sirens’ Call (2025). Este último —el ensayo que estamos analizando— marca un cambio importante en su trayectoria. Mientras que en sus libros anteriores se centraba en cómo funcionan las instituciones y el poder político, en “El canto de las sirenas” amplía la mirada para estudiar cómo la economía de la atención influye en nuestra vida pública, distorsiona la democracia y transforma la cultura actual.
“El canto de las sirenas”: crítica y análisis del ensayo de Chris Hayes
Publicado en España por la editorial Taurus el 15 de enero de 2026, El canto de las sirenas aparece justo cuando el debate sobre la “economía de la atención” está en todas partes: en cómo usamos las redes sociales, en cómo se organiza la política y en cómo consumimos información. El libro se presenta como una intervención urgente en ese debate. Su objetivo es entender cómo hemos llegado a un sistema que compite constantemente por nuestra atención, cómo ese sistema influye en nuestra vida interior, en nuestras relaciones y en el funcionamiento de las instituciones, y qué podemos hacer para recuperar cierto control.
A partir de esta pregunta, el ensayo desarrolla su estructura. Chris Hayes combina historia cultural, teoría política y experiencias personales para explicar cómo funciona este régimen y por qué afecta de forma tan profunda a la sociedad contemporánea.
Ulises, la tentación y el nacimiento de la era de la atención
«La atención es la sustancia de la vida»
Chris Hayes abre El canto de las sirenas con una escena fundamental: Ulises atado al mástil para resistir el canto de las sirenas. Más que una imagen literaria, es el punto de partida para entender la atención como un territorio en disputa. Ulises, reconociendo su fragilidad, decide imponer una limitación para evitar sucumbir ante un impulso incontrolable. Esta lucha entre el deseo y el autocontrol, así como entre la voluntad y la seducción, se erige como el tema central de este capítulo y, en gran medida, de toda la obra.
A partir de ahí, Hayes traza un puente inesperado entre las sirenas míticas y las sirenas modernas —las de ambulancias y vehículos de emergencia— para mostrar que ambas comparten una cualidad esencial: se imponen en nuestra conciencia sin pedir permiso. La breve historia que reconstruye —desde la primera sirena acústica en 1799 hasta su uso masivo en el siglo XIX— sirve para recordar que la atención siempre ha sido vulnerable a estímulos diseñados para interrumpirnos. Pero lo importante no es la técnica: la verdadera fuerza está en la continuidad simbólica, porque tanto las sirenas de Homero como las de nuestras ciudades entran en nuestra mente desde fuera.
El capítulo adopta entonces un tono más íntimo. Chris Hayes describe cómo, mientras lee con su hija, siente el impulso casi automático de mirar el teléfono. Ese gesto mínimo resume la fractura contemporánea: la atención deja de ser un acto voluntario y se convierte en un campo de batalla, donde fuerzas externas compiten por ocupar nuestra vida interior. La frase de William James —«mi experiencia consiste en aquello a lo que acepto prestar atención»— funciona como recordatorio de que atención y voluntad son inseparables. Cuando cedemos sin querer, perdemos parte de nuestra capacidad de decisión.
A partir de aquí, Hayes revisa los ciclos históricos de pánico moral ante cada nueva tecnología: la escritura, la imprenta, la radio, los cómics, los smartphones. Su postura es matizada: sí, siempre ha habido ansiedad ante lo nuevo, pero esta vez la escala es distinta. No estamos ante un medio más, sino ante un ecosistema económico global diseñado para extraer atención como si fuera un recurso natural. La comparación entre cómics y cigarrillos —¿inocuos o letales?— funciona como provocación, pero Hayes va más allá: plantea que la economía de la atención es una transformación antropológica.
El capítulo concluye con una tesis contundente: la atención, que antes era un atributo interno, se ha convertido en un recurso explotable desde fuera. Y esa extracción —invisible, constante y profundamente íntima— transforma tanto nuestra vida interior como nuestra vida pública. La era de la atención nace, así, en el cruce entre biología, tecnología y capitalismo.
La arquitectura de la atención: voluntaria, involuntaria y social
«La información es abundante; la atención, escasa»
Chris Hayes explica que la atención tiene tres dimensiones básicas: la voluntaria (cuando decides concentrarte en algo), la involuntaria (cuando algo te atrae sin querer) y la social (cuando lo que miras depende de lo que miran los demás). Con esto quiere mostrar que “prestar atención” no es un acto simple, sino un proceso lleno de filtros, límites y mecanismos que vienen de nuestra evolución como especie.
El punto de partida es muy contundente: la atención existe porque siempre hemos tenido un problema básico como seres humanos, el exceso de información. El economista Herbert Simon lo resumió de forma brillante: cuando hay mucha información, lo que falta es atención. Y esa escasez —no la información en sí— es el recurso más valioso y disputado en la economía actual.
Chris Hayes recurre a ejemplos cotidianos —una conversación en un cóctel, un ruido inesperado, el sonido de nuestro nombre— para ilustrar cómo opera cada tipo de atención. La atención voluntaria es la que describía William James: cuando la mente “toma posesión” de algo y deja todo lo demás en segundo plano. Es un acto de elegir y, al mismo tiempo, de renunciar: iluminas un punto concreto y el resto queda en la sombra.
El experimento del “gorila invisible” lo muestra de forma muy clara. En ese estudio, los participantes deben contar los pases de un equipo mientras siguen la escena. Están tan concentrados en la tarea que muchos no llegan a ver a un hombre disfrazado de gorila que cruza por el centro. No es un problema de visión: cuando la atención voluntaria se estrecha, aquello que queda fuera del foco simplemente no lo percibimos.
La atención involuntaria, en cambio, es la que se activa cuando un estímulo nos sorprende desde fuera: un estruendo, una luz repentina, un sobresalto. Es un mecanismo de supervivencia heredado de la evolución, un sistema de alerta que sigue funcionando incluso cuando creemos estar totalmente concentrados. Chris Hayes destaca la paradoja: aunque estemos centrados en una tarea, el cerebro continúa vigilando lo que pasa alrededor por si aparece una posible amenaza. La atención voluntaria crea un túnel; la involuntaria lo rompe cuando algo exige que reaccionemos.
El tercer aspecto, la atención social, es quizá el más decisivo y el más humano. Chris Hayes explica —apoyándose en ideas de Freud, del ensayista Adam Phillips y de la antropología evolutiva— que la atención de los demás influye directamente en cómo construimos nuestra identidad. Un ejemplo muy claro es el “efecto cóctel”: estás en una fiesta, no sigues una conversación… pero si alguien dice tu nombre, lo oyes al instante. Los experimentos del psicólogo Neville Moray muestran por qué ocurre esto: aunque creamos que estamos ignorando lo que pasa alrededor, el cerebro sigue rastreando en segundo plano palabras que considera importantes. Es decir, incluso cuando no prestamos atención de forma consciente, una parte de nuestra mente sigue escuchando.
La atención social es, en esencia, el deseo de ser vistos, reconocidos, tenidos en cuenta. Es la base de la socialización humana y, como sugiere Hayes, el punto exacto donde la economía de la atención contemporánea ejerce su mayor poder.
El capítulo termina con una pregunta que atraviesa todo el libro: ¿cómo se consigue atraer la atención de la gente? Chris Hayes explica que no es lo mismo captarla que mantenerla, y muestra cómo los medios —desde los titulares de prensa hasta los programas de televisión— están organizados para lograr esas dos cosas a la vez. La atención, en sus tres formas, no es solo algo que ocurre en nuestra mente: también es un recurso que se disputa, una especie de mercancía y, al mismo tiempo, un vínculo social que nos conecta con los demás.
El aburrimiento como herida humana: por qué buscamos el canto de las sirenas
«Toda la desgracia de los hombres procede de una sola cosa, que es no saber permanecer en reposo en una habitación»
Pensamientos, Blaise Pascal
La mirada se desplaza ahora hacia la parte más oscura y existencial de la atención: la inquietud humana, esa dificultad para soportar el silencio interior que nos lleva a buscar estímulos incluso cuando sabemos que pueden hacernos daño. Chris Hayes vuelve a la figura de Ulises para destacar un detalle importante: Circe nunca le dice que se tape los oídos. Ulises quiere escuchar. Todos queremos escuchar. La atención no solo se nos arrebata; también la entregamos. El canto de las sirenas, además de ser una amenaza externa, expresa un deseo íntimo, una forma de escapar del vértigo de estar a solas con uno mismo.
Desde ese punto, Chris Hayes introduce un experimento sorprendente realizado en 2014 por psicólogos de la Universidad de Virginia. Pidieron a varios participantes que permanecieran solos en una habitación, sin hacer nada, durante unos minutos. La mayoría encontró la experiencia profundamente desagradable. Para comprobar hasta qué punto lo era, les ofrecieron una alternativa extrema: podían darse una pequeña descarga eléctrica si lo deseaban. Muchos la prefirieron al silencio, y algunos incluso se administraron varias. El experimento revela algo inquietante: a la mente humana le cuesta mucho soportar el vacío. Preferimos casi cualquier estímulo —aunque sea desagradable— antes que enfrentarnos a estar a solas con nuestros propios pensamientos.
Este impulso por evitar la introspección no es nuevo. Pascal ya lo había señalado en el siglo XVII. Para él, la distracción —el divertissement— era la estrategia universal para huir de la conciencia de la muerte. Incluso el rey, rodeado de placeres, es más infeliz que el campesino, porque no soporta el silencio que le recuerda su fragilidad.
Chris Hayes conecta esta idea con la vida actual: nunca hemos tenido tantas distracciones y, aun así, nunca hemos estado tan inquietos. La paradoja del rey se ha extendido a todos. La multiplicación de estímulos no calma la mente; la vuelve más dependiente. El aburrimiento, lejos de ser algo trivial, se convierte en una amenaza que intentamos evitar de forma compulsiva.
El capítulo se abre entonces hacia la antropología. Hayes revisa estudios sobre sociedades cazadoras-recolectoras y comunidades indígenas donde el aburrimiento no existe como concepto. No hay palabra para nombrarlo. La vida se mueve en ritmos lentos, sin la presión del tiempo moderno. El aburrimiento, sugiere Hayes, no es universal: es un producto cultural, nacido de una organización social que divide el tiempo, impone rutinas y convierte la productividad en norma.
Desde ahí pasa al tedio industrial: la repetición mecánica que Marx vio como origen de la alienación. El capitalismo, al dividir el trabajo, reduce la experiencia humana a una sola función. Keynes, por su parte, imaginó el problema contrario: un futuro de abundancia donde el exceso de ocio se vuelve insoportable. Ambas visiones coinciden en lo mismo: la mente humana necesita un equilibrio difícil entre estímulo y descanso.
El capítulo termina con una idea inquietante: los medios modernos —del cine al “scroll infinito”— nacen para llenar ese vacío. No solo capturan nuestra atención: la sustituyen. El aburrimiento, que antes aparecía de forma ocasional, se ha convertido en una amenaza constante que la economía de la atención explota sin descanso.
La necesidad de ser vistos: la atención social como fundamento humano
«El llanto es el «canto de sirena» original del ser humano y la atención que suscita es la base de la propagación de nuestra especie»
La atención adquiere aquí su dimensión más íntima y biológica: su raíz social. Chris Hayes parte de una imagen muy sencilla —el llanto de un recién nacido— para mostrar que la atención no es solo un proceso mental, sino un mecanismo básico de supervivencia. El bebé, que no puede moverse ni comunicarse, solo tiene una forma de hacerse notar: reclamar atención. Ese primer grito, imposible de ignorar, crea el primer vínculo entre dos personas. Desde el inicio, la atención social sostiene la vida humana.
A partir de esta idea, el capítulo recorre un camino evolutivo y emocional. Ser padre —explica Hayes— significa sentir cómo una parte de la propia atención se dirige de manera constante hacia el hijo. Esa división permanente forma parte del “pacto” evolutivo de nuestra especie: nacemos indefensos y dependemos de la atención de otros para sobrevivir. Hayes recuerda, con datos muy claros, que la falta de atención puede ser más dañina que el maltrato activo. La atención social no es un lujo emocional: es una necesidad biológica.
El capítulo aborda después la experiencia devastadora de la ausencia de atención. Desde las cárceles del siglo XIX hasta los sistemas de aislamiento actuales, Hayes muestra cómo la soledad extrema destruye la mente humana. Tocqueville, Dickens o Mandela coinciden en lo mismo: el aislamiento no corrige, destruye. La soledad prolongada activa en el cerebro los mismos circuitos que el dolor físico; nuestro organismo la interpreta como una amenaza vital.
Luego, Chris Hayes amplía la mirada hacia la historia social. Durante la mayor parte de la existencia humana, la vida se desarrolló en comunidad: dormir, comer, trabajar y conversar eran actividades colectivas. La soledad, tal como la entendemos hoy, es un fenómeno reciente. Solo las sociedades ricas han creado las condiciones para vivir solos, y eso ha generado una epidemia de aislamiento. El aumento de hogares unipersonales, la fragmentación urbana y el individualismo han creado un entorno donde la atención social es más escasa y, por tanto, más valiosa.
El capítulo culmina con una idea decisiva: la atención social es el mínimo común denominador de cualquier relación humana. No implica amor ni afecto; implica simplemente ser percibido. Sobre esa base se construyen vínculos más complejos. Su ausencia provoca sufrimiento; su desequilibrio, conflicto. Desde los celos entre hermanos hasta las tensiones de pareja, desde el cotilleo hasta la fascinación por las celebridades, Hayes muestra que la atención social es la moneda invisible que organiza nuestras vidas.
En conjunto, el capítulo revela que la atención social no es un complemento emocional, sino una necesidad vital. Somos seres que buscan ser vistos, escuchados y reconocidos.
La atención como mercancía ficticia y fuente de alienación
«En la era de la atención, la fuente central de nuestra distracción se ha atomizado intensamente, un proceso apreciable incluso en el lapso de mi propia vida»
La alienación contemporánea nace de un hecho radical: nuestra atención —la base misma de la conciencia— se ha convertido en mercancía. Chris Hayes abre el capítulo con un ejemplo inesperado: los talibanes que, tras tomar Kabul, se ven obligados a convertirse en burócratas. Su choque con la vida moderna —horarios fijos, oficinas, pantallas— funciona como metáfora de un malestar más amplio. La vida digital produce una sensación de extrañamiento: algo que debería ser nuestro aparece como ajeno.
Para explicar esta fractura, Chris Hayes recurre a Marx y a Polanyi. Así como el capitalismo industrial convirtió el trabajo en una actividad estandarizada, separada del artesano y de su sentido de autoría, el capitalismo digital ha hecho lo mismo con la atención. La atención se ha transformado en una “mercancía ficticia”: algo tratado como un producto de mercado aunque no haya sido creado para venderse. Al estandarizarla, se borra su dimensión subjetiva y se convierte en un recurso intercambiable, subastado en fracciones de segundo.
Chris Hayes reconstruye la historia de esta transformación: desde la prensa sensacionalista del siglo XIX —que descubrió que el verdadero producto no era el periódico, sino los lectores— hasta la compleja industria publicitaria actual, donde bots, métricas infladas y “atención subprime” rompen la relación entre lo que se compra y la atención humana real.
Como la cantidad de atención es limitada —no podemos añadir horas al día ni multiplicar nuestros ojos—, las plataformas intentan colonizar cada minuto de vigilia: smartphones, pantallas inmersivas, contenido para bebés e incluso intentos de ocupar el tiempo de sueño. Cuando ya no pueden ampliar el tiempo disponible, compiten por arrebatárselo a otros. Esto genera una carrera hacia el exceso: más estímulos, más ruido, más entornos diseñados para mantenernos enganchados.
Esta lógica también afecta al ecosistema mediático. La presión por retener audiencia degrada la calidad informativa, fomenta la imitación y premia lo escandaloso. El caso de Fox News tras las elecciones de 2020 —cuando difundió falsedades para no perder espectadores frente a competidores más extremos— muestra cómo la competencia por la atención puede llevar incluso a grandes medios a traicionar la verdad.
El capítulo culmina con una reflexión sobre la pérdida de la atención colectiva. Tecnologías como el walkman, la televisión doméstica, los smartphones y, finalmente, los feeds algorítmicos han fragmentado la experiencia compartida. La cultura de masas se disuelve en una multitud de subculturas hiperpersonalizadas. Y, aun así, persiste el deseo de “ver juntos”: compartir, reenviar, reaccionar. Pero esa conexión es ya una versión debilitada de una energía social que antes se vivía en común.
La alienación de la era de la atención surge de esta tensión: nuestra atención es tratada como mercancía, pero para nosotros es el núcleo de nuestra vida interior. Vivimos atrapados entre lo que nos captura y lo que queremos ver, entre el canto de las sirenas y el deseo de silencio.
El amanecer de la era de la atención
«Las personas acumulan atención y la convierten en dinero, como los influencers de Instagram que firman lucrativos acuerdos con las marcas, y, de la misma manera, pueden usar el dinero para comprar atención, como Elon Musk, que se gastó cuarenta y cuatro mil millones de dólares para que leamos sus terribles tuits»
Chris Hayes explica que la era de la atención surge como una consecuencia lógica —y casi inevitable— de la era de la información. Para ello recupera la periodización de Alvin Toffler: revolución agrícola, revolución industrial y revolución informacional. Esta última, nacida tras la Segunda Guerra Mundial y acelerada por la computación, transformó la vida humana al convertir la información en un recurso abundante, barato y omnipresente. Si la era industrial multiplicó la energía disponible, la era de la información multiplicó los datos.
Ese cambio tuvo dos efectos clave. Primero, la información dejó de ser un bien escaso y pasó a estar disponible en cantidades casi ilimitadas. Segundo, la economía se orientó hacia la producción inmaterial: manipular datos se volvió más valioso que manipular objetos. El trabajo físico perdió protagonismo frente al trabajo cognitivo, y la vida cotidiana empezó a organizarse alrededor de pantallas, flujos de datos y sistemas de procesamiento.
Chris Hayes recuerda su propia experiencia como niño de finales del siglo XX: el paso de un mundo de enciclopedias y teléfonos de disco a otro en el que internet permitía acceder a cualquier fragmento de conocimiento. La primera web era un territorio de exploración, casi mágico, donde la información se buscaba como un tesoro. Pero esa abundancia reveló pronto su lado oscuro: la sobrecarga. Igual que las sociedades ricas pasaron de la escasez alimentaria a la obesidad, la humanidad pasó de la escasez informativa a la indigestión permanente.
Aquí aparece Herbert Simon, cuya intuición resulta decisiva: la información consume atención. Cuanta más información circula, más valiosa se vuelve la atención, porque es el recurso verdaderamente limitado. Por eso, la era de la información terminó convirtiéndose en la era de la atención. En un mundo saturado de datos, el problema ya no es acceder a la información, sino filtrarla, protegerse de ella y decidir qué merece nuestra mirada.
Simon también anticipa un fenómeno organizativo importante: los sistemas creados para procesar información suelen generar aún más información, aumentando la demanda de atención en lugar de reducirla. La Casa Blanca, las empresas, los gobiernos y cualquier estructura compleja viven bajo esta tensión: preservar la atención de quienes toman decisiones mientras el volumen de datos crece sin límite.
El capítulo concluye que la atención se convierte en el recurso estratégico de la modernidad. La abundancia de información no nos libera: nos obliga a gestionar un bien más frágil y limitado que cualquier otro. Así, la era de la información desemboca, de manera natural, en la era de la atención.
Atención pública y el colapso de los regímenes atencionales
«Ahora mismo es más fácil que nunca gritar y más difícil que nunca ser escuchado»
Chris Hayes analiza cómo la atención pública, el recurso que sostiene el debate democrático, ha cambiado de forma radical desde el siglo XIX hasta la era digital. Comienza con los debates Lincoln-Douglas de 1858, un acontecimiento político que, pese a su duración de tres horas y su lenguaje complejo, logró captar la atención nacional. Aquellos debates funcionaban gracias a un régimen atencional sólido: reglas claras, turnos largos, un único tema central (la esclavitud) y un público dispuesto a concentrarse durante mucho tiempo. La nación entera, impulsada por el movimiento abolicionista, enfocó su mirada en una sola cuestión moral y política.
Ese régimen atencional —ordenado y compartido— sirve como contraste para entender el presente. Hoy, la atención pública está fragmentada y sometida a una competencia constante. La televisión primero, y las plataformas digitales después, redujeron la posibilidad de mantener un foco común. La lógica comercial de los medios comprimió el tiempo disponible para las ideas: lo que antes ocupaba noventa minutos ahora debe expresarse en treinta segundos. Como advertía Chomsky, la concisión forzada favorece lo superficial y penaliza lo complejo. La televisión convirtió el debate público en espectáculo; la era digital lo ha convertido en ruido.
Chris Hayes sostiene que la atención, que antes era un medio para persuadir, se ha convertido en un fin en sí misma. En un entorno sin reglas compartidas —sin instituciones que organicen quién habla, durante cuánto tiempo y sobre qué—, la atención se vuelve un recurso escaso y competitivo. La persuasión, el argumento y la deliberación quedan subordinados a la necesidad de captar miradas. La política se transforma en una lucha por el volumen, no por la verdad.
El capítulo también recupera la crítica de Neil Postman, quien veía en la televisión el paso de una cultura basada en la palabra escrita a una cultura dominada por la imagen, donde el entretenimiento desplaza a la información. George Saunders amplía esta idea con su metáfora del “hombre del megáfono”: en un entorno sin filtros, quien grita más fuerte domina la conversación, aunque no tenga nada relevante que decir.
La conclusión de Hayes es clara: la era de la atención ha desmantelado los regímenes que antes hacían posible el discurso público. Sin estructuras que organicen la atención colectiva, la democracia pierde su capacidad de pensar en común. El resultado es un espacio público donde todos compiten por ser vistos, pero casi nadie consigue ser escuchado.
Reconquistar la mente en la era de la atención
«Si la atención es la sustancia de la vida, preguntarnos a qué prestamos atención es, en realidad, preguntarnos en qué consiste nuestra vida»
El capítulo final aborda la pregunta central del libro: cómo recuperar el control de nuestra atención en un entorno diseñado para arrebatárnosla. Chris Hayes parte de un cambio generacional evidente: el optimismo tecnológico de los años noventa —cuando internet parecía una fuerza liberadora— ha sido sustituido por una sensación de deterioro, ansiedad y cansancio. La “mierdificación” descrita por Cory Doctorow resume este proceso: las plataformas primero seducen, luego explotan y, al final, degradan la experiencia hasta volverla tóxica.
Los efectos sociales de este régimen atencional son profundos: más depresión y soledad, peor rendimiento académico, menos vida social presencial y una creciente dificultad para leer o concentrarse. La distancia entre lo que queremos atender y lo que realmente atendemos se ha convertido en una experiencia común. Hayes plantea que esta fractura interna —entre el yo que quiere leer y el yo que sigue deslizando el dedo por la pantalla— es una forma contemporánea de alienación.
La clave, sostiene, es recuperar mecanismos de compromiso, algo parecido a “atarse al mástil”, como Ulises frente a las sirenas. Para explicarlo, contrasta el consumo actual —rápido, fragmentado, diseñado para evitar cualquier esfuerzo sostenido— con prácticas del pasado que exigían decisiones atencionales claras: elegir una película en un videoclub, escuchar un disco entero, leer un periódico en papel. Estos formatos obligaban a comprometerse con una experiencia, y ese compromiso generaba profundidad, calma y sentido.
A partir de ahí, Chris Hayes identifica un fenómeno emergente: la aparición de “mercados atencionales alternativos”, parecidos a los mercados de alimentos orgánicos. El regreso del vinilo, el interés por los periódicos impresos, los “teléfonos tontos”, las escuelas que prohíben móviles o los padres que imponen dietas digitales estrictas son señales de una demanda creciente de espacios menos explotadores. Del mismo modo, los chats grupales —íntimos, no comerciales, sin algoritmos— se han convertido en refugios frente a la lógica extractiva de las plataformas.
El capítulo concluye con una visión pragmática pero esperanzadora. No se trata de eliminar la tecnología, sino de construir entornos —comerciales y no comerciales— que respeten la atención humana. Igual que surgieron mercados alternativos de alimentación, pueden surgir mercados alternativos de atención. La tarea colectiva consiste en crear espacios donde la atención no sea mercancía, sino vínculo, presencia y elección consciente. Recuperar la mente es posible, pero exige rediseñar los entornos que la moldean.
Conclusiones
Chris Hayes escribe este ensayo con una intención clara: describir y cuestionar el régimen atencional en el que vivimos para que podamos recuperar el control sobre nuestra propia mente. Su objetivo no es moralizar ni idealizar el pasado; busca hacer visible una estructura de poder que actúa de forma silenciosa, moldeando nuestra vida interior, nuestras relaciones sociales y nuestras instituciones democráticas. Hayes quiere que entendamos que la atención no es solo un recurso económico; es también la base misma de la experiencia humana. Y que permitir que sea explotada sin límites significa ceder el control de nuestra vida.
A lo largo de El canto de las sirenas, Hayes muestra cómo la atención se ha convertido en una mercancía ficticia, sometida a mercados hipercompetitivos que la extraen, la manipulan y la monetizan. El resultado es una forma nueva de alienación: no la del trabajador separado de su obra, sino la del individuo separado de su propia mente. La abundancia infinita de información, celebrada al inicio de internet como una promesa de libertad, ha revelado su paradoja: cuantos más datos circulan, más escasa se vuelve la atención. Y cuanto más escasa, más codiciada.
Pero Hayes no se limita a diagnosticar; también propone salidas. Su tesis final es que la atención puede recuperarse si rediseñamos los entornos que la moldean. Igual que surgieron mercados alternativos de alimentos orgánicos frente a la industrialización alimentaria, están apareciendo mercados alternativos de atención frente al capitalismo atencional. El regreso del vinilo, el periódico impreso, los “teléfonos tontos”, los chats grupales no comerciales o las escuelas que prohíben móviles son señales de una demanda creciente de espacios menos explotadores.
Chris Hayes quiere que el lector comprenda que la atención es una elección, pero solo cuando el entorno lo permite. Y no se limita al diagnóstico:: la tarea de nuestro tiempo consiste en construir espacios —comerciales y no comerciales— que respeten la atención humana, que la protejan en lugar de drenarla, que la orienten hacia lo que da sentido a la vida: la familia, los amigos, la comunidad, la creatividad y el pensamiento profundo. El regreso del vinilo, los periódicos impresos, los “teléfonos tontos”, los chats íntimos sin algoritmos o las escuelas que prohíben móviles son señales de una demanda creciente de experiencias menos extractivas. Igual que surgieron mercados alternativos de alimentos orgánicos, pueden surgir mercados alternativos de atención.
La propuesta de Chris Hayes apunta finalmente a algo muy concreto: crear espacios —comerciales y no comerciales— que no exploten nuestra atención y que, en cambio, la protejan. La era de la atención no es un destino inevitable; es un régimen histórico. Y, como cualquier régimen, puede cambiar.
En el fondo, Hayes escribe este libro para recordarnos algo esencial: recuperar el control de nuestra mente es un proyecto político, cultural y también personal. Su propuesta no mira hacia atrás ni exige renunciar a la tecnología; apunta directamente a la libertad, a la posibilidad de decidir de nuevo qué dejamos entrar en nuestra cabeza y qué no.
El canto de las sirenas, Chris Hayes
Traducción de Álvaro Marcos
Colección Pensamiento
Editorial Taurus, 2026
Hasta aquí la lectura de este ensayo.
Una exploración sobre la atención, sus heridas y las fuerzas que la disputan.
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