Simone Weil y Byung‑Chul Han: un encuentro espiritual.
Antes de entrar en el libro que nos ocupa, Sobre Dios. Pensar con Simone Weil, ensayo recientemente publicado por Ediciones Paidós, conviene recordar quiénes son las dos figuras que lo sostienen, porque el diálogo que Byung‑Chul Han entabla con Simone Weil nace como un encuentro espiritual entre dos temperamentos extremos, un espacio donde el pensamiento respira más allá de lo puramente intelectual. Más que un cruce de ideas, es una afinidad de almas: dos sensibilidades que, desde lugares muy distintos, avanzan hacia una misma claridad interior.
Han se acerca a Weil como quien reconoce en ella una presencia capaz de abrir un territorio que su propia filosofía ya no podía alcanzar: un territorio donde la crítica social se vuelve insuficiente y necesita apoyarse en una experiencia espiritual —la atención, el vacío, la descreación— para decir lo que el lenguaje filosófico habitual ya no puede nombrar. El libro nace precisamente ahí: en ese punto donde dos voces no se superponen y se reconocen en una misma necesidad de verdad.
Simone Weil (1909–1943) fue una pensadora inclasificable: filósofa, mística, obrera de fábrica, activista sindical, profesora, campesina ocasional, escritora de una lucidez casi dolorosa. Su vida entera fue una búsqueda de pureza, de verdad y de atención absoluta —esa forma de oración sin palabras que más tarde Han convertirá en eje de su lectura. Vivió la filosofía como una forma de santidad laica: pensaba con el cuerpo, con el hambre, con el cansancio, con la compasión. Su obra —fragmentaria, póstuma, incendiaria— gira en torno a unas pocas palabras esenciales: atención, gracia, descreación, vacío, belleza, obediencia, necesidad.
Weil evita los sistemas y expone las heridas; omite el argumento y revela la esencia; se abstiene de explicar a Dios y se dedica a escucharlo. Su pensamiento encarna una forma de desnudez espiritual que resulta incómoda y, a la vez, iluminadora. En su obra, Han identifica una voz más que una doctrina: una perspectiva del mundo que demanda silencio, renuncia y autenticidad.

Byung‑Chul Han (1959), por su parte, es uno de los filósofos contemporáneos que mejor ha descrito la subjetividad neoliberal: la autoexplotación, la hipercomunicación, la sociedad del cansancio, la desaparición del otro, la positividad tóxica, la adicción digital. Su estilo —breve, aforístico, quirúrgico— lo ha convertido en un analista privilegiado de la época.
Pero en los últimos años Han ha ido desplazándose hacia una dimensión más espiritual: la necesidad de silencio, de contemplación, de ritual, de belleza, de misterio. Ese desplazamiento no es decorativo: es el reconocimiento de que la crítica social, por sí sola, ya no basta. El diagnóstico del malestar contemporáneo exige ahora una vía de salida, un lenguaje capaz de nombrar lo que no se puede medir ni producir.
En ese giro, Simone Weil emerge como una figura decisiva: una maestra interior que le entrega un vocabulario para decir lo indecible, para pensar lo que su propia filosofía había dejado en sombra. Weil le ofrece una metafísica del límite, una ética del vacío, una espiritualidad sin consuelo.

Por eso Sobre Dios. Pensar con Simone Weil no es un libro académico. Es el libro de un filósofo que reconoce que su pensamiento ha llegado a un límite y necesita abrirse a otra cosa: a una trascendencia que no puede producirse, ni consumirse, ni comunicarse. Weil le ofrece ese umbral, esa grieta por la que aún puede entrar algo distinto.
Han se relaciona con Weil desde la escucha, prolonga su impulso en vez de explicarlo y permite que su pensamiento se transforme en contacto con ella.
Una teología negativa para el presente
Byung‑Chul Han no se dedica a comentar a Simone Weil; toma su pensamiento para pensar el presente. A través de ella construye una especie de teología negativa contemporánea: no intenta explicar a Dios; muestra por qué hoy nos cuesta tanto sentir algo parecido a lo espiritual. Su idea es sencilla: solo cuando paramos, hacemos silencio y dejamos de llenarlo todo con nosotros mismos podemos escapar del ritmo frenético del rendimiento, de la adicción digital y de la lógica del “me gusta”.
Desde la primera página, Han declara que Weil “entró en su alma”: la recibe desde la escucha, lejos de cualquier gesto analítico. Su enfoque de lectura es confesional y casi litúrgico, pero no carece de crítica; en lugar de simplemente repetir a Weil, la amplía y la desarrolla. La convierte en una interlocutora espiritual para pensar el presente desde una profundidad que la filosofía contemporánea rara vez se permite.
El libro parte de una intuición clara: existe una forma de trascendencia más allá de producir, consumir y estar conectados todo el tiempo. Una trascendencia que puede sacarnos de esa sensación de vida vacía y devolvernos un poco de plenitud. La lectura de Weil despierta en Han una dimensión espiritual que tenía adormecida, y desde ahí formula la tesis central del libro: solo el vaciamiento, el silencio y la atención pueden romper el encierro en el que nos deja el mundo neoliberal.
Sobre esa idea se construye todo el libro. Los siete conceptos que Han toma de Weil —atención, descreación, vacío, belleza, dolor, silencio e inactividad— no aparecen como teorías abstractas; se presentan como experiencias que ayudan a recuperar espacio interior. Estos conceptos, en conjunto, constituyen una especie de arquitectura espiritual que contrasta con la arquitectura del rendimiento: mientras el neoliberalismo tiende a llenar, estos principios buscan vaciar; donde hay una aceleración, ellos proponen una pausa; y donde se imponen exigencias, ellos abren nuevas posibilidades.
Cada uno funciona como un peldaño dentro de un mismo camino: una vía de desocupación que busca devolvernos la posibilidad de trascendencia. Y Han empieza por donde también empieza Weil: por la atención, ese modo de mirar que permite ver lo real sin apropiárselo.
Atención: el órgano espiritual que hemos perdido
Para Byung‑Chul Han, siguiendo el pensamiento de Simone Weil, la profunda crisis espiritual que enfrentamos en la actualidad no radica en la pérdida de Dios; radica en haber perdido la capacidad de prestar verdadera atención. Vivimos rodeados de estímulos, notificaciones y prisas, y esa saturación nos impide mirar con calma, esperar y dejar espacio para algo que no controlamos. Nuestra forma de percibir el mundo se ha vuelto insaciable, priorizando el consumo sobre la contemplación.
Para Weil, solo quien “ayuna” simbólicamente —quien deja de consumir sin parar— puede mirar de verdad. La atención profunda exige un alma vacía, no saturada por deseos, intereses o estímulos. Cuando el alma se llena de ruido, pierde su capacidad de contemplación; cuando se vacía, recupera su parte divina.
La digitalización agrava este problema. Todo se vuelve disponible, inmediato, consumible. La paciencia, la espera y la demora —actitudes esenciales para la vida espiritual— se erosionan. La información fragmenta nuestra atención y la vuelve superficial. La atención profunda, en cambio, requiere duración, silencio y estabilidad.
Para Weil, la atención pura es una forma de oración. No porque piense en Dios, sino porque es capaz de sostener una mirada sin distracción. Dios solo está presente donde hay atención. Y nuestra época, dominada por la adicción y el estímulo, es una época sin atención.
La atención también es una forma de ética. El bien es discreto, indirecto, pudoroso: no interrumpe la atención. El mal, en cambio, es invasivo, ruidoso, adictivo. Solo una atención profunda puede protegernos de él. Por eso Weil afirma que un cuarto de hora de atención verdadera vale más que muchas buenas acciones.
La atención es también una forma de amor. Amar al otro es mirarlo sin apropiarse de él, sin proyectar sobre él nuestros deseos o miedos. Solo un alma vacía puede recibir al otro tal como es. La mirada atenta salva; la mirada dominada por el poder —como la mirada sartriana— reduce al otro a un objeto.
Para Han, la atención es el fundamento de toda vida espiritual y de toda creatividad. La inteligencia resuelve problemas; la atención crea. La genialidad nace de la atención extrema, no del esfuerzo voluntarista. La atención es deseo, anhelo, apertura: una espera activa que permite que algo nuevo aparezca.
Por eso la crisis de la religión es, en el fondo, una crisis de la atención. Sin atención no hay oración, no hay verdad, no hay belleza, no hay relación con el otro. La atención es la palanca del alma que la eleva hacia lo trascendente. Y su declive explica por qué nuestra época es tan pobre en profundidad espiritual y en creatividad.
Por eso Han coloca la atención al inicio del libro. Es la puerta estrecha por la que entran todos los demás conceptos de Weil: la descreación, el vacío, la belleza, el dolor, el silencio y la inactividad. Sin atención, ninguno de ellos puede desplegarse. La atención es el umbral de toda vida espiritual.
Descreación: renunciar al yo para dejar pasar a Dios
En la lectura que Byung‑Chul Han hace de Simone Weil, la descreación es un gesto espiritual sencillo de formular y difícil de vivir: hacerse a un lado para que algo más grande pueda aparecer. Implica un discreto movimiento de retirada, un gesto que libera espacio al dejar de saturarlo todo con el propio yo. En un tiempo obsesionado con la identidad, la autoafirmación y el “sé tú mismo”, esta idea resulta casi provocadora.
Han describe el yo contemporáneo como un yo saturado: lleno de expectativas, productividad, deseos de reconocimiento e imágenes de sí mismo. Un yo tan ocupado que no deja entrar nada. Para Weil, la gracia —lo que llega sin que lo fabriquemos— solo puede aparecer donde hay un poco de vacío. Por eso define la descreación con una frase decisiva: “Descreación: hacer que lo creado pase a lo increado.”
La descreación es, así, una forma de desasimiento: dejar de ser el centro, dejar de querer controlarlo todo, dejar de vivir desde la autoexigencia constante. No pretende desaparecer; abre un espacio interior más amplio en el que respirar. Es un trabajo espiritual que pide vigilancia, silencio y una cierta renuncia al protagonismo.
Han añade algo importante: solo quien se retira puede crear de verdad. La creatividad que nace del yo es ruido; la que nace del vacío es revelación. Por eso la descreación es también una crítica a la creatividad neoliberal, basada en producir sin parar y en explotarse a uno mismo.
En la obra de Weil, la descreación alcanza un punto radical: Dios solo puede habitar un alma que ha llegado al vacío. Lejos del nihilismo, esta nada funciona como disponibilidad, como una apertura que no destruye. Retirarse del yo permite que la realidad se muestre sin ser distorsionada por nuestros deseos, miedos o proyecciones.
Por eso Han sitúa la descreación como el segundo peldaño de su vía espiritual. Sin descreación no hay vacío; sin vacío no hay silencio; sin silencio no hay atención; sin atención no hay gracia. Es quizá el concepto más difícil para el lector actual, porque nos obliga a cuestionar el mito central de nuestra época: el yo como proyecto permanente.
Vacío: la ética aneconómica
Para Simone Weil, el vacío es la condición básica de toda vida espiritual: solo cuando dejamos un espacio libre dentro de nosotros puede aparecer algo como la gracia. Frente a la lógica del poder —que siempre quiere ocupar, dominar y llenar— el vacío hace lo contrario: abre, cede y permite. Por eso rompe la lógica del intercambio y hace posible cosas que no funcionan por cálculo: el perdón, la amistad, el don sin esperar nada a cambio.
Byung‑Chul Han convierte esta idea en una crítica al presente. Para él, todo lo que hoy entendemos como identidad, rendimiento o pertenencia a un grupo funciona desde la ocupación: exige afirmarse, mostrarse, producir. El vacío, en cambio, propone una forma de estar en el mundo que no invade al otro, que no lo satura con expectativas ni demandas. Es una forma de comunidad más abierta y menos violenta.
En un mundo lleno de información, estímulos y opiniones, el vacío parece casi un escándalo. Vivimos en un estado de ocupación permanente: de la atención, del tiempo, del deseo y del espacio interior. En este contexto, el vacío deja de ser ausencia y se vuelve resistencia: un gesto de negarse a la colonización del rendimiento.
Weil lo resume con una frase esencial: “La gracia llega a través del vacío.”
El vacío no debe confundirse con la inacción; representa un proceso interno que implica despojarse, detenerse, silenciarse y renunciar. Este concepto se opone directamente al poder: mientras el poder demanda y se adueña, el vacío se mantiene en una actitud de espera y apertura.
Han lee esta ética como una crítica al imperativo identitario contemporáneo. Hoy la identidad —personal o colectiva— se ha convertido en un producto más, algo que se exhibe y se consume. En contraste, el vacío sugiere una postura opuesta: no demandar, no reivindicar ni apropiarse.
Por eso Weil sostiene que el vacío es la condición de la justicia auténtica: una justicia que se ejerce al renunciar a lo que uno podría reclamar, libre de cálculos y equivalencias.
Han amplía esta idea hacia la economía: la gracia no responde a mérito ni a reciprocidad; es aneconómica, no responde a la lógica del dar‑para‑recibir. Y el vacío es la única forma de libertad que el mercado no puede capturar: no produce, no rinde, no sirve. Por eso es profundamente subversivo.
El vacío es también una forma de mirar: ver sin proyectar, sin interpretar, sin anticipar. En un mundo de hiperopinión, el vacío es callar para ver.
Por eso es el tercer peldaño de la vía espiritual que Han reconstruye a partir de Weil. Sin vacío no hay silencio; sin silencio no hay belleza; sin belleza no hay dolor verdadero; sin dolor no hay inactividad; sin inactividad no hay gracia.
Silencio: la condición del espíritu
Para Byung‑Chul Han, vivimos en una época dominada por el ruido. No solo el ruido de la calle, sino el mental, el emocional y el que genera la información constante. Todo hace ruido: el mercado, las redes, incluso nuestro propio yo. Ese estruendo continuo nos impide escuchar, pensar y encontrar un espacio interior. Por eso, el silencio —que para Simone Weil es la base de la atención y de toda vida espiritual— se ha vuelto algo raro.
El silencio del que hablan Weil y Han no es simplemente “no oír nada”. Es una presencia: un espacio donde pueden nacer la palabra verdadera, el pensamiento profundo y, si uno quiere llamarlo así, la experiencia de lo divino. En un mundo saturado de mensajes, guardar silencio se convierte casi en un acto espiritual.
Para Han, el silencio es también una forma de estar en el mundo: dejar que las cosas se revelen sin forzarlas, sin convertirlo todo en utilidad o contenido. Es lo contrario de la hipercomunicación, que exige mostrarse, opinar y exponerse sin descanso. El silencio pide retirada, pudor, sombra.
Weil lo resume con una frase luminosa: “No hay dicha comparable a la del silencio interior”.
Han transforma esta intuición en una crítica cultural: hemos sustituido la palabra por la comunicación, el pensamiento por la opinión, la interioridad por la expresión continua. La hipercomunicación no comunica: solo genera más ruido. El silencio, en cambio, permite escuchar de verdad: al otro, al mundo, a Dios.
El silencio es también una forma de humildad: reconocer que no somos el centro ni la fuente de todo sentido. Solo quien calla puede dejar espacio para que algo verdadero aparezca, algo que no se impone ni se viraliza, sino que se recibe.
Han vincula el silencio con la belleza y con la inactividad. La belleza necesita silencio porque nos desborda; la inactividad lo necesita porque convierte la acción en contemplación. Por eso el silencio es el cuarto peldaño de la vía espiritual que Han reconstruye a partir de Simone Weil: sin silencio no hay atención, sin atención no hay descreación, sin descreación no hay vacío, sin vacío no hay gracia.
Belleza: sacramento en tiempos del like
Byung‑Chul Han parte de una idea contundente: la belleza contemporánea se ha convertido en un producto emocional, diseñado para agradar y generar aprobación inmediata. Byung‑Chul Han parte de una idea clara: la belleza de hoy se ha convertido en un producto pensado para gustar rápido. Una belleza diseñada para generar aprobación inmediata, como ocurre con muchas obras de Jeff Koons, que devuelven al espectador una imagen amable de sí mismo. Es una belleza sin riesgo, sin herida, sin profundidad.
Simone Weil propone justo lo contrario: para ella, la verdadera belleza no halaga; descoloca. No confirma al yo: lo abre. No cumple una función práctica; es una experiencia que nos arranca, por un instante, de nosotros mismos. A veces incluso duele, porque nos enfrenta a algo que no controlamos.
Han recupera esta dimensión casi sagrada de la belleza: una presencia silenciosa que revela algo más grande que nosotros. En Cézanne encuentra un ejemplo perfecto: un artista que se “descrea”, que mira hasta desaparecer, que deja que el mundo pinte a través de él. La belleza, entendida así, es una forma de gracia.
Para Weil, la belleza es la prueba de que lo divino puede hacerse sensible. Para Han, es también la prueba de que todavía existe algo que no puede reducirse a consumo, dopamina o algoritmo. La belleza exige demora, silencio y vulnerabilidad; no se deja atrapar por el scroll.
Han no está comparando solo dos estilos artísticos; está confrontando dos formas de entender la realidad. La belleza nos saca de la economía del yo —centrada en gustar, mostrarse y acumular— y nos introduce en la economía de la gracia, donde nada se exige y nada se posee. Weil lo resume así: “Lo bello es la prueba experimental de que la encarnación es posible”.
La belleza es una vía espiritual porque descentra, hiere y despierta. Es incompatible con la lógica del “me gusta”, que no pide entrega ni riesgo. La belleza exige esa “pasividad activa” que Weil llama espera: dejar que algo nos toque sin querer dominarlo.
Han muestra que la belleza es el punto donde se encuentran silencio, vacío y descreación:
- sin silencio, no puede revelarse;
- sin vacío, no puede ser recibida;
- sin descreación, el yo se interpone.
Por eso la belleza es el quinto peldaño de la vía espiritual que Han reconstruye a partir de Weil. Es la primera manifestación sensible de la gracia: algo que no se produce, no se controla y no se consume.
En tiempos de estetización digital, la belleza —la verdadera belleza— es una forma de resistencia. Una forma de trascendencia encarnada. Una forma de verdad.
Dolor: negatividad como vía hacia lo real
Byung‑Chul Han, siguiendo a Simone Weil, sostiene que vivimos en una sociedad paliativa, una cultura que intenta eliminar cualquier forma de dolor. Pero para Weil el dolor no es solo sufrimiento: es una vía hacia lo real. Nos despierta, nos saca del narcisismo y abre un espacio interior por donde puede entrar la gracia. El dolor, dice, es el “testimonio de la existencia del mundo”.
Frente a la cultura del bienestar, Han afirma que sin negatividad no hay profundidad. El dolor distingue lo auténtico de lo superficial. El miedo al dolor —la algofobia— produce personas incapaces de amar, de transformarse o de soportar la verdad.
Para Weil, el dolor es una forma de obediencia: nos devuelve al cuerpo, a la finitud y a la vulnerabilidad. Para Han, además, es una resistencia frente a la anestesia digital y al mandato de estar siempre bien.
El dolor rompe la clausura del yo. En una época que convierte el bienestar en obligación, el dolor aparece como algo incómodo, casi escandaloso, que debe ser silenciado. Pero Weil lo entiende como una experiencia de verdad: nos obliga a mirar lo que no queremos ver y desmonta la fantasía de autosuficiencia.
Han convierte esta intuición en una crítica cultural: eliminar el dolor produce sujetos planos, incapaces de soportar la realidad. Confunden comodidad con plenitud y anestesia con paz. La sociedad paliativa no cura: adormece.
El dolor es también una forma de descreación: quiebra el yo, lo vacía, lo abre. No por una supuesta bondad del sufrimiento; por su capacidad de quebrar la ilusión de centralidad que sostiene al yo. Weil lo expresa con una frase decisiva: “El dolor es la única fuerza capaz de arrancar el alma de sí misma.”
Han traduce esto al presente: en un mundo saturado de estímulos placenteros, el dolor es la última experiencia que no puede monetizarse ni convertirse en contenido. El dolor resiste al algoritmo.
Por eso el dolor es el sexto peldaño de la vía espiritual que Han reconstruye a partir de Weil. Y confirma la verdad de los anteriores:
- sin atención, el dolor es ruido;
- sin descreación, se vuelve resentimiento;
- sin vacío, ocupa;
- sin silencio, se convierte en queja;
- sin belleza, parece absurdo.
El dolor, en Weil y en Han, es la grieta por la que entra la luz: la negatividad que abre el mundo y hace posible la trascendencia.
Inactividad: la resistencia espiritual
Byung‑CByung‑Chul Han cierra el libro con la inactividad, un concepto que puede sonar provocador. No significa pereza ni abandono; apunta a algo mucho más sutil: actuar sin buscar resultados, sin utilidad, sin rendimiento. Para Simone Weil, esta forma de acción gratuita es la actividad espiritual más alta, porque permite recuperar la presencia, la calidad y la belleza en un mundo que solo valora la cantidad.
La inactividad es el reverso exacto del rendimiento. Mientras el rendimiento exige producir, optimizar y acelerar, la inactividad pide detenerse, desacelerar y desapropiarse. No es un descanso dentro de la productividad, sino otra lógica: un tiempo que no puede ser capturado por el mercado ni convertido en beneficio.
Weil lo resume con una frase luminosa: “La atención sin objeto es la forma más alta de oración.”
La inactividad es precisamente eso: atención sin objeto, acción sin finalidad, presencia sin utilidad. Es el espacio donde el alma deja de ser instrumento y vuelve a ser morada.
Han lleva esta idea al presente: incluso nuestro tiempo libre ha sido colonizado por la lógica del rendimiento. Hablamos de “ocio productivo”, de autooptimización, de entretenimiento medible. La inactividad, en cambio, es un tiempo que no sirve, que no rinde, que no se cuantifica. Por eso es una forma de libertad profunda: la libertad de no tener finalidad.
La inactividad no es pasividad; es una disciplina interior: soportar el vacío sin llenarlo, no intervenir, no forzar, no producir. Es un arte espiritual que exige paciencia y vigilancia.
Han muestra que la inactividad solo es posible si se sostienen los peldaños anteriores:
- sin vacío, se vuelve aburrimiento;
- sin silencio, se convierte en ruido interior;
- sin belleza, se vuelve apatía;
- sin atención, se dispersa.
Por eso la inactividad es el último peldaño de la vía espiritual que Han reconstruye a partir de Weil. Es la forma de vida que integra todo lo anterior: atención, descreación, vacío, silencio, belleza y dolor.
En un mundo que absolutiza la acción, la inactividad es la única acción verdaderamente libre: la única que no obedece al rendimiento, la única que no puede monetizarse, la única que abre un espacio para la gracia.
Han lo resume con una frase que condensa todo el libro: “Solo la acción que no busca nada puede recibirlo todo.”
Conclusión: una espiritualidad para sobrevivir al presente
Sobre Dios no es un tratado teológico, sino una exploración de aquello que hoy bloquea cualquier experiencia de profundidad: el ruido, la adicción, la autoexplotación, la obsesión por la cantidad y la desaparición del silencio y la atención. Han no plantea una falta de Dios; describe la atrofia espiritual de un sujeto que ha perdido la capacidad de reconocer lo sagrado.
En Simone Weil, Han encuentra una mística para el siglo XXI: alguien capaz de devolver a la filosofía una dimensión espiritual sin caer en la nostalgia religiosa ni en la autoayuda. Weil no es para él un objeto de estudio; es una guía interior que le permite nombrar aquello que su crítica del neoliberalismo intuía, pero aún no podía formular.
Aunque esta lectura se ha centrado en la interpretación que Han hace de Simone Weil —el hilo espiritual más nítido del libro—, Sobre Dios está atravesado por una constelación mucho más amplia: Paul Celan y su concepción del poema como acto de atención, Esquilo y la idea de que lo divino es ajeno al esfuerzo, Platón y la belleza como encarnación de lo divino, Nietzsche y su crítica del ruido que destruye el pensamiento, Benjamin y la imagen del dolor como corriente inspiradora que abre camino. Son solo algunos ejemplos. Han piensa desde ese tejido de voces, pero es en Weil donde encuentra su centro de gravedad.
La tesis del libro es simple y radical: solo una experiencia espiritual de vaciamiento, silencio y atención puede romper la clausura neoliberal y abrir un espacio para la trascendencia. No se trata de volver a Dios; se trata de volver a las condiciones de posibilidad de lo divino:
- la atención como forma de oración sin palabras,
- la descreación como renuncia al yo,
- el vacío como hospitalidad espiritual,
- el silencio como condición de la verdad,
- la belleza como epifanía,
- el dolor como vía hacia lo real,
- la inactividad como forma de vida no capturable por el mercado.
Byung‑Chul Han no propone una doctrina; propone una ascética mínima para sobrevivir al presente. Una espiritualidad sin religión, una mística sin dogma, una trascendencia sin teología. Lo que ofrece es un camino de desocupación: retirar, callar, vaciar, esperar. Un camino que no promete consuelo; promete claridad.
En tiempos de ruido, esa claridad es una forma de resistencia. En tiempos de saturación, es una forma de libertad. En tiempos de clausura, es una forma de trascendencia.
Sobre Dios. Pensar con Simone Weil. Byung-Chul Han
Traducción de Lara Cortés Fernández
Colección Contextos
Ediciones Paidós, Octubre de 2025
Hasta aquí la lectura de Sobre Dios. Pensar con Simone Weil.
Un libro que propone una espiritualidad mínima para sobrevivir al presente:
vaciar, callar, esperar, abrir espacio para la gracia.
Si quieres seguir explorando ensayos que iluminan la vida desde sus bordes,
aquí tienes otras lecturas comentadas en Querido Bartleby:
▶️ Norberto Bobbio: De senectute
▶️ Maurizio Ferraris: Aprender a vivir
▶️ Marina Garcés: La pasión de los extraños
▶️ Eugene Thacker: Resignación infinita
*Ensayos que, desde distintas orillas, piensan la vulnerabilidad, la atención y
esa forma de claridad que aún puede abrir un espacio para la trascendencia.*


