El origen emocional de un disco que nace de la urgencia.
Eva Cortés se enteró por las noticias de algo que la impactó mucho: una niña indígena de San Carlos, Arizona, había desaparecido de su hogar de acogida en Mesa a comienzos de 2025 y, poco después, encontraron su cuerpo. Sintió el impulso de escribir la letra de “Letters to Heaven”. Pero fue más allá: algo dentro de ella la llevó a viajar a la reserva Apache de San Carlos para honrar a la niña y a su gente. Allí, bajo una cruz blanca junto a un mural en honor a la niña, terminó de componer “Letters to Heaven”, una canción que no solo abrió una herida; también cambió el rumbo de su carrera.
Mientras seguía el caso en internet, Cortés escuchó una canción que la llegó al alma: “Remember Me”, de Randy Wood, interpretada por su sobrina Fawn Wood, artista de las tribus Plains Cree y Salish. Esa canción, vinculada al movimiento por las mujeres indígenas desaparecidas y asesinadas, se convirtió en otro pilar emocional para ella. Ambas canciones, la suya y la de Wood, formaron la base de La Malinche, su noveno álbum. El trabajo implica incluso un compromiso ético. Lo expresa con una franqueza que conmueve:
«Por eso me comprometo a donar un porcentaje de las ganancias del álbum a una organización que apoya a mujeres indígenas desaparecidas y asesinadas y a sus familiares. Todavía estoy ultimando los detalles, pero es una promesa que llevo conmigo en cada nota».

Eva, que ahora vive en Nueva York después de criarse entre Honduras y Sevilla, ha creado un disco que ella misma describe como “Protesta y Ritmo”. Es una obra que deja claro su propósito, grabada entre Madrid y Nueva York. Aquí se rodea de músicos a los que conoce y admira desde hace tiempo, como Pepe Rivero, Roman Filiú, Zaccai Curtis, Christian McBride y Antonio Sánchez, entre otros. Estos nombres le dan al álbum una energía de estudio muy verdadera, casi como un ritual.
El título del álbum evoca la figura de “La Malinche”, la mujer indígena esclavizada durante la conquista española que llegó a convertirse en traductora, sobreviviente y madre del primer niño mestizo documentado en las crónicas coloniales. Lejos de retratarla como una traidora, Eva Cortés la reivindica como un emblema de resiliencia, hibridación forzada y resistencia indígena.
Su propósito es claro: enfrentar la historia de cara, pero sin perder la alegría ni el ritmo. Este álbum aborda sin tapujos el racismo, las redadas de inmigración y las historias que el sistema intenta ocultar. En lugar de centrarse en el victimismo, Eva Cortés redefine el mito de La Malinche, convirtiéndola en un símbolo de resistencia. El resultado es un disco enérgico donde el jazz se fusiona con el flamenco y los sonidos indígenas. Es música que te hace reflexionar, pero que a la vez te invita a celebrar y a bailar.
🎯 Las sugerencias de escucha 2026 reúnen una selección abierta y diversa de álbumes que irá creciendo disco a disco. Del rock y pop independiente a las músicas de raíz, pasando por el folk, el jazz, la música brasileña o distintas formas de música instrumental, cada entrada busca abrir un espacio para la exploración sonora sin etiquetas ni fronteras.
No se trata de construir una lista definitiva, sino de compartir hallazgos musicales que merecen ser escuchados. Los estilos conviven, se cruzan y a veces se contradicen —como lo hace la música cuando está viva.
La playlist de 2026 irá creciendo disco a disco. Puedes escucharla aquí:
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Y si te apetece volver atrás, aquí tienes el recorrido sonoro de 2025:
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Aquí puedes escuchar el álbum completo sin salir de la página mientras avanzas por la reseña que lo acompaña.
Créditos
Composición y voz: Eva Cortés; Piano: Pepe Rivero (1, 3, 4, 5, 8 y 11) Jon Cowherd (2 y 6); Teclado: Zaccai Curtis (2 y 10); Pepe Rivero (8); Bajo: Christian McBride (3, 4 y 9); Reinier Elizarde “Negrón” (1, 5, 8 y 11); Luques Curtis (2, 6, 7 y 10); Saxo: Bobby Martínez (7 y 11); Roman Filiú (8); Percusión: Bandolero (1, 3, 4, 5, 9 y 11); Roland Guerrero (2, 6, 7 y 10); Batería: Antonio Sánchez (3, 5, 8, 9 y 11); Georvis Pico (1) ; Adam Cruz (2, 6, 7 y 10); Guitarra: Marvin Sewell (2, 6 y 7, 10); Guitarra española: Paco Heredia (4?, 5, 9).
Armónica: Antonio Serrano (4); Acordeón: Javier Colina (5); Vocal Solo: Georvis Pico (11); Flauta: Roman Filiú (10 y 11); Trompeta: Manuel Machado (7 y 11); Coros: Eva Cortés, Georvis Pico y Roman Filiú. Producido por: Eva Cortés, Roman Filiú y Pepe Rivero. Sello: Truth Revolution Records. Lanzamiento: 19 de junio de 2026
Biografía
Eva Cortés nació en Tegucigalpa, pero fue en Sevilla donde su voz realmente se formó, poco a poco. Creció en una ciudad donde los distintos géneros musicales convivían sin problema: en las calles se escuchaba flamenco, en las casas boleros y coplas. Un caso curioso es el hecho de que a los siete años participara en el disco “Cosas de niños” junto a artistas como Ana Belén, Víctor Manuel, Mocedades y Miguel Bosé. Una experiencia positiva que le hizo ver que su futuro podía encontrarse en el mundo de la música.
Lo que hace especial a Eva Cortés son sus gustos desde joven. En la adolescencia descubrió el blues y se sintió muy conectada con Billie Holiday. Luego llegó el jazz, pero no se trató de un estudio académico; fue un espacio de experimentación, y con el tiempo se convirtió en su fundamento creativo. Eva nunca ha sido de seguir reglas estrictas; ella se deja llevar por su instinto y por la necesidad de contar historias que no encajan en un solo estilo. Así es como ha creado un sonido propio: jazz, un español con ritmos latinos, un toque andaluz y una cercanía que te atrapa desde el primer momento.
Su discografía es, literalmente, el diario de una viajera. Con Sola Contigo (2007) empezó una etapa brillante de la mano de Universal Music, encadenando discos como Como Agua Entre Los Dedos, El Mar De Mi Vida o ese directo brutal que fue Jazz One Night with Eva Cortés in Madrid (2012). En todos ellos se rodeó de músicos que entendían su mezcla como una forma de honestidad pura.
Después de dar ese gran paso hacia el Atlántico con In Bloom en 2015, fue Nueva York la que realmente marcó un antes y un después. Esa ciudad se transformó en su propio laboratorio, un lugar donde experimentar. Fue allí donde dio forma a Crossing Borders en 2017, un disco que ya dejaba entrever la dirección que estaba tomando: un jazz más expansivo, mezclado y conectado con las experiencias de quienes migran. Finalmente, esa madurez se consolidó con Todas las Voces en 2019. En este álbum, el flamenco, la bossa y el folclore latinoamericano se encuentran de una manera muy especial, creando canciones que exploran el mundo interior sin desconectarse de la realidad exterior.
Eva Cortés, que reparte su vida entre Madrid y Nueva York, canta desde un sitio que es a la vez muchos sitios. Su música suena viva, con los pies en la tierra, mezclando el eco de las raíces africanas con toda la fuerza del sur de España y latinoamérica. Da igual si da un concierto en Europa, Asia o América: su voz no es solo música. Es una forma de contar historias, de expresarse con el cuerpo y de plantarle cara a las cosas, pero de una manera suave y elegante.
Su último proyecto, La Malinche (2026), es sin duda lo más audaz que ha realizado. No disimula la realidad y enfrenta sus problemas de frente: la identidad, el racismo, las secuelas de la colonia y qué significa cruzar una frontera. El jazz moderno se mezcla con ritmos de pueblos originarios y afroamericanos, creando un sonido que es a la vez espiritual y desafiante. Para conseguir esto, se ha rodeado de músicos excepcionales como Christian McBride, Antonio Sánchez y Pepe Rivero, artistas que entienden que el arte también guarda la memoria de la historia.
Al final, Eva Cortés nos enseña que la tradición no es algo que se quede solo en un museo. La tradición cambia y está siempre viva. Su música conecta Honduras, Andalucía y Nueva York, como si fuera una conversación continua entre el jazz, el bolero y la bossa nova. Su trabajo nos hace ver que la identidad no es igual siempre. La identidad sigue un camino y nunca se para. En ese cruce de caminos y en esa mezcla de culturas que no le rinde cuentas a nadie, se encuentra una belleza que es libre y no se puede domar.
Tracks
1. Abuelita Malinche (Eva Cortés / Pepe Rivero) 04:35 2. A Tribo do Vento (Eva Cortés / Jon Cowherd) 05:46 3. Soy el Aire (Eva Cortés / Pepe Rivero) 05:31 4. Light and Sorrow (Eva Cortés / Paco Heredia / Pepe Rivero) 03:59 5. Hij@s del Maiz (Eva Cortés / Paco Heredia / Pepe Rivero) 04:24 6. Letters to Heaven (Eva Cortés / Jon Cowherd) 05:04 7. Remember Me (Fawn and Randy Wood / Roman Filiu) 03:28 8. Sur Global (Eva Cortés / Pepe Rivero) 05:43 9. No Me Limites (Eva Cortés / Paco Heredia / Pepe Rivero) 04:33 10. Indians of All Tribes (Eva Cortés / Zaccai Curtis) 3:53 11. Spanish Harlem (Eva Cortés / Pepe Rivero) 04:57
🎧 Escucha crítica — La Malinche
“Abuelita Malinche” se abre con el piano de Pepe Rivero, el contrabajo de Reinier Elizarde “Negrón”, la percusión de Bandolero y la batería de Georvis Pico, pero desde el primer compás se siente que no es un jazz “puro”: el jazz con influencia latina aparece en la manera en que las percusiones acentúan el pulso y en cómo Eva Cortés coloca la voz enfatizando “Abuelita Malinche, ven a cantar, ven a bailar” como si abriera un círculo. “Llenas de luz la oscuridad” se asienta sobre el ritmo con una claridad que brilla sin caer en excesos dramáticos.
La canción avanza hacia una memoria corporal, y el jazz deriva hacia el flamenco: “Desde mis raíces a mis flores, desde cada poro de mi piel, desde mis aullidos a la luna…”. Eva canta estas líneas metiéndole un leve quiebro a la voz. No llega a ser flamenco puro, pero se nota la escuela y le da una intensidad muy suya. Justo cuando llega al “Yo siento tu alma, ay, como si fuera ayer”, la música se afloja un poco y deja que la frase respire.
Y entonces ocurre el gesto que define la mezcla del tema: Eva se lanza a un juego vocal sin palabras, un pequeño tramo casi de scat, pero con un color claramente aflamencado. Es un instante donde el jazz y el flamenco se rozan sin fusionarse del todo, creando una zona híbrida que le pertenece solo a ella.
Justo después entran los coros —Eva y Roman Filiú— repitiendo “Abuelita Malinche, ven a cantar, ven a bailar. Abuelita Malinche. Llenas de luz la oscuridad”. Ese regreso coral se oye como un eco que viene desde el fondo, como si otras voces se sumaran a la llamada.
Después de ese momento, la música se recoge y Eva canta:
“Me enseñas que abrazando el silencio, con calma yo curo mi voz. Que en soledad yo espanto al miedo. Vente conmigo, forjemos nudos de unión…”
Entonces, Reinier Elizarde se encuentra en un momento íntimo con su bajo, sonando de forma tan natural que parece una charla. Es como si el bajo estuviera dialogando con Eva, prolongando esa conexión que comenzó al inicio del tema con la “Abuelita”.
Cuando Eva regresa, tras el estribillo, vuelve a aparecer el aflamencamiento en la voz expandiendo el paisaje: “Desde ríos bravos que desbordan, desde la montaña que es mi hogar, desde los desiertos a las selvas…”.
La canción se abre hacia un territorio continental, recordando que la figura de Malinche —y las ancestras que Eva convoca— forman parte de una memoria indígena que cruza toda América. Ahí es donde se nota de verdad lo que busca la autora: conectar con el espíritu de sus antepasadas por su sabiduría, su aguante y su amor a la humanidad. Y no hace falta que lo explique con palabras; se nota en el viaje de la propia música.
“Abuelita Malinche” actúa como un portal: una canción que inaugura el sonido y el propósito de La Malinche: una propuesta donde la protesta viene del recuerdo, el ritmo es pura resistencia y la voz hace de puente entre el pasado y lo que todavía hoy exige ser escuchado.
“A Tribo do Vento” arranca con una finura que es casi un susurro. Jon Cowherd acaricia el piano en una intro preciosa, muy contenida, como si estuviera calibrando el ambiente antes de dejar escapar las notas. Ese inicio ya te dice de qué va esto: un tema que surge de la fragilidad, donde la música se sostiene en un delicado hilo de voz.
Poco a poco se van sumando los demás músicos: el contrabajo de Luques Curtis, la percusión de Roland Guerrero, la batería de Adam Cruz, la guitarra de Marvin Sewell y las teclas de Zaccai Curtis. La canción va ganando cuerpo lentamente. Todos se acomodan al ritmo. En este punto nadie diría que es una bossa nova; la atmósfera es mucho más abierta, una pieza jazzística muy delicada.
El vuelco llega cuando Eva Cortés empieza a cantar. Ese primer “Sonho em voar, tal vez você queira me acompanhar…” es el que destapa la bossa fluyendo de ella como si fuera su manera natural de expresarse. Eva se acopla al ritmo con soltura: arrastra las palabras con ligereza, balanceándose, como si la voz se la llevara la brisa de la que habla. La canción transita entre el jazz y la bossa de una manera tan suave que no requiere esfuerzo alguno.
La letra, aunque va a pinceladas, te enseña el alma de la canción: “Vontade de voar, pego ao vento, me empreste suas asas…”
Y es que las ganas de volar no son palabrería. Eva lo vivió en sus propias carnes. Después de un accidente en 2023 y de pasar por una depresión muy dura, se marchó a Brasil para reconciliarse con la vida y con el escenario. Allí, en la playa de Cumbuco, se enganchó al kitesurf. El tema sale de ese volver a nacer, de ese instante en el que el viento deja de dar miedo y se vuelve tu cómplice. Por eso la música se debate todo el rato entre la calma y el empuje, entre recogerse y abrirse.
Al llegar a “Pra Cumbuco com a tribo do Vento, upwind, downwind sem final…”, la canción regala un interludio bellísimo. Cowherd vuelve a quedarse al mando, pero esta vez arropado por la guitarra de Marvin Sewell, la percusión de Roland y los teclados de Zaccai, que van añadiendo colores sin empalagar. Es un momento en el que el tema se queda flotando, imitando el vaivén del kitesurf: avanzar, girar y dejarse llevar por la corriente.
Cuando Eva retoma el micro, se la nota distinta: más segura, con más luz: “Vamos velejar, ninguém poderá nos parar…”
La frase cae con una tranquilidad de quien se lo ha trabajado para llegar hasta ahí. La canción se vuelve una declaración de intenciones suave, pero firme: hacer real el sueño, aunque el viento sople en contra o el mar no ayude.
“A Tribo do Vento” es realmente hermoso y transmite una paz increíble. Combina elementos de jazz y bossa, pero lo más importante es su capacidad de reflejar tanto el dolor como la sanación. Es una canción que no se limita a contarte un viaje: te mete dentro de él. La melodía fluye con el viento, mientras Eva expresa un agradecimiento que resuena en cada palabra. En esencia, es la historia de una persona que redescubre la vida.
“Soy el Aire” comienza con el contrabajo del reconocido Christian McBride, creando una atmósfera densa que da paso rápidamente a la voz de Eva Cortés. Desde su primera línea, “Esto ya no lo consigo tolerar, basta de andar sin respuestas…”, define el carácter de la pieza: una canción de protesta explícita que nace de la denuncia y la lucidez. Su forma de cantar es directa y casi conversacional, acompañada solo por el contrabajo al principio, lo que resalta la importancia de cada palabra.
A medida que se incorporan el piano de Pepe Rivero, la percusión de Bandolero y la batería de Antonio Sánchez, la composición se dirige hacia el flamenco-jazz, donde la instrumentación funcionan como eficaz apoyo a la expresividad de Eva. Las palmas y los coros —que incluyen la propia voz de Eva doblada y otros apoyos colectivos— enriquecen la atmósfera flamenca, transformando la pieza en un canal de expresión rítmica y corporal.
La letra se presenta con una fuerza directa: “Tus masacres nos salpican sin parar… ven dispara, no intimidas… tu mentira huele a miedo…”. La interpretación transmite calma y confianza, abordando temas complejos sin titubear. En el estribillo, la canción adquiere un tono más simbólico, expresando: “Soy el aire que despeja tus miserias… soy el fuego que destruye tus montañas… soy el huracán que sopla las llamas que quieres sembrar…”.
La música se intensifica, los coros resuenan con más fuerza y las palmas marcan el compás, haciendo que el flamenco se sienta como una voz que proviene de la historia y la resistencia. Después de este clímax, la música sigue con un pasaje instrumental donde el contrabajo de McBride se convierte en el centro de atención, destacándose con un sonido profundo y resonante que dialoga con la voz anterior.
Hacia el final, la intensidad se concentra: “Flotilla al mar, ven grita fuerte… si Naciones Unidas no hace nada, lo volvemos a intentar…”. La conclusión llega con la frase “Recuerda que juramo’ y rejuramo’ que ya nunca más”, que amplía el mensaje con intensificación de la música y los coros en apoyo a Palestina. Este final se encuentra en un delicado equilibrio entre la cadencia del flamenco y el trasfondo político de la obra, que, como señala la autora, trata sobre el desplazamiento de los pueblos indígenas debido al colonialismo. De esta manera, “Soy el Aire” se establece como uno de los temas más directos del álbum, logrando una fusión total entre la reivindicación social y la estructura musical.
“Light and Sorrow” se abre con una introducción musical que aporta una atmósfera especial, gracias a la armónica de Antonio Serrano que inevitablemente me recordó al armonicista belga Toots Thielemans, por su buen hacer. El contrabajo de Christian McBride establece una base profunda y cálida, mientras el piano de Pepe Rivero, la percusión de Bandolero y unas palmas discretas preparan un fondo jazzístico con matices de aire flamenco.
Eva Cortés comienza a cantar en inglés, adquiriendo la pieza un aire confesional con un guiño precioso a Luis Eduardo Aute cuando canta “Ay amor mío al alba”, tendiendo así un puente hacia otra memoria musical. Después llega un interludio musical donde la armónica se expande y toma protagonismo, y aunque no aparece en los créditos, se escucha una guitarra española que podría ser de Paco Heredia, aportando un color cálido muy bien integrado.
En la vuelta al vocal, Eva cambia al español y la canción se vuelve más cercana: “La luz nació abriéndose camino por entre la noche amarga… a veces no creía que lo lograra… a veces no sabía si me ahogaba…”. La voz se se quiebra un poco, recordando un lugar oscuro sin necesidad de recrearlo. “Hoy la amargura me consuela, ella es mi hermana y me acompaña” cae con serenidad reconociendo que la sombra también forma parte del camino.
La música final se abre con coros de la propia Eva y de Roman Filiú, creando una sensación de comunidad. Eva explica que esta canción describe la experiencia de despertar a la vida después de tocar fondo, y se siente: solo después de la noche más oscura la luz aparece con esa fuerza, con esa magia que no necesita brillar para ser auténtica.
“Hij@s del Maíz” se abre con la guitarra de Paco Heredia, la percusión de Bandolero, el bajo de Reinier Elizarde, el piano de Pepe Rivero y la batería de Antonio Sánchez, creando un tejido de aire flamenco desde el primer compás. Eva Cortés entra tarareando, evocando una memoria ancestral antes de dar paso a las letras. La mezcla de inglés y español aparece enseguida, funcionando como una declaración de identidad múltiple: “Somos hijos del maíz, and we were perfected by the sun…”.
La pieza va adquiriendo ritmo, y cuando se suma el acordeón de Javier Colina, el paisaje se abre hacia tonadas latinoamericanas, recordando que el maíz es raíz continental, además de símbolo maya. El acordeón aporta un color cálido, casi festivo, y la canción se vuelve un puente entre tradiciones: flamenco, jazz, folclore indígena, memoria americana.
Eva canta “Ni hombre de barro, ni de madera, yo soy mujer de maíz y vengo de tierra buena” como una afirmación de origen, de cuerpo, de pertenencia. Más adelante, “Just lift the veil, prepare to fly, the dream has turned a butterfly” sugiere un ascenso, como si la canción se transformara en un renacer. Y cuando llega “We are children of the corn and we bring revolución”, la música cobra un ritmo más intenso, impulsada por la percusión y el acordeón que recuerdan celebraciones comunitarias.
El cierre en “Somos hijos del maíz, somos hijos de la tierra, plantando nuestra raíz, quédate tú con tu guerra” regresa al núcleo de la canción: una celebración de la vida frente a la violencia y una reivindicación de los pueblos indígenas como herederos del maíz, tal como lo explica la autora. Es una obra vibrante y rítmica que honra la raíz y la resistencia, manteniendo la suavidad en el canto.
“Letters to Heaven” comienza con una delicadeza que parece casi un suspiro. El piano de Jon Cowherd abre un espacio íntimo, sostenido por el bajo de Luques Curtis, la guitarra de Marvin Sewell, la percusión de Roland Guerrero y la batería de Adam Cruz. La canción carga un peso emocional enorme y la música lo sabe. Cuando aparece la voz de Eva Cortés, la pieza se vuelve conmovedora de inmediato.
El trasfondo es doloroso: la desaparición y asesinato de una niña apache de 14 años, un crimen que llevó a la autora a viajar a la reserva de San Carlos para acompañar a una comunidad marcada por el fenómeno de las mujeres indígenas desaparecidas y asesinadas. Esta experiencia se siente en cada nota, en la forma en que Eva interpreta, donde cada palabra parece estar sostenida por un silencio lleno de significado.
La música fluye con una calma que no oculta el dolor. El bajo de Luques Curtis se expande en el tramo instrumental con un sonido profundo y grave, casi ritual. A su lado, la guitarra de Sewell complementa con un sonido que respeta el espacio, mientras que la percusión establece un ritmo constante.
Hacia el final, Eva Cortés canta “angel forever fly, my angel, you are in sky”, y esas líneas elevan la canción hacia un plano casi espiritual, como una forma de acompañar a la niña hacia un lugar donde el dolor ya no la alcanza. La autora explica que no menciona el nombre por respeto a la familia, y esa decisión se siente en la canción: es un homenaje y una manera de honrar delicada y respetuosa. “Letters to Heaven” se convierte así en una pieza que abraza el duelo, mostrando una belleza que nace directamente de la contención y el silencio.
La versión de “Remember Me” (el tema de Fawn Wood y Randy Wood) es, ante todo, una muestra absoluta de respeto. Eva Cortés la canta desde el recogimiento, arropada por un ritmo que te transporta de inmediato a las ceremonias nativas del norte de América. Todo arranca con las percusiones de Roland Guerrero, la batería de Adam Cruz y un bajo consistente a cargo de Luques Curtis; juntos crean un pulso casi ritual, con un aire ancestral.
Se une la guitarra de Marvin Sewell, pero con leves toques, dejando el espacio justo para que Eva Cortés empiece a cantar: “Remember me / When the sun comes up in the morning sky”—recuérdame cuando el sol aparezca en el cielo de la mañana—. Se aprecia una emoción palpable en su voz, honrando la canción original con admiración.
A mitad de camino, el saxo de Bobby Martínez y la trompeta de Manuel Machado añaden un color cálido que expande el tema sin romper ese trance inicial. La percusión no para, marcando un latido constante que habla de comunidad, duelo y memoria. Es ahí cuando los vientos se abren paso y Eva retoma el tema con esa preciosa imagen de despedida: “Soaring with the eagle so high, feeling free” —remontando con el águila, tan alto, sintiéndome libre—. Eva a lo largo del tema tararea unos silabeos indígenas como un gesto de acompañamiento honesto.
Eva Cortés ha dicho que los pueblos nativos del norte emplean la canción para recordar a los difuntos. Esta idea sigue presente en toda la canción. Tiene una voz calmada y cercana. Pone atención en cada palabra que sale de su boca. Hace algo que junta el jazz y lo espiritual. Al final, esta versión de “Remember Me” sirve como un puente. Acerca una tradición que no es propia y lo hace con una sensibilidad extrema.
“Sur Global” arranca con la percusión de Bandolero, con ese toque andaluz y sureño que se siente como un auténtico llamamiento. Eva Cortés hace una pequeña introducción vocal como de lamento. Después, Elizarde “Negrón” toca el bajo y marca bien el ritmo, rompiendo el hielo y logrando unir el flamenco con el ritmo afrocaribeño de manera sencilla. Lo mejor es cómo el jazz se va colando sutilmente.
Y es que Eva no se anda con rodeos. Cuando canta “¿Ven dime que no lo sientes? Ya no vas contra corriente”, la declaración no es solo musical, es puramente política. La artista deja claro que el Sur Global no es una coordenada en el mapa. El Sur Global ayuda a despertar y muestra rebeldía contra el neocolonialismo. Esa rabia explota en versos como “Neocolonialismo mata, la avaricia nos machaca”, disparados con un fraseo firme sobre una percusión que no deja de empujar. La canción avanza ganando intensidad, casi a ritmo de marcha, y la voz se vuelve pura necesidad en ese “¡Solo pido: grita fuerte aquí, sur global!”.
Eva abre con unos versos: “Te diré, te hablaré, y te haré recordar / Tu ilusión, tu visión traerá la verdad”. Lo repite dos veces, como un mantra para que se te grabe bien la idea. Y justo ahí, con el tema ya en plena subida, llegan los solos: Pepe Rivero se desborda al piano y los teclados con una libertad tremenda, metiendo unos matices que iluminan la canción sin perder un ápice de su garra.
Pero el momento más crudo llega cuando Eva lanza una proclama en inglés que te hiela la sangre y repasa siglos de historia: “For centuries, empires carved us up, renamed our lands, stole our languages, our gold, our labor, our future. They called it civilization, called it progress, but it was conquest.” —Durante siglos, los imperios nos dividieron, renombraron nuestras tierras, robaron nuestras lenguas, nuestro oro, nuestro trabajo, nuestro futuro. Lo llamaron civilización, lo llamaron progreso, pero fue conquista—. Son palabras que pesan, que duelen, y a las que Roman Filiú responde de inmediato desde el saxo, con un solo desgarrador que parece llorar y protestar al mismo tiempo.
Para el final, Eva vuelve a la carga con una última arenga: “Grita fuerte, vamos juntos, es el fuego y el despertar… no te pares, que esto va a empezar ya”. El desenlace es pura catarsis. Más allá de parecer un adiós, esta pieza te inyecta pura energía, esa intuición de que lo mejor arranca cuando el sonido calla. “Sur Global” prueba que el recuerdo junto al compás resultan ser las herramientas más eficaces para recuperar aquello que te pertenece.
“No me pongas límites” empieza sin rodeos mediante los acordes de guitarra española de Paco Heredia y las palmas, sumergiendo enseguida en un entorno flamenco, casi festivo, mientras Eva Cortés comienza a cantar: “Llegué a la feria contenta y con ganas de cantar”. Realmente, Eva describe el momento con gracia al mencionar que “Algunos se incomodaban / Otros, querían acompañar / Otros tocaban las palmas / Y Salían a bailar”.
Mientras prosigue, la pieza mantiene su esencia flamenca, pero comienza a experimentar con el jazz. Aquí aparecen el contrabajo de Christian McBride, el piano de Pepe Rivero, la percusión de Bandolero y la batería de Antonio Sánchez, aportando un matiz más cosmopolita y flexible. La mezcla seduce porque Eva conserva el control del flamenco mientras los músicos suman texturas que amplifican la pista.
A medida que avanza, la composición se transforma en un lazo grupal: “Primita vente pa’cá, ay ayúdame a cantar… que si juntamos las voces ya no nos podrán callar”. Es un reclamo de complicidad femenina y de resistencia, pero conservando la alegría. La letra trata sobre romper las ideas preconcebidas, de interpretar lo que prefieras y enviar al diablo los prejuicios. Esa insumisión aparece con fuerza en el estribillo: “La vida es el sentido de mi vida, no me limites, por Dios / Que los momentos felices ya me los procuro yo!”. Eva lo canta mediante una dosis de cinismo y firmeza, defendiendo su libertad desde el día a día.
Rumbo al cierre, Eva saca el orgullo de sus raíces femeninas: “Con mi pintura de guerra y mi vestido de faralaes / tengo todo el poderío de mis abuelas / y también de mi mamá”. Es aquí donde la fusión flamenco-jazz termina de explotar.
El cierre nos devuelve al tono festivo y a la autoafirmación del principio: “Llegué a la feria contenta y con ganas de bailar”, culminado por un estribillo que es toda una manifestación de principios: “No me limites, por Dios…”. “No me pongas límites” es un tema que festeja la autonomía artística, las ganas de convivir y la autenticidad sin censura. Una combinación perfecta entre tradición y modernidad que demuestra que la música también es una forma de decidir quién quieres ser.
Las percusiones de Roland Guerrero arrancan en “Indians of All Tribes” con un pulso vivo, casi ceremonial. Eva Cortés entra al compás, primero en español: “Llegando el nuevo despertar, lanza tus brazos a volar”. A su lado, Georvis Pico se une en unos coros indígenas, un tarareo ritual que suena a pura invocación. Casi sin que te des cuenta, Eva va saltando del español al spanglish y de ahí al inglés. La canción se convierte, desde los primeros segundos, en un vínculo entre lenguas y memorias.
A partir de ahí, la banda se integra: el piano de Zaccai Curtis, el bajo de Luques Curtis, los teclados de Pepe Rivero y la batería de Adam Cruz arman un tejido que cruza el jazz con el folclor de raíz y una energía festiva notable. En uno de los respiros vocales de Eva, la guitarra —con el sello de Marvin Sewell— regala un solo cálido, expansivo y muy latino. Poco después, Roman Filiú toma el relevo con la flauta, aportando un color que te transporta directo a una celebración comunitaria.
Mientras sigue cantando en inglés, Eva nos mete de lleno en la historia: nos habla de Richard Oakes y John Trudell, dos nombres clave del activismo indígena contemporáneo. Oakes lideró la ocupación de la isla de Alcatraz en 1969, un hito que unió a estudiantes y distintas tribus en un reclamo histórico de soberanía que duró diecinueve meses y lo cambió todo. Eva lo narra con mucha lucidez, intercalando en español la palabra “La raza” como un mantra, un llamado a la unidad de los pueblos indígenas..
Lo mejor del tema es su contraste: es una canción luminosa, bailable y muy animada, pero también reivindicativa. Al final, “Indians of All Tribes” es exactamente eso: una fusión ideal de ritmos étnicos, jazz latino y salmos ceremoniales que celebra el despertar político de una raza sin olvidarse de la alegría, la resistencia y, sobre todo, de las ganas de moverse.
El broche de oro del disco lo pone “Spanish Harlem”, un tema que brota con una energía que brilla desde el primer segundo. Arranca con todo el sabor latino: una sección rítmica impecable y las percusiones de Bandolero marcando un tumbao que obliga a mover los pies. Cuando Eva Cortés entra a cantar, lo hace con una mezcla perfecta de alegría y calle, soltando con absoluta naturalidad eso de “Si subes la primera o sales por el parque central, deja que son te haga soñar, Newyorican style”. Su voz fluye tan libre que de verdad te crees que está paseando por su propio barrio.
Tras llevarnos rápidamente hasta el verso “mira mi niña cómo el alma brilla”, la música frena un segundo. Es ahí donde entran unos coros contagiosos repitiendo “Gimme tumbao”, creando una especie de llamada colectiva. Eva recoge el testigo con unos versos de hermanamiento: “Quiéreme. Quiéreme, quiéreme como yo te quiero / Te quiero como a un hermano. / Y juntos prendemos fuego”. Eva da paso a Georvis Pico, quien se marca un solo vocal cálido, un scat rítmico juguetón y con ese duende de la improvisación callejera.
A partir de ahí, el tema se convierte en una auténtica fiesta instrumental. Es un desfile de talento: primero la flauta festiva de Román Filiú, luego Pepe Rivero soltándose al piano con pura libertad y color, y después los solos de saxo de Bobby Martínez y la trompeta de Manuel Machado. Cada uno aporta su propio brillo y su acento latino. Tras ellos acomete de nuevo otro solo el piano. Eva retoma el timón para cerrar el tema (y el disco) volviendo a la letra de la canción inicial.
Para Eva, “Spanish Harlem” no es solo una canción; es su hogar en Nueva York. Es el reflejo de Washington Heights, del Bronx y de esas calles donde la cultura latina late con fuerza, donde la comunidad coexiste, canta y brilla unida. Es un cierre redondo: bailable, vital y lleno de orgullo. Una fusión perfecta de jazz latino, solos brillantes y un espíritu de barrio que resume la verdadera esencia del álbum: identidad, celebración y sentido de comunidad.
🎼Cierre
Al final, el disco se despide en todo lo alto, dejándote con esa hermosa sensación de comunidad, raíz y fiesta que resume perfectamente el viaje de Eva Cortés. A lo largo de estas once canciones, la artista teje un mapa emocional y político, donde el flamenco, el jazz, los sonidos indígenas y la vida cotidiana de los barrios latinos de Nueva York se entrelazan de forma natural. Cada tema es una puerta distinta: unos miran a la herida de frente, otros celebran la resistencia y otros se entregan a la fiesta, pero todos laten con la misma urgencia de libertad.
Aquí la mezcla de tradiciones no es un simple detalle decorativo; es la manera en que Eva afirma su identidad diversa y su derecho a expresarse libremente. El álbum se mueve constantemente entre la crítica y la celebración, entre lo personal y lo comunitario. Y en ese camino, la música se convierte en un refugio, en pura memoria. Por eso “Spanish Harlem”, con su tumbao contagioso y su espíritu callejero, se siente como un cálido abrazo: un recordatorio eléctrico de que la cultura latina, indígena y afroamericana sigue presente, evolucionando, resistiendo y brillando con su propia luz.
El resultado es un trabajo que no solo se escucha: produce sensación en el pecho, se comparte y se vive. Un disco que reivindica sin ponerse solemne, que celebra sin caer en la ingenuidad y que encuentra en el arte el lugar perfecto para existir con plenitud. El talentoso disco de Eva Cortés, por encima de todo, nos recuerda la fuerza de cantar en comunidad.


