Giani Stuparich y la sensibilidad de Un año de escuela en Trieste.
Otra pequeña joya de Stuparich, con una carga poética muy cercana a la de la imprescindible La isla (ver aquí). En Un año de escuela en Trieste todo gira en torno al mundo de la adolescencia, y el centro emocional del relato es la joven Edda Marty. Junto a sus padres se ha trasladado de Viena a la ciudad portuaria de Trieste, un cambio que vive con evidente malestar: añora la libertad y la igualdad entre hombres y mujeres que respiraba en la Viena de 1920, donde ha quedado su hermana mayor, figura admirada y referente íntimo.
Giani Stuparich capta con una sensibilidad extraordinaria ese tránsito incierto entre la infancia y la vida adulta, las tensiones familiares, los primeros desengaños y la búsqueda de un lugar propio en un mundo que parece no estar hecho para ella. La mirada de Edda, a la vez vulnerable y lúcida, convierte este breve libro en una meditación sobre la identidad, el deseo de emancipación y la nostalgia de aquello que se deja atrás.
Edda no se siente conforme en el ambiente provinciano y burgués de Trieste, donde la mujer aparece encorsetada y sometida a expectativas rígidas. Está cansada de los estudios con sus compañeras, a las que considera mojigatas, y decide romper ese cerco presentándose a examen en el Instituto masculino:
“Edda Marty era osada: era la primera mujer que intentaba hacerse con una plaza en aquel instituto masculino. Examinarse de ocho asignaturas, responder por cinco años de griego y siete de latín, no era ninguna broma.”
La entrada de Marty, va a convulsionar el ambiente en el que se mueven los chicos.
Giani Stuparich trata con mucha sensibilidad la convivencia de los jóvenes, su interrelación con Marty. La turbación se hace evidente en el círculo que frecuenta la joven: Antero, Mitis, Pasini… amantes de las tertulias literarias en torno a Leopardi o D’Annunzio.

Su entrada en ese espacio estrictamente masculino convulsiona el ambiente. Los jóvenes que la rodean —Antero, Mitis, Pasini—, amantes de las tertulias literarias en torno a Leopardi o D’Annunzio, sienten una mezcla de fascinación, desconcierto y turbación ante la presencia de Edda. Stuparich trata con enorme delicadeza esa convivencia, las tensiones que despierta, los afectos confusos y los primeros amores que, como suele ocurrir a esa edad, pueden tener consecuencias impensables.
La transición de la adolescencia a la edad adulta, con toda su problemática intrínseca, está narrada con una finura excepcional. Stuparich sabe mostrar cómo los actos comienzan a pesar, cómo la vida se vuelve súbitamente seria:
“Más de uno sintió aquel día que la vida posee una trágica seriedad y que aquellos bancos de escuela eran un juguete frente a ella. Los profesores se vieron por un tiempo ante una clase distraída, abúlica, y se inquietaron y echaron la culpa a razones bien distintas.”
Ese ambiente provinciano y aburguesado se refleja también en la conducta de padres posesivos, que controlan a sus hijos con una autoridad férrea, incapaces de comprender la necesidad de libertad que late en ellos. Y sobre todo ello sobrevuela la causa nacionalista que atraviesa Trieste entre los años veinte y treinta del siglo XX, un trasfondo que añade tensión histórica y emocional al relato.
Stuparich consigue, en muy pocas páginas, un retrato conmovedor de la juventud y sus contradicciones, de la fragilidad de los primeros pasos hacia la vida adulta y de la belleza —a veces dolorosa— de ese despertar. Un año de escuela en Trieste confirma, una vez más, la capacidad del autor para convertir lo íntimo en universal y para iluminar, con una prosa limpia y contenida, los momentos en que empezamos a comprender quiénes somos y qué mundo nos espera.
Este libro dialoga de manera natural con La isla ↗️, otra obra esencial de Giani Stuparich donde también explora la fragilidad emocional y el paso a la madurez.
Un poco de jazz a cargo del trompetista también nacido en Trieste, Enrico Rava:
De 2015 es este excelente disco, Wild dance:
Editorial: Minúscula ↗️
Traducción: Francesc Miratvilles


