Historias del buen valle (2025), de José Luis Guerín: escuchar un territorio que resiste

Historias del buen valle, cartel
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José Luis Guerín es un director de cine que no solo observa bien, también escucha. Entiende que el cine no es solo una forma de ver algo; es una manera de acompañar y vivir lo que está pasando. Historias del buen valle es, en ese sentido, una de sus películas más depuradas: prefiere habitar un territorio y respirar con él. Por otra parte, no trata a sus vecinos como personajes, los reconoce como presencias que sostienen una memoria colectiva a punto de desaparecer.

Vallbona —ese rincón periférico de Barcelona rodeado de autopistas, vías de tren y un río que lo separa del resto de la ciudad— aparece aquí como un lugar suspendido, casi como si viviera en su propio tiempo, alejado de la velocidad que domina el mundo de hoy. Guerín capta la vida con la paciencia de quien comprende que las revelaciones rara vez nacen de los grandes hechos, y sí de los matices que pasan casi desapercibidos: una conversación al borde del camino, un huerto que resiste entre infraestructuras, un perro que vigila el paso del tren, una mujer que riega sus plantas como si estuviera regando un recuerdo.

La película es, ante todo, un acto de escucha. A través de esta escucha, se revela una poesía que celebra la resistencia en silencio.

“Yo no quería tratar la periferia únicamente desde una perspectiva intimista, aunque está porque la carencia de servicios es flagrante, sino que también he querido celebrar formas de vida singulares, de resistencia, que han propiciado ese aislamiento. Quería dar una mirada compleja.”.

José Luís Guerín a La Marea (Lee la entrevista completa)

La periferia, para Guerín, no es un límite: es un universo en sí mismo. Un ecosistema con sus ritmos, su propia historia, su propia forma de habitar el tiempo. La cita de La Marea deja claro desde donde parte Historias del buen valle: filmar Vallbona como un territorio que ha desarrollado una identidad propia al margen de la ciudad que lo rodea. El aislamiento no es solo por la falta de servicios; es también lo que hace posible formas de vida que se sostienen en la cercanía, en la memoria y en la constancia del día a día.

Guerín propone una mirada compleja, una mirada que reconoce la fragilidad del lugar y también reconoce la fuerza del entorno. Su película es un ejercicio de atención. Es un cine que se deja transformar por lo que filma.

Trailer de Historias del buen valle, de José Luis Guerín

Actualmente puede verse en España tanto en Movistar como en Filmin.

El valle como territorio de resistencia

Vallbona se siente como un organismo vivo. Un lugar que respira, que recuerda y conserva en cada rincón las vivencias de sus vecinos de siempre. Guerín lo filma como un territorio fronterizo, un sitio que ha sobrevivido a que la ciudad crezca a su alrededor sin llegar a formar parte de ella del todo. Es un barrio que parece vivir en otro tiempo, donde el día a día se sostiene gracias a una mezcla de tozudez, memoria y cariño.

El valle es, en el fondo, como un archivo. Guarda gestos, voces y rutinas que se repiten con la exactitud de un rito. Los huertos, las casas hechas a mano, los senderos de tierra, las paredes descorchadas o los animales a su aire componen un entorno que se resiste a encajar en la idea habitual de progreso. Guerín lo filma como un presente que sigue resistiendo, más que como algo del pasado.

Esta resistencia no tiene nada de épico. No hay discursos, no hay reivindicaciones explícitas, no hay confrontación. Es una resistencia del día a día: consiste en seguir plantando tomates aunque la tierra vibre cada vez que pasa el tren, en mantener una casa que parece a punto de que la ciudad se la trague, en conservar una forma de vida que se sostiene en la cercanía, en la conversación, en la calma.

Guerín entiende muy bien que un territorio va mucho más allá de su geografía: es, ante todo, una genealogía. Y filma Vallbona como un espacio donde la memoria no vive en monumentos, vive en cuerpos que trabajan, que esperan, que disfrutan y que recuerdan sin necesidad de palabras.

Pero Vallbona no es solo un archivo del pasado: también es un laboratorio del presente. Un lugar donde se ensayan formas de vida que van contra la lógica que manda en la ciudad. La autosuficiencia de los huertos, el comercio de proximidad, la convivencia entre generaciones, la resistencia a que todo se vuelva igual: todo eso convierte al valle en un espacio activo. Un espacio que, sin buscarlo, plantea una crítica silenciosa a la aceleración de hoy en día.

Historia urbana del valle: lo que existió y lo que queda

Para entender la película, conviene recordar que Vallbona ha sido un territorio recortado a trozos. Durante décadas, el valle estuvo lleno de huertos familiares, casetas hechas a mano, corrales, pequeñas barracas y caminos de tierra que sostenían una vida rural en plena periferia de Barcelona. Ese paisaje mezclado fue desapareciendo con la llegada de nuevas infraestructuras: la reforma de las vías del tren, la ampliación de la C-17, los nuevos accesos, la línea de alta velocidad. Las expropiaciones y los derribos se llevaron por delante buena parte de ese ecosistema único.

F02 HISTORIAS DEL BUEN VALLE Jose Luis Guerin ©Los ilusos

Lo que vemos en Historias del buen valle es lo que ha sobrevivido: restos, fragmentos, cosas que siguen ahí contra todo pronóstico. Huertos que resisten entre taludes, casas que se libraron por centímetros de la demolición, caminos que nunca se asfaltaron, vecinos que se negaron a irse. Guerín filma ese territorio cada vez más pequeño sin caer en la nostalgia, pero con la conciencia clara de que lo que está grabando es un mundo en retirada.

La periferia como contracampo político

Guerín sugiere una idea que atraviesa la película sin necesidad de ser enunciada:

“Quienes hemos vivido en el centro urbano tenemos una gran deuda con las periferias: todos los servicios nos vienen de ellas y ellas solo reciben nuestros descartes.”

José Luís Guerín a La Marea (Lee la entrevista completa)

Vallbona es el fuera de campo de Barcelona. Un territorio que sostiene la ciudad sin que la ciudad lo reconozca. Un espacio atravesado por autopistas y trenes que no paran, que pasan de largo, que lo usan sin ni siquiera mirarlo.

Guerín recuerda un detalle que lo dice todo: el cartel de “Bienvenidos a Barcelona” está justo cuando Vallbona termina. La ciudad empieza donde el valle acaba. Y los paneles de publicidad que tapan el barrio desde la autopista funcionan como un decorado de cartón piedra: para que la gente con dinero que va camino del Empordà o la Costa Brava no tenga que ver la precariedad que sostiene su bienestar.

José Luis Guerín evita subrayar nada de esto en la película. Pero lo muestra. Y al mostrarlo, lo hace visible.

Rostros, voces, presencias

En Historias del buen valle no hay actores. Hay vecinos. Y esa diferencia lo cambia todo. La dirección de Guerín consiste en estar presente, en acompañar: las personas que vemos en pantalla simplemente existen y en esa forma de existir se ve una verdad que ningún actor profesional podría fingir. Los gestos resultan mínimos, las miradas son directas, los silencios pesan; cada persona aporta una capa de realidad que se mete dentro del tejido del valle sin impostura ni sobreactuación. Simplemente hay vida, y con eso basta.

Aunque la película entra dentro del cine documental, lo hace desde una tradición muy particular: la que entiende este género como una convivencia y no como un simple registro. Guerín acompaña el territorio, aunque a la vez lo documente. Lejos de perseguir pruebas o datos fríos, busca presencias. Su documental viene de la observación paciente, del cine directo y del ensayo en imágenes, pero también de una ética que rechaza convertir la realidad en espectáculo.

Aquí el documental renuncia a organizar el mundo y prefiere dejar que el entorno guíe el relato. Por eso no hay entrevistas, ni voz en off, ni explicaciones; por eso los habitantes no interpretan, simplemente son; por eso la cámara no investiga, escucha. Es un documental que se construye desde la cercanía, desde cómo respira el lugar, desde la confianza en que la vida, si la acompañas con respeto, se muestra por sí sola.

Guerín lo resume con claridad:

“Un barrio, mucho más que un conjunto de calles, plazas y avenidas es un conjunto de rostros y de voces”.

José Luís Guerín a La Marea (Lee la entrevista completa)

Por eso la película se sostiene en primeros planos. Porque Vallbona no se entiende sin las miradas que lo interpretan. A su vez, la profundidad de campo —unas figuras delante, otras al fondo— dibuja una comunidad visual donde nadie acapara el protagonismo y todos sostienen el conjunto. Los rostros actúan como auténticos mapas: superficies donde se reflejan la memoria, la espera, la fragilidad y la resistencia. Los reflejos en las ventanas dejan que el valle fluya sobre los cuerpos, proyectando el paisaje directamente en ellos.

No hay protagonistas. No hay un personaje que tire de la historia ni un arco dramático que la ordene. Lo que hay es un tejido coral, una constelación de presencias que, entre todas, dan forma a la identidad del valle. Guerín evita las entrevistas, renuncia a interrogar y no convierte a ningún vecino en portavoz de un discurso: prefiere observar y escuchar. Deja hablar cuando alguien quiere hablar y deja callar cuando el silencio dice mucho más que cualquier palabra.

Cada habitante aparece como un fragmento de un relato mayor: un hombre que cuida su huerto con la precisión de un artesano; una mujer que recuerda cómo era el barrio antes de las autopistas; un joven que pasea entre los restos de un pasado industrial que no conoció; un anciano que mira el tren pasar como si mirara el tiempo mismo.

La película no busca construir un retrato sociológico. No hay estadísticas, no hay explicaciones, no hay análisis. Lo que hay es vida en su forma más elemental: cuerpos que trabajan, que descansan, que conversan, que esperan. Y, sin embargo, en esa aparente dispersión hay una unidad profunda: cada habitante aporta una pieza del mosaico que es Vallbona. Y lo hacen alejados de cualquier afán representativo, existiendo como presencias reales que sostienen el territorio, manteniéndolo vivo y defendiéndolo sin necesidad de lanzar proclamas.

Tiempo, espera y suspensión

El tiempo en Guerín funciona como auténtica materia narrativa. En Historias del buen valle, el tiempo avanza como una corriente lenta, como un río que va sin prisa pero sin parar. La película está construida sobre la idea de la espera: espera de trenes, de cosechas, de visitas, de cambios que no llegan.

La espera se transforma aquí en una auténtica forma de vida. Los habitantes del valle viven en un tiempo suspendido, un tiempo que no se rige por la lógica de la productividad ni por la urgencia del presente. Se trata de un ritmo que se mide a través de los gestos cotidianos, el cambio de las estaciones y el transcurso de los ciclos naturales.

Guerín filma esa espera con una paciencia que es casi ritual. Los planos se extienden más allá de lo convencional, invitando a quien mira a habitar el ritmo propio del valle. Se evita la prisa, la aceleración y los cortes de montaje orientados a forzar el drama. La película deposita su confianza en que la observación sosegada termina revelando mucho más que cualquier artificio narrativo.

La espera termina convertida en una forma clara de resistencia. Resistir es esperar. Esperar es sostener un modo de vida que se niega a desaparecer.

Pero la espera no es solo temporal: es también espacial. Vallbona es un barrio que espera: espera una conexión con la ciudad que nunca llega, espera servicios que se prometen y no se cumplen, espera un reconocimiento que siempre se aplaza. Esa espera de fondo se cuela en los cuerpos, en los gestos, en las conversaciones. Y José Luis Guerín la retrata con una delicadeza capaz de esquivar el victimismo para abrazar de lleno la complejidad del lugar.

El cine esbozado: la película como proceso visible

En este punto entra en juego la poética más profunda de Guerín. En una entrevista reciente, el director explica que Historias del buen valle está construida como un boceto, como un proceso transparente que no se oculta y como una película que prefiere mostrar sus propias tuberías.

“Es una idea en la que creo mucho, el cine moderno como un cine esbozado.”

José Luís Guerín a La Marea (Lee la entrevista completa)

La película se articula en tres etapas visibles:

1. El Super 8 inicial

Filmado en blanco y negro, sin palabras ni mediaciones. Se trata de la mirada en su estado más puro: un tanteo inicial, un primer contacto con el territorio y el gesto propio de quien explora antes de saber qué busca exactamente. En estos planos, el cine aparece como una intuición, como una forma de captar el mundo antes de que la película exista del todo; es, en cierto modo, el cine visto antes de que sea cine.

2. El casting

La palabra entra en escena y, con ella, la película cambia de naturaleza. La puesta en escena deja de ser solo mirada y se convierte en intercambio. El dispositivo se muestra sin pudor —vemos cómo se pregunta, cómo se escucha, cómo se va tanteando— y la película se convierte en conversación. En ese tránsito, Guerín permite que el territorio hable a través de quienes lo habitan, haciendo del cine un espacio donde cada voz modifica el plano y cada gesto abre una posibilidad nueva.

3. Transparencia en el valle

José Luis Guerín quiere que el espectador vea cómo la película crece, cambia, se transforma.

Esta transparencia conecta con la arquitectura funcional que tanto le inspira:

“No ocultar las tuberías, las cañerías… que el habitante entienda cómo funciona el organismo de una casa.”

José Luís Guerín a La Marea (Lee la entrevista completa)

Guerín aplica esa idea al cine: mostrar las tuberías del rodaje, no esconderlas. Y lo hace en un barrio que también deja ver sus entresijos, porque lo que queda de él muestra sus capas más profundas: huertos que sobreviven entre taludes, casas que se libraron de la demolición, caminos que persisten sin asfalto.

La película revela su propio proceso mientras filma un territorio que revela el suyo: un cine que se está haciendo frente a un barrio que intenta sobrevivir.

Lo local y lo global: Vallbona como microcosmos

Guerín afirma:

“En cine siempre nos asiste la ambición de crear un relato universal, susceptible de interesar a cualquier espectador de cualquier rincón del mundo”.

José Luís Guerín a La Marea (Lee la entrevista completa)

Y Vallbona, con esa mezcla de gente que ha ido llegando de fuera, lo permite. Historias de India, Portugal, Marruecos, Andalucía, Galicia… historias que se entrelazan en un territorio que parece pequeño, pero que lleva el mundo entero dentro.

Guerín recuerda algo esencial:

“Todas las ciudades del mundo se construyeron sobre el campo.”

José Luís Guerín a La Marea (Lee la entrevista completa)

Vallbona es ese campo que se empeña en sobrevivir bajo la ciudad. Funciona como un recordatorio de que lo urbano no es el origen, es la consecuencia. Un eco del pasado que se cuela en el presente.

La forma de la película como forma del barrio

La película adopta la forma del territorio que explora. Vallbona es un barrio incompleto, fragmentado y en mutación constante, y el relato sigue exactamente ese mismo principio.

El montaje deja al descubierto sus costuras. Los cambios de textura, de soporte, de dispositivo, no se ocultan. La película respira igual que respira el valle: avanzando entre interrupciones, huecos, vacíos y bocetos.

El plano final vacío —ese espacio donde Guerín pensó escribir “Aquí podría empezar una película sobre Vallbona”— es la declaración más clara: lo que hemos visto no es la película definitiva, son solo los indicios de una película posible.

Memoria: el presente como tiempo complejo

Guerín lo dice con claridad:

“Yo filmo el presente.”

Pero ese presente está lleno de huellas del pasado y de señales de lo que vendrá. Los vecinos le decían que había llegado tarde, que la historia del barrio ya había pasado: las luchas por el agua, la electricidad, las alcantarillas que construyeron ellos mismos. Pero Guerín entiende que la memoria no es un museo, es una tensión.

Por eso pone frente a frente dos figuras: Antonio “el carbonero”, memoria viva del barrio, capaz de darle humanidad a cada ruina; y Nicolás, memoria que se apaga, símbolo de los nuevos bloques sin raíces.

Y entre los dos, la mujer que toca Bach en un piano frágil, intentando reactivar la memoria a través de la música. Ese gesto tan pequeño contiene toda la película: que la memoria vuelva a la vida a través de la música.

El sonido: naturaleza, amenaza, arrabal

Los vecinos hablan del miedo que da la noche cuando evocan el ruido de los coches, el paso de los trenes o el propio viento. El paisaje sonoro se revela como un cruce entre la naturaleza y la amenaza latente.

Esa mezcla conecta con la lectura que hace Guerín de los arrabales: territorios donde lo urbano pierde su orden, espacios asilvestrados que acogen lo que la ciudad no sabe integrar, desde los circos que se instalaban en los márgenes hasta las obras que aparecen como comunidades provisionales y sin control.

En medio de ese entorno aparece Fátima, la gitana portuguesa, una figura casi pagana que lee el territorio en clave de metáfora: para ella, cada flor, cada rama y cada mimosa tiene su propio significado. Actúa como una poeta espontánea, testimonio de una cultura antigua capaz de convertir la geografía física en puro símbolo.

F04 HISTORIAS DEL BUEN VALLE Jose Luis Guerin ©Los ilusos

Soporte digital: la ligereza como ética

José Luis Guerín trabaja aquí con digital ligero, y esa elección no es técnica: es una decisión ética. El digital le permite moverse con discreción, filmar durante horas y horas sin interrumpir la vida del lugar, adaptarse a los ritmos del valle sin meter los suyos por medio.

Esa textura digital dista de ser fría o distante. Al contrario: es porosa, capaz de captar matices mínimos, variaciones de luz, gestos casi imperceptibles. El digital se convierte en una herramienta para escuchar el territorio, para registrar lo que sucede sin intervenir.

En un mundo donde la imagen digital suele ir de la mano de la velocidad y el exceso, Guerín la usa justo para lo contrario: para la lentitud, para la paciencia, para la observación.

Fotografía: luz disponible, tonos naturales, respiración del espacio

La fotografía de Historias del buen valle es de las más delicadas que ha hecho Guerín últimamente. Predominan los tonos naturales, la luz que hay en cada momento, la textura suave que evita el contraste dramático. No hay estilización, no hay artificio y tampoco voluntad de embellecer el territorio.

La cámara se adapta al ritmo del valle. Respira con él. Se para cuando el valle se para y avanza cuando el valle avanza. La luz natural se convierte en parte de la narración: la mañana que ilumina los huertos, la tarde que cae sobre las casas, la noche que envuelve el barrio en un silencio casi total.

La fotografía renuncia a crear imágenes memorables. Persigue, en cambio, capturar la verdad del lugar. Y en esa autenticidad aflora una belleza que no necesita adorno alguno.

Música: el valle como banda sonora

José Luis Guerín evita la música extradiegética. No hay partitura que acompañe las imágenes ni melodías que subrayen la emoción. La banda sonora es el propio valle: el tren que pasa, el viento que mueve las hojas, los perros que ladran, las conversaciones que se pierden en la distancia o las canciones que cantan los propios vecinos.

El sonido es documental y poético a la vez. Documental porque registra lo que pasa sin manipular nada. Poético porque, si lo escuchas con atención, deja ver una armonía secreta, una música que no necesita instrumentos.

Que no haya música añadida es casi una declaración de principios: el valle se basta a sí mismo. No necesita adornos. No necesita que nadie lo interprete. Solo necesita que lo escuchen.

Puesta en escena: acompañar sin poseer

La puesta en escena de Guerín se basa en una ética de la distancia. La cámara observa sin invadir, acompaña sin dirigir y se mantiene a una distancia prudente para dejar que la vida fluya con libertad delante del objetivo.

En su forma de filmar predominan, además de los primeros planos, anteriormente citados, los planos fijos y el uso de teleobjetivos que comprimen la profundidad, con los vecinos como figuras metidas en un paisaje que los envuelve y los define. Los movimientos de cámara son mínimos, casi imperceptibles, sin travellings espectaculares ni encuadres pensados para impresionar.

La puesta en escena es, ante todo, un gesto de respeto. Guerín renuncia a apropiarse del valle para priorizar el gesto de escucharlo.

Lectura política: la periferia como núcleo

Aunque la película no suelta ningún discurso político directo, se puede leer en clave muy política. Filmar un territorio periférico, escuchar a sus vecinos, registrar su forma de vida sin convertirla en espectáculo: todo eso es un acto de resistencia frente a un cine que suele quedarse con lo espectacular, lo urbano, lo central.

La política aquí no está en lo que se dice, está en lo que se muestra. Y lo que se muestra es un territorio que resiste, una comunidad que se sostiene, una forma de vida que se niega a desaparecer.

El tono justo: entre la dignidad y la complejidad

Guerín lo manifiesta con lucidez:

No caer en el miserabilismo, no romantizar la precariedad, no meter la realidad a la fuerza en un discurso, no limar las contradicciones, no hacer un cine que solo hable y hable.

La película encuentra un tono justo, difícil, frágil: un tono que respeta la dignidad de los habitantes sin ocultar la dureza del territorio.

Cierre: la escucha como forma de resistencia

Historias del buen valle es una película que se centra en la importancia de la escucha, mostrando una forma silenciosa de resistencia. José Luis Guerín captura un territorio que persiste en los márgenes, un lugar que se mantiene vivo gracias a la memoria, la paciencia y la tenacidad de sus habitantes.

El valle no pide que lo salven ni que lo expliquen. Solo pide que lo escuchen. Y Guerín, con su cine de observación paciente, responde a eso con una delicadeza que casi roza lo sagrado.

En un mundo que va demasiado rápido, Historias del buen valle nos recuerda que todavía hay lugares donde el tiempo se para, donde la vida se sostiene en gestos mínimos, donde la resistencia no necesita hacer ruido para ser profunda.

Escuchar ese valle es, quizá, la forma más humilde y más radical de acompañarlo.

Fragmentos de entrevistas reproducidos con fines culturales y de acompañamiento editorial. Propiedad de: La Marea. Gracias al medio por su generosidad informativa.

Imágenes, clips y trailer de vídeo utilizados como parte del contexto cultural del artículo. Propiedad de: Los Ilusos Films, Perspective Films, 3Cat. Distribuidora: Wanda Vision. Gracias a todas las productoras y a la distribuidora por su aportación visual.


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