Juan José Saer “Cicatrices” Seix Barral

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Juan José Saer y la estructura polifónica de Cicatrices.

Cicatrices se construye sobre un hecho que Juan José Saer revela casi desde el inicio: el 1 de mayo de 1963, Luis Fiore, un obrero con pasado sindicalista, mata a su mujer. El acontecimiento, cargado de simbolismo por ocurrir el Día del Trabajador, funciona menos como núcleo argumental que como punto de convergencia para las cuatro narraciones que componen la novela. Lo decisivo no es el crimen en sí, sino la forma de narrar que despliega Saer en una de sus primeras obras mayores: un dispositivo polifónico, fragmentado y obsesivo que ilumina la subjetividad de cada personaje y la atmósfera política de la época.

La acción se sitúa durante la dictadura de José María Guido, un periodo de represión soterrada en el que el peronismo permanece proscrito. Ese clima opresivo impregna la vida cotidiana y se filtra en los gestos, los silencios y las tensiones de los personajes, todos ellos marcados por heridas —cicatrices— que son personales, políticas y sociales.

Los cuatro relatos están narrados en primera persona, cada uno desde una voz distinta, y aunque funcionan como piezas autónomas, todos convergen en el suceso central y se entrelazan entre sí, creando un mosaico de perspectivas que complejiza la comprensión del crimen.

El primer narrador es Ángel Leto, un joven periodista contratado gracias a su amigo Tomatis (personaje recurrente en el universo saeriano y con rasgos del propio autor). Leto es un lector voraz y caprichoso, capaz de pasar de La montaña mágica a El largo adiós mientras desprecia sin miramientos a Nabokov o a Ian Fleming. Vive con su madre en una relación ambigua, cargada de tensiones edípicas, y se mueve por la ciudad con una mezcla de ingenuidad y delirio literario.

Su fascinación por Marlowe lo lleva a jugar a ser detective, a confundir ficción y realidad, y a proyectar en otros la figura del “doble”, como si buscara escapar de sí mismo y vivir una vida alternativa. Su amistad con el juez Ernesto Garay le permitirá asistir al interrogatorio de Fiore, abriendo un puente entre los relatos.

“Después me daba un baño y me sentaba a leer. Durante los cinco días de suspensión, en los que no salí de casa, leí La montaña mágica, que me gustó muchísimo; Luz de agosto, fabulosa; un libro verde que se llamaba Lolita, una verdadera mierda; El largo adiós, obra francamente genial, y dos novelas del tarado de Ian Fleming”.

Vive junto a su atractiva madre, con la que mantiene una extraña relación de amor y odio, denotando conflictos edípicos.

En Ángel se produce una confusión entre la ficción y lo real. Gusta mucho de Marlowe, haciendo juegos detectivescos en plena calle siguiendo a tipos. Se produce una identificación con la idea de “doble”:

“Era tan idéntico a mí que dudé de estar yo mismo allí, frente a él, rodeando con mi carne y mis huesos el resplandor débil de la mirada que estaba clavando en él. Nunca nuestros círculos se habían mezclado tanto, y comprendí que no había temor de que él estuviese viviendo una vida que a mí me estaba prohibida, una vida más rica y más elevada”.

Todo ello parece indicar una huída de sí mismo y de la realidad, amparándose en la ficción y en la búsqueda del “otro” para vivir otra vida posible.

Mantiene una amistad con el juez del caso y narrador en el tercer relato, Ernesto Garay, lo que supondrá su acceso al interrogatorio del homicida Fiore.

El segundo narrador, Sergio Escalante, es un abogado dominado por la compulsión del juego. Su relato es un homenaje explícito a El jugador de Dostoievski: razonamientos obsesivos, cálculos delirantes y una lógica interna que lo arrastra hacia la ruina moral:

“Mientras recibía los doce rectángulos verdes, que tenían grabada la cifra en el centro, con números dorados, pensé que en el pase siguiente el juego iba a cambiar, y después puse cinco rectángulos verdes a punto. Vino punto. Me devolvieron diez. Volví a dejar cinco a punto, y volvieron a entregarme diez. Tenía un montón tan grande de rectángulos verdes y óvalos dorados, que cuando colocaba sobre ellos las palmas abiertas de las manos, con los dedos muy separados, no los podía cubrir. Ahora van a venir tres puntos más, y después dos bancas, pensé. Voy a jugar cinco fichas por pase, y después del quinto me levanto y me voy”.

Su adicción lo lleva incluso a utilizar los ahorros de su criada para seguir apostando. Como Leto, también conoce a Tomatis, y también intenta huir de una vida asfixiante, aunque su fuga desemboca en la violencia y en una visión amarga de la realidad argentina bajo la dictadura:

“Va a estar cómodo en la cárcel, más cómodo que afuera, dije yo. En todo sentido siempre se está más cómodo en la cárcel”

El tercer relato pertenece al juez Ernesto Garay, encargado del caso Fiore. Su vida está marcada por la soledad, el miedo y la imposibilidad de vivir abiertamente su homosexualidad en una sociedad represiva. Traduce El retrato de Dorian Gray, un gesto simbólico que refuerza su conflicto interior. Saer utiliza la repetición de rutinas, gestos y pensamientos para transmitir la opresión que lo rodea. Garay se siente acosado, vigilado, y define a la mayoría de las personas como “gorilas”, reflejando el clima político y su propio aislamiento. Su relación con Ángel Leto mezcla amistad, deseo y complicidad literaria.

El último relato es la voz del propio Fiore, narrando el día del crimen. Su visión está atravesada por los celos, la frustración y la nostalgia de su pasado sindicalista, ahora imposible bajo la dictadura. Interpreta cada gesto de su esposa como una provocación, y su resentimiento estalla cuando ella lo acusa de ser “un ladrón de sindicatos”:

“—El señor se cree dueño del mundo y no es más que un ladrón de sindicatos”

Su relato es el más seco, el más directo, y el que muestra con mayor crudeza la mezcla de violencia, impotencia y desarraigo que lo empuja al acto final.

Las cicatrices que atraviesan a estos cuatro personajes —todos ellos vinculados de algún modo al peronismo proscrito— son las marcas de una época convulsa. Juan José Saer no describe la represión de manera explícita: la insinúa en detalles, en atmósferas, en silencios, en la sensación de amenaza constante. Esa sutileza es una de las grandes virtudes de la novela. También lo es la influencia perceptible de Faulkner, visible en la fragmentación, en la multiplicidad de voces y en la exploración de la conciencia, aunque Saer imprime siempre su sello propio: una prosa precisa, analítica, obsesiva, que convierte la realidad en un territorio ambiguo y fascinante.

Cicatrices es una novela temprana, pero ya plenamente reconocible en la poética de Juan José Saer: fragmentaria, obsesiva, rigurosa en su mirada y profundamente consciente de cómo la historia deja marcas en la vida íntima. Cada una de las cuatro voces aporta una grieta distinta, un ángulo desde el cual observar el mismo hecho y, al mismo tiempo, el clima opresivo de una Argentina atravesada por la proscripción y el miedo. Lo que podría haber sido un simple relato policial se convierte, gracias a la precisión formal y a la inteligencia narrativa del autor, en una indagación sobre la subjetividad, la violencia y la imposibilidad de acceder a una verdad única.

En ese cruce de perspectivas —Leto, Escalante, Garay y Fiore— Saer construye un mapa de heridas personales y colectivas, un retrato de época donde la represión política se filtra en los gestos cotidianos y en las vidas que intentan sostenerse a pesar de todo. La novela demuestra cómo la literatura puede iluminar las zonas más turbias de la experiencia humana sin necesidad de subrayados ni estridencias. Cicatrices confirma, en definitiva, que incluso en sus obras iniciales Saer ya poseía una voz singular, capaz de transformar un crimen en un espejo donde se reflejan las fracturas de un país y las de quienes lo habitan.


Ángel y Ernesto escuchan el “Concierto para violín y orquesta, opus 36” de Arnold Schönberg:

“Después volvimos al estudio, y Ernesto puso el tocadiscos. Sirvió whisky y nos sentamos a escuchar el disco predilecto de Ernesto, el Concierto para violín y orquesta (opus 36) de Arnold Schönberg. No hablamos una sola palabra mientras duró el concierto”.

Editorial: Seix Barral, edición 2003 ↗️
Colección: Biblioteca Breve

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