Luis Mateo Díez y la delicada mirada de Juventud de cristal.
Juventud de cristal (Tusquets, 2019) es una de las novelas más delicadas y resonantes de Luis Mateo Díez, un relato donde la memoria, la imaginación y la vulnerabilidad se entrelazan para explorar ese territorio incierto que es la juventud. El protagonista avanza entre descubrimientos, pérdidas y revelaciones que lo obligan a mirar el mundo con una mezcla de asombro y desconcierto, como si cada experiencia pudiera quebrarse al menor contacto.
Con una prosa depurada y envolvente, Díez construye una historia íntima, casi secreta, en la que la fragilidad emocional se convierte en materia literaria. La novela se mueve entre lo real y lo simbólico, entre la evocación y el presentimiento, para trazar un viaje interior que ilumina el tránsito hacia la madurez y la búsqueda de identidad en un mundo lleno de incertidumbres.

La enfermedad grave del padre actúa como detonante para que Mina comience a rememorar episodios de su juventud. Desde las primeras páginas queda delineada su personalidad: una joven nerviosa, solícita, siempre en movimiento, como si la vida la empujara a correr incluso cuando no había motivo. Su padre la define con dos palabras que la acompañarán durante toda su existencia: trotera y danzante —o danzadera—, términos que condensan su carácter inquieto y vivaz.
La propia Mina recuerda así esa definición paterna:
“Era la hija de las prisas, la que más alerta estaba cuando ni siquiera se necesitaba vigilancia; la hija que se hizo mayor corriendo, pero sin participar en ningún campeonato y, a veces, sin que la llamara nadie, sólo por salir pitando.
—Trotera, danzante, perillana… —me repitió todavía mi padre nada más verme entrar en la habitación del Sanatorio de Escalda, donde llevaba mes y medio desahuciado, cuando ya las palabras no tenían en sus labios la resonancia de la imprecación, apenas una enumeración resignada y cariñosa”.
La elección de trotera y danzadera no es casual. Luis Mateo Díez recupera estos vocablos en un guiño literario que remite al Arcipreste de Hita, donde aparecen por primera vez, y que más tarde inspirarían el título de la novela de Ramón Pérez de Ayala, Troteras y danzaderas. Con este gesto, el autor enlaza la identidad de Mina con una tradición literaria que asocia el movimiento, la ligereza y la inquietud vital con la juventud y su fragilidad.
La narración transcurre en Armenta, una pequeña provincia imaginaria integrada en el territorio de Ciudades de Sombra, muy próxima a Celama, ese otro espacio mítico que Luis Mateo Díez ha ido modelando a lo largo de varios libros. Esta geografía inventada, pero profundamente verosímil, funciona como un escenario emocional donde la memoria, la pérdida y la identidad se entrelazan.
En ese entorno, Mina se convierte en una presencia solícita, siempre dispuesta a ayudar con su pequeño botiquín en los descalabros de los amigos. Su inclinación a socorrer a los demás se mezcla con una imaginación desbordada que la lleva a fantasear con hipotéticos salvamentos en tiempos de guerra. Ella misma lo recuerda con una mezcla de ingenuidad y dramatismo:
“Siempre me ayudó mucho en mis intervenciones esa identificación instintiva con las enfermeras de la Primera Guerra Mundial, las que saltaban de las ambulancias con el motor en marcha mientras seguían estallando las bombas y las reclamaban los heridos con las tripas sueltas y besando el escapulario de las madres”.
Este pasaje revela la forma en que Mina construye su identidad: entre la realidad cotidiana y un imaginario heroico que la protege de la fragilidad del mundo. Su vocación de auxilio, teñida de fantasía, es también una forma de afirmarse frente a la incertidumbre que rodea su juventud.
En los recuerdos de Mina se suceden situaciones que lindan con el surrealismo, el esperpento y lo grotesco, elementos que Luis Mateo Díez ha cultivado desde sus primeros libros —muy especialmente en el clásico La fuente de la edad— y que aquí reaparecen con una naturalidad casi orgánica. La novela está salpicada de escenas donde la exageración, la comicidad involuntaria y la deformación de la realidad sirven para iluminar la fragilidad emocional de los personajes y la inestabilidad del mundo que habitan.
Un ejemplo significativo lo encontramos en el comportamiento de dos parejas de novios amigos, empeñados en llamar la atención por medios poco ortodoxos. Mina recuerda así su afán desmedido de protagonismo:
“Verino y Otero eran dos novios escaldados a los que Eli y Sauce, sus novias, habían puesto en solfa sin que todavía nadie supiera nada, y apenas ellos lo sospecharan. Las dos parejas corrían similares desafueros con un inusitado afán de protagonismo, como si precisasen estar siempre en la cresta de la ola, muy necesitadas ambas del común esfuerzo para mantenerse así, ya que de novios llevaban más tiempo que nadie, casi podía decirse que de unos novios matrimoniales se trataba, carcomidos sin remedio por el riesgo de la rutina y las trivialidades conyugales, precisando de ese acicate que los mantuviera en la cresta para que a su alrededor no cundiera el aburrimiento”.
La escena, entre lo cómico y lo patético, muestra cómo Díez utiliza el esperpento para revelar la vulnerabilidad de sus criaturas: seres que exageran, fingen o se desbordan para no enfrentarse al vacío que los rodea. En Juventud de cristal, lo grotesco no es un adorno, sino una forma de verdad.
Otro ejemplo de este gusto por lo grotesco y lo insólito es la presencia constante de la liebre que acompaña a Corrado, una criatura casi legendaria dentro del pequeño universo de Armenta. Su mera aparición provoca comentarios y desconcierto, y el propio Corrado la convierte en protagonista de una historia tan exagerada como inverosímil:
“La liebre de Corrado concitó el comentario de quienes le conocimos cuando una tarde asomó en el Vaivén, donde algunos tomábamos café, y, al sentarse a la barra, antes de dirigirnos por primera vez la palabra, dijo a quien quisiera oírle que el roedor que le aguardaba a la puerta era un mamífero no por tímido menos peligroso que venía a cobrarse la afrenta de haberlo levantado de la cama, con el correspondiente susto para la camada, cuando el arma reglamentaria se le disparó de improviso, lo que también motivó una denuncia en la Comandancia de la comarcal de Celama, con la retirada de licencia y un suplicatorio a la Asociación de Perros de Caza y Animales Cinegéticos”.
La escena, narrada con la ironía y el desparpajo característicos de Luis Mateo Díez, combina lo absurdo con lo cotidiano hasta convertir a la liebre en un símbolo de ese mundo donde lo real se contamina de fábula y exageración. Es un ejemplo perfecto de cómo el autor utiliza lo grotesco para iluminar la psicología de sus personajes y la peculiar lógica que rige la vida en Armenta.
Predomina en la novela un ambiente de posguerra que impregna cada gesto y cada recuerdo. Mina y sus amigos, para combatir el tedio y la falta de horizontes, frecuentan cafés como el Vaivén, el Poniente o el Combales, espacios donde la conversación funciona como refugio y como forma de resistencia íntima. También acuden al Cine Olmedo o al Cine Paredes, templos modestos donde las películas ofrecen un respiro frente a la monotonía diaria. Cuando llega el buen tiempo, el grupo se desplaza hasta el río Margo, un lugar que concentra algunos de los momentos más luminosos de su juventud.
Mina lo recuerda así, con una mezcla de nostalgia y resignación:
“Lo mejor de todo era ir a la orilla más cercana del Margo, por el camino de las Encomiendas y los Varados, donde muchas noches fumábamos los últimos cigarrillos y vaciábamos la botella que hubiera subsistido, cuando ya nadie tenía ganas de volver a casa y, sin embargo, había que ceder a la desgracia de hacerlo, ya que la vida tenía entonces unos alicientes muy limitados”.
Este pasaje resume la atmósfera emocional de Juventud de cristal: una juventud vivida en espacios modestos, sostenida por pequeños rituales y marcada por la conciencia de que los alicientes eran escasos, pero intensos. Luis Mateo Díez convierte esos lugares —cafés, cines, riberas— en escenarios donde la memoria se vuelve palpable y donde la fragilidad de la vida adquiere una belleza inesperada.
El paso del tiempo deja una huella visible en los lugares que Mina y sus amigos frecuentaban, ahora marcados por la decadencia y el abandono. Espacios que en otro tiempo fueron centros de reunión —el Baile de Corales o el Cine de Sustos— se transforman en escenarios fantasmales donde el grupo se cita para conversar, bailar de manera imaginaria o entregarse a juegos de equívocos con “lápidas incluidas”. Incluso llegan a proyectar fotogramas rescatados de rollos de películas olvidadas, como si intentaran reanimar un pasado que se resiste a desaparecer del todo.
Mina describe así esa mezcla de desolación y esperanza:
“El Baile de Corales no dejaba de ser un lugar abandonado donde el aburrimiento encontraba el mejor acomodo para la desolación, como si el ánimo no lograra sobreponerse por mucho que lo intentáramos, cuando ya todo sentimiento estaba roto o toda emoción acabada, muy al contrario que el propio Cine de Sustos, entre cuyos escombros siempre quedaba la esperanza de un fotograma que brillaba como una luciérnaga y era el hallazgo de un sueño dormido, pero no roto”.
La contraposición entre ambos espacios —la desolación absoluta del Baile de Corales y la chispa de vida que aún late en el Cine de Sustos— resume a la perfección la poética de Juventud de cristal: una juventud vivida entre ruinas, donde incluso en los lugares más deteriorados puede surgir un destello de belleza, un sueño que aún no se ha quebrado.
En Juventud de cristal cobra una importancia central la memoria, encarnada en la voz de Mina, que recuerda su juventud con una melancolía serena, nunca derrotista. Su inclinación a ayudar a los demás —ese altruismo casi instintivo— funciona también como un modo de sostenerse a sí misma, de encontrar un equilibrio emocional en medio de la incertidumbre. A través de continuos saltos temporales, la novela despliega la fragilidad, la confusión y la exaltación propias de esa etapa vital: un período de pérdida de inocencia y de soledad, lleno de quimeras, hermoso y doloroso al mismo tiempo.
Con un dominio absoluto del lenguaje, en una narración atravesada por la ironía y un humor sutil, Luis Mateo Díez vuelve a demostrar su extraordinaria capacidad de fabulación. Su prosa convierte la memoria en un territorio vivo, donde lo real y lo imaginado se entrelazan para iluminar la complejidad de la juventud y la delicada arquitectura emocional que la sostiene.
Juventud de cristal confirma a Luis Mateo Díez como uno de los grandes narradores de la memoria y la fragilidad emocional en la literatura española contemporánea. A través de la voz de Mina, la novela explora la juventud como un territorio vulnerable, lleno de incertidumbres, sueños y pérdidas, enmarcado en la geografía mítica de Armenta y las Ciudades de Sombra. Con su inconfundible mezcla de humor, melancolía y fabulación, Díez construye una obra íntima y luminosa que dialoga con títulos esenciales de su trayectoria. Una lectura imprescindible para quienes buscan comprender la profundidad narrativa y el universo imaginario del autor leonés.
En el salón de baile se suceden boleros, mambos, tangos o valses:
“Sonaba un bolero en las ondas de las dedicaciones o un mambo en las preferidas, y hasta podía escucharse el vals de las olas, como si en el programa musical estuviesen pensando en nosotros, o el que lo llevaba fuese un lejano cliente de los Corales, donde el vals era siempre la música de fondo cuando se abría la pista y arrancaba la orquesta para que la animadora comenzase a cantar”.
El grupo orquestal de Portland, Pink Martini, nos recrea en el siguiente recopilatorio algunos de estos estilos:
Editorial: Tusquets, Edición 2019 ↗️
Colección: Narrativa Hispánica
Si os interesa seguir adentrándoos en el universo narrativo de Luis Mateo Díez, en la página pueden encontrarse cuatro reseñas dedicadas al autor, un recorrido completo por algunas de las obras más representativas de su trayectoria. Cada una ilumina una faceta distinta de su mundo literario y permite apreciar la coherencia, la imaginación y la hondura que caracterizan su escritura. ↗️


