Melissa Aldana y el instante en que la balada revela una identidad.
En Filin (2026), Melissa Aldana se adentra en un territorio donde la melodía deja de ser un vehículo y se convierte en una forma de revelación. Ocho baladas en español, escogidas con una precisión casi íntima, que la llevan a un espacio distinto al de sus trabajos anteriores: un lugar donde el sonido se ralentiza, la respiración se vuelve estructura y la historia de cada canción se cuenta desde dentro, no desde la superficie. El disco se aleja de la reinterpretación del repertorio y se adentra en lo que ocurre cuando Aldana se escucha en su propia lengua.
Entre las frases que acompañan el lanzamiento, hay una que ilumina el sentido del proyecto:
“Este es un proyecto muy distinto a todo lo que hice antes. Es un trabajo muy enfocado en mi sonido, en cómo cuento la historia de las canciones. Como sabrás, los ocho temas son baladas que además refieren a un tiempo muy preciso: el tiempo del filin cubano; que es la propuesta que me hizo Gonzalo (Rubalcaba) cuando lo llamé para que grabáramos algo juntos”.
A Argent Jazz Lee la entrevista completa
La declaración deja de ser un gesto promocional y se convierte en una clave de lectura. Filin nace de un proceso de depuración: tocar más despacio, tocar más cerca, tocar con la vulnerabilidad de quien ya no necesita demostrar nada.

La propuesta tomó forma cuando llamó a Gonzalo Rubalcaba, un músico que, en sus palabras, “está en otro universo”. Él fue quien sugirió centrar el disco en el filin cubano, ese cruce entre bolero, jazz y armonías de los años cuarenta que Aldana conocía solo de manera parcial. Al estudiarlo —al ralentizarlo, al escucharlo como si fuera voz— encontró algo inesperado: “me di cuenta de cuál era mi verdadera identidad como jazzista”. No una identidad fija, sino una que emerge cuando la melodía exige presencia absoluta.
La presencia de Cécile McLorin Salvant en dos temas añade una capa de intimidad que remite a los dúos históricos del género. Pero incluso ahí, la voz principal es el saxofón: un instrumento que Aldana trata como si fuera una garganta, una respiración, una memoria. Grabado “super despacito, sin audífonos”, en una misma sala con Rubalcaba, Peter Washington, Kush Abadey y Don Was produciendo, el disco suena a cercanía, a conversación, a un presente compartido.
Filin es, en última instancia, el retrato de una artista que ha dejado de correr detrás de una idea de sí misma. Un álbum breve, íntimo, donde cada nota parece colocada para sostener una emoción que no necesita elevar la voz. Si en Mitski la identidad se repliega en habitaciones en penumbra, en Aldana la identidad se afina en la lentitud: en la forma en que una balada puede revelar quién eres cuando decides tocarla sin máscaras.
🎯 Las sugerencias de escucha 2026 ofrecen una selección diversa y ecléctica de álbumes que irá creciendo disco a disco. Del flamenco al folk, pasando por el jazz experimental o el pop y rock alternativo, cada entrada busca crear un espacio para la exploración sonora sin etiquetas ni fronteras. La intención no es construir una lista definitiva, sino compartir hallazgos musicales que merecen ser escuchados. Los estilos conviven, se cruzan y a veces se contradicen —como lo hace la música cuando está viva.
La playlist de 2026 irá creciendo disco a disco. Mientras tanto, puedes revisitar el recorrido sonoro de 2025:
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A continuación, puedes explorar el álbum completo en video y leer la reseña crítica que lo acompaña.
Antes de sumergirse en el disco, conviene detenerse en la imagen que Melissa Aldana imaginó para darle forma. Un espacio donde el saxofón respira como una voz humana, donde cada nota se sostiene lo justo para revelar su color, donde la melodía avanza con la misma franqueza que una confesión. En una entrevista reciente, Aldana describía Filin como “un proyecto muy distinto a todo lo que hice antes”, no por el repertorio, sino por la manera de acercarse a él: con una atención casi ritual al timbre, al peso de cada frase, a la intimidad que surge cuando se toca despacio.
Ese gesto —tocar como si se hablara, escuchar como si se mirara de cerca— es el que organiza todo el disco. Filin se construye desde una sensibilidad que busca lo esencial, lejos del virtuosismo y de la sorpresa inmediata: ralentizar la melodía hasta encontrar sus pliegues, sus respiraciones, sus pequeñas verdades. Aldana lo ha dicho con una claridad que ilumina el proyecto entero: tocar baladas es “mucho más profundo”, un espacio donde no hay artificio posible y donde cada nota debe contar una historia.
Con esa imagen —la balada como identidad, el sonido como búsqueda y el filin como territorio emocional— se abre Filin. Un disco que evita la tentación de reinventar el repertorio y se concentra en descubrir qué ocurre cuando una artista decide escucharse a sí misma en su propio idioma.
Créditos técnicos
Melissa Aldana – saxofón tenor; dirección musical Gonzalo Rubalcaba – piano; arreglos (todas las pistas) Peter Washington – contrabajo Kush Abadey – batería Cécile McLorin Salvant – voz (Pista 3: No te empeñes más; Pista 5: Las rosas no hablan)
Don Was – producción James Farber – grabación y mezcla Owen Mulholland – asistente de grabación Steven Sacco – asistente de mezcla Mark Wilder – masterización Joe Nino-Hernes – masterización para vinilo JN-H – corte de laca
Travis Bailey – fotografía Colin Wyatt – dirección creativa Lanning Sally – diseño Elise Rogers – vestuario Ashtyn Thurbs – peluquería y maquillaje Ivy Skoff – gestión de proyecto
Sello: Blue Note Records Fecha de publicación: 13 de febrero de 2026
Biografía
Melissa Aldana (Santiago de Chile, 1988) es una de las saxofonistas tenor más influyentes de su generación, reconocida por un sonido que combina rigor técnico, profundidad emocional y una búsqueda constante de identidad. Formada inicialmente por su padre, el saxofonista Marcos Aldana, creció transcribiendo a Sonny Rollins, Wayne Shorter, John Coltrane, Joe Henderson, Lester Young, Charlie Parker o Don Byas: músicos para quienes, como ella misma dice, “el sonido es una herramienta para expresar una emoción”. Esa idea —que cada nota contiene un mundo— ha guiado toda su trayectoria.
Tras ser descubierta por Danilo Pérez, ingresó en Berklee College of Music y, más tarde, se instaló en Nueva York, donde desarrolló una carrera marcada por la exigencia y la introspección. En 2013 se convirtió en la primera mujer y la primera artista sudamericana en ganar el Thelonious Monk International Jazz Saxophone Competition, un hito que consolidó su presencia en la escena internacional. Desde entonces ha publicado proyectos cada vez más personales, en los que combina la tradición del jazz con una narrativa propia.
Su debut en Blue Note Records llegó en 2022 con 12 Stars, un álbum atravesado por un proceso vital complejo. Su siguiente trabajo para el sello, Filin (2026), representa un giro íntimo y revelador: un disco de baladas en español concebido como una exploración del sonido en su estado más desnudo. Guiada por Gonzalo Rubalcaba —uno de sus grandes referentes— Aldana se adentra en el filin cubano, una tradición que mezcla trova, bolero y jazz, y que ella aborda desde la cercanía lingüística y emocional. El álbum, grabado en una misma sala junto a Rubalcaba, Peter Washington, Kush Abadey y con la participación de Cécile McLorin Salvant, muestra una faceta más lenta, más contenida y más luminosa de su música.
Aldana vive actualmente en Nueva York, donde combina su actividad como intérprete, compositora y docente con giras internacionales. Su obra, siempre en proceso, se caracteriza por una mezcla de virtuosismo discreto, sensibilidad narrativa y una búsqueda permanente de autenticidad. Para ella, el sonido no es un medio, sino un destino.
🎧 Escucha crítica — Filin
En la entrevista que Roberto Barahona le hizo en Puro Jazz, cuando le preguntaron por sus influencias, Melissa Aldana respondió algo que ilumina de inmediato el espíritu de Filin:
Yo tengo mucho de Coltrane, de Wayne Shorter, mucho de Sony Rollins, pero al final, todas esas personas son quien soy yo. Antes, cuando terminaba de transcribir a alguien, trataba de huir del proceso, de no escuchar a esa persona nunca más, porque era parte del pasado.
Esa frase revela una búsqueda que atraviesa todo el disco: la necesidad de encontrar un sonido propio después de haber habitado muchas voces. Y ahí aparece la clave. Uno de los discos que Aldana ha tenido siempre como referencia es Ballads, de Coltrane, no por su repertorio, sino por lo que representa: un espacio donde el saxofonista se enfrenta a la melodía sin artificios, donde cada nota es una decisión.
Filin nace de ese mismo impulso: un proyecto que no busca demostrar nada, sino escuchar qué queda cuando la música se reduce a su esencia.
Abordando el propio disco, Filin se abre con “La Sentencia”, una melodía de Salvador Levi que Aldana trata como si fuera una voz suspendida en el aire. El piano de Gonzalo Rubalcaba marca el pulso emocional: acordes que acompañan, que sostienen el clima sin forzarlo; silencios que funcionan como respiración. Desde el primer minuto queda claro que este no es un disco de virtuosismo, sino de presencia. Aldana no “interpreta” la melodía: la habita. Su sonido —redondo, cálido, casi táctil— se despliega con una lentitud que obliga a escuchar de otra manera.
En “Dime si eres tú”, de César Portillo de la Luz, aparece la esencia del filin: una balada que parece avanzar desde dentro, con una armonía que se abre y se repliega como si recordara algo. Rubalcaba trabaja aquí con una delicadeza casi cinematográfica: pequeñas inflexiones, acordes que se inclinan hacia la melodía sin invadirla. La batería de Kush Abadey, siempre en susurro, aporta un pulso que no marca el tiempo, sino la emoción.
El primer gran punto de inflexión llega con “No te empeñes más”, de Marta Valdés, donde entra la voz de Cécile McLorin Salvant. Su timbre —oscuro, preciso, lleno de matices— no rompe el clima del disco: lo profundiza. Salvant canta en español con una naturalidad sorprendente, y Aldana responde desde el saxofón como si ambas compartieran una misma respiración. Es un diálogo íntimo, casi ritual, que recuerda a los dúos históricos del género sin imitarlos.
“Imágenes”, de Frank Domínguez, cierra la primera cara con un lirismo que Aldana convierte en un estudio sobre la fragilidad. Su fraseo es lento, casi meditativo, como si cada nota buscara el lugar exacto donde asentarse. Rubalcaba, aquí, no acompaña: conversa. El resultado es una balada que parece flotar, sostenida por un equilibrio delicadísimo entre melodía y silencio.
La segunda cara se abre con “Las rosas no hablan”, de Cartola, otra de las piezas donde aparece Salvant. La elección es significativa: una canción brasileña que, en manos de Aldana y Rubalcaba, se convierte en un filin expandido, un puente entre tradiciones que comparten sensibilidad. La voz y el saxofón se entrelazan sin jerarquías, como si ambas líneas fueran dos formas distintas de decir lo mismo.
En “Little Church”, de Hermeto Pascoal, Aldana encuentra un terreno distinto: una balada que, en su versión original, tiene un punto de extrañeza, pero que aquí se vuelve pura claridad melódica. La saxofonista la toca con una suavidad que roza lo espiritual, y Rubalcaba construye un espacio armónico que parece abrirse hacia arriba. Es una de las piezas más luminosas del disco.
“Ocaso”, de Claudio Estrada, funciona como un momento de recogimiento. La melodía avanza con una serenidad que no es quietud, sino madurez: la sensación de que Aldana toca desde un lugar donde ya no necesita demostrar nada. El contrabajo de Peter Washington aporta un sostén firme, casi invisible, que permite que la melodía respire.
El cierre llega con “No pidas imposibles”, de Frank Domínguez, una balada que Aldana convierte en una despedida suave, sin dramatismos. Su sonido —más abierto, más cálido— parece decir lo que las palabras no pueden. Es un final que no busca resolución, sino continuidad: la sensación de que el disco no termina, sino que se desvanece.
🎼 Cierre
Filin se despliega sin urgencias, con esa calma que hace que la música permanezca en la memoria. Su fuerza no está en la espectacularidad ni en la sorpresa, sino en la manera en que Melissa Aldana convierte la lentitud en una forma de verdad. Cada balada avanza con una paciencia que desarma: melodías que se sostienen en el aire, silencios que pesan tanto como las notas, un sonido que se abre sin prisa y sin necesidad de demostrar nada. El cuarteto —Rubalcaba, Washington, Abadey y la presencia luminosa de Cécile McLorin Salvant— construye un espacio donde la emoción no se exhibe, se insinúa.
Lo que hace especial este álbum es que su arquitectura musical está atravesada por un proceso interior. Aldana toca como quien ha dejado atrás la urgencia de la perfección y se permite habitar la melodía desde la vulnerabilidad. El filin, con su mezcla de bolero, trova y jazz, se convierte aquí en un territorio donde la identidad se afina: un lugar donde la saxofonista encuentra una cercanía lingüística, emocional y sonora que transforma su manera de contar.
Filin es un álbum que pide tiempo, atención y silencio. Un disco que se instala despacio, como una presencia que permanece en la memoria. Una música que respira, que se despliega con delicadeza, que invita a escuchar de otra manera. No es un punto de llegada, sino un momento de claridad: la certeza de que, a veces, basta una balada para decir lo que las palabras no alcanzan.


