Salvador Elizondo «Farabaeuf o la Crónica de Un Instante» (1965) Fondo de Cultura Económica 2009

«Farabeuf», publicada en 1965, es un caso atípico tanto en la literatura de México como en la Hispánica en general. Se aparta por completo de las temáticas tratadas en ambas, donde lo regionalista, lo político, lo social o el realismo mágico; tenían sus núcleos dominantes. Aquí no tienen cabida para nada dichos ámbitos.La idea de la obra surgió a Salvador leyendo «Las Lagrimas de Eros» de Georges Bataille. En el libro aparecía una foto de principios del siglo XX de un ajusticiado chino por el método Leng-Tch’e. Cruel tortura china de numerosos cortes en el cuerpo hasta la muerte. Al reo le suministraban opio, de ahí que extrañe la expresión de su rostro, a pesar del dolor; como en éxtasis.El mismo autor refería la idea origen del libro de este modo, en su «Autobiografía Precoz» de 1966:

«Esa imagen se fijó en mi mente a partir del primer momento que la vi, con tanta fuerza y con tanta angustia, que a la vez que el sólo mirarla me iba dando la pauta casi automática para tramar en torno a su representación una historia, turbiamente concebida, sobre las relaciones amorosas de un hombre y una mujer, me remitía a un mundo que en realidad no he desentrañado totalmente: el que está involucrado en ciertos aspectos de la cultura y el pensamiento de China.»

La sobrecogedora fotografía incluida en el libro de Bataille, será también adjuntada por Elizondo en «Farabeuf».


Bataille
relaciona dolor y placer con el eros. Salvador se centra en la erótica del cuerpo, pero como él mismo indicaba en una entrevista con Margo Glantz, en 1973; no el cuerpo en su totalidad, ni el coito como acto sexual, la epidermis es la que adquiere protagonismo:

“El expediente novelístico propiamente –continúa– es el empleo del cuerpo como personaje central de la novela. Pero no todo el cuerpo; sólo esa zona en la que las sensaciones dan cuenta de la existencia del mundo. El escenario de Farabeuf es la epidermis del cuerpo. Todo lo que pasa allí, pasa en un nivel sensible.»

Aparentemente en el libro se presenta una relación entre un hombre y una mujer, donde interviene la erótica del placer y el dolor como simbiosis, tratando de llegar a un instante supremo (como en la fotografía), de sumo dolor y placer; bien indicado en el subtítulo del libro, «Crónica de un instante».

Ese instante visual Elizondo tratará de transponerlo a la escritura. Es una estructura circular compleja, constituida por nueve capítulos donde el autor parece repetir el cuerpo de la narración, introduciendo pequeñas variaciones, con el fin de emular la fotografía y la escritura china del instante:

«¿Recuerdas…? Es un hecho indudable que precisamente en el momento en que Farabeuf cruzó el umbral de la puerta, ella, sentada al fondo del pasillo, agitó las tres monedas en el hueco de sus manos entrelazadas y luego las dejó caer sobre la mesa. Las monedas no tocaron la superficie de la mesa en el mismo momento y produjeron un leve tintineo, un pequeño ruido metálico, apenas perceptible, que pudo haberse prestado a muchas confusiones. De hecho, ni siquiera es posible precisar la naturaleza concreta de ese acto.»

En la obra, además de la indudable influencia de Bataille, las lecturas por parte de Salvador, del Marqués de Sade, las observamos en páginas regadas de erotismo, placer, dolor y la excitación intelectual que produce en los personajes. Podemos rastrear la influencia de otro autor querido por nuestro autor, Mallarmé. Su exploración constante del lenguaje, se encuentra en «Farabeuf». Hay un intento de acomodar el lenguaje al texto. Encontraremos un lenguaje poético, culto, refinado; adecuado a la obra.

Decía al principio que la obra es atípica en cuanto a temática, al contenido; en las antípodas de cualquier obra Hispana de su tiempo. Pero también podemos incluir en esa atipicidad el género al que pertenece, pues si bien, podemos rastrear rasgos de narrativa, en ocasiones se acerca a una crónica, también a un ensayo o a un texto inespecífico.

Tampoco presenta unos personajes claramente definidos. Hay una indeterminación variable de éstos, creando confusión las variaciones pronominales que se van sucediendo: «Yo», «Tú», «Él», «Ella», «Nosotros». Incluso el lector es otro personaje más. Se produce un desdoblamiento, mujer-enfermera, hombre-Dr. Farabeuf. Tampoco podemos olvidar la fotografía, donde el reo adquiere la relevancia de personaje principal. Por tanto, es difuso el marco donde debemos encuadrar el texto.

Elizondo se inspira en el cirujano francés Louis Hubert Farabeuf, que vivió durante la segunda mitad del siglo XIX y principios del siglo XX. Conocido por sus diversos diseños de instrumentos médicos, además de una serie de escritos cuyo tema principal versaba sobre la amputación.

Pero a Elizondo (como él mismo explicaba en una entrevista de 1997, en Nexos), más allá de las innovaciones médicas, interesa la escritura «quirúrgica» que emplea el Dr. Farabeuf:

«El dominio del doctor Farabeuf como cirujano no me interesa mucho. Me interesa mucho el orden de la escritura que emplea Farabeuf para describir cosas que es muy difícil describir, como son esas manipulaciones quirúrgicas. Cirugía quiere decir la obra de la mano, trabajo de la mano. Eso me interesaba. Entonces yo, agregándole un poco de literatura, condimentando eso literariamente, creo que conseguí una tentativa de cambiar el orden de la escritura literaria.»

Si los personajes presentan un desdoblamiento, al narrador le ocurre otro tanto. Con la atipicidad de la segunda persona, interpela a una interlocutora silente y también podríamos pensar, al propio lector. En otras ocasiones será guiado por una mano superior, identificable con el autor. En el siguiente fragmento lo podemos observar. A la interpelada y al lector, que también puede tener la consideración de testigo y víctima, el autor quiere reservarle una función especial, una traca final:

«Hoy es un día especial, una hora especial, un instante, aunque sólo eso, en que espero ver colmado mi deseo. Debes prepararte con toda conciencia, no sin cierta humildad, a pasar por esta prueba, por esta ceremonia capital. No turbes ya las cosas que nos rodean. Todo es sólo un instante. Mantén tu mirada fija en ese signo que has ideado. Yo hago lo posible por ayudarte. Es preciso que estés dispuesta, que aceptes este sacrificio con todas sus consecuencias; no debes dudar un solo momento de mis buenas intenciones. Quiero, en cierta forma, revelarte un misterio inaccesible; quiero dilucidar, para que tú lo sientas con toda su inexplicable verdad, el misterio que te mantiene inmóvil ante mí.»

Junto a los principales objetos, la fotografía del reo, un cuadro y el espejo; una serie de temas y sonidos serán recurrentes a lo largo del libro: los pasos del Dr. Farabeuf por la escalera, el sonido de las monedas al caer a la mesa, el ruido de la tabla de Ouija, el golpeo con el pie en la pata de la mesilla, las gotas de lluvia sobre los cristales, el golpeteo de una mosca en la ventana, un castillo de arena deshaciéndose en las olas, la estrella de mar

Los espejos cobran especial protagonismo. En un espejo grande se reflejan varios objetos, una puerta, una mesilla con instrumentos de cirugía, un cuadro de Tiziano representando el «amor sagrado» y el «amor profano», una nota, periódicos y principalmente la fotografía guardada en el sobre. Los objetos tienen que ver con la ejecución del reo y la identificación de los personajes a través del espejo; con la víctima.

La mujer desea contemplarse justo después de la tortura, en el momento mismo de la muerte, para lo que el Dr. Farabeuf ha dispuesto todo para facilitar su contemplación:

«Ese juego de espejos hábilmente dispuesto reflejará tu rostro surcado de aparatos y mascarillas que sirven para mantenerte inmóvil y abierta hacia la contemplación de esa imagen que tanto ansías contemplar.»

Para conseguir sus logros, el Dr. Farabeuf prepara un Teatro, una función que se apoyará en un juego de espejos, tratando de prolongar el instante. Alude a los espectadores, indudablemente el autor se está refiriendo al lector:

«Pues bien, al fondo se había improvisado un pequeño escenario. El estrado, que se elevaba apenas unos cuantos centímetros del nivel del piso del salón, estaba colocado frente a un enorme espejo que pendía en el muro del fondo y el decorado estaba también constituido por otro espejo que reflejaba al infinito su propia imagen reflejada en el espejo del fondo del salón. Nosotros estábamos, entonces, colocados entre las superficies de los dos espejos. Estoy seguro de que esto no se te ha olvidado, pues la extraña sensación que tal espectáculo interminable producía en los espectadores era, sin duda, algo memorable.»

Elizondo es un gran aficionado de la fotografía y trata de integrar su esencia en beneficio de su escritura. Explicaba en su «Autobiografía Precoz»:

«Como escritor, me he convertido en fotógrafo; impresiono ciertas placas con el aspecto de esa interioridad y las distribuyo entre los aficionados anónimos. Mi búsqueda se encamina, tal vez, a conseguir una impresión extremadamente fiel de ese recinto que a todos por principio está vedado. Creo que, después de todo, la insinceridad, que es la emulsión sobre la que esas imágenes se eternizan, cuando es consciente, es la máxima cercanía que podemos tener de la verdad.»

Hay un complejo montaje en el libro semejante a la escritura china y la técnica cinematográfica. Elizondo lo detallaba en la anteriormente entrevista citada, de 1997, en Nexos:

«Yo quería aplicar el principio del montaje que es el principio que se emplea para la escritura china, es decir, como los chinos dibujan lo que escriben. Entonces, para decir pena o tristeza en chino, se pone el signo de corazón, que es una cosa representada, contra una puerta cerrada. De modo que, en chino, triste se dice corazón contra puerta cerrada […] se llama el principio de montaje. Es lo que usó Eisenstein en El Acorazado Potemkin. […] él juntó dos imágenes que dieron por resultado una tercera de orden abstracto.»

Tampoco debemos desdeñar la influencia de otra pieza enigmática de Alain Resnais, «L’Année dernière à Marienbad» de 1961. La película se desarrolla en una atmósfera onírica donde realidad e ilusión llegan a confundirse. En «Farabeuf» en numerosos momentos dudamos de la realidad que se está produciendo.

«Farabeuf» está construido sobre la dualidad: masculino/femenino, Oriente/Occidente, dolor/placer, realidad/ilusión, crónica/instante, … Así vemos como la mujer consulta el I Ching y la Ouija, es decir las artes adivinatorias de Oriente y Occidente, respectivamente:

«Trata tal vez de sacar de esa fosa un objeto cuyo significado, en el orden de nuestra vida, es la clave del enigma que todas las tardes una mujer vestida de blanco propone a la ouija o trata de dilucidar mediante los hexagramas del I Ching, sentada en el fondo del pasillo. Nunca he logrado desentrañar este misterio sin embargo…»

A lo largo de la obra se da cita la dualidad de opuestos del Taoísmo, el yang es el cielo o principio activo maculino, equivalente a Oriente. El Yin es la tierra o principio pasivo femenino equivalente a Occidente. A partir de esta dualidad surgen los trigramas, y posteriormente los 64 hexagramas del I Ching :

«¿No alude este hecho a la dualidad antagónica del mundo que expresan las líneas continuas y las líneas rotas, los yang y los yin que se combinan de sesenta y cuatro modos diferentes para darnos el significado de un instante?»

Obra inclasificable, adelantada a su tiempo, compleja. Su nivel de experimentación con el lenguaje se puede rastrear posteriormente, en otro escritor viviendo en los márgenes, Juan José Saer. La obra se sumerge en una atmósfera enrarecida y perturbadora. Elizondo, apoyado en la técnica fotográfica, la escritura china, los métodos adivinatorios y en complejas estructuras cinematográficas, traslada la imagen a la palabra con el principal objetivo de atrapar el instante y la esencia que aquella representa.

En la obra, el maestro de ceremonias gusta de las canciones de cabaret:

«El Maestro es afecto a un tipo de música en extremo banal y muchas veces hasta obscena. Ama las viejas canciones de cabaret de su época de estudiante cuando solía frecuentar el Chat Noir. Es preciso desentenderse de este complemento del espectáculo. Concéntrate tan sólo en tu cuerpo. Es él, más que tu memoria, el que sufre esta prueba exquisita y cruenta. ¿Estás dispuesta? ¿Te arredra el posible dolor que te cause esta experiencia? Recuerda que sólo se trata de un instante y que la clave de tu vida se encuentra encerrada en esa fracción de segundo.»

En el vídeo la cantante de cabaret argentina, Pía Tedesco, en directo en Madrid:

La cantante e intérprete alemana, Ute Lemper, nos interpreta la pieza de cabaret, «Pirate Jenny»:

Editorial: Fondo de Cultura Económica, Edición 2009
Fuente de Imagen de Salvador Elizondo: Propiedad de Brendan Hennessy

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Ir arriba
Share via
Copy link