James Salter “Años Luz” Salamandra, 2015

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James Salter y la arquitectura íntima de Años luz.

Años luz es una de esas novelas que uno aborda con la sensación de entrar en un territorio donde la vida cotidiana adquiere un brillo extraño, casi hipnótico. James Salter escribe desde la luz, desde los gestos mínimos, desde las variaciones imperceptibles del tiempo que pasa y desgasta. Publicada por Salamandra en 2015, esta obra se adentra en el matrimonio de Viri y Nedra con una delicadeza que nunca es complaciente: la belleza convive con la fragilidad, la armonía con la distancia, la plenitud con la pérdida.

Salter observa a sus personajes con una precisión casi musical, atento a lo que se dice y, sobre todo, a lo que queda en silencio. Leerlo por primera vez es descubrir una forma de narrar que convierte lo íntimo en paisaje y lo cotidiano en una forma de revelación.

James Salter

Si el libro que James Salter publicó a los 87 años —Todo lo que hay, después de más de tres décadas sin escribir una novela— me pareció excepcional, Años luz, aparecida en 1975, no hace sino confirmarme su maestría narrativa. Hay en estas páginas una precisión, una luz y una hondura emocional que revelan a un escritor en pleno dominio de sus recursos, capaz de convertir la vida cotidiana en una forma de arte.

Al parecer, Años luz nació de vivencias e impresiones que James Salter fue recogiendo en torno a unos amigos y vecinos muy cercanos: los Rosenthal, un matrimonio que vivía con sus dos hijas en una granja de New City, junto al río Hudson. Las cenas compartidas, las conversaciones largas y la intimidad cotidiana de aquella amistad ofrecieron a Salter un material que él fue destilando con su precisión habitual. Cuando los Rosenthal se vieron reflejados en la novela, la relación entre ambas familias se rompió. Tiempo después, ese matrimonio terminó separándose. Salter, en cierto modo, había intuido lo que estaba por venir.

También se da la circunstancia de que James Salter se divorció de su esposa Ann poco después de la publicación de Años luz. Es difícil no pensar que, además de las vivencias ajenas, en la novela quedaron filtradas las tensiones y dificultades por las que atravesaba su propio matrimonio. En su diario había dejado una anotación elocuente: “Cada año parece el peor”. Esa frase, seca y dolorosa, resuena como un eco íntimo de la novela, donde la belleza convive siempre con una grieta que no deja de ensancharse.

En la novela, el matrimonio formado por Viri —arquitecto— y su mujer Nedra, de una elegancia casi magnética, vive con sus hijas Franca y Danny, y con el perro Hadji, en una granja situada junto al río Hudson: un paraíso natural que alternan con su vida en Manhattan. Esa granja adquiere un carácter simbólico.

Por un lado, representa una utopía doméstica, el intento de construir un espacio de felicidad limpia, no contaminada por el ruido del mundo, un refugio para sus hijas. Pero, al mismo tiempo, es una forma de encierro para el propio matrimonio: un lugar donde Viri y Nedra sólo alcanzan a sostener una relación de amistad, nunca plenamente conyugal. La belleza del entorno convive con una distancia íntima que la naturaleza no consigue reparar.

La prosa de Salter, corrosiva y precisa, hecha de pinceladas certeras y sin apenas adornos, radiografía con una claridad implacable la crisis del matrimonio Berland. La incomunicación entre Viri y Nedra, pese a la imagen de pareja perfecta que proyectan hacia el exterior, atraviesa toda la novela. Su vida parece organizada en torno a la felicidad de sus hijas, pero esa dedicación funciona también como una coartada: un modo de evitar mirarse de frente, de no nombrar la distancia que crece entre ellos. Salter capta esos silencios, esos gestos mínimos, con una exactitud que desarma.

“Su vida de pareja era dos cosas: era una vida, más o menos —como mínimo era la preparación para una vida—, y era una ilustración de la vida para sus hijas. Nunca se lo habían expresado mutuamente, pero estaban de acuerdo a este respecto, y las dos versiones de la vida se entreveraban de tal forma que cuando una de ellas estaba escondida la otra se manifestaba. Querían que sus hijas, en aquellos años, tuvieran lo imposible, no en el sentido de lo inalcanzable, sino en el sentido de lo puro.”

Las infidelidades de ambos no tardarán en aflorar. Viri y Nedra cruzan esa frontera casi con naturalidad, como si la traición fuera una consecuencia más de la distancia que los separa. Aun así, continúan representando hacia sus hijas —y hacia el mundo— la imagen de un matrimonio estable, casi modélico. Esa fachada funciona también como un mecanismo de autoengaño: una forma de sostener la ilusión de que nada se ha roto del todo, cuando en realidad la grieta es ya irreparable.

“Su vida es misteriosa, es como un bosque; desde lejos parece una unidad que cabe comprender y describir, pero más cerca empieza a separarse, a disolverse en luz y sombra de una densidad que ciega. Dentro de esa vida no hay forma, sólo un detalle prodigioso que llega a todas partes: sonidos exóticos, astillas de luz solar, follaje, árboles caídos, animalillos que huyen al oír el crujido de una rama, insectos, silencio, flores. Y todo ello, dependiente, estrechamente entretejido, todo eso es engañoso. Hay en realidad dos clases de vida. Hay, como dice Viri, la que la gente cree que estás viviendo y hay la otra vida. Es esta otra la que causa el problema, la que anhelamos ver.”.

Salter nos irá contando la vida de Viri y Nedra, la de sus amigos, la de ese pequeño círculo que se forma y se deshace con los años. Asistimos al crecimiento de las niñas, a sus descubrimientos y a sus primeras distancias, mientras el tiempo avanza con un efecto inexorable: trae desengaño, amargura, soledad. La novela registra esos cambios con una sensibilidad casi microscópica, como si cada gesto cotidiano revelara una verdad más profunda sobre lo que se pierde y lo que permanece.

Con Años luz, James Salter confirma una maestría narrativa capaz de iluminar lo cotidiano y revelar, con una precisión casi cruel, la fragilidad de los vínculos humanos. La edición de Salamandra (2015) permite redescubrir una novela que sigue creciendo después de leída, una obra que convierte el paso del tiempo, el desengaño y la belleza en materia literaria.


Se escucha la música de Scriabin. En el disco, las sonatas a cargo del pianista Boris Berman:

“Compró una colcha de color tabaco y rosa, incienso, flores secas. Había libros junto a la cama, una colección de lupas, un reloj. Sus hijas la llamaban todos los días. No se quejaba de nada. Estaba llena de energía.
Lucía el pez reluciente y nada más debajo del vestido cuando Brom iba a verla. A veces cenaban tarde, cuando él había terminado la función. Comía solamente carne magra y ensalada, bebía vino, y después un poco de fruta. Sonaba la música de Scriabin, Purcell. Cuando dormía con ella, guardaba silencio, inmóvil.”

Editorial: Salamandra, edición 2015 ↗️
Colección: Narrativa
Traducción: Jaime Zulaika.

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