Julio Mariscal Montes

Nos decían: / Hay que pensar en el mañana, / hacer el equipaje / para la travesía que es el mundo. / Y cercaban el hoy de tapias de colegio / y el paseo de los jueves / con largas alamedas solitarias.
Versos de: Poemas a Soledad, 1975

Julio Mariscal Montes fue un poeta apegado a la tierra. Siempre se mantuvo en Andalucía y el mayor tiempo de su vida transcurrió en su Arcos de la Frontera natal y en algunos de los pueblos donde estuvo destinado como maestro, como El Bosque o Paterna, entre otros. Ciudades de Andalucía, Cádiz fue la principal, debido a sus estudios de Magisterio y a su primer destino siendo ya maestro. Pero a pesar de que Cádiz le gustaba, como también la vista del mar, en cuanto tuvo ocasión se refugió en sus pueblos de la serranía con la gente humilde del campo. También la tierra adquiere para el poeta el sentido de la labranza del labriego al que tantos poemas dedicó y, por último; tiene presencia la tierra, como surgimiento y fin de la vida, en sus últimos poemas de manera más desesperanzada.

Se cumplió el centenario de su nacimiento recientemente, concretamente, el 18 de noviembre de 2022. Como dije anteriormente, nace en Arcos de la Frontera, en el seno de una familia de comerciantes de tejidos, acomodados, siendo el menor de cinco hermanos.

Su infancia remite a una época feliz, que desgraciadamente se trunca con el fallecimiento de su padre con cincuenta y dos años y contando él, con tan sólo once. La muerte, tan temprana para le mente de un niño, será uno de los principales temas que atravesará su poesía.

Tres años después, se ve inmerso, como tantas familias, en los difíciles tiempos de la Guerra Civil. Habiendo recién terminado con 18 años el Bachillerato, sucede otro hecho dramático; su relación con una joven se ve truncada por su temprana muerte debida a dolencias pulmonares. Este hecho marcará al poeta. Todavía era un amor puro e idealizado, y a ella parece estar dirigido el librito “Poemas a Soledad”; que escrito entre 1948 y 1953, no verá la luz hasta 1975 en el ocaso del escritor y gracias a su amigo, Guillermo Sena Medina. Algunos de sus poemas se incluirían en su momento, en revistas. Otras interpretaciones, creen que el término “Soledad”, alude a la propia del poeta tras ese revés, que lo sume en el decaimiento y la depresión durante un prolongado tiempo, haciéndole desistir de comenzar los estudios planeados de Filosofía y Letras.

IV

Me decía mi madre:
"Ahora los libros que después tendrás tiempo.
Ahora los libros".
Y yo guardaba el corazón sin estrenar, ileso,
por teoremas y batallas.

Las tres, las cuatro y a las cinco en punto
la merienda: su leche con galletas.
Mis hermanos mayores perdiéndose en sus cosas
y el cartero de azul galoneado.
Pero a las seis cruzabas tú, el crepúsculo
te traía de la mano y ya Pitágoras
se empolvaba en mi olvido, y ya las rosas
clavadas en la página y el río
como un lejano, muerto crisantemo.

Eran las seis, cuando las nostalgias,
cuando al andar primero de las sombras,
y tú cruzabas y contigo el mundo
que mi madre quería para luego,
pero que yo llevaba entre los ojos...

De: Poemas a Soledad, 1975

En 1945, Julio comienza el tiempo obligatorio militar de tres años en Vejer de la Frontera. Allí conocerá al también poeta Juan Ignacio Varela Gilabert. Ambos mantendrán fructíferas conversaciones, en las que Julio le hablará de los esforzados labriegos de su pueblo y Juan Ignacio por su parte, del mar de Cádiz. Ambos coincidirán en la admiración mutua por Rafael Alberti. Juntos pasearán por Cádiz y comenzarán a relacionarse con otros jóvenes poetas, como Fernando Quiñones o Caballero Bonald.

Julio Mariscal

Terminado el servicio militar comienza en Cádiz sus estudios de Magisterio. Conoce a los jóvenes que confeccionaban la revista El Parnaso (1948-1950). Imbuido por sus ideas, cuando vuelve a Arcos funda la revista Alcaraván (1949-1956) con los hermanos Antonio y Carlos Murciano y Antonio Luis Baena, entre otros. Continúa sus idas y venidas a Cádiz y comienza a trabajar en el Colegio Miguel Primo de Rivera (hoy San Rafael). Es cofundador en Cádiz de la revista Platero (1951-1954). Crean los premios Alcaraván, que serán concedidos a poetas en ese momento poco conocidos, pero más tarde de gran importancia en el mundo de la poesía, como Félix Grande o Rafael Guillén. Además de los premiados, la nómina de fundadores y colaboradores en ambas revistas fue extensa: Fernando Quiñones, Caballero Bonald, Antonio Gala, Carmen Conde, Ángel Crespo

Es destinado a El Bosque en 1951, prolongándose hasta 1954. Además de continuar su colaboración en las anteriores revistas, funda junto a Antonio Gala, Rafael Gil Jordano y Gloria Fuertes, en diciembre de 1952, la revista Arquero de Poesía. Es curioso que la revista se editara en Madrid y jamás pisara Julio la capital de España. Simultaneaba las estancias entre Arcos y El Bosque. Su actividad en las revistas era incansable, se ocupaba de conseguir las colaboraciones desde distintos lugares de España y en el caso de Arquero, remitirlas a Madrid.

En esos tiempos de posguerra la publicación de libros era complicada, siendo más fácil publicar poemas o textos en las Revistas. Julio participó no sólo en las anteriormente citadas, sino en otras muchas, Atzavara, Alor, Pleamar

En Arquero de Poesía, se produjo una relación muy entrañable entre Gloria Fuertes y Julio. Gloria visitó a Julio en diversas ocasiones. En una de estas visitas, la llevó ante sus alumnos y Gloria recitó sus poesías. Antonio Gala, por su parte, recordaba como enviaba sus primeros poemas a Julio para que los revisara y corrigiera antes de devolvérselos.

Publica Julio en 1954 su primera obra, “Corral de Muertos”. El libro consta de una serie de elegías dirigidas supuestamente a muertos en el cementerio. Tiempo después, en una entrevista, el autor desveló que los muertos estaban vivos en realidad. Algunos eran amigos suyos. Mariscal señaló que pretendía explorar el tema de la muerte visto por un andaluz. No es extraño que Julio experimentara con el tema de la muerte qué tanto había convivido tan cerca de él: el fallecimiento de su padre, de su primer amor, o los muertos de la Guerra Civil. Y unido a la muerte, el olvido. Olvido de ese ser terrenal que antes fue, existió, habitó un cuerpo. Ciprés, el primer poema, está dedicado al poeta amigo suyo, Felipe Sordo Lamadrid. Este poema precisamente, figurará en la entrada del cementerio de Arcos de la Frontera en honor de nuestro poeta, tras su fallecimiento.

Ciprés

A Felipe Sordo Lamadrid

Aquí, donde los hombres se han tendido
para olvidarse dentro de su muerte,
tú sigues vertical, sin ofrecerte,
limpio y sonoro al último latido.

¿Qué manos que ya fueron se han unido
en tierra cruda para sostenerte?
¿Qué talle de otro abril vino a traerte
ejemplo en las cenizas de su olvido?

Bocas sin risa, senos, cabelleras,
se mezclan en tu sangre, envenenada
por el terrible empeño de la altura.

¡Qué loco derrochar de primaveras
en el tapete verde de la nada
para que se cumpliera tu hermosura!

De: Corral de muertos, 1954

A finales de 1955, destinado en Espera, muy cerquita de Arcos, publica en Adonais “Pasan hombres oscuros”. Se trata de veinte poemas de amor vistos por medio de una mujer. Está presente en algunos poemas la joven de Poemas a Soledad, además de otra mujer, que según Blanca Flores Cueto —autora de una tesis sobre Julio Mariscal incluida en la excelente antología de La Isla de Sistolá—, todavía vive y guarda las cartas de amor que Julio le enviaba y por el que sentía un cariño especial. El tema principal de los poemas es el amor frente a la muerte. A través del amor encuentra a Dios y a la belleza. Pero en el último poema —el que más me gusta—, fraterniza con las personas humildes, que debido al esfuerzo diario por subsistir, no pueden encontrar y disfrutar de la belleza, del amor. Es un poema sobre el dolor de estas gentes.

XX

Pasan hombres oscuros con su miseria a cuestas,
son los abandonados, los proscritos del sueño,
hombres con horizontes de monedas y olivos
que no alcanzan la tierna perfección de la rosa.

Es inútil gritarles: aquí tienes el oro,
en este cielo puro millonario de estrellas,
ven a saciar tus manos en los lentos crepúsculos
a coronar tus ansias de brisas y recuerdos.

Es inútil gritarles porque seguirán siempre
disputándole céntimos al alba o a la nube,
calculando los acres de cada sementera
aunque el surco delire florecido de alondras.

Pero tú y yo sabemos, Soledad, de ese niño
cuyo llanto levísimo colma la madrugada,
y que este andar soñando por caminos de luna
es algo más que el tópico de un siglo amortajado.

Deja que ellos prosigan con su lastre en el alma
cautivos en el debe y haber de las fanegas,
ligeros de equipaje, aquí estamos nosotros
bebiéndonos el mundo con nuestras ilusiones.

De: Pasan hombres oscuros, 1955

Entre 1956 y 1959 estará destinado en Santa Bárbara de Casas (Huelva), lejos de Arcos. No se sabe qué ocurrió en este nuevo destino, puede que un desengaño amoroso, pero el caso es que en 1957 publicará “Poemas de Ausencia”, libro de talante opuesto al que entregara en 1955.

XIII

Dijiste: ¡Para siempre!...
Y te marchaste, breve, entre los pinos.
Y yo —¡Dios mío!— me iba preguntando:
¿Qué haré con tanta tarde entre las manos?
¿Qué haré cuando me enrede entre las horas?
¿Cuándo la estrella clave en mí su nombre?
¿Qué harás, corazón mío?

Y ahora —ya el tiempo alfanje entre nosotros—
Me sigo preguntando:
¿Qué haré con tanta tarde, con tanto corazón,
Con tanto barro,
Si no tengo tus ojos para alzarme? 

De: Poemas de Ausencia, 1957

El libro lo componen veinticuatro poemas de amor, pero como su nombre indica, están marcados por el amor ausente. El vitalismo que dominaba en su anterior libro, da paso a un poeta más recogido, inmerso en la soledad, lleno de nostalgias y recuerdos del amor pasado. Tanto en el poema inferior, como en el superior, que tan bien interpreta Javier Salmerón, podemos comprobar este estado hiriente en que parece estar sumido el poeta.

XXII

Van llegando —esta noria de los días,
esta vuelta a empezar cada mañana—
los mismos horizontes que tuvimos,
que colmaron de pájaros los sueños.
Las tardes de alameda,
el árbol con las viejas iniciales,
este recodo en que —¿te acuerdas, dime?—
te sentiste mujer por vez primera.
Van granando —recuerdos y paisajes
hacen al corazón tornarse alondra—
las mismas margaritas de ilusiones
en el yermo terrible que es el mundo.
Pero en cada esplendor y en cada nube,
en cada paraíso de otras veces,
hay una sierpe lívida, un oscuro,
enorme aguijonazo de tristeza.

Y es que —amor mío, deja que te evoque;
que me acíbare el labio con tu ausencia—
ya no eres tú quien —niña— me sostiene;
quien —abril— me floreces al costado,
sino este invierno crudo, esta cizaña
más dura cada vez de tu vacío.

De: Poemas de Ausencia, 1957

Continúa en Santa Bárbara y prepara un cuarto libro a contra corriente de la poesía del momento, en la que predomina el verso libre y la crítica social; pues las composiciones serán en forma de sonetos y la temática que domina será de carácter religioso. Aunque pueda parecer que se aparta de la poesía que había compuesto hasta el momento, el carácter religioso de Julio era indudable. Si hasta el momento había aparecido fugazmente, a través de Dios encarnando la belleza y el amor; aquí surge también la figura de Jesucristo, como puente entre Dios y el hombre. Jesucristo encarnado en hombre padeciendo la Pasión hasta la soledad y la muerte.

Flagelación

A Paco Cuevas

Abiertas ya las rosas del costado,
festín para los tábanos del viento,
Cristo roto en la tarde, ceniciento
como un lirio de pena, flagelado.

Se le quebró la luz del otro lado,
alta Jerusalén en movimiento,
se le quebraba el corazón, sediento
de darse en agua viva, desbordado.

Cristo solo, vencido de amargura,
en imposible gesto de agonía
conjugando lo humano y lo divino.

Cristo atado, los brazos a la altura
como un ciprés de sangre, y todavía
señalando a los hombres El Camino.

De: Quinta palabra, 1958

El libro, “Quinta Palabra”, se editará en la colección Alcaraván, en 1958, y estará dedicado a sus amigos y compañeros de las revistas Alcaraván y Platero. Se compone la obra de veinte sonetos con la figura principal de Jesucristo, en su Viacrucis de Pasión y muerte. Esa faceta de Jesús, como hombre sufriente, es con la que se identifica Julio en lo religioso, hermanando su dolor con el suyo en los poemas. El poeta era un enamorado de la Semana Santa, hasta tal punto que participaba en ella portando la Virgen de la Soledad en la procesión de Arcos.

Ecce-Homo

A Manuel Mantero

Así es como te quiero. Así, Dios mío:
con el dogal de "Hombre" a la garganta.
Hombre que parte el pan y suda y canta
y va y viene a los álamos y al río.

Hombre de carne y hueso para el frío
guiñol que nos combate y nos quebranta.
Arcilla de una vez para la planta
y el látigo del viento y del rocío.

Así, Señor, así es como te espero:
vencido por el fuerte, acorralado,
cara al hombre y al mundo que te hiere.

Carne para los perros del tempero,
piedra en que tropezar, luz y pecado
hombre que solo nace y solo muere.


De: Quinta palabra, 1958

En 1959 es destinado a Paterna, uno de los pueblos donde más prolongadamente vivirá, consiguiendo además una integración más necesaria a nivel social y laboral.

Se produce otro hecho muy del agrado del poeta, la afición al flamenco de las gentes de Paterna. El origen de la Petenera parte de Paterna. Julio era un gran amante del flamenco y podrá profundizar en su pasión, en el pueblo. Se sabe que compuso algunas canciones para este palo flamenco además de establecer amistad con destacados cantaores locales, como Rufino de Paterna y El Perro de Paterna, cuya mujer, lavaba la ropa de Julio.

Por contra, muere su madre, Josefa Montes, en enero de 1960. Julio se sentía muy unido a su madre. Dejará de visitar Arcos incluso en vacaciones, debido al dolor que le causaba no sentir la presencia de su madre en la casa del pueblo. A ella dedicará sentidos poemas, que podremos leer después.

En cuanto a las labores docentes se multiplica, incluso impartiendo clases particulares con los alumnos que lo necesitaban, sin cobrar a los hijos de familias pobres. En las clases, ponía especial énfasis en la Ortografía y la Gramática.

En el documental que dedicaron al poeta —que dejaré al final—, es recordado con cariño por alumnos y personas que tuvieron contacto con él.

Julio estaba totalmente integrado en Paterna. En el documental, dos antiguos alumnos hablan del corralito que tenía en el patio del colegio, con gallinas, patos, conejos, alguna cabrita. Pasado el tiempo, muchos de estos animales los regalaba a personas necesitadas.

También Impulsará la Cofradía de la Virgen de la Soledad, patrona de Paterna.

En 1962 aparece, “Tierra de Secanos”. Es el libro más cercano a la denuncia social. Las duras condiciones de la posguerra. Es un canto de solidaridad a los desheredados.

El pueblo

El pueblo, ya sabéis:
un puñado de casas, una plaza, una fuente,
una vieja rutina de misas y rosarios,
y luego un horizonte cansado de olivares,
eternos lutos, recuas y canciones;
tres días de verbena para la Cruz de Mayo
y el baile transparente del domingo.
Alguna vez también se muere alguien,
viene el Señor Obispo, cambia el Cabo
de la Guardia Civil... En fin, las cosas.

Los días van hundiendo su escalpelo
en la corteza enorme del hastío,
porque "Pueblo" es sudar; parir; partirse
el alma sobre el yunque o el arado,
sopas de ajo al despuntar el día,
sopas a media tarde y a la noche,
mullirse bien la carne
para la bota enorme del cacique
y madrugadas en que la miseria
vuelve caricatura el pan y el beso.

Pero también el pueblo tiene su espadaña,
su romero, sus niños, sus canciones de rueda,
su leyenda inefable
como un claro "decir" del diecisiete...
Y aquí está ya en su entraña desgarrada,
su abierto corazón para la fusta;
Pueblo de España, elemental, clavado,
remachado entre olivos e intemperie;
pueblo de largas privaciones, pueblo
desamparado y sólo,
Tendido a la campiña como una mano abierta
implorando un poquito de compasión,
un celemín siquiera
de eso que llaman paz, sueños, desvelos....

(De: Tierra de Secanos, 1962)

La muerte, el amor, el hambre, el clamor a Dios, Jesucristo en la agonía como intercesor con Dios e identificado con la del hombre por su penar y por su tierra, la tierra, cómo no, son sus temas principales.

Oración

Cristo de todos los caminos:
Cristo de esparto y alpargatas
bárbaramente abierto
al callejón de fragua del solano.
Cristo con la guedeja oscura
y la mirada con siglos de intemperie.
Hablo contigo.

Contigo, Cristo, hombre para la gleba
descoyuntado y solo.
Vengo a decirte, no, vengo a clamarte,
vengo a llorar por Ti y por mí, por todos
nosotros los de abajo, los oprimidos,
carne para la fusta, espalda
para el quintal de sol, mano tendida
hacia una caridad que nunca llega…

Hazte raíz, olvida
tu sino de trigales.
Por una vez, Señor, rasga la túnica
y enarbola tu látigo, Dios Padre,
y, a cintarazo limpio,
echa del claro abrazo de tu pecho
a todos los oscuros, los que gimen,
los que levantan tu cadáver para
redondear la envidia o el negocio.
A todos esos
que se apiaran bajo tu costado,
que te rezan: “¡Dios mío!”,
mientras les vas llenando las talegas.

(De: Tierra de Secanos, 1962)

Por estos años, Blanca Flores, remarca un hecho que dejó afectado al poeta. Él era el secretario de la Junta Escolar Municipal y en otra escuela unitaria de Paterna había un pozo cercano que el poeta había pedido que se tapara. No se hizo caso a su petición y cayó un niño de tres o cuatro años, ahogándose. El hecho le produjo un hondo pesar pese a que él había hecho todo lo posible para que estos hechos no sucedieran.

Como la vida sigue, Julio poco a poco se identifica con el pueblo y fruto de ello, es la publicación del libro, “Tierra”, en Veleta al Sur, en Granada, en 1965.

Poblado de metáforas, simbolismos y pleno de erotismo, el poeta presenta un amor de otro tipo al mostrado en sus anteriores libros; un amor homosexual, prohibido y totalmente censurable para la moral de su época.

Él es sabedor de que aunque correspondido, es un amor imposible, a contracorriente de las gentes de un pueblo que a pesar de sus prejuicios e ignorancias, él respeta.

I

Venías de lo oscuro, de lo entredicho apenas,
del polvo de todos los caminos.
Venías para helarme el nardo y la alameda,
para hacerme
lluvia la sombra, octubre la sonrisa.
Tu presencia era llave para el junco y la estrella,
“vade retro” a la tarde que aúpa la esperanza,
portazo para madre, hermanos, casa,
amigos, proyectos; raya negra
para todo lo claro, lo vertical, lo niño
con la frente apoyada en los cristales.

Y eché a andar por tu sangre; por esa
desamparada y sola vereda de tu sangre,
con lagartos de rabia, con umbríos
retamales de pena y sobresaltos.
Y aquí me tienes como un toro ciego
corneando, furioso, inútilmente,
el muro enorme de los prejuicios.

(De: Tierra, 1965)

Reconoce el poeta que si su amor tuviera lugar con una mujer, como en el pasado, al recordarlo podría divulgarlo a los cuatro vientos, pero al ser un amor prohibido ni recordarlo puede, a pesar de la laceración que siente al tener que interiorizarlo siempre para sí, sin poder evocarlo, ni tan siquiera con sus amigos.

XXI

Otros tendrán un nombre que llevarse a la boca.
Un nombre —Rosa, Soledad, María—,
para que les florezcan las nostalgias
de las horas sin besos.

Tendrán un nombre y lo darán al aire
como bandera o torre en vertical dulzura,
y llamarán con él en cada puerta,
y aturdirán con él a los relojes.

Pero yo necesito muchas lágrimas,
muchos golpes de sangre,
mucho dolor y mucha percalina
de este loco
martes de carnaval por donde voy,
para esconder entre silencios duros
este grito de espanto que es tu nombre.
Este grito en las sombras de mi pecho
que me relumbra igual que una custodia.

(De: Tierra, 1965)

Él mismo, alberga un sentimiento de culpa, acrecentado por sus tendencias religiosas, que si bien nunca fueron las de un católico practicante estricto, si se inclinaron al amor y cariño sentido por Jesucristo hecho hombre, escarnecido y sufriente.

Según los esquemas cristianos por los que se rige la sociedad y, de algún modo, Mariscal; es consciente de que su amor es proscrito, que no son “buenas” sus inclinaciones, por ello, solicita indulgencia al Señor.

XXXII

Señor: Esta voz mía
tan lacerada de alacranes,
tan barroca de estiércol,
tan colmada
por los siete arreboles
que traban mi llegar hasta tu mano,
aún se eleva hasta Ti,
hunde la espuela
en la nada de blanco que aún le espuma
para gusanear hasta tu gracia.

Óyela Tú, Dios mío. Que no sea
otro golpe de lanza en tu costado,
sino amapola, roja
sangre viva manando hacia tu pecho.

Óyela Tú, Señor. Por mí que traigo
el viejo corazón entre las manos;
aunque sea
para echarla a tus perros,
aunque sea,
Señor, para que el barro sea más barro.

Oye mi voz por ella;
por ella, Cristo, que entre tanta sombra,
entre tanta pisada fugitiva,
aún guarda un nardo un azahar postrero,
un sorbito de agua
para tu sed de todos los caminos.

Y acéptala por Ti,
Señor, mi voz caliente,
dura como un trallazo en la mejilla;
voz de morderse el alma, de clavarse
las uñas en el alma y regresarse,
y encontrarse y perderse
y otra vez encontrarse
para… Señor, Dios mío, ¿para
perderse una vez más, Señor, Dios mío?

(De: Tierra, 1965)

A pesar de sentirse querido en Paterna, su deterioro psíquico y físico es creciente. Ante ello, sus hermanas y hermanos le piden que vuelva a su pueblo de origen, pero Julio es reacio. Finalmente, en el verano de 1967, regresa a Arcos de la Frontera. En septiembre le conceden destino en su colegio de infancia, la Agrupación Escolar Mixta Olivares —hoy Colegio Público Las Nieves—.

Padecía unos trastornos de estómago y su decaído ánimo no favorecía su curación. Familiares, amigos, compañeros frecuentaban y animaban al poeta, pero su retraimiento cada vez era mayor.

Debido al tesón de amigos, publicará algunos libros. Gracias a Carlos Murciano publicó “Último día”, en 1971 en Cuadernos del Sur (Málaga). Julio quería titularlo, Juicio Final, pero Carlos aconsejó el título por el que definitivamente se publicó. El tema de la muerte, vuelve a recorrer el libro.

La tierra

¿DÓNDE, Señor, este turbión de manos,
dedos crispados, bocas sin saliva?
¿Dónde el trasmundo de la rosa? ¿Dónde
mi entraña al aire del arado? ¿Dónde?

Pisé, Señor, la carne. Estuve
—disciplina y bordón— por ojos, senos...
Miré las ansias, levanté un adarme
sobre los corazones ya parados.

Fui trazo horizontal sobre el orgullo,
posada de dolor, pisoteada
madre abierta en las noches sin albores,
Penélope de soles y cosechas.

Y heme aquí sin sentido, corneando
mis ijares vacíos por si acaso
aún queda un celemín de estiércol, una
mata de crisantemo o una hormiga
afanada en su ya inútil destino.

(De: El último día, 1971)

Ya había tratado el tema en “Corral de muertos”, pero allí, con un punto de rebeldía, y de manera más humana. Aquí, resignadamente, es la comparecencia de diferentes personajes ante Dios en el “juicio final”, en ofrenda de lo que fue su existencia antes del definitivo regreso al sepultamiento en la tierra.

EL cantaor flamenco

Señor: yo te he ofrecido
lo mejor de mi cante:
te evoqué, humilde, en hondas siguiriyas,
te clamé en soleares
y dejé en la tona mi oscuro sino
al cara o cruz de los que Tú dijeras.
Yo no era nada, ni pasión, ni fuego,
ni voz, ni carne, ni osamenta:
Yo era sólo el fandango o la alegría.
Lo demás era humo
sonrisa o mueca por "seguir tirando".

¿Qué quieres que traiga en la Última Noche,
cuando los negros, lentos bueyes tiran
de un mundo que no es nada,
que, tal vez, no llegó a ser nada: estiércol,
o gusanos sin sol, bajo la tierra?

Aquí, Señor, mi voz y mi tristeza,
lo despeinado y sucio junto al tercio
más cabal de mi copla.
Tómame ya, Señor, si es que algo queda
de aquello que no fui;
pero dame, Señor, sólo un instante,
sólo el tiempo de un soplo en mis cenizas
para llorarte la última saeta...

(De: El último día, 1971)

Amigos poetas visitaban con frecuencia a nuestro autor para conversar y obligarle a salir de casa. José Luis Tejada, recuerda como hacía de cicerone por el pueblo. Blanca Flores, en conversaciones mantenidas con Fernando Quiñones, refleja cómo le hablaba de Julio y de las visitas que le hizo. Recordaba principalmente un paseo de noche junto a Julio y cómo unos desconocidos increparon al poeta; en esto, Julio aceleró el paso y Fernando vio como se alejaba encerrándose en su casa, sin volver a verlo ya. Escena conmovedora y patética que denota la intolerancia e incomprensión de aquellos tiempos.

En 1972 se publica la segunda edición de “Corral de muertos”. Guillermo Sena Medina, gran amigo del poeta consigue que Julio acceda a que se edite “Poemas a Soledad”, en 1975, escrito entre los cuarenta y cincuenta y del que hablé anteriormente.

“Trébol de cuatro hojas”, es el último libro publicado en vida del poeta, en 1976 en la editorial Ángaro, que dirigía su amigo Luis Baena. Sena Medina reordenó los poemas antes de ser publicados. Se publicó en un momento en que el ambiente estaba enrarecido debido al fallecimiento de Franco, unos meses antes. Julio poco disfrutaría, desgraciadamente, de los cambios que paulatinamente se fueron produciendo en el ámbito político y social.

Ya desde Pórtico, primer poema del libro, se vislumbra el estado de desánimo del poeta. Sabedor de que su fin está cerca, la muerte se erige como tema principal. Por otra parte, se da cita la religiosidad en la presencia del Señor, como principal interlocutor. Otro tema que lo recorre es la soledad en la que se encuentra el poeta. Por mucho que amigos y familiares trataran de sacarle de su voluntario apartamiento, parece no haber consuelo para él, debido tanto a la enfermedad como al desconsuelo latente ya en su vida.

Pórtico

A Antonio Cabalga

Se me ha abierto la lepra de la pena,
Señor, como el clavel de tu costado;
no queda más que un yermo, desolado
cardo donde antes era la azucena.

No queda nada más, ni la serena
metáfora de un verso enarbolado;
¿Amigos? ¿Para qué? Solo y clavado
en el duro erial de esta condena.

Nada ni nadie. Tú y tu profecía
de volver otra vez para partirse
al aire de septiembre o a la espera.

¡Qué importa la tristeza o la alegría
si es mejor de una vez, Señor, morirse
que estar muerto de pie sobre la acera!

(De: Trébol de cuatro hojas, 1976)

Pero también tenemos la evocación de los tiempos de infancia y primera juventud. De los tiempos de escuela, del primer amor o de estancias, como el comedor, con sus padres y sus hermanos, todos juntos. Una mirada hacia el pasado nostálgica, con la pérdida y el paso del tiempo de por medio.

El comedor

Aquí, junto a la puerta, se sentaba mi padre;
mi madre, enfrente, taciturna, lejos
y nosotros, los cinco hermanos, éramos
un de acá para allá, un disputarnos
el sitio más cercano o más distante...

Aquí, para el cocido de los jueves,
para el pan y el sosiego de toda la semana,
mi padre hablaba poco, un esbozar apenas
una media palabra que mi madre
solícita y distante completaba.
Y nosotros, un loco gorgear de jilgueros
comentando las clases, los paseos, el cine,
y la naranja viva, meridional y roja
como un punto y aparte a nuestras discusiones.

Ahora soy yo quien tiene
un sitio señalado, ya desaparecidas
las arrugas, las canas de mis padres,
bajo un lomo de piedra mis hermanos
o hacia otro comedor con nuevas luces.

Soy yo quien dice a medias las palabras
sin encontrar un dejo maternal que las clame,
soy yo quien lejos de todo lentamente
me anudo al corazón la servilleta,
esperando que un día, de un hachazo
ya la vida del todo se me vaya
como un punto y aparte a nuestras discusiones,
de este comedor donde clavo mis recuerdos ahora.

(De: Trébol de cuatro hojas, 1976)

Cierra el libro, el tristísimo, Final. Un poema donde Julio en soledad, acompañado únicamente por sus recuerdos y el refugio y consuelo de la poesía, prefigura ya su muerte cercana.

Final

Porque sé que estoy solo,
que tú y aquel y el otro no vais conmigo,
ni estáis en mi siquiera. En la inmensa
noche del mundo Dios marcó unos surcos,
repartió unas parcelas de destino
y a mi me tocó ésta
de mirar hacia atrás y no ver nada,
de enderezar los ojos al camino
y no encontrar más luz que piedra y piedra
y más piedras aún
donde no ajuste el pie y el cuerpo dance
en un triste milagro de equilibrio.

Y yo sé que estoy solo, y sin embargo,
creedme si queréis, no lo siento
porque es mejor estar con uno mismo,
asido a sus pasiones, sus recuerdos,
su loco corazón acribillado
por la ausencia mortal de algún humano
que tender hacia otro cinco dedos,
carrusel de mentiras.
Los cinco dedos con que ahora escribo.

(De: Trébol de cuatro hojas, 1976)

Pepa Caro, poeta Arcense, recordaba emocionada el impacto que le produjo leer “Poemas a Soledad” con catorce años. Coincidió que fueron los últimos años de vida del poeta. Ella lo veía, de lejos, tomar cafés y fumar, en la terraza del bar. Siempre se quedaba con las ganas de hablar con él y expresarle lo que sentía con sus poemas, pero por pudor y timidez, no se atrevía. Desafortunadamente, se enteró de la noticia de su muerte sin haber podido conversar un ratito con él.

Pedro Sevilla, en “Diez de Julio”, tiene una evocación conmovedora del año final del poeta:

Julio era ya un ser ajeno a la vida, ajeno a todo. Tenía
la terquedad y la displicencia de los muertos, a los que virtualmente
pertenecía. Encorvado, aterido, sediento de café, le
vimos por las tardes de aquel 1977 agitado, Pepa Caro y yo,
mientras el pueblo de Arcos, el andaluz, traducía por justicia la
proclama autonómica de los del Norte. Julio ya estaba muerto:
lo que ocurrió en Jerez aquel día de noviembre fue un trámite
preciso, burocrático, para rellenar unos impresos médicos una
página del Registro Civil, sección de fallecimientos.

Hay que hablar de la importancia de Guillermo Sena Medina en la recuperación y publicación de “Poemas a Soledad” y de los últimos libros del poeta Arcense. Llegó a Arcos de la Frontera en los primeros setenta. Vinculado a la carrera de Derecho, ejerció posteriormente de fiscal. Pero también era poeta y trabó amistad con los poetas de la revista “Alcaraván”; concretamente con Julio, llegó a mantener una estrecha relación fraternal. Recuerda Pedro Sevilla emotivamente, como Guillermo lloraba desconsoladamente portando el féretro de Julio Mariscal junto a otros amigos y poetas, la tarde de lluvia del 29 de noviembre de 1977. El mismo Guillermo relataba estos momentos y los anteriores a la muerte del poeta, en el prólogo de “Aún es hoy”:

— “Guillermo, estoy muy mal. ¿Me voy a morir?”
Su hermana le reprende cariñosamente: — “¡Qué cosas tienes!”.
Yo intento decirle que no, que pronto volvería a escribir poemas
y a preparar el próximo libro que, como Trébol de cuatro hojas, le
pasaría a máquina… Hablamos de algo más, frases sueltas, para no
cansarle…
Llegó el médico, nos mandó fuera y prohibió las visitas:
— Adiós Julio (Un adiós, que pese a la gravedad, deseaba no
fuese el definitivo).
— Gracias, Guillermo… Recuerdos a Emilia.
Nuestras manos se apretaron en una cálida despedida. En las
mías sentí el temblor de las suyas, de aquellas manos que ya no volverían
a garabatear indecisamente las menudas letras, los renglones
torcidos de sus poemas.
A las cuatro, Laureano Barrera, Antonio Murciano, Cristóbal
Romero y yo, abrumados por un peso infinitamente superior al físico,
llevamos al amigo a la preciosa Iglesia de Santa María, donde
su pueblo le dijo adiós. Luego el cementerio donde el barro mortal
cuece y se encierra. Poco después de las cinco era enterrado —número
1.750— en su corral de muertos, sin ciprés cercano, allí donde
los hombres se han tendido/ para olvidarse dentro de su muerte.
Se cerraba la tumba cuando, sobre el ataúd, coloqué un ejemplar de
Poemas a Soledad para que, en representación de sus versos y a la
tradicional usanza ibérica, le acompañara en su tránsito infinito.
Poetas y amigos, ensombrecidos como el cielo que no dejó de
llorar, asistimos a su “último día” anonadados por la pérdida de
su voz de “alacranes” definitivamente sin trallazo. Sus compañeros
—Mercedes, Vivi, mi mujer, don Inocencio…— y bastantes de sus
alumnos escuchaban su clase definitiva. Cantaores —el Perro de
Paterna— y pintores —Miguel García de Veas—, todos, sentimos
ese nudo inefable en la garganta.
Julio Mariscal —el primer alcaraván que se nos vuela, se decían
entristecidos Antonio y Cristóbal— había llegado a su meta
humana. Hasta aquí el recuerdo entrañable, dolorido. Pero como
sus poemas no nos abandonan, seguiremos recordándole por ellos,
por su eterna condición de poeta.

“Aún es hoy” es publicado póstumamente en 1980, en la editorial de la colección “La Peñuela” de La Carolina. Se publicó gracias al tesón de Guillermo Sena, quien consiguió la cesión del sobrino del poeta, Aurelio Sánchez Mariscal. Guillermo la prologó sentidamente, como leímos antes. Escrito en 1974, sigue la misma temática que “Trébol de cuatro hojas”, una evocación nostálgica del pasado, como el recuerdo tan emotivo a su madre, en el poema “Madre”.

Madre

Me ha llegado, de pronto, tu presencia
madre mía, en el aire de Septiembre,
cuando el otoño en inicial se cuaja
en breves chaparrones y hojas muertas.
Cuando el otoño, madre, aquí conmigo:
me miraba las manos y eran manos
cuajadas de las tuyas, crisantemos,
alas con que volar otros otoños.
El aire estaba quieto. Parecía
previsto todo para este momento
de niño por tus manos entre tardes
doradas con mandil y abecedario.
O se me alborotaba la mirada,
se me nublaba el cielo de tus ojos
cuando entre estancias y rubor andaba
mi conciencia en alguna travesura.
Era toda la vida, madre mía,
aquí, contigo, amor y pan caliente
mientras que, allá, en el comedor, se helaban
el pan comido a oscuras, los cubiertos,
la amarga soledad de cada día…

24-1-74

(De Aún es hoy, 1980)

La introspección y la soledad están también presentes. Ese apartamiento propio en su pena. También es preciso hacer notar que aunque se expresa para sí, Mariscal se dirige como a una audiencia que sabe que va a leer sus versos, “ni que deciros a vosotros”; esto es muy frecuente en algunos de sus poemas.

Pena

No, no, la pena no, dejadme con mi pena,
no la arranquéis, quemadla al rojo vivo
sobre mi corazón, sobre mis ojos,
sobre la larga sierpe de los años.
Dejadme con mi pena, sí dejadme,
como pendón que la tremole al viento:
Días oscuros, pena; días grises
y también pena en esos días claros,
disantos del penar de cada día.
Dejadme con mi pena que sin ella
no sabría que hacer ni que decirme
ni que deciros a vosotros: pena,
que es el pan y la paz que me consumen.

18-1-74

(De Aún es hoy, 1980)

La muerte, como en su anterior libro, se delimita en la cercanía.

Sombra de la muerte

La sombra de la muerte
ha llamado otra vez en mis cristales:
dedos huesudos, calavera, encías
aún con los dientes del postrer suspiro.
Ha llamado la muerte y era otoño;
una congoja de ciprés y sauce
varaban levemente en la ventana;
una tristeza de ceniza y humo
por la estancia entornada para el frío.
Su sombra está en pie
tirando de mi sombra
amarrando con niebla su deseo.
Pero llegó la luz, fina luz de cristal
por las rendijas y aún puedo ser
cuando casi no he sido.

22-1-74

(De Aún es hoy, 1980)

Aún se observan vestigios del amor, en una dualidad antagónica, puesto que si bien lo rechaza, parece reclamarlo al mismo tiempo.

Llamada al amor

No vengas otra vez. Sigue, persigue
sangres con quince años, amapolas,
lunas de abril o corazón abierto
porque yo ya hace mucho que me puse
el cilicio de octubre en la cordura.
Juega a las cuatro esquinas con las niñas
que todavía no vieron tu cizaña;
clava tus amargores en el labio
que no encuentra otro labio para unirse.

Pero no, ven, ven cuando no te espere
aunque tenga la sangre machacada.
Ruge otra vez por este bosque mío
de años perdidos en los desengaños,
corre, ven, otra vez, me encontrarás abierto,
como el labio sutil de la granada
y volveré contigo aunque en los ojos
me escueza el verde y ocre de la muerte.

1-2-74

(De Aún es hoy, 1980)

Como en tantos poemas, la religiosidad de Julio se vuelve a mostrar en el poema primero del libro, Inicial. Peticiones al Cristo más humano y sufriente, donde el poeta se identifica queriendo sentir el mismo dolor y teniendo a la tierra como elemento final.

Inicial

Señor: Esta parcela que aún me queda
para volver al polvo del que vine,
árala bien, Señor, aunque las rosas
no tengan más que espinas, aunque sea
miel y jazmín la acíbar para el labio.
Me siento renacer mientras me apago:
nuevas alas me nacen cuando el aire
es ya casi dolor y casi gozo,
casi culebra a ras de corazones.
Dame la mano ya desenclavada
aunque solo me sirva para herirme.
Hiéreme tú, Señor, que tus heridas
serán rumbo y clamor para mi esparto.

14-1-74

(De Aún es hoy, 1980)
Julio Mariscal M

En cuanto al estilo, por no extenderme más —en un artículo que pretende mostrar los rasgos principales del poeta y una muestra de su poesía más representativa—, decir que la sencillez domina el conjunto. Apenas figuras retóricas serán empleadas por Julio Mariscal, el simbolismo, las metáforas, algunas antítesis y sentencias. El lenguaje es claro sin ápice de barroquismo, pero expresando de manera intensa sus emociones. Todo ello no supone minusvalorar la poética del poeta, al contrario, pues sus versos llegan con más hondura a nosotros, en una poesía muy cercana a todo lector y más, cuando la gente llana es la que puebla sus poemas.

Víctima de los prejuicios de su tiempo, su obra tampoco se valoró en su justa medida en vida del poeta. Parece que paulatinamente se han ido subsanando estas injusticias. Arcos de la Frontera ha ido realizando una encomiable labor, con homenajes, una calle y una escuela con su nombre. También Paterna y otros lugares de Andalucía, como la Cátedra de Flamencología de Jerez, que concedió también sus honores al poeta; han preservado y divulgado su nombre.

Ha influenciado a poetas jóvenes Arcenses, como Pedro Sevilla, su principal seguidor, pero también a Pepa Caro y Antonio Hernández, entre otros. Los estudios sobre su vida y obra han dado lugar a importantes trabajos, entre los más importantes, los de Pedro Sevilla, Juan de Dios Ruiz Copete y Blanca Flores Cueto. El legado del poeta está a buen recaudo con su sobrino, Aurelio Sánchez Mariscal, quien atesora abundante material inédito, que tal vez un día pueda salir a la luz, pese a sus reticencias. Mención particular merece la esplendida edición de la Poesía completa, de La Isla de Siltolá, que ha puesto en el lugar que merece a Julio Mariscal Montes.

Referencias Bibliográficas y Audiovisuales:

Julio Mariscal Montes “Poesía Completa”, Editorial Isla de Siltolá, 2014 Excelente edición, podríamos decir que la definitiva en torno al poeta y con una introducción de Blanca Flores Cueto , de referencia obligada.

poesia completa julio mariscal montes

Pedro Sevilla “Diez de Julio. Antología y estudio de la obra de Julio Mariscal Montes” (Ayuntamiento de Arcos de la Frontera, 1990). El poeta Pedro Sevilla, a pesar de ser considerablemente más joven, trabó amistad con Julio Mariscal Montes. Fue el primero en estudiar la obra del poeta.

pedro sevilla

Juan de Dios Ruiz Copete “Julio Mariscal: El poeta y su obra” (Diputación de Cádiz, 2001). Otro considerable estudio sobre Julio, del crítico literario, columnista y también poeta.

Ruiz Copete

Javier Salmerón “De noviembre a Julio”, 2018. Excelente disco que Javier Salmerón editara en 2018, dedicado al poeta; además de poder escucharlo en plataformas, podéis conseguirlo aquí Está muy bien editado, con cariño; al igual que su otro disco, de carácter más personal y tintes autobiográficos, “Comprar el purgatorio”, de 2020.

J.Salmeron Julio

José Soto “Canta al poeta Julio Mariscal Montes”, 2006. De escasa información dispongo sobre este disco editado en 2006. Se pueden escuchar cuatro vídeos de sus canciones en Youtube. Sé que José Soto es Arcense y el disco fue publicado allí, bajo apoyo del Ayuntamiento. También ha editado en 2020 otro disco, más accesible para la escucha y la adquisición, donde incluye algunas composiciones de poemas de Julio y en el que Pepa Caro ha adaptado letras.

Recordando a Julio Mariscal, 2018. Excelente documental. Es un homenaje dedicado con cariño por el pueblo de Paterna a Julio Mariscal. También intervienen Blanca Flores Cueto y Pedro Sevilla, entre otros. El guion es de Juan F. Sánchez y la codirección con Antonio Lozano Gil. Lo podéis disfrutar a continuación:

Imágenes de Julio Mariscal Montes © Aurelio Sánchez Mariscal y herederos de Julio Mariscal.

Scroll al inicio