Crítica de La bestia debe morir, de Nicholas Blake.
Desde su título, La bestia debe morir anuncia una pulsión oscura: la venganza como motor narrativo, pero también como dilema moral. Nicholas Blake —seudónimo literario de Cecil Day-Lewis— construye una novela negra que se aleja del puro mecanismo policial para adentrarse en zonas más turbias: el duelo, la culpa, la escritura como forma de expiación.
Excelente novela policial del poeta y novelista irlandés Cecil Day-Lewis, quien firmó sus obras de género bajo el seudónimo de Nicholas Blake. La bestia debe morir, publicada originalmente en 1938, es una pieza singular dentro del canon británico de novela negra: no solo por su estructura narrativa en cinco partes claramente diferenciadas, sino por la forma en que articula venganza, escritura y culpa en un relato de tensión psicológica sostenida.

La originalidad principal reside en la primera parte, narrada en primera persona por Frank Cairnes, escritor de novelas policiales que firma como Felix Lane. Lo que leemos es su diario íntimo, donde confiesa —con una mezcla de dolor, método y desesperación— su decisión de cometer un crimen real: vengar la muerte de su hijo atropellado por un conductor que nunca fue identificado. El diario no es solo un registro emocional, sino también un plan minucioso, una escritura que se convierte en arma.
La segunda parte abandona la voz de Cairnes y adopta un narrador omnisciente, que nos sitúa en la jornada en que presuntamente se ejecutará el crimen. La tensión narrativa se sostiene por la ambigüedad: ¿se llevará a cabo el asesinato? ¿Quién sabe qué? ¿Qué parte del plan se ha cumplido?
En la tercera parte, continúa el relato omnisciente y aparecen los personajes centrales del universo Blake: el detective Nigel Strangeways, su mujer Georgia, y el inspector jefe de Scotland Yard, Blount. Se abre la investigación de lo que podría ser un suicidio o un asesinato, y el tono cambia: del diario íntimo pasamos al procedimiento policial, pero sin perder la carga emocional que arrastra el texto desde el inicio.
La cuarta parte culmina la investigación y revela el enigma: qué ocurrió realmente con la víctima, cómo se cruzan los motivos de los personajes, y qué papel juega la escritura en la resolución del caso. El epílogo, breve pero contundente, muestra las consecuencias de lo acontecido, cerrando el arco narrativo con una nota de ambigüedad moral que refuerza la complejidad del relato.
La novela fue elegida por Bioy Casares y Borges para inaugurar su célebre colección policial El Séptimo Círculo, lo que ya indica su calidad literaria y su capacidad para trascender el género. También apareció en la colección Club del Misterio, con el número 8, consolidando su lugar en el imaginario lector hispanoamericano.
la arquitectura narrativa de La bestia debe morir
La estructura de La bestia debe morir es uno de los elementos que la convierten en una obra singular dentro del policial británico. Nicholas Blake articula la novela en cuatro partes y un epílogo, pero no como una mera división formal, sino como un dispositivo que altera la perspectiva, el tono y la función de la narración en cada tramo. El resultado es una obra que combina diario íntimo, relato omnisciente e investigación policial sin perder coherencia interna.
La primera parte, escrita en forma de diario por Frank Cairnes, funciona como un espacio de confesión y planificación. Aquí la escritura es acción: Cairnes no solo narra, sino que construye el crimen mientras lo escribe. La voz en primera persona introduce una subjetividad cargada de dolor, obsesión y racionalización moral. El lector accede a un territorio ambiguo donde la escritura se convierte en método, coartada y desahogo. Esta sección, por sí sola, ya subvierte el policial clásico: el criminal habla antes de que exista el crimen.
La segunda parte rompe ese pacto íntimo y adopta un narrador omnisciente. El cambio de voz no es un simple relevo técnico: es un desplazamiento de poder. El lector deja de estar dentro de la mente del posible asesino y pasa a observar los hechos desde fuera, con una distancia que introduce incertidumbre. Lo que en el diario parecía inevitable se vuelve ahora dudoso. Blake juega con la tensión entre lo escrito y lo vivido, entre el plan y su ejecución.
La tercera parte introduce a Nigel Strangeways y al aparato policial. Aquí la novela se acerca más al género detectivesco tradicional, pero sin abandonar la complejidad psicológica que arrastra desde el inicio. La investigación se construye sobre capas de versiones, silencios y contradicciones. La entrada de Strangeways no borra la subjetividad previa: la ilumina desde otro ángulo. El lector, que ya conoce el diario, lee la investigación con una ventaja inquietante.
La cuarta parte resuelve el enigma, pero no clausura del todo la ambigüedad moral. Blake evita el cierre moralizante y opta por una resolución que combina lógica policial y resonancia emocional. El crimen —o su ausencia— importa menos que la forma en que los personajes se relacionan con la culpa, la pérdida y la responsabilidad.
El epílogo actúa como una cámara de eco: muestra las consecuencias, pero también la imposibilidad de cerrar del todo una historia donde la escritura ha sido motor, máscara y testimonio. Es un final que no tranquiliza, sino que deja vibrando la pregunta central: ¿qué puede la literatura frente al dolor?
En conjunto, la estructura de La bestia debe morir es un mecanismo narrativo que se despliega como un tríptico: confesión, observación, investigación. Cada parte reescribe la anterior y obliga al lector a reposicionarse. Es esta arquitectura —más que el misterio en sí— lo que convierte la novela en una pieza mayor del policial psicológico.
Balance crítico
La bestia debe morir destaca por su estructura en diario, narración omnisciente e investigación policial, una combinación que Nicholas Blake utiliza para explorar la venganza, la culpa y la escritura como motor del crimen. Una novela esencial del policial británico, elegida por Borges y Bioy para inaugurar El Séptimo Círculo.
Como complemento atmosférico a la lectura, recomiendo el disco Shamal Wind (2018), del flautista y saxofonista inglés Chip Wickham, grabado en Madrid. Su mezcla de jazz espiritual, fusión y texturas envolventes acompaña perfectamente el tono introspectivo y obsesivo de la novela. Entre los músicos destacan Ton Risco (vibráfono), Phil Wilkinson (piano), David Salvador (contrabajo), Antonio Álvarez Pax (batería), David el Indio (percusión), Matthew Halsall (trompeta en The Mirage) y Gabri Casanova (Wurlitzer en Rebel No.23). Un disco que, como la novela, trabaja con capas, atmósferas y silencios cargados de sentido.
La bestia debe morir, de Nicholas Blake
Editorial R.B.A., 2011 ↗️
Y si el lector quiere seguir explorando las zonas turbias del policial, puede adentrarse en el universo de Philip Marlowe, el detective creado por Raymond Chandler, donde la ética se sostiene a solas entre el humo, la corrupción y el desencanto. En Querido Bartleby hemos reseñado seis de sus novelas, cada una con su propio ritmo, su propia sombra, su propio modo de mirar la ciudad. Blake y Chandler no se parecen, pero comparten algo: la convicción de que el crimen, para ser narrado, exige estilo. ↗️


