La visión incendiaria de Roberto Arlt en Los siete locos.
En Los siete locos (1929), Roberto Arlt construye una novela desbordante, amarga y visionaria, donde la ciudad de Buenos Aires se convierte en un escenario de conspiraciones, delirios y frustraciones. A través de personajes que bordean la locura y la desesperación, Arlt traza un retrato feroz de una sociedad corroída por la miseria moral y económica. La edición de Cátedra (2011) permite revisitar esta obra desde una perspectiva crítica que ilumina su potencia literaria y su vigencia.
Aún manteniendo las constantes de El Juguete Rabioso (Ver Aquí), Los siete locos cambia de registro y ajusta su lenguaje a la visión deformada de la realidad que experimenta su antihéroe, Erdosain. Buenos Aires aparece como un espacio extraño y amenazador, donde los objetos adquieren una perspectiva geométrica, casi desquiciada, que refleja la fractura interior del protagonista. Como Astier, Erdosain malvive de un trabajo miserable y ve en la estafa una posible salida a sus penurias, un modo desesperado de sostenerse en un mundo que parece conspirar contra él.
La influencia de Dostoievski es todavía más evidente en esta novela. Como Raskólnikov, Erdosain carga con un profundo sentimiento de culpa, pero en su caso pesa aún más la humillación que sufre a manos de sus superiores en el trabajo. Se siente “expulsado” de la vida normal: apartado de la esfera laboral, abandonado por su mujer, empujado hacia un territorio exterior donde ya no rigen las normas comunes. Esa deriva lo conduce a oponerse a sus semejantes y a Dios, cuestionando incluso al Creador de su existencia. Es un movimiento que encarna un nihilismo de raíz nietzscheana, donde la pérdida de sentido se convierte en el motor de su desesperación.
Erdosain cae en un vacío existencial que remite de forma clara a la influencia que Sartre ejercía sobre buena parte de la literatura de aquellos años. También en él se manifiesta lo que el filósofo llamaba la “ascesis de la abyección”: la búsqueda de un sentido vital a través de la recreación de la malignidad, como si sólo en el envilecimiento encontrara una forma de afirmarse frente al mundo.
El protagonista halla un contrapunto —y un espejo deformante— en otro personaje que adquiere un peso casi equivalente al suyo: el Astrólogo. Figura ambigua, dueño de un discurso que oscila entre la lucidez y el delirio, pretende fundar una sociedad secreta capaz de sacudir los cimientos de una sociedad adormecida. Su proyecto conspirativo, a medio camino entre la farsa y la amenaza real, arrastra a Erdosain hacia un territorio donde la ficción, la ideología y la desesperación se confunden.
Se podría decir que en Los siete locos asistimos a dos novelas dentro de la novela. Por un lado, el seguimiento de Erdosain, con sus pensamientos atormentados y deformados, y con las acciones que lo empujan cada vez más hacia el abismo. Por otro, el seguimiento del Astrólogo, cuyos delirios y proyectos conspirativos adquieren un peso propio dentro del relato.
El Astrólogo es un personaje profundamente contradictorio: mezcla ideas marxistas y leninistas con simpatías fascistas —incluida la defensa de Mussolini—, a la vez que sostiene creencias religiosas y una supuesta vuelta a la fe. Sus discursos grandilocuentes ejercen un poder de atracción casi hipnótico, y Arlt parece anticipar en ellos los momentos convulsos de exaltación ideológica que desembocarían en el nazismo. Otra lectura posible es ver al Astrólogo como un embaucador, un pícaro moderno cuyo discurso falaz no persigue más que su propio beneficio.
Conviene señalar que Arlt anuncia en un momento dado la continuación de la historia en su siguiente novela, Los lanzallamas, donde muchas de estas tensiones encuentran su desarrollo y desenlace.

Otros personajes se dan cita en la novela, aunque ninguno alcanza la relevancia de Erdosain y el Astrólogo. Entre ellos destaca Barsut, el cuñado de Erdosain, a quien este contempla con una mezcla de desprecio y atracción, como si viera en él una versión deformada de su propio “yo”. También aparece el Rufián Melancólico, matemático de alto nivel intelectual que, sin embargo, ejerce de proxeneta y reduce a las mujeres a meros objetos, sometiéndolas y explotándolas.
En estos retratos se hace visible la misoginia de Arlt, quizá vinculada a la insatisfacción que arrastraba en su propio matrimonio. Esa tensión se refleja también en la relación entre Erdosain y Elsa, su mujer: ella se siente incomprendida, mientras él es plenamente consciente de su incapacidad para satisfacerla, un fracaso íntimo que reproduce el del propio Arlt. En las cartas que enviaba a su hermana Lila, el autor confesaba los conflictos y tormentos de su vida conyugal, que encuentran eco en la novela:
“Algún día en un libro, será el más espantoso que escriba y lo empezaré pronto, contaré mis relaciones con Carmen. Mi vida de sufrimiento con esta mujer con la que me casé. Tengo tantas y tantas cosas que escribir y que contar, a favor y en contra de mí, que ahora sé que todo lo que se ha escrito vale, y vale porque fue escrito con sangre.”
“Ella permanece impasible leyendo un libro que a mi me hace llorar a gritos. Qué querés. Somos dos sensibilidades distintas. Dos vidas distintas. El único punto de contacto es el instinto, satisfecho éste (sería más cómodo ir a un prostíbulo) no queda entre nosotros sino frialdad y desgano.”
Otro personaje destacable es Ergueta, marcado por un alto grado de locura y misticismo. Su presencia introduce un matiz delirante que amplifica la atmósfera ya de por sí inestable de la novela.
Es brillante la manera en que Arlt incorpora la figura de un cronista de la historia, un narrador que a veces adopta una posición omnisciente y, en otras, aclara que lo que cuenta procede directamente del relato de Erdosain. Ese vaivén entre la distancia y la proximidad narrativa refuerza la sensación de inestabilidad y de verdad fragmentada que atraviesa toda la obra.
Como en El juguete rabioso, lo trágico y lo cómico terminan desembocando en lo grotesco. En una escena donde aparentemente se lucha por la vida, a un personaje se le desgarra el pantalón y queda con las nalgas al aire, un detalle que desarma la solemnidad del momento y lo convierte en una farsa amarga. La animalización de los personajes es otro recurso característico: el gerente del lugar donde trabaja Erdosain aparece con “cabeza de jabalí”; Ergueta tiene “perfil de gavilán”; Barsut, el cuñado, es descrito como un ave carnicera. Arlt utiliza estas imágenes para subrayar la degradación moral y la violencia latente que impregnan su universo narrativo.
Arlt proyecta en sus personajes su propia angustia, fruto de una relación conflictiva con su padre, del trabajo extenuante, de la infelicidad matrimonial y del desprecio de los intelectuales, que no veían valor alguno en sus ideas ni en su obra. Esa herida biográfica se filtra en sus criaturas literarias, que encarnan la misma mezcla de frustración, rebeldía y desamparo. Como señaló su hija Mirta en el prólogo a Los siete locos, Arlt era Astier o Erdosain y viceversa: una identificación profunda que convierte la novela en un espejo deformante, pero fiel, de su propio malestar. Él mismo expresaba en una carta a su hermana:
“Pensá que yo puedo ser Erdosain, pensá que ese dolor no se inventa, ni tampoco es literatura”.
Con Los siete locos, Roberto Arlt firma una de las novelas más radicales de la literatura argentina del siglo XX. Publicada en 1929 y recuperada en la edición crítica de Cátedra (2011), la obra despliega un universo de conspiradores, marginados y visionarios que encarnan la descomposición social de su tiempo. Su escritura áspera, directa y profundamente moderna convierte este libro en una lectura imprescindible.
Arlt mezclaba variedad de lenguas, incluyendo el lunfardo; bastante empleado en letras de tango. El grupo argentino de Córdoba, Guaso Abrojal, rescata la manera tradicional de interpretar tangos y milongas:
Editorial: Cátedra, Letras Hispánicas, edición 2011 ↗️
Edición: Flora Guzmán.
Fuente de Imagen de Roberto Arlt: La Fotografía en la Historia Argentina. Tomo II, Buenos Aires, Clarín, 2005, p. 221. Dominio público


