La fractura como origen: Valeria Luiselli en “Principio, medio, fin”

Principio, medio, fin, de Valeria Luiselli
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Valeria Luiselli y la poética de la hendidura.

Desde que comenzó a publicar, Valeria Luiselli (Ciudad de México, 1983) ha ido construyendo una obra que se sale de lo común y que hoy es de las más interesantes en Hispanoamérica. Su forma de escribir mezcla ficción, ensayos y política de manera muy natural, saltando entre géneros e idiomas sin esfuerzo. Al leerla, parece que cada uno de sus libros es solo una parada temporal en un viaje que sigue siempre hacia adelante.

En su primera novela, Los ingrávidos, exploraba cómo se mezclan los tiempos y las voces, borrando la frontera entre lo que pasó de verdad y lo que se imagina. Con La historia de mis dientes, jugó con la idea de contar historias y cómo estas se van inventando entre varios, haciendo del libro algo muy dinámico y original. En Desierto sonoro, el viaje por carretera se convierte en una reflexión sobre la importancia de escuchar las historias de los migrantes. Recuerdo que tuve que pausar la lectura varias veces. Había escenas con tanta fuerza que necesitaba tomarme un respiro para asimilarlo todo con calma.

Por otro lado, sus libros de no ficción, como Papeles falsos y Los niños perdidos, muestran una forma de pensar muy clara y sensible. En ellos mezcla ideas profundas con mucha intuición, prestando atención a temas como la memoria y lo que significa tener que irse de un lugar a otro. Son textos que observan el mundo con mucha precisión, pero sin perder nunca el lado humano. Hay partes que se sienten muy personales, como si te las estuvieran contando en voz baja.

En todos sus libros, Luiselli vuelve a los mismos temas una y otra vez, aunque siempre los trabaja de forma distinta. Le interesa saber de dónde venimos, cómo empezar de nuevo tras una ruptura, cómo el hecho de escuchar nos ayuda a entender el mundo o cómo la imaginación nos sirve para salir adelante. También habla de cómo la maternidad cambia la forma de mirar lo que nos rodea y de que escribir es, sobre todo, un proceso constante más que un resultado terminado.

Valeria Luiselli, 2016
Valeria Luiselli, 2016 (Por Andrew Lih CC BY-SA 3.0)

En su libro Principio, medio, fin, Valeria Luiselli lleva sus ideas a un terreno mucho más personal y directo. Una ruptura no tiene por qué ser el final de todo. En realidad, puede ser el principio de algo nuevo, una oportunidad que aparece de repente en lugar de ser simplemente un cierre. No se queda solo en experimentar con la estructura de la escritura, sino que mete en la mezcla su propia vida, su historia familiar y su experiencia con temas como la maternidad, los mitos y la memoria.

Es un libro que se siente como un proceso abierto, escrito desde la duda y desde ese espacio donde las cosas todavía no terminan de encajar.

Lo que hace que esta novela funcione es precisamente que la autora no busca tener todas las respuestas. En lugar de intentar explicar el mundo de forma cerrada, Luiselli se dedica a escucharlo y a habitarlo con toda su inestabilidad. Esa sensación de fragilidad, que otros podrían ver como un problema, es lo que le permite avanzar en el relato.

El origen del libro es una pregunta que le hizo su hija una noche mientras leían mitos griegos: ¿por qué en tantas historias sobre el comienzo de las cosas todo aparece dividido en dos? Luiselli se dio cuenta de que no tenía una respuesta clara. Entendía lo que significa dividirse, como cuando un cuerpo se abre para dar vida, pero no podía explicar por qué el origen siempre parece necesitar esa ruptura. Esa falta de certeza es lo que pone en marcha la escritura. El libro nace de ese hueco, de la idea de que algo debe romperse para que algo distinto pueda surgir.

Desde ese punto, Luiselli inicia un viaje que recorre lugares físicos y emociones, pero que también es una exploración de su propia forma de escribir y de escucharse a sí misma.

Un viaje para recomenzar

Antes de que la historia entre de lleno en temas más simbólicos, Valeria Luiselli se centra en algo mucho más simple: un viaje para intentar empezar de nuevo. La narradora es una madre que acaba de divorciarse, se siente agotada por un trabajo que tuvo en la frontera y sabe que su matrimonio ya no daba para más. Por eso decide irse con su hija adolescente sin un plan demasiado claro, simplemente con la necesidad de moverse para no quedarse estancada en una situación que ya no funcionaba.

Las dos viajan con esa sensación extraña de no tener un lugar fijo. La madre quiere un nuevo comienzo, aunque sospecha que eso de empezar de cero es más bien un relato que nos inventamos para poder seguir adelante. Desde el principio aparecen dudas sobre qué significa realmente empezar y cómo se hace para reconstruir algo cuando lo que se rompió parece no tener arreglo.

Durante meses recorren Europa sin rumbo. Pasan por hoteles, cafés y ciudades que les resultan ajenas. En el camino ocurren cosas raras, como cuando a la madre se le cae una muela en la sopa o ven a unos chicos nadando con los zapatos puestos. Son momentos que no tienen una explicación directa, pero que dejan una sensación de que algo en el mundo está un poco torcido.

La relación entre madre e hija también está cambiando. Se miran con afecto pero con cierta distancia, tratando de encontrar una nueva forma de estar juntas ahora que la familia que conocían se desarmó.

El viaje llega a su punto clave en Catania, Sicilia, la tierra de la bisabuela Nanna. En ese lugar, rodeadas de vientos fuertes y del volcán Etna, la madre empieza a contar la historia de su antepasada, que fue una mujer de campo, migrante y sobreviviente de un naufragio. Mientras recorren la isla, las dos empiezan a reconocer rasgos de esa mujer en ellas mismas, como si la memoria familiar fuera algo que las atraviesa.

Se instalan en el departamento de un pianista que tuvo una relación con la madre. En esa casa llena de objetos extraños, la narradora intenta armar una rutina básica: cocinar algo sencillo, leerle a su hija por las noches y tratar de organizar un futuro, aunque sea improvisado. Las dos están aprendiendo a convivir de nuevo después de la ruptura familiar.

Al final, todo se reduce a la pregunta de cómo empieza algo nuevo, qué tiene que romperse para que eso pase y si realmente es posible tener un nuevo principio.

LEVANTE: la fractura como clima

En su libro Principio, medio, fin, Valeria Luiselli mezcla los mitos antiguos y la naturaleza con la vida diaria de una forma muy directa. El escenario es Sicilia, y el clima de la isla, con su volcán y sus vientos, termina reflejando el estado de ánimo de la protagonista; es como si el paisaje fuera un espejo de sus miedos y de sus ganas de empezar de nuevo.

La maternidad se describe aquí como una forma de estar siempre atenta, casi como seguir la órbita de un planeta. La madre observa a su hija con una mezcla de cariño y extrañeza, sobre todo ahora que la niña se acerca a la adolescencia. Ser madre no se trata de seguir un manual de instrucciones. Es más bien una forma de ver la vida a través de las cosas pequeñas y la rutina diaria, como lavar la verdura o sentarse a leer juntas. Son gestos que no solucionan los problemas grandes, pero ayudan a aguantar.

Luiselli utiliza mucho la idea del eco. Se refiere a historias antiguas, mitos y también a las manías de la familia. Para ella, lo que heredamos de nuestros antepasados no es algo que va en línea recta, sino algo que vuelve una y otra vez en nuestros gestos y miedos. La hija es la primera en notar estas repeticiones en los libros y en las historias que le cuenta su abuela; ella capta lo que se transmite sin necesidad de palabras.

En medio de todo esto aparece la figura de Proteo, que representa el cambio y la transformación. La narradora lo busca en los libros clásicos para tratar de entender cómo escribir una historia que cambia de forma constantemente. La novela misma parece un organismo que se va transformando mientras intenta contar algo que se ha roto.

También se explora la relación entre varias generaciones de mujeres: la hija, la madre, la abuela y la bisabuela. Cada una tiene su propia forma de ver el mundo. La autora la muestra como un conjunto de recuerdos a veces incompletos o difíciles de llevar.

Por otro lado, aparece el deseo. La relación de la madre con un turista es más bien una reacción del cuerpo que vuelve a sentir después de mucho silencio tras el divorcio. Se muestra la dificultad de encajar el deseo adulto con el cuidado de una hija, y se hace con mucha honestidad, sin dramas innecesarios.

Al final, el libro se mueve en esa grieta que queda entre lo que se terminó y lo que está empezando. La pregunta que hace la niña sobre las cosas que se parten en dos se convierte en el centro de todo. La autora no intenta dar una respuesta. Prefiere quedarse con la duda y explorar ese punto medio entre ser madre y ser mujer, porque siente que ahí es donde su escritura sale de forma más natural y honesta.

PONENTE: la mitad, el temblor

Si Levante era el territorio de la fractura —la madre y la hija buscando un nuevo comienzo, la isla convertida en clima emocional, Proteo como figura que lo irradia todo—, Ponente desplaza la novela hacia un registro más inestable, más movedizo, más sísmico. Aquí, Luiselli afina su poética del temblor: no solo tiemblan los suelos de Sicilia, también lo hacen la escritura, la memoria, la identidad, la relación madre‑hija, la genealogía, el deseo e incluso el propio género literario. Todo se vuelve un terreno que se desplaza bajo los pies, un espacio donde nada permanece fijo y donde cada movimiento revela una capa nueva.

La novela se vuelve más consciente de sí misma. La narradora se pregunta qué es una trama, qué significa estar “a la mitad”, cómo se sostiene una historia cuando la vida está suspendida entre dos orillas. Luiselli introduce entonces una defensa implícita de la mitad: ese espacio sin origen ni destino, donde lo único que existe es el tránsito, la deriva, la incertidumbre.

La maternidad en esta etapa se presenta como un desafío lleno de matices y contradicciones. La narradora busca mantener su rutina diaria —café, pan dulce, ajedrez, caminos secundarios— mientras su brújula interna parece perderse. La ansiedad, el temor, la sensación de no estar a la altura y la lucha por brindarle a su hija un entorno estable se manifiestan de manera sutil, pero con claridad.

La novela entiende la maternidad como una vulnerabilidad radical, alejándose de la idea de que se trata simplemente de un rol a desempeñar. Es un estar expuesta, un avanzar a tientas, un cuidar mientras una misma tiembla. Y esa fragilidad, lejos de restarle fuerza al relato, es lo que lo vuelve más verdadero.

La hija va ganando peso en la historia y deja de ser solo la niña que mira desde fuera. Ahora se nota que piensa de forma más crítica y entiende mejor lo que pasa a su alrededor. Se fija en cosas que a la madre se le pasan por alto, como el peluquín de un turista o una cámara que no debería estar ahí, y además tiene un humor muy agudo. Para Valeria Luiselli, la adolescencia es ese momento de transición donde se mezclan las luces y las sombras de forma natural.

La historia se centra más en las mujeres de la familia. Aparece la madre de la protagonista, una mujer sabia pero algo excéntrica que a veces se desorienta. Entre sus mensajes por la noche, sus traducciones de Virgilio y sus ideas ecologistas, se nota que su memoria empieza a fallar. Esto trae un miedo nuevo: ver cómo se apagan las personas que siempre han sido nuestro pilar. El libro no ve la herencia como algo que simplemente se recibe; la entiende como un deber. ¿Qué hacemos cuando nos toca cuidar a quienes siempre nos han cuidado?

Por otro lado, la figura de Proteo va ganando mucho peso en el relato, tanto por lo que significa el mito como por la manera de organizar la escritura. La autora lo busca en las obras de Homero, Ovidio o Steinbeck, pero también en los recuerdos de su madre y en su propia herencia familiar. Para ella, Proteo representa el cambio constante, el origen de todo y una especie de guía que a veces confunde y otras veces muestra verdades difíciles de asimilar.

En el fondo, esa es la gran duda del texto: ¿cómo se puede contar algo que no para de transformarse? ¿De qué manera se escribe una novela que sea a la vez ensayo, diario y crónica familiar sin perder nunca el hilo?

Valeria Luiselli habla de la relación con el turista con una sinceridad que no se suele ver. Muestra cómo se mezcla lo que ella siente como mujer con el hecho de estar con su hija, y lo incómodo o difícil que eso puede ser a veces. El libro no trata de dar lecciones de moral ni de llamar la atención, simplemente enseña lo complejas que son las cosas. Describe muy bien los efectos después de un divorcio, la fragilidad y el deseo a la vez. Lo que más destaca es que la autora mira todo lo que pasa sin juzgar, y eso requiere mucha valentía al escribir.

Sicilia funciona como un lugar donde los mitos y la realidad se mezclan constantemente. Los vientos, el volcán Etna, las carreteras secundarias, los pueblos anclados en el tiempo, los migrantes recientes, los tombaroli, las ruinas romanas y los mosaicos ocultos durante siglos parecen estar conectados. La isla se siente como un ser vivo que acompaña los pensamientos de la narradora. Al final, ella usa el paisaje y la historia de la tierra para entender mejor sus propias emociones y encontrarse a sí misma.

En Ponente se explora a fondo nuestra forma de entender el tiempo. La narradora explica que el tiempo en una novela suele avanzar en línea recta, mientras que en un ensayo es más pausado y sirve para reflexionar. Lo central aquí es cómo sentimos el tiempo, cómo lo narramos y de qué manera lo sostenemos. A partir de esto, aparece una pregunta: ¿qué significa viajar en el tiempo desde un punto de vista emocional? Esta idea se relaciona con volver a la infancia y a las raíces de la familia, como la isla de la bisabuela y todas esas historias y mitos que nos han formado.

La historia de la Nanna es de las partes más intensas del libro. Entre el naufragio, la boya que la salvó y su vida entre Sicilia y México, se ve cómo sus recuerdos se van apagando. Luiselli escribe sobre la memoria como un lugar donde se mezcla lo heroico con lo triste, y donde lo que recordamos siempre tiene algo de invento. La Nanna es una especie de leyenda en la familia, pero también funciona como un aviso de que la memoria no es algo sólido en lo que se pueda confiar siempre.

SCIROCCO: combustión, desorden, revelación

Con la parte de Scirocco la historia se vuelve mucho más aguda. El viento no es simplemente una cuestión del clima. Se siente como si acompañara el estado de ánimo de la madre y la hija, moviéndose de la misma forma en que ellas se sienten por dentro. A partir de aquí el ritmo se acelera y todo se siente más frágil y confuso. Luiselli usa el clima para darle forma a lo que cuenta, haciendo que el viento desordene las cosas y empuje la novela hacia su momento de mayor tensión.

Lo más llamativo de esta parte es el cambio de voz. Ahora la hija es la que toma la palabra y escribe de noche, mientras vigila a su madre y cuida el fuego. No es solo cambiar una cosa por otra. Este cambio nos da una visión distinta y nos ayuda a ver lo que ya conocíamos con otros ojos. No es que sea una niña ingenua. Ve las cosas muy claras y entiende a su madre mejor de lo que ella misma se conoce.

La hija escribe para la abuela, pero también para sostener a su madre y completar lo que ella dejó a medias. Al final, es una forma de cuidarla: la hija termina de escribir la historia que su madre no supo cerrar.

En esta parte, la novela se vuelve más abiertamente metaficcional. La hija sabe que su madre está escribiendo un libro sobre una madre y una hija, y sabe también que la madre no ha podido escribir el final. Por eso decide hacerlo ella. La novela se convierte así en un libro que se completa desde dentro, gracias a la voz menos esperada.

Valeria Luiselli logra algo que no suele pasar: escribe una historia que habla sobre la propia literatura pero que no se siente fría ni difícil de entender, sino muy humana. Para ella, los libros son una forma de salir adelante y de apoyar a las personas que queremos cuando las cosas se ponen complicadas.

Todo el paisaje se ve devorado por el fuego: hay cenizas, cielos naranjas, carreteras cortadas y pueblos vacíos. Sin embargo, lo que realmente importa no es el desastre en sí, sino cómo lo cuenta la hija. Lo hace con miedo y asombro, pero también con una responsabilidad que sorprende. Ella ve que su madre está agotada y que no puede más, así que entiende que ahora le toca a ella ayudar a mantener las cosas en pie. En lugar de centrarse solo en el espectáculo de los incendios, la novela usa esa situación para hablar de lo que sienten los personajes.

En esta parte la relación entre madre e hija se vuelve muy sensible. La niña nota lo que su madre intenta esconder, como su tristeza o su ansiedad, pero en lugar de juzgarla decide cuidarla. Se inventa historias sobre el tiempo para distraerla y ayudarla a que no se rinda.

El libro explica que amar a alguien va más allá de protegerlo. También se trata de entender a la persona y de tener ese lenguaje propio, esos detalles o códigos compartidos que son los que realmente hacen que la relación funcione. Al final la hija sostiene a la madre con sus relatos, de la misma forma que su madre la sostuvo a ella con mitos cuando era pequeña.

Proteo deja de ser solo un personaje de los mitos y se convierte en algo que las sostiene por dentro. La hija siente que el mosaico es su misión y la forma de poner orden a los días. No tiene importancia si sus teorías son literales o no, lo que vale es que le sirven para entenderse con su madre. Al final, Proteo es lo que les permite seguir hablando mientras todo a su alrededor se rompe.

Esta novela trata sobre la memoria y cómo influye en una familia. Todo empieza cuando la abuela, que vive lejos, empieza a mandar mensajes que cada vez se entienden menos, lo que demuestra que su salud mental está empeorando. Esto preocupa mucho a la hija, que tiene miedo de que a su propia madre le pase lo mismo. La historia presenta la memoria como algo que mantiene unida a la familia, pero que inevitablemente se va perdiendo con el tiempo. Por eso, la hija empieza a escribir para intentar salvar esos recuerdos que se están borrando, sintiendo que al hacerlo está recordando por los que ya no pueden.

En Scirocco, Valeria Luiselli emplea mucho la idea de que todo se repite, como si fueran ecos. Se mezclan mitos, historias familiares y recuerdos en todo momento. Hay una escena que explica bien de qué trata la novela: la hija escribe desde la ventana mientras ve a su madre trabajar a oscuras. Es básicamente una madre que intenta cargar con el mundo y una hija que intenta sostener a su madre. Al final, la escritura funciona como un puente entre las dos y es su forma de compartir el tiempo.

Lejos de cerrar la historia, el final de esta parte la deja abierta. Valeria Luiselli no termina el relato por completo; lo deja con cierta continuidad. La novela parece decirnos que los finales no son puntos de parada; son algo que sigue fluyendo, como una corriente que se desplaza sin necesidad de clausura. No hace falta intentar arreglarlo todo cada vez que pasa algo.

A veces lo más valioso es simplemente estar presente y acompañar el momento, sin sentir la presión de tener que corregir lo que está sucediendo. Aunque el origen de las cosas esté dañado, en ese hueco todavía hay espacio para el afecto, la imaginación y la propia escritura.

Archivo visual, archivo sonoro: la novela expandida

Tras las tres partes, el libro incorpora un archivo de postales, documentos y polaroids que no funciona como un apéndice; es materia esencial, una prolongación del relato que lo completa desde otro registro. Las imágenes no sirven solo para decorar. Tienen su propia lógica y nos hacen pensar, aportando un significado que a veces las palabras no pueden transmitir por sí solas.

El audiolibro añade otra capa: un mapa sonoro grabado en Sicilia y en las islas Eólicas. Mareas, vientos, exhalaciones volcánicas, campanas, voces de pescadores. A veces, incluso, un silencio que parece arrastrar algo de sal. Funciona como prolongación del libro.

Valeria Luiselli convierte el sonido en un coro griego hecho de elementos, un coro que respira y se desordena un poco cuando el viento cambia. Y subraya algo decisivo: ningún sonido proviene de archivo ni de inteligencia artificial; todo fue grabado a mano, como si la escucha también fuera una forma de escritura, una que exige detenerse, esperar, aceptar que no siempre se oye lo que uno esperaba.

La novela se vuelve así un objeto expandido: combina imagen, sonido, mito, diario, ensayo y archivo. Es un libro que va más allá de las páginas, respirando en diferentes lenguajes al mismo tiempo, como si necesitara diversas formas de expresión para narrar una historia que no puede ser contenida en un solo formato.

Una novela proteica

Principio, medio, fin es, básicamente, una novela sobre nuestro empeño en dar continuidad a cosas que suelen desmoronarse. Valeria Luiselli escribe consciente de que la vida está hecha de momentos cortados y cosas que no terminan de empezar o de cerrarse. La novela evita cualquier intento de resolverlo y lo convierte en el punto de partida de su relato.

Lo que conmueve no es la historia —una madre y una hija viajando por Sicilia tras un divorcio—; es la manera en que el libro convierte ese viaje en una experiencia vivida. Al final, las preguntas que te vas haciendo importan mucho más que lo que pasa en la trama: ¿Cómo se mantiene un vínculo cuando parece que todo se cae a pedazos? ¿De qué manera se puede acompañar a alguien sin invadir su espacio? ¿Cómo sigues escribiendo cuando ya no te sientes seguro de lo que pones en el papel? ¿Cómo intentas recordar cuando la memoria empieza a fallar? ¿Y cómo se vive con un origen que siempre ha estado roto?

Valeria Luiselli no busca darnos respuestas definitivas. En su lugar, propone diferentes formas, como el sonido, el eco o el viento, para intentar darle sentido a lo que nos rodea. Son maneras de tratar de sostener el mundo y encontrar un poco de orden o un punto de apoyo, aunque sea solo por un momento.

En este libro se percibe que la imaginación va mucho más allá de un capricho infantil: es una forma de sobrevivir. La hija lo sabe desde el principio: inventa teorías sobre el tiempo, cambia los mitos y busca señales para armar su propio mundo. A la madre le cuesta más entenderlo, pero la historia cambia por completo cuando entra en el juego de la niña y Acepta que imaginar no es una forma de huir; es una manera de afrontar las cosas. Al final, el mensaje del libro queda claro: imaginar es otra forma de cuidar.

El libro también habla de lo que significa escribir. La protagonista es escritora y se da cuenta de que su relación con la literatura ya no es la misma; ha perdido la alegría y la curiosidad de antes. Gran parte de la historia trata sobre cómo intenta recuperar esa conexión, pero no lo hace a través de la técnica o el esfuerzo; lo hace aprendiendo a escuchar. Se detiene a oír a su hija, a la isla, el viento, los mitos y todo lo que pasa a su alrededor. Al final, escribir se convierte simplemente en una forma de prestar mucha atención al mundo.

Las fotos, las postales y los sonidos de la naturaleza o de las personas no están ahí solo de adorno; son una parte más del libro, una prolongación de su mirada por otros medios. La historia recurre a las imágenes y a lo sonoro porque trata justamente de buscar nuevas maneras de guardar lo que se nos escapa. En este caso, la memoria no se ve como un simple almacén de recuerdos, sino como algo vivo que necesita diferentes formas de expresión para mantenerse en pie.

Más que en la forma en que está construido, el valor de Principio, medio, fin se encuentra en su manera de entender el cuidado. La historia muestra que cuidar a alguien tiene menos que ver con evitarle el dolor que con estar presente cuando las cosas se vuelven inciertas. La hija ayuda a la madre contándole historias, la madre cuida a la hija prestándole atención y la abuela está ahí para las dos con sus recuerdos, aunque se le vayan olvidando las cosas. En este libro, la literatura es simplemente una manera más de que la familia se apoye a través de las generaciones.

Al final de la historia, Valeria Luiselli prefiere dejar las cosas abiertas. En lugar de cerrar el relato de forma definitiva, permite que la historia siga resonando más allá de la última página. La novela sugiere que los finales son procesos en marcha, movimientos que continúan incluso cuando la narración parece concluir. Lo valioso tampoco reside en resolver los problemas, sino en permanecer junto a ellos, habitarlos. Aunque el origen de las cosas esté dañado, en esos espacios sigue habiendo lugar para el cariño, la imaginación y el propio acto de escribir.

Principio, medio, fin mezcla diarios, ensayos, mitos y grabaciones sin ninguna atadura. Es una obra que cambia de formato pero mantiene siempre su identidad. Valeria Luiselli escribe desde un punto intermedio, aceptando que a veces es imposible llegar a un final cerrado, y en esa incertidumbre logra una narración que se siente honesta y muy humana.

“Principio, medio, fin”, Valeria Luiselli

Feltrinelli Editores, 6 de mayo de 2026

Hasta aquí la lectura de esta ficción.
Un viaje por sus voces, sus sombras y las preguntas que deja abiertas.

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