A propósito de «Tachas» y Efrén Hernández

Hoy os quiero hablar del escritor mexicano, Efrén Hernández. A través de su personalidad y amparándome en su primer cuento publicado en 1928, «Tachas»; me gustaría señalar las características principales de su escritura.

Nace en Guanajuato en 1904 donde estudia los grados básicos. Es importante destacar la pérdida temprana de su padre en 1918. Efrén contaba con 14 años. Para ayudar en la casa tiene que trabajar donde puede.

En referencia a la muerte de su padre y sus diversos empleos, él mismo, nos lo cuenta en su Ficha Autobiográfica:

«…yo he llegado a una edad que él no llegó a alcanzar por haberle faltado a él, para ello, nueve años. Yo entonces tenía catorce, y quedé a afrontar la vida bajo mi cuenta y riesgo desde entonces. Así se explica que haya ido y venido tanto en tantas direcciones sin atinar ninguna. Primero fui aprendiz de botica, después mozo del mismo juzgado en que mi padre había sido juez, y en lo que sigue, y por el orden mismo en que lo apunto: aprendiz de zapatero, aprendiz de platero, dependiente en tienda de ropa, etc.»

En 1925, siguiendo los pasos de su padre, se matrícula en derecho en la capital. No termina los estudios acabando desencantado. Es muy explícito al respecto:

«Quise dejar esos estudios, por haberme parecido vacío y sin meollo de sustancia verdadera lo que ahí se aprende. De aquella experiencia aún conservo la impresión de que los espaldarazos de los títulos universitarios no son más que un fraude.»

«En mi formación no cuento, pues, sino la preparatoria, y la escuela, a mi modo de ver, aún más importante, de la vida directa, del contacto con los hombres de carne y hueso, y con los libros buenos y el mundo.»

Intentará sobrevivir a base de diversos negocios, como venta de artesanías o librerías de viejo, demostrando su amor por los libros. En carta a Pascual Aceves, cuenta Hernández sus dificultades económicas y su deseo de escribir:

«Por una parte, nunca me faltan bretes, ilusionistas de hacer esto y lo otro. Luego la desesperación de mi incapacidad para hacer los versos, los ensayos, los cuentos que quisiera. A esto añade los problemas económicos que siempre me ha creado el declinar mi tiempo a aquellas cosas que
no dejan dinero. Que ya no es simplemente el mantenerme con el sudor de mi frente en la misma dosis que cada hijo de vecinos, sino además el de, a esta edad, andar siendo todavía, en ese sentido, un principiante, un inadaptado. Aquí me verás a estas alturas sin oficio ni beneficio, teniendo que cargar con sambenito de no tener profesión ni especialidad alguna conocida.»


(Pascual Aceves Barajas, “Vida, consagración y ausencia de Efrén Hernández”, en El Universal, marzo de 1958)

Un trabajo en el Gobierno le ofrece cierta estabilidad. La publicación del cuento «Tachas», en 1928 le introduce en la escena literaria del país, pero en un nivel minoritario.

A partir de 1934 colabora en revistas literarias. Marco Antonio Millán, director de la revista «América», le brinda su apoyo. Entre ambos difundirán autores en ese momento desconocidos, como Juan Rulfo o Rosario Castellanos. Poco que decir de la importancia que ambos adquirieron posteriormente.

A pesar de su integración en la vida cultural, el carácter cuasi marginal que siempre tuvo y tiene Efrén, puede deberse a su no pertenencia por voluntad propia a ningún grupo intelectual o literario.

Pero ese carácter solitario que también podemos observar en Ribeyro, Onetti o Saer; nos permite apreciar su personalísima creatividad, sin vinculación con el formalismo de su época.
Efrén se aparta de la creación post revolucionaria que caracterizaba México en esos momentos, lo cual no impide que no se implique socialmente, pues en algún cuento podemos observar una crítica a las carencias sociales del momento. Por otro lado, la influencia del naturalismo francés tampoco se observa en su escritura. Se suele fijar en el siglo de Oro español, pero con un pie también puesto en la vanguardia.

En el epílogo de Tachas, Salvador Novo es claro al explicar la escritura tan personal de Efrén, ajena a la influencia francesa ejercida en los escritores mexicanos de aquel entonces. Por otra parte, nos ofrece un entrañable semblante del escritor, arreglando los anteojos con cinta aislante:

«Efrén Hernández no ha contraído la literatura francesa porque tiene apenas los años que son necesarios para haber vivido en pueblos de México en que no hay librerías, dedicado a boticas y a estudiante de leyes, y porque vive en una casa de huéspedes en la que ha instalado una luz eléctrica suya propia sin metáforas, con focos que no ha comprado. Tiene, además, roto el vidrio de su anteojo derecho y lo ha soldado con cinta de aislar. Ha escrito lo que ha querido, sin gritar, sin buscar la notoriedad y con la misma inocencia con que saluda a las personas a quienes no conoce. Una mañana que me aquejaba como nunca del dolor de ver que nuestros jóvenes profesionales de la literatura profesional ya no tienen remedio; y que a ciegas buscaba entre los verdaderos jóvenes quién o quiénes serían las verdaderas personas capaces de prescribir sin formulario medicinas para mi espíritu, vinieron a mí unas cuartillas de concurso que debía revisar. Así penetró en mi admiración más ferviente lo que se acaba de leer. Ninguno de mis amigos ni de mis ex amigos es capaz de escribir así. Porque he tratado después a Efrén Hernández y no conoce más autores franceses que Charles Gide. Por él he recobrado la esperanza y la fe. Y le doy aquí mi ¡viva! más mexicano y mi consejo más serio: que no aprenda nunca francés.»

(Epílogo al cuento, «Tachas» Editorial: Liga Nacional de Estudiantes, México, 1928.)

También Octavio Paz nos brinda su impresión cuando lo conoce en 1931 en un despacho en el que trabajaba junto a Xavier Villaurrutia:

«Detrás de los espejuelos acechaban unos ojos vivos, irónicos. Vestía como un escribiente de notaría. Tenía una vocecita cascada y que de pronto se volvía aguda y metálica, como el chirrido de un tren de juguete al dar la vuelta en una curva. Era el personaje de sus cuentos: inteligente, tímido, reticente, perdido en circunloquios que desembocaban en paradojas, falsamente modesto, extravagante y, más que distraído, abstraído, girando en torno a una evidencia escondida pero cuya aparición era inminente.»

(Octavio Paz: «Xavier Villaumitia en persona y obra.» FCE, México 1980)

Podemos afirmar que los personajes de sus cuentos son una prolongación de su creador. Personajes humildes, solitarios, soñadores, algo maliciosos e irónicos y en continua divagación.

Centrándonos en «Tachas», vemos como el alumno Juarez de Procedimiento es apenas consciente de la clase del profesor Orteguita. Se queda ensimismado, en los objetos del interior de la clase o lo que puede ver en el exterior, como las nubes:

«Es muy divertido contemplar las nubes, las nubes que pasan, las nubes que cambian de forma, que se van extendiendo, que se van alargando, que se tuercen, que se rompen, sobre el cielo azul, un poco después que terminó la lluvia»

Sigue divagando y en alguna medida, filosofando en torno al rumbo que una persona debe tomar, siendo difícil la elección. Efrén introduce hábilmente a Cervantes, citando a «Persiles y Segismunda», pero sobre todo al soñador Don Quijote que debido a su locura dejaba tomar el rumbo a su caballo:

«Don Quijote soltaba las riendas al caballo e iba más tranquilo y seguro que nosotros.»

Inconscientemente ha escuchado que el profesor ha preguntado por el significado de «tachas»:

«El maestro dijo: ¿Qué cosa son tachas? Pero yo estaba pensando en muchas cosas; además, no sabía la clase.»

Puede que en sus clases de Derecho, el mismo Efrén se abstrajera de las clases, ensimismándose en cualquier cosa, y de ahí partiera la idea del cuento.

Sigue imaginando cosas, pero cae en la cuenta debido a un silencio en la clase, que el profesor Orteguita le ha dirigido a él la pregunta. Para salir del paso recurrirá a un conjunto de digresiones sin dar con la acepción demandada:

«No podría yo atinar con el procedimiento que empleó mi cerebro lleno de tantos pájaros y de tantas nubes, para salir del paso, pero el caso es que escucharon todo esto que yo solté, muy seriamente:

—Maestro, esta palabra tiene muchas acepciones, y como aún es tiempo, pues casi nos sobra media hora, procuraré examinar cada una de ellas, comenzando por la menos importante, y siguiendo progresivamente, según el interés que cada una nos presente.»

Sus especulaciones en torno a la acepción, producen la risa y la burla de sus compañeros:

«Todo el mundo se rió: Aguilar, Jiménez Tavera, Poncianito, Elodia Cruz, Orteguita. Todos se rieron, menos el Tlacuache y yo que no somos de este mundo.»

Efrén introduce en el cuento a su amigo César Garizurieta, apodado «Tlacuache». Ambos fueron buenos amigos durante los estudios de derecho. César también escribió cuentos y ensayos.

Su pretensión no es hacer reír a la clase. Ante la burla, Juárez reflexiona entre lo natural y absurdo, haciendo girar por completo los significados en la acertada irrupción de Gómez de la Serna y los pajaritos:

«Yo no puedo hallar el chiste, pero teorizando, me parece que casi todo lo que es absurdo hace reír. Tal vez porque estamos en un mundo en que todo es absurdo, lo absurdo parece natural y lo natural parece absurdo. Y yo soy así, me parece natural ser como soy. Para los otros no, para los otros soy extravagante.
Lo natural sería, dice Gómez de la Serna, que los pajaritos dormidos se cayeran de los árboles. Y todos lo sabemos bien, aunque es absurdo, los pajaritos no se caen.»

El monólogo interior del personaje en su ensoñación ocupa gran parte del cuento. Podríamos afirmar que Efrén filosofa por medio del personaje. De este modo se deja notar la influencia de Azorín en su escritura, pero nuestro autor la hace suya con la observación de lo nimio. Un cuento que parte de un hecho cotidiano y como podemos comprobar, el absurdo y el humor se dan la mano. Efrén parece reírse primero de sí mismo y después de nosotros, al subvertir los términos. También se observa cierta incursión en lo fantástico, presentándonos ese halo irreal de las ensoñaciones del personaje. Ese vínculo lo acerca a Felisberto Hernández, cuya literatura se desarrolló pareja a la de Efrén. Tampoco debemos ignorar como introduce la poética en el relato. No olvidemos que Hernández cultivó la poesía, esta sí; muy emparentada con los autores del Siglo de Oro español.

Efrén se gana la complicidad del lector que sigue con cariño la imaginación y divagación del personaje.

Para concluir, nada se me ocurre mejor que las palabras que Rubén Mallén le dedicó a su muerte:

“Efrén Hernández vivió la mayor parte de su vida en la pobreza y, lo que es peor, careció por completo de estímulos. Como su modestia le impedía pavonearse, como su figura era desmadrada y ruin, pocos paraban mientes en él. Eso, no obstante, uno como hálito de respeto rodeaba su nombre…»

Rubén Salazar Mallén, “La muerte de Efrén Hernández”, El Universal, México, 4 de febrero de 1958

Que sea el cuento «Tachas» el que os anime a leer otros relatos de Efrén Hernández.


TACHAS (1928)

Eran las 6 y 35 minutos de la tarde.

El maestro dijo: ¿Qué cosa son tachas? pero yo estaba pensando en muchas cosas; además, no sabía la clase.

El salón de estos hechos tiene tres puertas, de madera pintada de rojo, con un vidrio en cada hoja, despulido en la mitad de abajo.

A través de la parte no despulida del vidrio de la puerta de la cabecera del salón, veíanse, desde el lugar en que yo estaba: un pedazo de pared, un pedazo de puerta y unos alambres de la instalación de luz eléctrica. A través de la puerta de en medio, se veía lo mismo, poco más o menos lo mismo, y, finalmente, a través de la tercera puerta, las molduras del remate de una columna y un lugarcito triangular del cielo.

Por este triangulito iban pasando nubes, nubes, lentamente. No vi. pasar en todo el tiempo, sino nubes, y un veloz, ágil, fugitivo pájaro.

Es muy divertido contemplar las nubes, las nubes que pasan, las nubes que cambian de forma, que se van extendiendo, que se van alargando, que se tuercen, que se rompen, sobre el cielo azul, un poco después que terminó la lluvia.

El maestro dijo:

—¿Qué cosa son tachas?

La palabrita extraña se metió en mis oídos como un ratón a su agujero, y se quedó en él agazapada. Después entró un silencio caminando en las puntitas de los pies, un silencio que, como todos los silencios, no hacía ruido.

No sé porqué, pero yo pienso que lo que me hizo volver, aunque a medias, a la realidad, no fueron las palabras, sino el silencio que después se hizo; porque el maestro estaba hablando desde mucho antes, y, sin embargo, yo no había escuchado nada.

¿Tachas? ¿Pero, qué cosa son tachas? Pensé yo. ¿Quién va a saber lo que son tachas? Nadie sabe siquiera qué cosa son cosas, nadie sabe nada, nada.

Yo, por mi parte, como ejemplo, no puedo decir lo que soy, ni siquiera qué cosa estoy haciendo aquí, ni para qué lo estoy haciendo. No sé tampoco si estará bien o mal. Porque en definitiva, ¿quién es aquel que le atinó con su verdadero camino? ¿Quién es aquel que está seguro de no haberse equivocado?

Siempre tendremos esta duda primordial.

En lo ancho de la vida van formando numerosos cruzamientos los senderos. ¿Por cuál dirigiremos nuestros pasos? ¿Entre estos veinte, entre estos treinta, entre estos mil caminos, cuál será aquél, que una vez seguido, no nos deje el temor de haber errado?

Ahora, el cielo, nuevamente se cubría de nubes, e iban haciéndose en cada momento más espesas; de azul, sólo quedaba sin cubrir un pedacito del tamaño de un quinto. Una llovizna lenta descendía, matemáticamente vertical, porque el aire estaba inmóvil, como una estatua.

Cervantes nos presenta en su libro: Trabajos de Persiles y Segismunda, una llanura inmóvil y en ella están los peregrinantes, bajo el cielo gris, y en la cabeza de ellos, hay esta misma pregunta. Y en todo el libro no llega a resolverla.

Este problema no inquieta a los animales, ni a las plantas, ni a las piedras. Ellos lo han resuelto fácilmente, plegándose a la voluntad de la Naturaleza. El agua hace bien, perfectamente, siguiendo la cuesta, sin intentar subir.

De esta misma manera, parece que lo resolvió Cervantes, no en Persiles que era un cuerdo, sino en Don Quijote, que es un loco.

Don Quijote soltaba las riendas al caballo e iba más tranquilo y seguro que nosotros.

El maestro dijo:

—¿Qué cosa son tachas?

Sobre el alambre, bajo el arco, posó un pajarito diminuto, de color de tierra, sacudiendo las plumas para arrojar el agua.

Cantaba el pajarito, u fifí. fifí. De fijo el pajarito estaba muy contento. Dijo esto con la garganta al aire; pero en cuanto lo dijo se puso pensativo. No, pensó, con seguridad, esta canción no es elegante. Pero no era ésta la verdad, me di cuenta, o creí darme cuenta, de que el pajarito no pensaba con sinceridad. La verdad era otra, la verdad era que quien silbaba esta canción era la criada, y él sentía hacia ella cierta antipatía, porque cuando le arreglaba la jaula, lo hacía de prisa y con mal modo.

La criada de esa casa, ¿se llamaba Imelda? No. Imelda es la muchacha que vende cigarros “Elegantes”, cigarros “Monarcas”, chicles, chocolates y cerillas, en el estanquillo de la esquina. ¿Margarita? No, tampoco se llamaba Margarita. Margarita es nombre par una mujer bonita y joven, de manos largas y blancas, y de ojos dorados. ¿Petra? Sí, éste sí es nombre de criada, o Tacha. ¿Pero en qué estaría pensando cuando dije que nadie sabe qué cosa es tacha?

Es una lástima que el pajarito se haya ido. ¿Para dónde se habrá ido ahora el pajarito? Ahora estará parado en otro alambre, cantando u fiiiii, pero yo ya no lo escucho. Es una lástima.

Ya el cielo estaba un poco descubierto, era un intermedio en la llovizna. Llegaba el anochecimiento lentamente. La llegada de la sombra le daba un sentido más hondo al firmamento. Las estrellas de todas las noches, las estrellas de siempre, comenzaron a abrirse por orden de estaturas y distancias.

De abajo subía el ruido de toda la ciudad; de arriba caía el silencio de todo el infinito.

De cierto, no sé que cosa tiene el cielo aquí, que transparenta el universo a través de un velo de tristeza.

Allá son muy raras las tardes como ésta, casi siempre se muestra el cielo transparente, teñido de un maravilloso azul, que no he encontrado nunca en otra parte alguna. Cuando empieza a anochecer, se ven en su fondo las estrellas, incontables, como arenitas de oro bajo ciertas aguas que tienen privilegios de diamante.

Allá se ven más claritas que en ninguna parte las facciones de la luna. Quien no ha estado allá, de verdad no sabe cómo será la luna. Tal vez, por esto, tienen aquí la idea de que la luna es melancólica. Ésta es una gran mentira de la literatura. ¡Qué ha de ser melancólica la luna!

La luna es sonriente y sonrosada, lo que pasa es que aquí no lo conocen. Su sonrisa es suave, detrás de sus labio asoman unos dientes menuditos y finos, como perlas, y sus ojos son violáceos, de ese color ligeramente lila que vemos en la frente de las albas, y entorno a sus ojeras florecen manojitos de violetas, como suelen alrededor de las fuentes profundas.

Allá todo es inmaculado, allá todo es sin tachas… tachas, otra vez tachas. ¿En qué estaría yo pensando, cuando dije que nadie sabe qué cosas son tachas?

Había pensado esto con la propia velocidad del pensamiento, y que Dios diga lo que seguiría pensando, si no fuera porque el maestro repitió por cuarta o quinta vez, y ya con voz más fuerte:

—¿Qué cosa son tachas?

Y añadió:

—A usted es a quien se lo pregunto, a usted, señor Juárez.

—¿A mí, maestro?

—Sí señor, a usted.

Entonces fue cuando me di cuenta de una multitud de cosas. En primer lugar, todos me veían fijamente. En segundo lugar, y sin ningún género de dudas, el maestro se dirigía a mí. En tercer lugar, las barbas y los bigotes del maestro parecían nubes en forma de bigotes y de barbas, y en cuarto lugar, algunas otras; pero la verdaderamente grave era la segunda.

Malos consejos, experimentos turbios de malos estudiantes, me asaltaron entonces y me aseguraron que era necesario decir algo.

—Lo peor de todo es callarse, me habían dicho. Y así, todavía no despertado por completo, hablé sin ton ni son, lo primero que me vino a la cabeza.

No podría yo atinar con el procedimiento que empleó mi cerebro lleno de tantos pájaros y de tantas nubes, para salir del paso, pero el caso es que escucharon todo esto que yo solté muy seriamente:

—Maestro, esta palabra tiene muchas acepciones, y como aún es tiempo, pues casi nos sobra media hora, procuraré examinar cada una de ellas, comenzando por la menos importante, y siguiendo progresivamente, según el interés que cada una nos presente.

Yo estoy desengañado de que no estoy loco; si lo estuviera, ¿por qué lo habría de negar?, lo que pasa es otra cosa, que no está bueno explicar, por que su explicación es larga. De modo que la vez a que me vengo refiriendo, yo hablaba como si estuviera solo, monologando. Y noto que usted guarda silencio…

Usted, en aquel rato, para mí, no significaba nadie; según la realidad, debía ser el maestro; según la gramática, aquel a quien dirigiera la palabra, más para mí, usted no era nadie, absolutamente nadie. Era el personaje imaginario, con quien yo platico cuando estoy a solas. Buscando el lugar que le corresponda entre los casilleros de la analogía, corresponde a esta palabra el lugar de los pronombres; sin embargo, no es un pronombre personal, ni ningún pronombre de los ya clasificados. Es una suerte de pronombre personal que, poco más o menos, puede definirse así. Una palabra que yo uso algunas veces par fingir que hablo con alguien, estando en realidad a solas. Seguí:

—Noto que usted guarda silencio, y como el que calla otorga, daré principio, haciéndolo de la manera que ya dije. La primera acepción, pues, es la siguientes: tercera persona del presente de indicativo del verbo tachar, que significa: poner una línea sobre una palabra, un renglón o un número que haya sido mal escrito. La segunda es otra: si una persona tiene por nombre Anastasia, quien la quiera mucho, empleará, para designarla, esta palabra. Así , el novio, le dirá:

—Tú eres mi vida, Tacha.

La mamá:

—¿Ya barriste, Tacha, la habitación de tu papá?

El hermano:

—¡Anda, Tacha, cóseme este botón!

Y finalmente, para no alargarme mucho, el marido, si la ve descuidada (Tacha puede hacer funciones e Ramona), saldrá poquito a poco, sin decir ninguna cosa.

La tercera es aquélla en que aparece formando parte de una locución adverbial. Y esta significación, tiene que ver únicamente con uno de tantos modos de preparar la calabaza. ¿Quién es aquél que no ha oído decir alguna vez, calabaza en tacha? Y, por último, la acepción en que la toma nuestro código de procedimientos.

Aquí entoné, de manera que se notara bien, un punto final.

Y Orteguita, el paciente maestro que dicta en la cátedra de procedimientos, con la magnanimidad de un santo, insinuó pacientemente:

—Y, díganos señor, ¿en qué acepción la toma el código de procedimientos?

Ahora, ya un poquito cohibido, confesé:

—Ésa es la única acepción que no conozco. Usted me perdonará, maestro, pero…

Todo el mundo se rió: Aguilar, Jiménez Tavera, Poncianito, Elodia Cruz, Orteguita. Todos, se rieron, menos el Tlacuache y yo que no somos de este mundo.

Yo no puedo hallar el chiste, pero teorizando, me parece que casi todo lo que es absurdo hace reír. Tal vez porque estamos en un mundo en que todo es absurdo, lo absurdo parece natural y lo natural parece absurdo Y yo soy así, me parece natural ser como soy. Para los otros no, para los otros soy extravagante.

Lo natural sería, dice Gómez de la Serna, que los pajaritos dormidos se cayeran de los árboles. Y todos lo sabemos bien, aunque es absurdo, los pajaritos no se caen.

Ya estoy en la calle, la llovizna cae, y viendo yo la manera como llueve, estoy seguro de que a lo lejos, perdido entre las calles, alguien, detrás de unas vidrieras, está llorando porque llueve así.


Dejo la excelente lectura que del cuento realiza Jorge F. Hernández, director del Instituto Cultural de México en España:


Imagen de Portada: Foto de Efrén Hernández, tomada por su amigo Juan Rulfo.

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