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W. G. Sebald “Los Emigrados” Anagrama 2006

Hay escritores a los que necesito regresar periódicamente y, con mayor motivo, si todavía tengo libros suyos pendientes de leer en la estantería. Sebald es uno de esos autores. Es cierto que en sus libros el tema central es prácticamente el mismo: el desarraigo de sus personajes, de forma directa o indirecta como consecuencia de la época de terror instaurada por el nazismo. Pero cada libro lo afronta desde un prisma diferente.

“Los Emigrados”, publicada en 1992 tras la excelente, “Vértigo”; es un libro de cuatro relatos donde en cada uno se centra en un personaje que a lo largo del tiempo va sufriendo un devenir descorazonador, consecuencia de un exilio.

El narrador, podríamos identificarlo hasta un cierto grado con el propio Sebald, con mayor motivo si nos introduce datos que efectivamente coinciden con su biografía; leemos nada más comenzar el libro:

“A finales de septiembre de 1970, poco antes de tomar posesión de mi cargo en la ciudad de Norwich, en el este de Inglaterra, partí con Clara en dirección a Hingham en busca de casa».

“Los Emigrados” Sebald Editorial Anagrama 2006 (Las sucesivas citas sin mención, se referirán al mismo autor y libro)

Pero es muy interesante el ejercicio que Sebald realiza en torno a la figura del narrador, porque si en ocasiones parece ser él mismo, en una gran parte semeja ser otro. Sería un narrador observador de los personajes con los que directamente se relaciona y transcriptor de sus encuentros con ellos. Además, introducir a un narrador diferente a él permite mayor libertad de elaboración en las narraciones.

Los personajes que figuran en las narraciones, están fundamentados en datos reales pasados por un tamiz de corte ficcional verosímil para dar sentido a lo narrado; además de complementados con la inserción de documentos fotográficos para otorgar mayor credibilidad a la narración.

El mismo Sebald nos aclara en una entrevista su manera de proceder:

Periodista: Señor Sebald: usted es un meticuloso investigador y un coleccionista sin par de materiales de su mundo más próximo, como lo hizo Thomas Strittmatter en su obra de teatro “Viehjud Levi”. Sus textos son mezclas de reportajes o crónicas periodísticas, artículos, ensayos e historias contemporáneas documentadas. Usted construye y reconstruye en sus textos documentos originales y hallazgos cotidianos, incluso cuadros y fotografías. ¿El material gráfico es, para usted, un elemento formal tan importante como el texto?

“Los álbumes de fotografías familiares son un tesoro de informaciones, nadie puede reconstruir una novela familiar mejor que una imagen. La fotografía dice muchas veces más que las páginas de un texto. Klaus Theweleit y Alexander Kluge fueron para mí profundas experiencias y enseñanzas de lectura, procesos de aprendizaje invaluables y complicadísimos, porque me abrieron los ojos y me revelaron los nexos secretos entre texto e imagen. No es accidental que Alexander Kluge sea uno de los mejores cineastas alemanes. Mis textos con las imágenes y fotografías devinieron más vivos, más reales, con muchas más facetas. Yo trabajo de acuerdo al sistema del bricolage , en el sentido de Lévi Strauss. Una forma de trabajo salvaje y extraña, una suerte de pensamiento pre-racional: los hallazgos literarios se van acumulando accidentalmente, van cayendo por azar hasta que se acomodan y riman unos con otros».

Periodista: Estas excavaciones literarias casi arqueológicas provocan en el lector una pregunta legítima: ¿son reales? ¿Se montan en el texto documentos al parecer reales para darle crédito a la ficción o el material es auténtico?

“La totalidad de esas fotografías son auténticas, se trata de imágenes sin duda fidedignas. Aunque a veces una imagen o una fotografía puede tener la función expresa de confundir al lector; pero éstas son muy pocas. Creo que no hay nada mejor para los jóvenes autores que trabajar unos 10 años como reporteros».

El Doctor Selwyn ocupa el centro del primer relato. Supuestamente es el alquilador de la estancia del narrador en Hingham, Inglaterra. Nos lo va describiendo como un personaje solitario. El narrador llegará a intimar con él y haciendo de mediador con nosotros, como lectores, nos enteraremos de las conversaciones entabladas:

“El doctor Selwyn y yo entablamos una larga conversación cuando él me preguntó si yo nunca sentía nostalgia. No supe muy bien qué responder; en cambio, el doctor Selwyn, después de reflexionar un poco, me confesó —ésta es la palabra justa— que en el transcurso de los últimos años la nostalgia lo embargaba cada vez más».

De esta manera, iremos comprendiendo el origen de sus pesares, remontándose a un exilio familiar siendo él pequeño:

“A mi pregunta de adónde le llevaba el ánimo, me contó que cuando tenía siete años había emigrado con su familia de un pueblo lituano próximo a Grodno. Explicó que al final del otoño de 1899 ellos, sus padres, sus hermanas Gita y Raja y su tío Shani Feldhendler, se trasladaron a Grodno en el carromato del cochero Aaron Wald. Durante decenios habían quedado borradas de su memoria las imágenes de aquel éxodo, pero últimamente, dijo, reaparecen».

Su familia junto a otros emigrantes querían llegar a América, pero tan solo pudieron embarcarse hasta Inglaterra. Cuenta como su participación en la Segunda Guerra Mundial también supuso para él un nuevo punto de fragmentación, además de una pérdida posterior del trabajo como médico:

“Los años de la Segunda Guerra y los decenios siguientes fueron para mí una época oscura y terrible, de la que no sabría contar nada, ni aunque quisiera. Cuando en 1960 tuve que renunciar a mi consulta y mis pacientes, perdí mis últimos contactos con el llamado mundo real. Desde entonces casi no hablo más que con las plantas y los animales. De alguna manera me llevo bien con ellos, dijo el doctor Selwyn con una sonrisa más bien insondable; después se levantó y, cosa sumamente inusual, me dio la mano para despedirse».

La segunda historia sobre un maestro de escuela, es conmovedora. Se origina en la noticia del suicidio de un maestro muy querido de primaria: Armin Müller, en el relato será cambiado a Paul Bereyter. Sebald investiga y sorprendentemente descubre que el maestro sufrió represión nazi en los años treinta, por tener abuelos judíos.
En el libro, el narrador contacta con personas cercanas al maestro, como la encantadora madame Landau, de la que nos cuenta:

“Landau me trajo un álbum de grandes dimensiones, donde estaba documentada fotográficamente, con anotaciones de su propio puño y letra, no sólo la época en cuestión, sino —aparte de algunas lagunas— casi toda la vida de Paul Bereyter. Aquella tarde estuve hojeando el álbum una y otra vez, de punta a cabo y viceversa, y desde entonces lo he vuelto a hacer en incontables ocasiones, pues al contemplar las imágenes que contiene sentí realmente, y sigo sintiendo, como si los muertos regresaran o nosotros estuviéramos a punto de irnos con ellos».

Nos sigue relatando el narrador por mediación de madame Landau el momento en que tiene que cesar su actividad de maestro:

“Paul ocupa su primera plaza oficial en W. un pueblo apartado, y cuando apenas ha memorizado los nombres de los niños recibe una notificación que dice que su permanencia en la escuela pública, en virtud de la normativa legal por él conocida, ya no es de recibo… Ante sus ojos se desvanece toda perspectiva, y tiene, tuvo entonces por primera vez aquella insuperable sensación de derrota que más tarde lo asaltaría tantas veces y a la que finalmente sucumbió».

Sigue contando como el maestro (Paul), pierde a una amiga querida:

“Madame Landau no supo decirme qué había sido de Helen Hollaender. Paul, dijo, se obstinó en guardar silencio al respecto, y ella sospechaba que quizá fuera porque le atormentaba la idea de que había fracasado ante Helen y la había dejado en la estacada. Pero según ella misma había podido averiguar, apenas cabe duda de que fue deportada junto con su madre en uno de aquellos trenes especiales que partían de las estaciones de Viena casi siempre antes del alba, probablemente primero a Theresienstadt».

Pero el narrador no entiende come el maestro, estando en Francia enseñando alemán, (es verdad que cada vez con más presión debido a las tensiones con Alemania); regresa a Alemania y concretamente al lugar donde fue vetado. Madame Landau le ofrece una posible explicación:

“Lo que impulsó —por no decir forzó— a Paul a regresar en 1939 y en 1945 fue el hecho de que era alemán hasta la médula, encadenado a su terruño prealpino y a ese miserable lugar, S., que él en realidad odiaba y que en el fondo —de esto estoy segura, dijo madame Landau— le habría gustado ver destruido y demolido junto con sus habitantes, por quienes sentía una profunda aversión. Paul no soportaba la nueva vivienda a la que se vio más o menos obligado a mudarse poco antes de su jubilación, ya que habían derribado la maravillosa casa antigua de los Lerchenmüller para construir en su lugar un horrendo bloque de pisos, y a pesar de ello, durante los últimos doce años que vivió aquí en Yverdon, no se decidió a renunciar a aquella vivienda sino todo lo contrario, acudía varias veces al año a S. para mirar, según sus propias palabras, que todo estuviera en su sitio».

El narrador, por medio de Madame Landau, sigue relatando aspectos de la vida de Paul hasta su triste final en las vías del tren:

“El ferrocarril tenía para Paul un significado profundo. Es probable que siempre le pareciera que llevaba a la muerte».

El narrador rememora los dibujos en torno al tren en la pizarra del colegio:

“Estas palabras de madame Landau me hicieron recordar las estaciones, las vías, las agujas, las naves de mercancías y las señales que Paul había dibujado tantas veces en la pizarra y nosotros teníamos que trasladar a nuestras libretas con la máxima precisión».

En el tercer relato se aborda al tío abuelo del narrador, Ambros Adelwarth, exiliado a Estados Unidos a principios del siglo XX. En esta historia al igual que ocurría en la anterior, con madame Landau; se sirve de otro pariente suyo: la tía Fini, que mantuvo un contacto cercano con él. El narrador se acercará hasta Lakehurst (Nueva Jersey), la localidad estadounidense donde reside su tía. Además de contarnos su propio exilio junto a su hermana en 1927.

Cuenta Fini como Ambros entró de mayordomo en una casa adinerada. Será posteriormente el acompañante del hijo del matrimonio. Un joven de cerebro prodigioso pero con cierta inestabilidad psíquica. Juntos recorrerán mundo. Cosmo, que así se llama el hijo, jugando en los Casinos quiebra la banca en múltiples ocasiones, debido a sus cálculos estadísticos milimétricos. También era ingeniero aeronáutico y piloto. En Deauville (Francia), además de visitar frecuentemente el Casino, participó en exhibiciones aéreas. La llegada del nazismo y la Segunda Guerra Mundial afectarán a su estado, para fallecer a temprana edad. Ambros se ocupará entonces del matrimonio hasta la muerte de ellos.

Viviendo ya independiente Ambros, cuenta tía Fini como su prodigiosa memoria comienza a desequilibrarse:

“… ponerse a contar era para él tanto una tortura como una tentativa de autoliberación, una especie de salvación y al mismo tiempo una despiadada autodestrucción… cuanto más contaba el tío Adelwarth, tanto más se desconsolaba. Después de las Navidades del año cincuenta y dos cayó entonces en una depresión tan profunda que a pesar de su patente necesidad de poder seguir contando, no conseguía pronunciar nada, ni una frase, ni una palabra, apenas un sonido».

Entrará voluntariamente en un Sanatorio sometiéndose a los electrochoques que tan nefastamente predominaron en esos años.

El narrador necesita visitar el Sanatorio. El médico titular falleció, pero contactará con el ayudante, joven por aquel entonces y poco partidario de aquellas técnicas inhumanas. El médico relatará al narrador (y a nosotros), los últimos dolorosos días de Ambros.

Posteriormente se dirigirá el narrador hacia Deauville. Con esa sutil prosa, Sebald nos narra la decrepitud de aquellos majestuosos edificios, tema que aparece en otras obras del autor, teniendo en la insuperable, Austerlitz (Ver Aquí), verdadero protagonismo. Nos relata el autor por medio de su narrador:

“… enseguida me di cuenta de que este antaño legendario centro turístico, como cualquier otro lugar que visitemos hoy en día, da igual en qué país o en qué continente, se había desfigurado sin remedio y estaba destrozado por el tráfico, el trajín de los comercios y un afán destructivo que se propagaba omnímodamente. Las mansiones construidas en la segunda mitad del siglo pasado cual castillos neogóticos, con sus almenas y torrecillas, al estilo de las casas de campo suizas o incluso según pautas orientales, ofrecían casi sin excepción una imagen de incuria y abandono».

También refleja el narrador algunos apuntes de la agenda diario de Ambros, cedida por la tía Fini. En ella, cuenta pormenores en sus viajes junto a Cosmo.

El último relato está protagonizado por el pintor, Max Ferber. El narrador se traslada a Manchester. Al igual que Sebald, es un contumaz paseante. En uno de esos paseos contacta con nuestro personaje:

“… en uno de esos edificios aparentemente abandonados estaba instalado el estudio al que yo acudiría en los meses siguientes tan a menudo como creía poder asumir para conversar con el pintor que allí trabajaba, desde finales de los años cuarenta, día tras día durante diez horas, sin excluir el séptimo día».

A duras penas va contando datos biográficos al narrador. Su llegada en 1943 a Manchester, su incorporación a filas en 1944. Abandona el narrador Manchester tras tres años y en 1989 en una exposición de pintura, observa un cuadro de Ferber. En una revista había un reportaje sobre él, pudiéndose enterar de datos escalofriantes, como la deportación y muerte de sus padres:

“… había llegado a Inglaterra en mayo de 1939, a la edad de quince años, desde Múnich, donde su padre se había dedicado al comercio de arte. Asimismo decía que los padres de Ferber, que habían postergado el éxodo de Alemania por diversas razones, habían sido conducidos de Múnich a Riga en noviembre de 1941, en uno de los primeros trenes de deportados, y habían sido asesinados en algún lugar de la zona. Al meditar me pareció imperdonable que yo hubiera omitido o no hubiera acertado a formularle a Ferber las preguntas que él debió de esperar de mi parte; así que por primera vez en mucho tiempo volví a viajar a Manchester».

En el segundo encuentro de nuestro narrador con el pintor, las conversaciones son frecuentes. Es doloroso recordar para Ferber aquellos tiempos crispados en Alemania:

“De la posibilidad de salir de Alemania no se habló ni una sola vez, al menos en mi presencia, ni siquiera cuando los nazis confiscaron en nuestra casa los cuadros, muebles y objetos de valor por ser un bien cultural alemán que no nos correspondía. Tan sólo recuerdo cómo mis padres se molestaron sobre todo por los malos modos con que los mandados de a pie se llenaron los bolsillos de cigarrillos y puros. Tras la Noche de los Cristales Rotos internaron a mi padre en el campo de Dachau. Seis semanas después volvió a casa, bastante más flaco y con el cabello rapado. De lo que allí había visto y vivido no soltó ni palabra delante de mí. No sé cuánto le contaría a mi madre. Aún volvimos, en la primavera de 1939, a esquiar a Lenggries. Fue para mí la última vez, y creo que para mi padre también. En la cima del Brauneck le saqué una foto. Es de las pocas, dijo Ferber, que he conservado de aquellos años».

Confiesa Ferber como su vida quedó marcada a raíz del descubrimiento de la muerte de sus padres:

“El hecho de que ya nunca más podría reanudar el intercambio de cartas no se me hizo patente sino con el paso del tiempo, es más, todavía no sé si soy del todo consciente de ello. Hoy me parece, no obstante, que mi vida ha quedado marcada hasta sus últimos recovecos no sólo por la deportación de mis padres, sino también por el retraso y la dilación con que me llegó la —al principio increíble— noticia fatal, y con que fui comprendiendo poco a poco su inconcebible significado».

Sus cuadros no harán más que reflejar todo el sufrimiento que lo embarga desde joven.

Entrega el pintor a nuestro narrador notas y cartas de su madre, que nos ira relatando, además de viajar por aquellos lugares donde estuvo la madre de Ferber.

Sebald construye cuatro relatos componiendo retazos de historias verdaderas, donde los personajes supervivientes, necesitan realizar un ejercicio de memoria lleno de pérdidas, ausencias y esperanzas cercenadas que tan sólo pueden conducirlos a un continuado estado de desesperación y muerte.

Sebald, al igual que sus personajes vivió en el exilio. Con su padre no pudo mantener una relación fluida y en Alemania sufría por esa amnesia en torno a todos los hechos que hacían referencia al nacionalsocialismo. Él, como sus personajes, siente el desarraigo. Para Sebald, el ejercicio de memoria es indispensable para paliar de alguna forma el olvido en el que han vivido y viven tantas personas. Necesita dar voz a esas vidas anónimas, no solo como un acto de justicia sino como catarsis propia.

Si todavía no habéis tenido ocasión de entrar en contacto con la obra de Sebald, “Los Emigrados” sería un buen comienzo. Cuatro relatos variados donde apreciar un sugerente trabajo en el que combina documentación y ficción, la sutil técnica empleada en el narrador y una prosa que desprende inteligencia y naturalidad.

A las personas que de algún modo han padecido y padecen el exilio y el desarraigo. Al propio Sebald, allá donde se encuentre. A todas las personas que lo atraviesan en los difíciles momentos de Afganistán, que no hacen más que confirmar el fracaso y la inoperancia de Occidente.

Por todas ellas:


“Kyrie Eleison”
(J. S. Bach); Ensemble: Gli Angeli Genève; Director: Stephan MacLeod

Extraído del disco: “Bach : h-Moll Messe, BWV 232” Claves Records SA, 2021

“Los Emigrados” W. G. Sebald

Editorial Anagrama, Edición 2006 🔗

Colección Panorama de Narrativas 🔗

Traducción de Teresa Ruiz Rosas

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