Luis Mateo Díez “Las Horas Completas” (1990)

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Las horas completas: el tiempo íntimo según Luis Mateo Díez.

Las horas completas pertenece a ese territorio íntimo donde Luis Mateo Díez despliega lo mejor de su escritura: una mirada compasiva, un humor tenue y una atención minuciosa a las vidas que pasan casi en silencio. En estos relatos, el tiempo no es sólo un escenario, sino una materia que se espesa, se detiene o se quiebra en pequeños gestos, en recuerdos que regresan sin aviso, en instantes que iluminan lo cotidiano con una claridad inesperada.

La prosa de Luis Mateo Díez, siempre precisa y melancólica, convierte lo mínimo en revelación. Sus personajes avanzan entre dudas, pérdidas y rutinas, pero en cada uno de ellos late una forma de resistencia: la memoria como refugio, la imaginación como consuelo, la palabra como manera de habitar el mundo. Las horas completas es, en ese sentido, una puerta de entrada privilegiada a su universo narrativo, donde lo frágil adquiere densidad y lo aparentemente insignificante revela su hondura.

El libro se articula como una exploración minuciosa de esos momentos suspendidos que definen una vida sin necesidad de grandes acontecimientos. En Las horas completas, Luis Mateo Díez observa a sus personajes en el borde mismo de lo cotidiano, allí donde un gesto, una conversación o un recuerdo aparentemente trivial revelan una grieta emocional o una verdad íntima. Su prosa, contenida y precisa, ilumina lo que suele pasar desapercibido: la fragilidad de los vínculos, la persistencia de la memoria, la forma en que el tiempo se deposita en los cuerpos y en las palabras. Cada relato funciona como una pequeña cámara de resonancia donde lo mínimo adquiere profundidad y lo efímero se vuelve significativo.

El punto de partida es deliberadamente modesto: tres canónigos y dos curas salen de la Colegiata en un viejo automóvil para visitar a un sacerdote amigo en un pueblo del noroeste de Castilla, en pleno Camino de Santiago. La intención no puede ser más sencilla —merendar con él y su madre, conversar un rato, regresar antes de que caiga la noche—, pero el viaje pronto se complica por una serie de contratiempos y encuentros desafortunados. Esa banalidad argumental es, en realidad, una trampa literaria: Mateo Díez convierte lo mínimo en un itinerario simbólico donde el tiempo, la luz y la incertidumbre van estrechando el cerco sobre los personajes.

El propio autor explica el sentido profundo del título en El porvenir de la ficción, uno de sus ensayos más reveladores:

“El título de Las Horas Completas hace referencia el oficio divino, ese ritmo del rezo diario de los clérigos que se acomoda al discurrir del tiempo: maitines, laudes, vísperas, completas. El decurso de la jornada en ese otro viaje de la mañana a la noche, de la claridad a lo oscuro, del principio al acabamiento, señalado en lo que son las transiciones rituales de la oración. Mis canónigos viajan de las «vísperas» a las «completas» abocados al abismo del oscurecer y de la noche, comprometidos en una historia que se les ha ido complicando más de lo que quisieran.”

La novela mantiene la estructura circular característica de las dos anteriores: los protagonistas regresan al punto de partida al anochecer, pero el trayecto —aparentemente trivial— deja en ellos una huella profunda. El viaje funciona como un dispositivo narrativo que comprime el tiempo y lo vuelve revelador: lo que empieza como una excursión inocente se transforma en un tránsito interior donde cada personaje se enfrenta a sus propias sombras.

El recorrido, marcadamente metafórico, es un descenso a las obsesiones y a la memoria. Cada uno de los canónigos se repliega en su soledad, sin compartir con los demás aquello que lo inquieta. La jornada se convierte así en un ejercicio de introspección donde afloran episodios dolorosos, culpas antiguas o temores recientes que interpelan su conciencia. Don Fidel, el abad, revive escenas traumáticas relacionadas con sus padres. Don Benito se abandona a la nostalgia de sus años de cura joven en una parroquia miserable, mientras lo inquieta el presente amenazador del marido de su sobrina. Don Ignacio recuerda sus composiciones corales, los estigmas que marcaron sus manos y una visita a un curandero.

Frente a ellos, los dos sacerdotes jóvenes —Manolo, que conduce el automóvil y piensa en la feligresa enamorada de él, y Ángel, el más vulnerable, sometido a la devoción obsesiva de una madre que comulga siete veces al día— aportan un contraste generacional que subraya la distancia entre la vieja y la nueva Iglesia.

Luis Mateo Díez describe con precisión la naturaleza de estos personajes en el ensayo ya citado:

“Mis canónigos son como unos apacibles dinosaurios que han salido de la guarida a dar un paseo, que tienen la conciencia del tiempo a que pertenecen, en un mundo que acaso ya no sienten suyo, pero donde viven amparados por lo que son. Sus creencias, su experiencia, avalan la seguridad de lo que representan: una concepción cerrada de la existencia humana y de su destino transcendente, más allá de las particulares e íntimas desazones que, como cualquiera, sobrellevan.”

En este retrato se condensa la esencia de Las horas completas: una novela donde el viaje exterior es apenas la superficie de un desplazamiento más hondo, un tránsito hacia la noche —real y simbólica— en el que los personajes se enfrentan a aquello que preferirían no recordar.

La irrupción del peregrino es decisiva: un encuentro fortuito que altera el curso del viaje y sume a los sacerdotes en un estado de desconcierto creciente. Mateo Díez convierte esta aparición en un motivo metafísico, casi universal, que cuestiona la estabilidad de lo real. Él mismo lo formula con claridad:

“lo frágil que es la realidad, el delgado límite que separa lo trivial y lo extraordinario, lo indefensos que andamos por los páramos de esta vida donde cualquier encuentro casual, cualquier inquietud, cualquier sueño mal digerido o el rastro de un obsesivo recuerdo, pueden alterar o transgredir nuestra existencia”.

A diferencia de las dos novelas anteriores, donde la referencia a la España de los años cincuenta era explícita, aquí el foco se desplaza hacia una dimensión más amplia: la angustia existencial del ser humano, con resonancias que remiten directamente a Sartre. El peregrino encarna esa inquietud: es un personaje contradictorio, casi pícaro, lleno de dudas y vacilaciones que pone a prueba la paciencia y la tolerancia de los canónigos. Su presencia desencadena una serie de situaciones entre lo esperpéntico y lo surrealista, como si el viaje se deslizara hacia un territorio donde la lógica se resquebraja.

El propio autor describe al personaje con una precisión implacable:

“Resume a todas esas gentes capacitadas para invadir la vida de los otros hasta el mayor límite de abuso e inconsecuencia. Pertinaces manipuladores de lo ajeno que necesitan sustentar sus debilidades, sus dudas, sus desgracias, más allá de sus fronteras, como si todos les debiésemos la comprensión que ellos mismos no se conceden, como si precisaran de nuestro oprobio para suavizar el suyo”.

El peregrino actúa así como un catalizador: expone sus propias fragilidades, pero también las de los canónigos, personajes anclados en un pasado que ya no les pertenece, ajenos a la realidad que los rodea e incapaces de reconducir la situación. En su desconcierto, revelan su condición de náufragos de sí mismos, atrapados entre la rutina clerical y una existencia que se les escapa entre las manos.

Los curas jóvenes perciben a sus compañeros veteranos como figuras anacrónicas, hombres de otro tiempo. Entre ellos, en cambio, sí comparten confidencias y preocupaciones, y muestran una mayor capacidad para adaptarse a las circunstancias, aunque el joven Ángel será reprendido por el peregrino tras cometer una acción reprobable. Esa tensión generacional subraya la distancia entre una Iglesia que se desvanece y otra que aún no sabe quién es.

La aparición del intruso permite a Luis Mateo Díez incorporar nuevos relatos dentro del relato principal. Si antes de su llegada las conversaciones de los clérigos eran triviales, a partir de ese momento los diálogos se multiplican: el peregrino narra episodios de su vida, expone sus pensamientos erráticos y obliga a los demás a recordar confesiones y vivencias que preferirían mantener en silencio. La novela se abre así a una estructura de cajas chinas, donde cada historia convoca otra y el viaje se convierte en un tejido de voces.

La merienda con doña Olina, madre del sacerdote amigo, introduce un nuevo nivel de oralidad. La anciana despliega cuentos, fábulas y leyendas —historias dentro de la historia— que funcionan como un espejo simbólico de lo que los sacerdotes acaban de vivir con el desconocido. Una vez más, Mateo Díez reivindica la sabiduría popular y la tradición oral como formas de conocimiento. Sin embargo, los canónigos no sabrán interpretar los consejos que se desprenden de esos relatos: satisfechos tras la comida y la bebida, desoyen las advertencias de la anciana y quedan expuestos a la incertidumbre y al fracaso.

A la tertulia se suman otros personajes, como el sacristán Dalmacio, que aporta su propio relato marcado por un sueño prohibido recurrente. Cada intervención amplía el mosaico narrativo y refuerza la sensación de que el viaje se ha convertido en un territorio donde lo real y lo imaginado se confunden.

En cuanto al lenguaje, la novela se despoja en parte del barroquismo de La fuente de la edad, aunque conserva la calidad y la precisión características de Luis Mateo Díez. Los términos latinos aparecen en boca de los religiosos, siempre ligados a oraciones o rituales:

“-Requiem aeterna dona eis Domine -musitó don Ignacio, santiguándose de nuevo.
-Et lux perpetua luceat eis -le contestaron, imitándole, y luego todos se recogieron en un largo y devoto silencio.”

Frente a esa solemnidad, dominan las expresiones vulgares y los registros coloquiales, sobre todo en boca del peregrino, cuya irrupción rompe cualquier atisbo de compostura:

“-Me cago en mí mismo, me cago en mi puta estrella.”

La Novela quedó algo oscurecida por el reconocimiento obtenido por su obra anterior, La Fuente de la Edad; de manera injusta. Si bien hay que reconocer la maestría incontestable de la obra citada, con esta, Luis Mateo Díez continúa con su singular exploración narrativa; dotando de solidez a un libro que en otras manos hubiera fracasado.

Las horas completas quedó injustamente ensombrecida por el éxito de La fuente de la edad. Aunque es innegable la maestría de aquella obra, esta novela confirma la singular exploración narrativa de Luis Mateo Díez y demuestra su capacidad para dotar de solidez y profundidad a un material que, en otras manos, podría haber naufragado.

Las horas completas confirma la maestría de Luis Mateo Díez para convertir lo cotidiano en una experiencia literaria cargada de sentido. Bajo la apariencia de un viaje trivial, la novela despliega un descenso a la memoria, a la duda y a la fragilidad humana, articulado con una precisión narrativa que solo un autor en plena madurez puede sostener. El peregrino, los canónigos, la oralidad popular y el humor sombrío componen un mosaico donde lo real y lo simbólico se entrelazan con naturalidad. Una obra injustamente eclipsada por La fuente de la edad, pero imprescindible para comprender la riqueza y coherencia del proyecto literario de uno de los grandes narradores españoles contemporáneos, Luis Mateo Díez.

Para quienes tengan dificultades en encontrar la edición original de Alfaguara, Debolsillo publicó en 2017 Las estaciones provinciales y Las horas completas reunidas bajo el título La provincia imaginaria, una excelente oportunidad para adentrarse en este universo literario.

Luis Mateo Díez, Las horas completas

En la merienda, doña Olina alude a don Ignacio como maestro del coro y compositor de motetes:

“-Y miren a don Ignacio, que siempre fue un jilguerín bien compuesto. No sé lo que daría yo por oírle unos motetes, de aquellos tan guapos que usted mismo compone y canta.” 

En el vídeo, J. S. Bach Motet BWV 227 ‘Jesu, meine Freude’ por Vocalconsort Berlin, con dirección a cargo de Daniel Reuss:


Editorial: Alfaguara, edición 1992 ↗️

Si os interesa seguir adentrándoos en el universo narrativo de Luis Mateo Díez, en la página pueden encontrarse cuatro reseñas dedicadas al autor, un recorrido completo por algunas de las obras más representativas de su trayectoria. Cada una ilumina una faceta distinta de su mundo literario y permite apreciar la coherencia, la imaginación y la hondura que caracterizan su escritura. ↗️


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